¿Qué es una Constitución? A propósito de Proudhon

Por Rubén Pérez Trujillano

Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865) condensa en dos obras su crítica a las categorías económicas y las políticas: El sistema de las contradicciones económicas o la filosofía de la miseria (1843) y Contradicciones políticas. Teoría del movimiento constitucional en el siglo XIX (escrito en 1864 pero no editado hasta 1870). La primera, Contradicciones económicas…, fue duramente contestada por Karl Marx (1818-1883) en Miseria de la filosofía cuatro años después de su aparición. Que me conste, las Contradicciones políticas no suscitaron un debate semejante, lo que resultaría coherente con el interés superior en la infraestructura para el pensamiento marxista de primera hora. Bien es cierto que otros autores, Lenin (1975) entre ellos, mantendrán un diálogo medianamente constante con el socialismo proudhoniano en sus escritos sobre la autodeterminación nacional. Sin duda, parece que la doctrina proudhoniana será tomada en consideración por los marxistas en virtud de su relevancia social y militante, de modo que avanzado el siglo XX las referencias a Proudhon irán decreciendo paulatinamente hasta resultar residual en los escritos de Rosa Luxemburgo (La cuestión nacional, 1909) y terminar desapareciendo en los de Pannekoek (Lucha de clase y nación, 1912), Stalin (El marxismo y la cuestión nacional, 1913), etc. Bakunin será el discípulo que eclipse lo que pueda permanecer del maestro. Otro tanto podría predicarse de Pi y Margall en el plano español, por no hablar de las ramificaciones nacionalistas y regionalistas del tronco federal (piénsese en Castelao, Valentí Almirall, Rovira i Virgili y, sobre todo, en Blas Infante).

La ambición de Proudhon reside en mostrar las antinomias existentes tras uno y otro campo. El segundo libro fue publicado con un largo período de tiempo de transición desde su redacción –se trata, al igual que El principio federativo (1863), del último Proudhon–, a lo largo del cual nuestro autor labra una solución de la dialéctica distinta a la de Hegel. Para el francés, en los sistemas políticos y constitucionales no es posible alumbrar una síntesis superior que haga desaparecer las antinomias. Se puede, a lo sumo, equilibrar, compensar o balancear, como supo advertir su traductor al castellano, Gavino Lizárraga.

Ya en el prólogo, Proudhon (1873: 18) anticipa que mostrará “una nación trabajando en su propia constitución”. La relación es sugerente: nación y Constitución se estudian conjuntamente. Su análisis se centra en Francia, aunque muchas de sus consideraciones admiten extraer una teoría general, bien por el carácter mimético de otras experiencias, bien porque el modelo francés revele reglas o pautas generales. El objetivo del presente artículo estriba, pues, en dar noticia de la escasamente estudiada literatura constitucional de Proudhon. Es de justicia reconocer que el socialismo utópico de raigambre anarquista o anarquizante ha sido ampliamente estudiado por autores como Trías Vejarano, Elorza… Sin embargo la dimensión jurídico-constitucional de su obra todavía es poco conocida, pese a los esfuerzos denodados de estudiosos como Jorge Cagiao y Conde (2014), por citar sólo un nombre. Otros autores, como Benjamín Rivaya (2001) o Laura Pascual Matellán (2011) se han ceñido a la exclusiva visión legalista del Estado y del Derecho que Proudhon había sostenido en ¿Qué es la propiedad? (1840). A continuación veremos que en este punto el pensamiento de Proudhon dista mucho de ser estático.

Proudhon no brinda un concepto cerrado de Constitución porque ésta es, par definitionem, la plasmación expresa de un pacto entre sujetos soberanos (Proudhon, 1873: 25 y 48-49). Ello implica un concepto de Constitución, aunque sociológico y jurídico en el sentido de racional-normativo –empleo las nociones de García-Pelayo (1999)–, más cercano de lo primero que de lo segundo. Puedo argüir dos razones, adelantadas parcialmente por quien suscribe en otro lugar (Pérez Trujillano, 2013: 27 y ss.).

En primer lugar, porque el significado reenvía a un significante y por consecuente un haz de significados distintos: el pacto conmutativo, recíproco y sinalagmático, tomado del Código civil napoleónico (arts. 1102 y 1104). En el fondo, se trata de un contrato social que enmienda la teoría rousseauniana, a la que se considera “una ficción de legista” (Proudhon, 1971: 64). Como expresara brillantemente un republicano (con)federal onubense, Antonio Sánchez Pérez (1893: 31): “el pacto es la Constitución”. Se elige dicha noción “para que se diferencien de las Cartas Otorgadas, Estatutos Reales, etc., que representan concesiones hechas graciosamente por el rey a los súbditos; y de las mismas Constituciones liberales que parten siempre de hechos consumados independientemente de la voluntad de los pueblos”.

