La perspectiva femenina en la traducción: una cuestión de posiciones

Por Alejandro Bolaños García-Escribano

Los estudios en torno al lenguaje desde una perspectiva feminista, laureados sobre todo a partir de los años setenta, parten de la premisa de que los textos están cargados de componentes sexistas a causa del patriarcalismo y del machismo imperantes en la lengua. Dichos componentes, se podría añadir, también estarían, ya sea causal o consecuentemente, presentes en la sociedad. Los feminismos surgen, como afirma Castro Vázquez (2008), al margen del discurso dominante por una situación de desigualdad. Aquí se verá cómo el feminismo en la traducción buscaría subvertir dicha dominación y reparar dicha desigualdad a través de la reescritura de los textos.

A pesar de la desfavorable posición de la mujer a lo largo de la historia, algunos autores de la academia afirman que la primera gozaría de una posición privilegiada con respecto al hombre a la hora de observar la doble dimensión de su realidad sociocultural. Esto es, el mismo veto que se impone a la mujer a lo largo de la historia permite que los feminismos establezcan objetivos precisos y claros en pos de la igualdad que no son sino consecuencia de la observación de una realidad bidimensional. Esto se aplica al lenguaje, pues la mujer ha demostrado ser plenamente consciente de la sombra del machismo y del falocentrismo que por razones históricas, sociopolíticas, religiosas y económicas, entre otras, afectan a la comunicación intercultural aún hoy. La mujer, consciente de esta desventaja sociohistórica, reivindica cambios profundos en el lenguaje, que no es nunca inocente, sino que está cargado de valores connotativos. En efecto, los feminismos parten de la premisa de que la sociedad reciben la influencia del lenguaje (y viceversa) y que la lengua es machista porque la sociedad también lo es (y viceversa). Así, se extrae que lo lingüístico trasciende del papel, y del discurso, para ejercer su influencia a todo aquello que tenga que ver con la sociedad, con la mujer y con el hombre.

Fue a partir de las revueltas de mayo del 68, y más concretamente en las décadas posteriores, cuando tuvo lugar el gran auge del pensamiento feminista, coincidente con el avance de las teorías posmodernistas en general y con el giro cultural en los estudios de traducción en particular. A partir de esta segunda oleada del feminismo es cuando se configura una «teoría de la traducción feminista» (entendida aquí como una pluralidad de teorías) que, según Simon (1996), buscaría identificar y criticar conceptos que, apoyados por las estructuras de autoridad a lo largo de los siglos, han desplazado a la mujer y a la traducción (como labor feminizada) a un eslabón inferior de la jerarquía social.

El punto de partida de las teorías feministas en la traducción viene dado por la ruptura de los binomios tradicionales del pensamiento deconstructivista derridiano, según el cual se suprimiría la diferencia visiblemente invisible entre el texto original y el texto de destino y, por lo tanto, entre lengua original y lengua de destino. Esta ruptura afecta, asimismo, a la tradicional noción de equivalencia y de fidelidad traductora, rompiéndose la fijación decimonónica de ese «palabra por palabra» y entendiéndose que el proceso debe entenderse como una producción de significado que tiene la misma fluidez que el proceso de escritura. Si la equivalencia resulta de una búsqueda de significado análoga al acto de escribir y la escritura surge de la reexpresión de significados anteriormente expresados (intertextualidad), entonces se puede afirmar que la traducción no es un vástago del original, que no existe una sumisión o una dependencia como se viene refrendando a lo largo de los siglos, sino que todo texto nuevo supone ya una traducción de un texto anterior, por cuanto transmite nuevos significados a partir de textos anteriores.

