«Quiero decir que se murió»: Cervantes amigo de Borges (2/2)

Por José Antonio Santiago Sánchez

Doctor en Filosofía

Al convertir la historia en un narración dentro de otra narración o al introducir la propia primera parte del libro dentro de la segunda, al jugar mediante los apócrifos con la propia autoría introduciendo a «personajes» que se convierten en las «personas» que han escrito o contado la historia como Cide Hamete Benengeli o el propio Avellaneda, Cervantes, como don Quijote, invierte las dimensiones de lo artificial y lo real y justifica el artificio desde el artificio mismo, un sueño dentro de otro sueño que nos fascina. De esta fascinación ante la obra cervantina nos señala el propio Borges: «Creo haber dado con la causa: tales inversiones nos sugieren que si los caracteres de una ficción pueden ser lectores o espectadores, nosotros, sus lectores o espectadores, podemos ser ficticios»[1].

Del mismo modo, E.T.A Hoffmann, en su relato Kreisleriana afirma que hay que romper la ilusión de acercar el teatro al espectador y hacer que se implique[2]. Hoffmann pone un ejemplo: en el momento de mayor emoción, dejar caer el telón, soslayar su «gravedad» para mostrar de modo abrupto que todo es una farsa. Se trata de hacer caer los límites, desmitificar la «obra» estética para así acentuar las posiciones y a la vez, confundirlas. Al hacerlo, la propia literatura, como la propia vida de los personajes y lectores, se metajustifican en la propia historia. Todo, incluida nuestra propia historia de lectores quijotescos, nuestra propia historia vital, es una novela. All the world´s a stage.

4.- Tal vez por ello, Borges reniegue de un «estilo» cervantino, pues lo que consigue con Cervantes es justamente una renuencia a todo tipo de estetización crítica del Quijote, antítesis de la obra maestra perfecta, pero convertida a su vez en señera de la Literatura Universal.  Así, ya en los años 20, Borges sostiene: «no creo demasiado en las obras maestras»[3] y de hecho, esta consideración juvenil se irá fortaleciendo y tendrá ulteriores consecuencias en una nueva concepción de la literatura que asoma en la crítica de Borges. Ya en La supersticiosa ética del lector[4] de 1931, sostiene:

La página de perfección, la página de la que ninguna palabra puede ser alterada sin daño, es la más precaria de todas. La mutación del idioma borra las significaciones laterales y los matices: la página sedicente perfecta es la que consta de esos delicados valores y la que con facilidad mayor se desgasta. Inversamente, la página que tiene vocación de inmortalidad, puede atravesar el fuego inquisitorial de las enemistades, de las erratas, de las versiones aproximativas, de las distraídas lecturas, de las incomprensiones, sin dejar el alma en la prueba.

De este modo, Borges, que nunca dejó de admirar a Quevedo, muestra una progresiva convicción que no sólo detecta en el hecho propio del Quijote, sino de la tradición literaria universal: las obras clásicas no han sido siempre aquellas que poseen el mayor lujo verbal o la mayor perfección técnica. Por ello, los críticos de la obra borgiana coinciden en señalar que en su etapa de plena madurez literaria, Borges había superado ya su inicial fervor por los destellos verbales, sospechando de los experimentos literarios como el Finnegan’s Wake de Joyce o de las Soledades de Góngora, en los que vislumbra cada vez con más certidumbre una meritoria y revolucionaria genialidad lingüística y estilística, pero destinada a convertirse en juegos destinados a la discusión de los historiadores de la literatura o en meras piezas de museo, y ello contrastado por la escasez de lectores de dichas obras. Así lo señala Borges en el prólogo de su poemario El otro, el mismo, de 1964, en el que también confiesa: «es curiosa la suerte del escritor. Al principio es barroco, vanidosamente barroco, y al cabo de los años puede lograr, si son favorables los astros, no la sencillez, que no es nada, sino la modesta y secreta complejidad»[5].

En una entrevista realizada por Joaquín Soler Serrano, director y presentador del conocido programa literario A Fondo de TVE, tras la concesión del Premio Cervantes a Jorge Luis Borges ex aequo con Gerardo Diego en 1980, el escritor argentino, a los 79 años, confiesa:

Yo he admirado mucho a Quevedo, y lo admiro, pero en cambio, Cervantes y Alonso Quijano, que quiso ser don Quijote, y lo fue alguna vez, éstos son amigos personales míos. Es otra cosa, es una relación de amistad que no se establece nunca con Quevedo. Nadie se siente amigo de Quevedo, pero usted puede admirarlo[6]. 

