¿Quién fue realmente Pelayo? De Caudillo a elegido

Sin-título1

Por Alberto Venegas Ramos. Artículo originalmente publicado en Témpora Magazine

Pelayo, la batalla de Covadonga, Cangas de Onís, Asturias, etc., son todos conceptos que están alojados con fuerza en la memoria colectiva de la sociedad española para bien o para mal. Sin embargo, el conocimiento académico sobre cada uno de estos conceptos es limitado y escaso, además de parcial y en muchos casos subjetivo debido al uso político e ideológico que de ellos se ha hecho. La escasez en la documentación escrita no ha permitido un adentramiento profundo en la materia y la débil, pero prometedora, escena arqueológica en torno al territorio y tiempo donde surgieron todos estos nombres no ha logrado arrojar luz suficiente sobre ciertas cuestiones, como por ejemplo, ¿quién fue, realmente, Pelayo?

“…godo Pelayo […] y godo Alfonso, su yerno […] no puede sorprender que junto a ellos acudieran los godos refugiados en el país. Las evidentes raíces góticas que es fácil rastrear en la vida política del reinecillo fundado en las breñas de Asturias y por los astures, nunca antes contagiados de goticismo […] se explicarán bien de admitir el acogerse en torno a Pelayo y a Alfonso de gente rodriguistas fugitivas en el Norte. Los refugiados en las Galias influyeron en la vida institucional de los primeros carolingios” (Sánchez Albornoz, 1986:101).

Sánchez-Albornoz, vetusto medievalista, fue uno de los principales defensores del Pelayo visigodo. En sus obras nos presenta al caudillo asturiano como descendiente de grandes linajes godos. Este hecho, por supuesto, no se nos antoja extraño, ya que es la forma en la que la Historia escrita nos lo presenta por vez primera, en la «Crónica de Albelda» (881), escrita más de siglo y medio después de la muerte del caudillo asturiano. Esta Crónica durante las noticias referidas al monarca visigodo Vitiza menciona la ascendencia de Pelayo como hijo de Fávila, dux de Galicia y por tanto, un noble importante del reino visigodo de Toledo. Este Fávila, según la Crónica, fue asesinado por Vitiza, cuando este aún no era rey, de un bastonazo en la cabeza por culpa de una mujer. Una vez llegó Vitiza a la corona, Pelayo fue expulsado de la corte para evitar represalias familiares. Una vez huido al norte, según Sánchez Albornoz, se rodeó de la aristocracia regional, “entre aquellos bravos montañeses mal romanizados y peor sometidos a los godos tuvo eco el llamamiento del rebelde; se alzaron en armas y se unieron a Pelayo” (Sánchez Albornoz, 1986: 84).

La propia «Crónica de Albelda>> describe a Pelayo como “el que después se sublevaría con los asturianos contra los sarracenos” (Casariego, 1985: 34), quedando patente el destino del que sería el primer rey de Asturias como el incipiente líder de una rebelión. Y si fue una rebelión es que había alguien por encima al que enfrentarse y por tanto manifiesta la postura de Pelayo como líder guerrero circunstancial contra un peligro inminente, los sarracenos, postura que veremos más adelante. Y por si quedara alguna duda, Albornoz remacha su opinión con una frase contundente: el futuro rey de Asturias perteneció quizás a la fracción nobiliaria enemiga del penúltimo rey godo: a la fracción que combatió a los vitizanos” (Sánchez Albornoz, 1986: 76).

Por tanto, según esta visión tradicional de la vida y obra de Pelayo, este sería hijo de un potentado visigodo, señor territorial de Galicia, expulsado de la corte por orden de Vitiza, el rey godo que, según la tradición, vendió la Península al Islam al pedir ayuda a estos en su lucha contra Rodrigo, el otro contendiente al trono visigodo.