La base que sustenta la crítica feminista en la traducción es que esta última se haya considerado, a lo largo de los siglos, como una actividad femenina y por lo tanto secundaria; mientras que la escritura sería la actividad masculina y por lo tanto primaria. Es por esta relación de sumisión que hay quien habla de un proceso análogo al de la colonización, aunque en el plano de la literatura, donde no importa el color, sino el género. En efecto, los estudios de género y las teorías feministas han visto a lo largo de la historia —Chamberlain (1988) hace alusión al prólogo a la traducción de Horacio elaborado por Thomas Drant en 1566 y al término de «belles infidèles» acuñado por Gilles Ménage en 1654, entre otros— cómo se atribuye al hombre la cualidad de creador (autor), mientras que la mujer queda relegada, en su faceta de recreadora (traductora) a un segundo puesto, siempre subordinado a la originalidad del primero. Esta metáfora de la traducción como actividad femenina se ha repetido en innumerables ocasiones hasta nuestros días. En cambio, hoy se habla de la traducción en relación con los conceptos de «entre» y de «espacios fronterizos»; esto es, la naturaleza de la traducción, así como la del sujeto femenino, no responden a algo definitivo, sino que solo pueden describirse en un plano intermedio o fronterizo en el que la modificación es constante e implica la compleción.

Volviendo a los datos históricos, resulta del mayor interés para el estudio de la mujer en los estudios de traducción un grupo de traductoras del otro lado del Atlántico, reivindicadoras de la labor creativa de la traducción en los años ochenta: la escuela francocanadiense. Estas traductoras y teóricas, entre las que se incluyen Barbara Godard, Suzanne Jill Levine y Susanne de Lotbinière-Harwood, entre otras , plenamente conscientes de las relaciones de poder presentes en el binomio original versus traducción, vivieron en un contexto espaciotemporal específico que se caracterizó por su activismo político: la provincia canadiense de Quebec de finales del siglo xx, en pleno afán independentista que hereda de su pasado galo —cristalizado hoy en la simbólica frase que pronunció el general Charles De Gaulle en su visita a Montréal en 1967 («Vive le Québec libre»). La reescritura en femenino surge así de un activismo político feminista de gran repercusión en el plano académico que bebe del feminismo francés de la «différance»[1]. Lo que caracterizó a esta escuela, más que su capacidad creadora y su legado traductológico, fue su pionera actitud reivindicativa y su férrea oposición al sistema patriarcal y, por ende, al hombre.

Como se ha visto, la piedra angular de la reflexión en torno a las cuestiones de género en la traducción parten de la premisa de que la lengua no solo permite la comunicación, sino que también da pie a la manipulación. Las corrientes feministas ven en el lenguaje una urgente necesidad de cambio, precisamente por ser, y haber sido, un instrumento de opresión y subyugación de la mujer; es decir, son conscientes de que reducir al plano lingüístico los problemas de género supondría un error falaz, ya que el lenguaje (re)crea la sociedad y, por consiguiente, también (re)crea la política, la economía y todo aquello que tiene que ver con el ser humano. Si, en efecto, la comunicación a través de la lengua trasciende a todos los niveles, entonces surge la necesidad de un posicionamiento ético ante cualquier acto comunicativo en general y ante el acto de traducir en particular. Esto nos lleva a asumir que la ideología está presente de forma (in)consciente a la hora de traducir, como lo está a la hora de escribir. Como sujeto activo del proceso de reescritura, el traductor, o traductora, debe posicionarse en una perspectiva de género, más alejada o menos de las premisas feministas.

La profesionalización de la traducción y su irrupción en el mundo académico, sobre todo a partir del giro cultural por el interés de campos afines —como los estudios culturales y los estudios de género— hacia el proceso y el producto traslativos, han permitido su consolidación como actividad creativa y artística. Por su parte, las corrientes feministas en los estudios de traducción han contribuido a que se contemple el traducir como una actividad que conlleva un proceso activo de formación de identidades. Asimismo, el intervencionismo feminista ha permitido subrayar que toda transmisión lingüística o cultural parte de una perspectiva parcial (nunca universal) que exige un posicionamiento.