Es en El principio federativo donde encontramos las más sólidas extrapolaciones político-constitucionales de esta figura contractual civil. En dicha obra, Proudhon (1971: 63) fija dos requisitos a la hora de plantear un contrato social: por un lado, que el ciudadano “pueda recibir del Estado tanto como le sacrifica” y, por otro lado, que “conserve toda su libertad, toda su soberanía y toda su iniciativa en todo lo que no se refiere al objeto especial para el que se ha celebrado el contrato y se busca la garantía del Estado”. En síntesis, Proudhon (1971: 71) afirma que “el contrato social por excelencia es un contrato de federación (…) cuya condición esencial es que los contratantes se reserven siempre una parte de soberanía y de acción mayor de la que ceden”.

La histórica y específica manera de concluir el pacto constitucional por los sujetos soberanos que se reconocen mutuamente como interlocutores libres y a la vez con autoridad –el proceso constituyente nunca sería improvisado, sino fruto de la conciencia (Proudhon, 1873: 34)– entraña la segunda razón por la que el concepto proudhoniano de Constitución es antes sociológico que jurídico. O, más exactamente, sólo jurídico si sociológico.

Un segundo rasgo de esta concepción lo compone lo que podemos denominar el carácter definitivo y finito, pero no absoluto, de la Constitución. Según Proudhon (1873: 25), “una idea, una teoría, un sistema, una constitución, un pacto, todo aquello que de la palabra y de la lógica ha recibido la expresión y la forma, es cosa definida, y por consiguiente, definitiva; cosa inviolable”. Las constituciones o son respetadas íntegramente o por completo son desdeñadas: “no cabe término medio”. Reconoce que pueden ensayarse infinitos términos medios, “pero cada una de estas constituciones medias es una obra nueva, distinta, exclusiva, dentro de la cual es absurdo querer conciliar los incompatibles” (Proudhon, 1873: 25-26). Es decir, que no cabe la síntesis: cada texto constitucional porta principios y reglas diferentes y opuestos en mayor o menor medida. La antinomia no desfallece. Dicha hipótesis dista de ser algo más que una ficción. Tal no puede ser la fórmula del progreso. Proudhon forja un concepto relativo en vez de absoluto, toda vez que en sus observaciones históricas destaca la inestabilidad de los sistemas constitucionales ensayados. No en vano los revolucionarios de 1789 establecieron “el principio de la perfectibilidad de sus Constituciones”, es decir, el principio de reforma constitucional como algo lógico y necesario (Proudhon, 1873: 119).

A tono con las dos primeras consideraciones, la Constitución se inserta en un proceso de lucha social. “Poco a poco se observó, pero sin quererlo confesar, que la Carta inmortal se prestaba á interpretaciones; que cada uno de sus artículos suscitaba un océano de dudas y de comentarios: en suma, que aquel racionalismo tan conciliador, tan liberal, tan filosófico, era una arena de divisiones. (…) [S]e revelaba un formidable antagonismo” (Proudhon, 1873: 39). Derecha e izquierda abordan de distinta manera “la máquina” que es la Constitución. Desde muy temprano aparece lo que Proudhon (1873: 42) no duda en calificar como “fetichismo constitucional”. En el siglo XVIII (constituciones francesas de 1793) y en el siglo XIX se concibió “el sistema constitucional como una religión”, como una “fórmula metafísica” cuya perturbación es castigada como un “sacrilegio” (Proudhon, 1873: 42-43). En tanto religión, fue sucedida o precedida por “la fe de las masas”, que no duda ni de su “verdad” ni de su “eficacia”; sólo recela de los hombres llamados a aplicar con lealtad y a custodiar una Constitución concebida “como fortaleza invencible”, como poso del espíritu popular.

En cuarto lugar, si la Constitución es una obra definitiva y no absoluta de la conciencia popular preñada en el conflicto, el Derecho constitucional debe experimentar un cambio de método, algo sugerido con anterioridad en ¿Qué es la propiedad? A mi parecer, Proudhon alienta cierta iconoclastia constitucional en aras de la popularización de la disciplina. “Para despertar el interés de un público como el nuestro hácia los estudios políticos, hácia lo que nos permitirémos llamar ciencia del gobierno, la primera condición es sacudirse el polvo de los autores antiguos, renunciar á las tradiciones de escuela, apartarse por completo de la erudición pedantesca, del estilo oficial y académico. ¿Qué francés no se agita al oír esta palabra: Derecho constitucional? ¿Quién tendría paciencia hoy para devorar toda una biblioteca de publicistas (…)?” (Proudhon, 1873: 56). El derecho constitucional, inscrito dentro de la ciencia política, compone una rama de las ciencias sociales, de la antropología y de la historia natural, que debe ponerse al servicio de los intereses populares. Llama a abandonar “los antiguos protocolos” y a emplear “un lenguaje claro, que lleva en sí mismo su certidumbre” (Proudhon, 1873: 58).

Por último, la Constitución otorga carta de naturaleza a las naciones. La nación es jurídica, esto es, pacticia, por lo que Proudhon impulsa el patriotismo, permítaseme, constitucional. Al hablar de las quince constituciones que habían estado vigentes en algún momento de la historia de Francia (1789-1864), asegura no sólo que compongan el corpus del derecho público francés; añade, además, que “son el depósito sagrado de nuestras libertades y de nuestras garantías, el arca santa de nuestras instituciones y de nuestros destinos”, “base” sin la cual sencillamente “no hay Francia” (Proudhon, 1873: 58). Sin Constitución no hay nación francesa sino que sólo hay pueblos etnonacionales, dados por la naturaleza y la voluntad.