Ahora bien, ¿y si Pelayo no hubiera pertenecido al pueblo visigodo? Díaz (1998: 175 – 195), en un artículo breve, apunta a la ruptura, más que a la continuidad, entre el reino godo y el asturiano, “no nos encontraríamos tanto ante un resurgir de la institución monárquica como ante la creación de una institución de nuevo cuño. Proceso este que iría asociado a la “invención” de una tradición justificativa” (C. Díaz, 1998: 179). Y de hecho, esa invención de la tradición justificativa ha sido uno de nuestros temas de investigación (A. Venegas, 2013). Estas sentencias se apoyan en citas cronísticas como la que nos deja la Crónica Rotense, escrita, supuestamente, por Alfonso III. Pelayo, en esta Crónica, no aparece como descendiente de un gran linaje godo como lo presentaban en la Crónica de Albelda, sino que el cronista, supuestamente Alfonso III, menciona únicamente sus cargos en la monarquía visigoda, espatario de los reyes Vitiza y Rodrigo, a quienes abandonó tras la batalla de Guadalete, al contrario que en la anterior crónica, donde acude a Asturias mucho antes de la llegada del Islam. Sin embargo, y en esto sí coinciden, la revuelta y el odio de Pelayo hacia el Islam no provienen de concepciones estatales o ideológicas, sino por la simple revancha personal, ya que en esta ocasión Munuza, gobernador sarraceno de Asturias, se casa con la hermana de Pelayo sin el consentimiento ni la noticia de este. Claro que el destino y la <<Crónica Rotense>>  le tenían reservado a Pelayo un futuro más prometedor:

“…se encontró con un tropel que iban apresuradamente a reunirse en un concilio. Enseguida ascendió a un gran monte cuyo nombre es Auseva y en cuya ladera hay una caverna segurísima de gran capacidad y de la cual sale un río llamado Enna. Por todos los presentes se dirige un mandato para que se reúnan en una asamblea y en ella eligieron para sí a Pelayo como príncipe” (Casariego, 1985: 52).

El origen de la monarquía asturiana se deja entrever en esta Crónica Rotense como un proceso primitivo donde una serie de líderes militares se reúnen en un lugar tan tosco como una caverna y eligen a Pelayo como rey, sin ningún tipo de rito ni ceremonial asociado a la monarquía, acciones todas de una importancia esencial en una monarquía medieval como la visigoda: “las titulaciones regias, el sistema de datación, los adjetivos que habitualmente acompañan a cualquier mención de los soberanos y las leyendas mentales sirven también, en los documentos escritos, para fortalecer la institución monárquica y difundir el concepto de poder a ella asociado” (Valverde Castro, 1991: 143) y nada de esto aparece en esta Crónica Rotense, asociada usualmente a una visión más popular de los acontecimientos históricos, alejándonos, por tanto, de una visión continuista donde Pelayo era un noble visigodo expulsado de la corte y acercándonos a un punto de vista donde Pelayo era un simple caudillo de la zona.

Estos hechos se relacionan con las noticias que nos ofrece la «Crónica de Albelda», inmediatamente anterior a la«Rotense», donde de Pelayo nos narra sin ningún adorno como reinó durante dieciocho años estableciendo la corte en Cangas de Onís y rebelándose a Munuza, gobernador de la zona establecido allí por Muza. No menciona ningún tipo de rito ni celebración de coronación ni entronización. Hechos que asocian al caudillo asturiano con poblaciones poco romanizadas que, una vez marginadas de los planes territoriales islámicos supieron crear y elaborar un discurso y utilizarlo como legitimización y casus belli para, aprovechando las crisis políticas andalusíes, avanzar territorialmente hacia el sur. Y este discurso comienza en estas crónicas, las llamadas Crónicas Alfonsinas (Albelda, Rotense y Sebastianense) y se refina especialmente en la tercera de ellas, donde aparece la imagen “oficial” de Pelayo.

No debemos olvidar que ninguna de las crónicas hasta aquí utilizadas es contemporánea al inicio del Reino de Asturias, la figura de Pelayo y el comienzo de la monarquía asturiana. La primera, la de «Albelda», fue escrita ya bajo el gobierno de Alfonso III, siglo y medio después de la irrupción islámica en Hispania. El Reino de Asturias así como su monarquía se encontraba ya consolidada y las crónicas ofrecen una intención particular, ensalzar la figura monárquica. Todas las crónicas responden a un estímulo real. Todas fueron encargos del monarca a diferentes eruditos para que plasmaran la historia de su linaje o dinastía, acción de un valor esencial para la legitimidad real:

“…tal como Orosio, Hydacio y Jordanes nos dan cuenta del tránsito de poder de Alarico a Athaulfo, no se trataría tanto de un acto consciente por parte del primero, como de una utilización intencionada del parentesco por parte del segundo que habría aprovechado esta circunstancia para construir una genealogía interesada, un mito sobre la ascendencia familiar y su asociación con una familia con derechos preferentes a la hora de ocupar el cargo de rex” (C. Díaz, 1998: 180)