En dicha entrevista[7], Borges se enternece ante el pasaje del último capítulo de la Segunda Parte del Quijote en el que nuestro hidalgo pone fin a sus aventuras caballerescas y vuelve a su cordura en el último instante. De hecho, el propio Borges se decide por la segunda parte también por ese juego de espejos, ausente en la primera, según el cual el propio don Quijote obliga a los demás personajes a introducirse en su serio y valiente juego de locura, como el cura o el bachiller Sansón Carrasco y a convertirse en otros personajes de su mundo delirante. Una vez que todos ellos han sido arrastrados al mundo quijotesco, don Quijote vuelve a la cordura. En ese momento, el ya nunca más don Quijote, vuelve a ser el Alonso Quijano con el que comienza la historia al modo en que lo estableciera el motto de Guillaume de Machaut: ma fin est mon commencement.

Allí, en su lecho de muerte, Alonso Quijano propone su testamento, por el cual Cervantes se introduce en su propia novela en un guiño que pone en boca del hidalgo, referido al que dicen que compuso la segunda parte de sus desventuras, autor que no menciona, pues Alonso Quijano no sabe de su nombre, y le pide le perdone por haberle dado ocasión a escribir semejantes fantasías

Ítem, suplico a los dichos señores mis albaceas que si la buena suerte les trujere a conocer al autor que dicen que compuso una historia que anda por ahí con el título de Segunda parte de las hazañas de don Quijote de la Mancha, de mi parte le pidan, cuan encarecidamente ser pueda, perdone la ocasión que sin yo pensarlo le di de haber escrito tantos y tan grandes disparates como en ella escribe, porque parto desta vida con escrúpulo de haberle dado motivo para escribirlos. [8]

El propio Cervantes se hace un sueño escondido. Y mira a su figura con el compasivo y humilde cariño con el que se mira a sí mismo como autor que se hace personaje. Ese Cervantes que, en el capítulo 6 de la primera parte, introduce su Galatea entre los que no superan el «donoso escrutinio» de la hoguera y del cual el cura se dice amigo: «muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos»[9].

Pero es sobre todo digna de emoción para Borges la manera como Cervantes narra el último suspiro del protagonista:

En fin llegó el último día de don Quijote, después de recibidos todos los sacramentos y después de haber abominado con muchas y eficaces razones de los libros de caballerías. Hallóse el escribano presente, y dijo que nunca había leído en ningún libro de caballerías que algún caballero andante hubiese muerto en su lecho, tan sosegadamente y tan cristiano como don Quijote; el cual, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu, quiero decir que se murió[10].

Esa última coda, innecesaria, desdramatizadora, pero por la que Cervantes no quiere terminar al modo «literario» o solemne: «entregó su alma al espíritu». Prefiere, sin embargo, que nos despidamos de uno de los grandes símbolos de la cultura occidental aportándonos una coletilla que más parece de una conversación mundana entre amigos, un no saber qué decir y decir lo de siempre: se murió. No quiere Cervantes aplausos finales tras la representación, sino dejar caer el telón no más. No se aplaude al ángel, al milagro o al horizonte durante una puesta de sol. Solo se aplaude el arte.

5.- Todos los discípulos de Sócrates esperaban que, a la muerte del gran sabio, sus últimas palabras fueran un resumen de su admirada vida filosófica. Tendemos a solemnizar la vida en sus últimos momentos, en convertirla en arte de aplauso, en artificio que, de algún modo, solo pretende en buena y natural intención concretar toda una admiración o amor en una última palabra como en un último suspiro. Sin embargo, el modo por el que Sócrates se despide del mundo ante sus acólitos resulta aún más emocionado, porque la ejemplaridad de Sócrates se demuestra en sus postrimerías, tal y como la describe el famoso pasaje de Platón,[11] al rogar a los suyos que se acuerden de pagarle el gallo que a un tal Esculapio el sabio le había dejado a deber. Entonces, tranquilo por la confianza que sabe obtendrá de sus amigos en la promesa de pagarlo, Sócrates muere plácidamente. Su muerte, a través de estas últimas palabras, se ha convertido en una de las más admiradas, emotivas y ejemplares de las conocidas por los grandes hombres que han poblado la Historia.

