Dos hombres renacentistas y un sistema económico: Los Galbraith y Podemos

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Por María Luque Fernández

Hoy no me andaré con rodeos: Parece que Galbraith hijo (James K. Galbraith) será, definitivamente, el asesor económico del partido Podemos de cara a su concurrencia en las elecciones estatales. Se han puesto sobre la agenda multitud de análisis tratando de localizar, para el gran público, a este economista, hijo de economista, amigo de Varoufakis, e ideológicamente sobresaliente.

Si bien hay economistas a quienes destacamos su labor académica y el renombre institucional para brindar sendas bases de apoyo legítimo a sus particulares racionalidades económicas – su visión de sistema-, en este sentido, James k. Galbraith ha jugado en cierta (des) ventaja competitiva.

John, el economista político

James es hijo de John K. Galbraith, economista político, como él llegaría a autodenominarse, apodando así de paso a anteriores generaciones de economistas imbricados, de alguna manera, en el contexto político y en las agendas mediáticas del momento, desde Mill hasta Keynes.

John K. era un teórico económico. Un académico que, en lugar de centrarse en indagar en planteamientos empiristas de la lógica de mercado imperante en su propio campo (teoría de juegos, Coase..), contemplaba al sistema político-económico como un todo y, de esta manera, hacia una trazabilidad inequívoca entre los fallos del mercado y el bienestar de los ciudadanos. Así, John abogaba en su momento tanto por la regulación de las prácticas monopolísticas en el mundo empresarial – porque expulsaba naturalmente a pequeñas y medianas empresas del mercado y hacía de la competencia y la eficiencia una ilusión, como por la acción organizada de los trabajadores para defender, desde abajo y por cauces institucionales, sus intereses. Nuestro John creía que, tanto desde el Estado, a través de la regulación de los fallos de mercado, como desde la propia sociedad, defendiendo sus intereses, organizándose en sindicatos, litigando en los tribunales, podía mejorarse la realidad del sistema capitalista. Una realidad que, como economista liberal, no desdeñaba en absoluto.

Podría parecernos que esta perspectiva diacrónica y hasta cierto punto contradictoria de Galbraith – Acción por motu propio del Estado, que regule teniendo siempre en perspectiva los derechos de todos, y apelación a la organización de los trabajadores en torno a sindicatos que presionen en la agenda para instaurar políticas favorecedoras-, carece totalmente de sentido, ya que opone la confianza en una determinada visión de estado proteccionista a la desconfianza de tener que depender de tu responsabilidad individual para obligar al estado a que regule teniéndote en cuenta. Pero en la cabeza de John, todo esto tenía sentido a un nivel mucho más holístico, lo que ahora dan a llamar un nivel ‘agregado’: Establecía una coherencia entre ambas condiciones. La responsabilidad de proteger corresponde tanto al estado como al propio individuo, y se sustenta en un elemento moral que impregna esa idea de justicia. Los ideales, entonces, proporcionan la responsabilidad de protegerlos, tanto a la institución como a la persona. Más que en los incentivos, él creía en los contrapesos.

Además, el contexto político que Galbraith vivió establecía el perfecto caldo de cultivo para ese idealismo extremo del que hacía gala: Kennedy, el comienzo de los 60: Políticas expansionistas, el despertar del estadounidense como ciudadano activo, la movilización, la protesta, la oleada de movimientos sindicales… ¡los tribunales! Galbraith veía como los cauces institucionales servían a la acción organizada del ciudadano para defender sus intereses, porque se acababan transformando en políticas. Galbraith era un constructivista económico, y su época, una de oro.

Con esto en mente, llegamos a entender su apoyo y visión de las entidades de Bretton Woods – que, recordemos, son el Banco Mundial, el FMI, la OMC..-, se trataba de una tríada de aparatos institucionales que regularían y controlarían flujos de intercambio económico, el trato justo en los préstamos destinados al desarrollo, la litigación para hacer valer los intereses de los menos competitivos.

Posmaterialista antes de tiempo

John, en “La Sociedad Opulenta” (1958), fue pionero al argumentar que la sobreproducción de bienes de consumo que requiere la lógica del mercado acaba dañando los bienes comunes, los espacios de todos. Y que ello no es sostenible. Ante la racionalidad de supervivencia del estado, John comenzaba a oponer los valores de la sensatez en el largo plazo: ¿Cómo viviremos en un mundo industrializado, sin aire limpio, calles limpias, inversión en educación, en las artes liberales… sin agua no contaminada? La sostenibilidad se erige, en su planteamiento, como valor deseable. Y es que era el sector público quien debía tomar la responsabilidad de regular las prácticas empresariales que fueran en contra de este valor y, en su defecto, los ciudadanos usando la carta del sindicalismo.