Hecho que queda más que constatado en la tercera de las Crónicas Alfonsíes, la «Sebastianense», y en el pasaje de la elección de Pelayo. Ahora no es uno más, un primus inter pares elegido por una asamblea de astures, sino que ahora “de los [godos] que quedaron de real estirpe, unos se fueron a Francia y otros muchos [vinieron] a este territorio de los asturianos y eligieron para sí como príncipe a Pelayo, hijo del Duque Fávila, que era de ascendencia real” (Casariego, 1985: 67). No solo destierra la imagen de los astures eligiendo a su propio rey guerrero, sino que emparenta directamente a Pelayo, elegido por godos en asamblea, con la realeza visigoda. La búsqueda del linaje de prestigio es, por tanto, evidente en este texto. Es más, esta versión esconde la sumisión del pueblo astur al gobernador sarraceno Munuza. La soberanía de Asturias no se pone en entredicho en ningún momento, de hecho el cronista aprovecha la figura de Pelayo para colocar en su boca el discurso iniciático del casus belli de la “Restauración” o “Reconquista”:

“Confíamos por la misericordia divina en que desde este modesto monte que estás contemplando, se restaurará y salvará, volverá la salud a España y al ejército y la nación de los godos, para que se cumpla en nosotros la palabra profética que dice: Los trataré con la vara de sus inquinidades y con el azote de sus pecados, mas no les privaré de mi misericordia” (Casariego, 1985: 68)

Esta versión acabará formando la visión oficial de la cronística cristiana medieval sobre la figura de Pelayo y que llegará hasta nuestros días, cuando ha comenzado a ponerse en entredicho, especialmente por autores de la talla de Juan Gil Fernández con José L. Moralejo y Juan Ignacio Ruiz de la Peña Solar en su traducción de las Crónicas asturianas (Universidad de Oviedo, 1985), o Eduardo Manzano Moreno (Crítica, 2011) que entroncan a la monarquía asturiana con formas y estructuras sociales poco romanizadas.

Por lo tanto, si volvemos a preguntarnos “¿quién fue Pelayo?” la respuesta no es sencilla ni fácil, aunque resumiendo los argumentos que hemos ido presentando en este breve artículo podríamos concluir que fue un caudillo asturiano elegido como líder guerrero en un momento de necesidad y cuyos sucesores por línea femenina, su hijo Fávila apenas le sobrevivió y su hija, Hermenegilda, casó con Pedro, dux de Cantabria, cuyos hijos serían los primeros reyes de Asturias, fueron creando un discurso y una mitología en torno a él y sus orígenes para legitimar su posición dominante entre la frágil sociedad cristiana del norte peninsular, teniendo su apogeo bajo el reinado de Alfonso III, cuyas crónicas crearon la visión y la imagen oficial que nos ha llegado hasta nuestros días gracias a la perpetuación de su discurso en crónicas posteriores como la «Silense»:

“Allí, Pelayo, un espatario del rey Rodrigo que deambulaba por aquellos lugares bajo la opresiva ocupación de los moros fue designado por el divino oráculo para expulsar a los bárbaros, ayudado por algunos guerreros godos unidos a la comunidad de los asturianos” (Casariego, 1985: 124).

En esta Crónica desaparece cualquier mención a la elección humana para pasar a la elección divina, siendo el propio Dios quien eligió a Pelayo para que fuera su paladín en la expulsión de los sarracenos de la Península Ibérica.

______________________________________________________________________________

Bibliografía

-ARCE, J., Esperando a los árabes. Los visigodos en Hispania (507 – 711), Madrid: Marcial Pons, 2011.

-BARRAU-DIHIGO, L., Historia política del reino asturiano (718-910), Gijón: Silveiro Cañada, 1989.

-DÍAZ MARTÍNEZ, P. C., “Rey y poder en la monarquía visigoda”, Iberia, 1. Logroño: Universidad de la Rioja, 1998. pp. 175-195.

-MORALEJO, J.L.; RUIZ DE LA PEÑA SOLAR, J. I. y GIL FERNÁNDEZ, J., Crónicas asturianas, Oviedo: Universidad de Oviedo, 1985.

-SÁNCHEZ-ALBORNOZ, C., El Reino de Asturias: Orígenes de la nación española. Estudios críticos sobre la historia del Reino de Asturias, Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2001.

Tempora Magazine

Témpora Magazine es una propuesta cultural fruto de la iniciativa de unos jóvenes licenciados en Historia cuya intención es contribuir con la divulgación histórica de calidad. Nuestro equipo está compuesto por un grupo de personas cualificadas en sus respectivas titulaciones. Nuestra principal misión es acercar la Historia a todos e invitar a que el público en general contribuya con su espíritu crítico a conseguir nuestra meta común: hacer Historia.

Be first to comment