A guisa de conclusión, cabría preguntarse lo siguiente: ¿implica entonces la perspectiva de género en la traducción una serie de decisiones que van más allá de lo lingüístico? En la humilde opinión del que firma el presente documento, así es. Todo lo escrito anteriormente busca refrendar una postura que entiende el acto de traducir como parte de una actividad social. Como tal, esta implica, incuestionablemente, un posicionamiento ético que se ve, a su vez, impregnado de los propios valores del autor de la traducción. La obra traducida debe estudiarse como resultado de una nueva autoría que debe ser visible, en un nuevo contexto que delimita el componente espaciotemporal y en un nuevo código lingüístico que determine el trasvase del contenido y la forma. Desde este punto de vista, se entiende, en definitiva, que el texto de destino resulta de una nueva creación discursiva, una reescritura, a partir de un (supuesto) original, al igual que todo texto original resulta del mismo procedimiento. Por lo tanto, la traducción, al igual que la escritura, debe estudiarse más allá de lo lingüístico, precisamente por ser productos que forman —y conforman— parte de la sociedad.

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Bibliografía:

Castro Vázquez, Olga (2008), «Género y traducción: elementos discursivos para una reescritura feminista», Lectora, 14, 285-301.

Chamberlain, Lori, «Gender and the Metaphorics of Translation» (1988): Signs, vol. 13, nº3, pp. 454-472. También en: Chamberlain, Lori (2003): «Gender and the Metaphorics of Translation», The Translation Studies Reader, ed. Lawrence Venuti, Routledge, Londres y Nueva York, 314-329.

Godayol Nogué, Pilar (2005): «Frontera Spaces: Translating as/like a woman», en José Santaemilia (ed.): Gender, Sex and Translation. The Manipulation of Identities, Manchester: St Jerome Publishing, 9-14.

— (2008): «Derrida y la teoría de la traducción en femenino», en Patrizia Calefato y Pilar Godayol (coord.): Traducción, Género, Poscolonialismo, Buenos Aires: La Crujía, 66-74.

— (2013): «Gender and translation», en Carmen Millán y Francesca Bartrina (ed.): The Routledge Handbook of Translation Studies, Milton Park, Abingdon: Routledge, 173-185.

Martín Ruano, M.ª Rosario (2005): «Gender(ing) Theory: Rethinking the Targets of Translation Studies in Parallel with Recent Developments in Feminism», en José Santaemilia (ed.): Gender, Sex and Translation. The Manipulation of Identities, Manchester: St Jerome Publishing, 27-38.

Postigo Pinazo, Encarnación (2004): «La literatura escrita por mujeres y su traducción», en Adela Martínez García (ed.): Cultura, lenguaje y traducción desde una perspectiva de género, 197-233.

Simon, Sherry (1996): Gender in Translation, Londres, Nueva York: Routledge,.

Vidal Claramonte, M.ª Carmen África (2005): En los límites de la traducción, Granada: Comares.

Von Flotow, Luise (1997): Translation and Gender. Translating in the ‘Era of Feminism’, Manchester: St Jerome Publishing y Ontario: University of Ottawa Press.

Referencias:

[1] La «différance» es un neografismo derridiano que juega con el doble sentido del verbo «diferir» (ser distinto y dilatar) que influye sobremanera en la consolidación del feminismo francés de la «écriture féminine» de H. Cixous, J. Kristeva y L. Irigaray.

Alejandro Bolanos Garcia-Escribano

Córdoba, España. Graduado en Traducción e Interpretación y en Humanidades por la Universidad Pablo de Olavide. Máster Oficial en Traducción para el Mundo Editorial por la Universidad de Málaga. Cursando actualmente el Máster en Traducción Especializada (Audiovisual) por la universidad University College London. Ha realizado tres programas de movilidad interuniversitarios (Juniata College, Paris-Sorbonne, Granada) y tiene experiencia como docente de lenguas extranjeras y traductor. Intereses principales: literatura, cine y traducción. Siempre tiene un libro entre manos y una serie a medias.

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