El arte como última instancia

Por Milagros Egas Villacrés

En el área de derecho internacional es conocido que una persona que desea justicia necesita agotar todas las instancias judiciales locales para poder recurrir a una institución judicial internacional que comúnmente se conocen como las últimas instancias de justicia. Sin embargo hay otra institución que se presenta como un espacio de auxilio cuando las cosas se han visto totalmente perdidas ante violaciones cometidas por el Estado y que ha sido usada ante las peores atrocidades: el arte.

El arte ha sido considerado como medio de entretenimiento, un placer, un lujo de ricos y una forma de expresión que proviene de talento humano que pocos poseen. Pero también es la expresión de los sentimientos y las memorias más profundas que provienen de la intimidad de la persona que crea el arte. Inclusive este también puede ser una expresión de la memoria colectiva. Un grito que nace desde la necesidad de supervivencia del hombre que no tiene más herramientas para luchar que su creatividad.

El arte entonces puede ser y ha sido muchas veces la última instancia, especialmente en la región latinoamericana, que durante los años 80 pasó por un ciclo de dictaduras tan fuertes y autoritarias que no existía ninguna institución capaz de luchar por los derechos de los ciudadanos. En Argentina, por ejemplo, durante la dictadura de Videla,  no sólo se negó la generación de criterio y pensamiento, sino la libertad de expresión en general. Era imposible pensar que alguien tendría la libertad de quejarse contra las atrocidades que sucedían bajo el mando de Jorge Rafael Videla. Y a excepción de las acciones de las Madres de la Plaza de Mayo, cualquier ciudadano que se atrevía a dudar de las acciones estatales era visto como terrorista y consecuentemente intimidado, interrogado y hasta desaparecido.

Sin embargo, no todos ni todo estaba bajo el mando del comandante ya que hubo conocidas catarsis y quejas de artistas como Charlie Garcia, quien se atrevió a cantar sobre la desaparición eventual de los dictadores a quienes conocía mejor como “dinosaurios”. Él, junto a muchos más artistas, lograron filtrarse dentro del estricto sistema dictatorial y usando el verso, la pintura y la música crearon un espacio de alivio para el pueblo reprimido.

Una vez terminada la dictadura, y siendo la memoria colectiva de los pocos “no desaparecidos” tan amnésica, se debía hacer algo para qué acciones de este tipo jamás se repitiesen. No faltaron entonces las voces que, haciendo uso de su talento artístico, crearon obras que como todo el arte, mantendrían la memoria viva y contarían la historia no contada. Los famosos “escraches” por ejemplo que hasta ahora perduran y que con crudeza indican los culpables de las desapariciones y acusan a militares y miembros de iglesia como cómplices.

En Chile, este fenómeno se dio de igual manera y fueron los artistas los únicos que tuvieron las herramientas para demandar y acusar al gobierno de Pinochet de violencia sistemática contra opositores. Artistas se organizaron en colectivos para elaborar productos que inducían a la rebeldía. Sin embargo, en Chile como en otros lugares, no todos los artitas lograron librarse de la violencia y algunos tuvieron que huir de sus países mientras que otros fueron asesinados  como el conocido caso de Víctor Jara.

Eventualmente, y ya terminadas las dictaduras en países como Argentina, Chile, Uruguay y Brasil, se crearon organismos de justicia que se adaptaban a cada realidad como las Comisiones de la Verdad, instancias de reconciliación y colectivos de reconocimiento de desaparecidos. Sin embargo, estas instancias solo servirían para víctimas o allegados a víctimas que tuvieran una conexión directa a la violencia vivida. Y ni siquiera así alcanzarían a generar una real reconciliación en la población, ya que se dejó de lado al resto de la sociedad de la cual un porcentaje negaba los hechos ocurridos. Y esta memoria fragmentada y amnésica es la que ninguna instancia logró recuperar. Solo el arte, los “happenings”, los “performances”, los escraches, las canciones y las fotografías con el “presente ausente” han sido los rehabilitadores de las sociedades heridas en América Latina. Solo las acciones artísticas colectivas o individuales han logrado mantener el recuerdo de un mal que afectó a toda la población y que nunca quiso salir a la luz.

Y el arte no solo ha sido utilizado en épocas de dictadura como se mencionó anteriormente, sino también en momentos de corrupción y de crisis políticas que hartaron de tal manera al pueblo que las manifestaciones no faltaron. En el Perú, por ejemplo, durante el mandato de Fujimori, la gente decidió participar en un “performance” denominado “Lava la Bandera”, un acto simbólico para lavar la bandera del país en la Plaza Mayor de Lima, puesto que la patria y sus símbolos patrios estaban llenos de basura y corrupción.  Esta era una invitación a cuestionar la política desde sus raíces, y una intención de refundar la nación peruana.

Como hemos visto, el arte ha sido un medio rehabilitador de la sociedad latinoamericana y una plataforma para generar reclamos y acceder a la justicia que el mismo sistema judicial le ha negado a la ciudadanía. Y no solo esto, sino que el arte también ha mantenido viva la memoria fragmentada de poblaciones que luego de haber sufrido bajo mandatos de horror y violencia han sido abandonadas y no han tenido procesos adecuados de reconciliación. El arte es entonces mucho más de lo que el ciudadano común cree y ve, y es esencial que los seres humanos la apreciemos y respetemos, ya que algún día, podría ser la última instancia.

Milagros Egas Villacrés

Quito, Ecuador. Licenciada en Relaciones Internacionales, Universidad de San Francisco de Quito. Máster en Derechos Humanos en la Universidad de Columbia. Ámbito de interés: Derechos de los Pueblos Indígenas, Relaciones Internacionales, Estudios Latinoamericanos, Estudios de los Pueblos Indígenas, Derechos Humanos, Democracia. Actualmente soy Especialista en Organizaciones de Sociedad Civil en la ONG Corporación Participación Ciudadana. También estoy muy involucrada con los derechos de Pueblos Indígenas y en el 2014 asistí a la décimo tercera sesión del Foro Permanente de Cuestiones Indígenas de las Naciones Unidas en New York.

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