James, el pragmático

Citando el reciente profile de El Español ” El discurso de Galbraith hijo no se centra en la importancia de los sindicatos como contrapeso al poder empresarial, sino del Estado fuerte e independiente que garantice los derechos y los seguros sociales (desempleo, jubilación, sanidad, educación…). “Las cosas tienen que cambiarse”, explica, “sólo conseguiremos desarrollo económico con instituciones democráticas fuertes”.

Para James, el discurso posmaterialista impregna todas sus proposiciones, desde la academia hasta la tarima política,  puesto que su normativismo es mayor que el de su padre: Como ya harían Elinor Ostrom, o el famoso economista del desarrollo Amartya Sen, James tiene algo claro: La democracia se basa en una idea de la justicia tan moralmente legítima que su imposición es deseable. En este sentido, James puede tacharse, sin temor a equivocarse, de menos liberal que el que fuera su padre.

Entendiendo al verdadero James, podemos entender su rechazo radical a las instituciones supranacionales. Y es que James dispone de una comprobación empírica de la que no disponía su padre: La enseñanza de que normativizar no es suficiente, y de que los canales institucionales se les quedan cortos a los ciudadanos cuando de imponer justicia democrática se trata.

… Pero convergen.

Los Galbraith y el sentido de la lucha colectiva

Los Galbraith son unos constructivistas. A pesar de sus diferencias, ambos apoyan una realidad muy clara en la que la importancia de la acción colectiva no es relativa, sino que es necesaria y transversal a todo cambio que se genera en una sociedad, y en un sistema político. Esto se descubre de una manera excesivamente tonta: para John, el ideal de justicia se articula bajo el brazo todopoderoso del Estado, que busca el bien común, y bajo la responsabilidad del ciudadano, que igualmente debe actuar en consecuencia, y si es en masa y de manera organizada, haciendo más ruido, mejor. James parte ya de una visión más radicalizada de la lucha. Habiendo visto que los cauces institucionales fallan a la persona a la hora de articular demandas y que el estado puede flaquear en su búsqueda del interés general, propone algo más agresivo:

Si en algo coinciden, es en que, para ambos, la acción colectiva de la sociedad es preferible porque genera ventanas de oportunidad política, ambos ven en la acción colectiva algo más allá de lo que solemos interpretar los mortales a pie de calle:

La magia de la acción colectiva reside en el hecho, en la constatación, de que la actuación de individuos agregados va a generar un comportamiento inesperado, no necesariamente bueno o malo,  pero la acción agregada nos demuestra que los modelos de comportamiento que aplicamos a los seres humanos (basándonos en la teoría de la elección racional, el realismo, las preferencias transitivas… la lógica economicista que guía sus decisiones del día a día) no consiguen explicar los fenómenos que se generan cuando más de un individuo se junta para hacer ‘algo en común’.

Ese ‘algo en común’ descansa bajo el amparo de dos fenómenos:

El primer presupuesto es que existe algo ‘más allá’, algo a lo que apela el juicio de una persona cuando decide embarcarse en una acción colectiva, en un movimiento, y se trata de la ‘causa’. Esto es, un ideal, un presupuesto o creencia a quien la persona otorga un elemento moral y ético, haciendo que ejercer acciones en pro de su consecución pese más que cualquier posible consecuencia negativa (como perder el trabajo, afrontar sanciones económicas, e incluso la cárcel) que pueda poner en su balanza a la hora de escoger actuar en consecuencia y movilizarse.

Esta manera de observar por qué las personas deciden movilizarse por sus derechos, sus valores, o inclusive motivos egoístas – pero a los que ellos dan un peso moral-, se le da el nombre de normativismo o constructivismo, que ha sido una denominación muy famosa en el campo de las relaciones internacionales, en el que siempre se ha buscado una razón que explique el por qué muchos estados elijan comportarse bien, solidarizarse o promover buenos oficios en la comunidad internacional aún cuando las consecuencias esperadas de hacerlo les fueran tremendamente desfavorables. Si, se trata de ese ‘algo más’. Aquello que John superpone como preferencia general del estado -imaginad que es su tuit promocionado-, y del ciudadano, que se hace valer – imaginad que se trata de John poniendo su LinkedIn en su bio de twitter- porque lo cree justo. En el caso de James, es todo mucho más fácil: La democracia real es un valor, que debe imponerse. Y el ciudadano debe luchar por cualquiera que sea el cauce por ese ideal de justicia, preferiblemente en grupo, porque dos mulas tiran más del arado que una.

Al final, todo se resume en la percepción de justicia para/con uno mismo, como acabé denominándolo yo, tras darle muchas vueltas al asunto.