Parece que en algunos puntos de su ensayo Proudhon (1873: 86) equipara Constitución y gobierno, constitución y sistema político, etc. A mi parecer, es de rigor disipar una confusión sistemática que pudiera invalidar el pensamiento del francés si atendemos a su llamamiento a emprender el “examen filosófico” de la Constitución in toto y no limitándose a la acción de gobierno medida a la luz de la literalidad de la norma (Proudhon, 1873: 48). Por lo tanto, el francés no limitó su estudio al Derecho en abstracto y mucho menos como sinónimo de legalidad.

Al alimón, ponderar el carácter democrático de una Constitución requiere el estudio de otras normas y actos jurídicos. Así, al reseñar la Constitución de la República francesa aprobada el 4 de noviembre de 1848 por una Asamblea constituyente, cree imprescindible aludir a la Ley de 31 de mayo de 1849, restrictiva del sufragio universal, como alteradora de la naturaleza de la primera (Proudhon, 1873: 64).

Cuando Proudhon (1873: 48) clama que “la legalidad nos mata” está diciendo que la Constitución concebida como Ley primera impone heteronomía y tiranía a los sujetos naturalmente soberanos, es decir, a los pueblos y a los individuos. Pi y Margall (1917: 50) completaría la frase con el lema “pactos rompen leyes”. La Constitución como juridificación de un pacto social real encuentra en estos autores a sus máximos, y maduros, artífices.

Pese a sus demoledoras críticas, Proudhon (1873: 55) hace una sincera apología del constitucionalismo, pues considera que “el derecho y la ciencia son las verdaderas potencias de la humanidad”. La función de la Constitución es brindar una vía racional y pacífica a la Revolución; la del constitucionalismo, estudiar científicamente el devenir jurídico-político y poner los frutos al servicio de los pueblos.

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Bibliografía:

  • CAGIAO Y CONDE, J. (2014): Tres maneras de entender el federalismo. Pi y Margall, Salmerón y Almirall. La teoría de la federación en la España del siglo XIX, Biblioteca Nueva, Madrid.
  • GARCÍA-PELAYO, M. (1999): Derecho constitucional comparado, Alianza, Madrid.
  • LENIN, V. U. (1975): Problemas de política nacional e internacionalismo proletario, Akal, Madrid.
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  • PASCUAL MATELLÁN, L. (2011): Anarquismo y Derecho, Trabajo de Fin de Máster en Estudios Avanzados en Filosofía, dirigido por Carmen Velayos Castelo y Juan Manuel Pérez Bermejo, Universidad de Salamanca, Salamanca. Disponible en línea: http://hdl.handle.net/10366/123134.
  • PANNEKOEK, A. (2005): “Lucha de clase y nación”, en VV.AA.: Contra el nacionalismo, contra el imperialismo y la guerra: ¡revolución proletaria mundial!, Ediciones Espartaco Internacional, Madrid, pp. 3-62. Disponible en línea: https://www.marxists.org/espanol/pannekoek/1912/clase-nacion.htm y en http://www.edicionesespartaco.com/libros/contra.pdf.
  • PÉREZ TRUJILLANO, R. (2013): Soberanía en la Andalucía del siglo XIX. Constitución de Antequera y andalucismo histórico, Atrapasueños, Sevilla.
  • PROUDHON, P. J. (1873): Contradicciones políticas. Teoría del movimiento constitucional en el siglo XIX, Traducción de Gavino Lizárraga, Imprenta y Estereotipia de M. Rivadeneyra, Madrid.
  • SÁNCHEZ PÉREZ, A. (1893): Glorias republicanas de España y América, tomo I, La Enciclopedia Democrática, Barcelona.
  • STALIN, J. (2002): El marxismo y la cuestión nacional. Disponible en línea: https://www.marxists.org/espanol/stalin/1910s/vie1913.htm.
  • PI Y MARGALL, F. (1917): Autonomía, Monclús, Tortosa.
  • PROUDHON, P. J. (1971): El principio federativo, Aguilar, Madrid.
  • PROUDHON, P. J. (2010): ¿Qué es la propiedad?, Público, Madrid.
  • RIVAYA, B. (2001): “Anarquismo y Derecho”, en Revista de Estudios Políticos, nº. 112, pp. 77-108.

 

 

Rubén Pérez Trujillano

San Roque, Andalucía. Licenciado en Derecho por la Universidad de Granada y Máster de Derecho Constitucional por la Universidad de Sevilla. Personal Investigador en Formación del Área de Historia del Derecho y de las Instituciones del Departamento de Ciencias Jurídicas Básicas. Ámbitos de interés: constitucionalismo, republicanismo, nacionalismo, postcolonialidad, justicia social, género...

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