Asimismo Cervantes suelta espontáneamente esa aclaración, tal vez porque esta él mismo conmovido por la muerte de su amigo caballero una vez que volvió a ser hidalgo. Porque no es el momento de vanidades literarias para construir metáforas, sino de prestar el último adiós a su querido personaje, Cervantes, como don Quijote desmonta el final del espectáculo de maese Pedro, más preocupado por salvar a la dama Melisendra que por embelesos artísticos que nunca llegó a creerse. Y tal vez, dado que no encuentra (pues acaso no quiera encontrarlos) tropos literarios para describir esa conmoción, Cervantes, «más versado en desdichas que en versos», más atento a la vida en la que consiste por igual batallar como escribir –y por supuesto morir- se deja llevar y nos conmueve a su vez: «dio su espíritu, quiero decir que se murió».

De este modo, Borges parece ahora volver sobre sus pasos iniciales y reconsiderar que la «gran literatura» de Quevedo puede llevar al lector a una «superstición»[12], es decir, una devoción desmedida por la literatura, hasta convertirla en una suerte de «Idea» por cumplir en la vida. Y sin embargo, ¿no ha sido el propio Borges víctima de ese «peligro», de esa «ceguera» como la que él mismo sufrió físicamente, al haberse convertido –no más- que en una gran literatura? Tal vez el escritor argentino, el más atento y convencido lector de la literatura en español del siglo XX, se identificara por ello, fatalmente, con el propio Alonso Quijano, convertido en una víctima de las novelas de caballeras, como Borges de la literatura. Por ello mismo, Borges lamentara en sus últimos años ser más quevedesco que cervantino, modo con el que finalmente a él le hubiera gustado adscribirse. Tal vez, incluso, por qué no, Borges, que no pudo trascender su «quijanismo», envidiara el «quijotismo» que, a causa de esa literatura que amó, le hizo salir al mundo para combatir con su espada las injusticias.

Aristóteles nos dice que el filósofo siempre gustó de los mitos, y aún más en su vejez. Pues el anciano es doblemente niño. Así ese «quijanismo» de Alonso Quijano, hidalgo de los de lanza en astillero, rocín flaco, y galgo corredor se sustancializa, al final de su vida y de la obra cervantina que este año conmemoramos, en su última hora como Borges lo hiciera en su vejez, al darse cuenta de que Cervantes era, más que una gran literatura a la que nunca se deja de admirar -y sobre todo gracias a ella- un amigo al que querer en sus últimas horas, un cuento en cuya fantasía los niños queremos que solo nuestros protectores nos cuenten y en el cual nos envolvemos tranquilos y seguros antes de nuestra partida hacia el justo sueño, quiero decir, hacia la muerte, vaya.

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Referencias: 

[1] J. L. Borges: «Magias parciales del Quijote». En Otras inquisiciones. Op. cít., p. 47.

[2] E.T.A Hoffmann: Cuentos I. Madrid: Alianza, 2005, p. 85 y ss.

[3] J. L. Borges: «Examen de un soneto de Góngora», en El tamaño de mi esperanza. Buenos Aires: Proa, 1926, pp. 129-130.

[4] . L. Borges, “La supersticiosa ética del lector”. Op. cít. 48

[5] Prólogo a «El otro, el mismo». En Obra poética 1923-1964. Buenos Aires: Emecé, 1964

[6] J. Soler Serrano: Entrevista a Borges en El Mundo: 13 de Febrero de 2001.

[7] http://www.rtve.es/alacarta/videos/a-fondo/entrevista-jorge-luis-borges-fondo-1980/1058440/

[8] Miguel de Cervantes: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, vol. II. Op. cít.  p. 576

[9] Miguel de Cervantes: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, vol. I. Madrid: Cátedra, 1995, p. 137.

[10] Miguel de Cervantes: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, vol. II. Op. cít.  p. 577.

[11] Platón, Fedón 118c

[12] J. L. Borges, “La supersticiosa ética del lector”. Op. cít., pp. 47-48.

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