El segundo presupuesto con vocación de desmontar esa asociación  unívoca que hemos hecho entre comportamiento individual y en grupo y la elección racional, lo obtenemos observando lo que sucede cuando muchas personas se agrupan bajo el paraguas de una causa común, para lograr un fin determinado. En determinados movimientos sociales, lo que observamos es que ni el más noble de los motivos hace que las personas dejen de lado sus preferencias egoístas y apuesten por el consenso en el grupo para acabar con un dilema social que se les presentaba como problema. Eso sucedía en el seno de los asentamientos del 15-M: Se producían choque entre el grupo de trabajo animalista, el de la democracia radical, el vegano… que dispersan la fuerza de la acción organizada, alejando a la gente de su objetivo. Pero existen casos, como documenta Ostrom, ya por defecto, en los cuales el peso de la creencia o el motivo de la movilización está tan clara y es tan justificable, en un grado extremadamente similar, para la mayoría de los participantes, que estos dejan de actuar siguiendo la lógica de sus preferencias personales, y conforman una actitud de grupo.

Esa actitud de grupo no sigue ninguna lógica o racionalidad preestablecida, y genera, por tanto, sus propios esquemas de comportamiento. Sucede en los grupos de la misma forma que sucede con ratones en un laberinto, con los circuitos neuronales en el cerebro, y con robots generando patrones de conducta ‘inesperados’. Es en este segundo presupuesto, a priori más radical, donde puede descansar más fervientemente el modo de pensar de James.

Y llegó Podemos

Esta es la lógica subyacente bajo los planteamientos de la familia Galbraith, y un modelo arrollador listo para ser puesto en marcha por agrupaciones políticas como Podemos. Un partido que ha basado su modelo de expansión en la apelación a los valores y al elemento de la justicia en los ciudadanos y, una vez situados en el espectro (a esto lo llaman pragmatismo político: bajo la idea de la justicia generamos cambio indistintamente del matiz ideológico de las propuestas que pongamos en marcha), los instan a formar redes autogestionadas, en las que los ciudadanos se articulen unos con otros en base a sus propios intereses.

Esta idea ha calado de fondo en los inicios, precisamente gracias al elemento implosivo de generar redes de acción colectiva tan grandes y en tantos lugares a la vez: de esta manera, uno no llega a imaginarse hasta donde puede permear la defensa colectiva de unos intereses, derechos, e ideales, en un contexto político determinado. En nuestro caso, y como bien se argumentó en su momento, esta movilización llevó a un cambio en el tablero político, poniendo la agenda mediática y, a largo plazo, la agenda política, a sus pies.

Esta manera de entender la naturaleza del ciudadano da por hecho que todo es acción colectiva, y en este sentido, James, tanto a título individual como en connivencia con el partido puede sacar todos los titulares que crea necesarios: derribar al FMI, alabar el pragmatismo del BCE, llamar a la movilización y a la protesta ciudadana.. Todos son coherentes con su manera de entender los lazos entre lo económico y lo político y, sobretodo, el papel del ciudadano.

Más allá de eso, que en lo mediático se tilda de populista, Galbraith hijo presenta no menos planes que su padre, y en cierto modo poco, muy poco diferenciados. Lo justo para instaurar un estado del bienestar fuerte al que brindarle la responsabilidad de articular esa idea de justicia que por ahora deja caer en las manos del pueblo. Algo tan sencillo, pero bajo lo que subyace, sin embargo, todo un iceberg de sabio entendimiento de nuestra naturaleza más visceral.

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Bibliografía

P. Dunn, Stephen; Pressman, Steven., The Economic Contributions of John Kenneth Galbraith. Review of Political Economy. Volume 17, Issue 2, 2005. Disponible en [

http://www.tandfonline.com/doi/abs/10.1080/09538250500067254?journalCode=crpe20]

Ostrom, Elinor. Collective Action and the Evolution of Social Norms. The Journal of Economic PerspectivesVol. 14, N. 3, (Summer, 2000). Disponible en [http://ostromworkshop.indiana.edu/reprints/R00_11.pdf]

 

Maria Luque Fernandez

Las Palmas, España. Grado en Ciencias Políticas y Gestión Pública en la Universidad Pablo de Olavide (Sevilla). Intercambio de estudios en la Universidad Autónoma de Barcelona, especialización en Relaciones Internacionales (2014-2015). Experiencia profesional en comercio internacional y traducción. Co-fundadora de Cámara Cívica, una empresa social especializada en proveer de herramientas al individuo para empoderarlo en el espacio público. Áreas de interés: Gestión de riesgos para el desarrollo (Asia-Pacífico), teorías de la democratización, teoría de las Relaciones Internacionales, Gestión Pública.

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