El populismo y sus dilemas I: ¿Qué es el populismo?

populismo

Por Hugo A. Garciamarín Hernández

El populismo está de “moda” en la Ciencias Sociales. Desde la (re)aparición de los populismos en América Latina, la irrupción de populismos innovadores en Grecia y España, y el nacimiento de algunas expresiones populistas en África, su estudio ha estado en auge. Sin embargo, a pesar de ser un concepto ampliamente trabajado, siempre ha sido un fenómeno espinoso, incómodo, de difícil caracterización, que ha causado más de una polémica en nuestras disciplinas. Por esta razón, desarrollaré una serie de entregas en este portal con la intención de clarificar un poco el tema y generar un debate que nos ayude a ampliar más nuestro conocimiento en la materia. Al respecto, debo de advertir al lector, lo que mostraré aquí no son resultados finales ni mucho menos, sino planteamientos parciales de una investigación todavía en curso. Sin más, y hecha esta aclaración, comenzaré con el tema de hoy: ¿Qué es el populismo?

Los trabajos que buscan responder esta pregunta, aunque amplios, pueden dividirse en dos grandes bloques: aquellos a los que considero tradicionalistas, que ven al populismo como una amenaza para la democracia; y los que llamo reivindicadores o radicales[1], que consideran que el populismo, en su versión “honesta”, puede ser benéfico para la democracia.

  1. Los tradicionalistas.

En esta corriente podemos encontrar diversos autores y enfoques teóricos: como autores tenemos desde los más clásicos como Gino Germani y Torcuato Di Tella, hasta autores contemporáneos como Sussane Gratius y Ludolfo Paramio, y los cuantitivistas Nathaniel Allred, Kirk Howkings,  Saskia, P. Ruth ─y la mayoría de los miembros del Team Populism de la Brigham Young University. Mientras tanto, en cuanto a los enfoques, tenemos desde la teoría formalista y la estructural-funcionalista; hasta la desarrollista y la marxista, por poner sólo algunos ejemplos. No obstante, a pesar de esta variedad, todos parten, de una u otra forma, de una idea similar a la siguiente:

El populismo, dentro de su dificultad de definición ─pues unos lo han definido como movimiento, algunos como partido, otros como discurso, etc.─, se caracteriza por la irrupción de las masas populares en la vida política mediante la agitación de un líder carismático. Ésta irrupción nace como respuesta a una transición de una fase económica a otra, o en aspectos más políticos, de un sistema político de escasa participación a uno de amplia participación[2]. Lo anterior genera que convivan dos tipos de sociedades al mismo tiempo, una que se niega al cambio y otra que transforma, poco a poco, las estructuras existentes. De igual forma, el populismo también tiene características económicas: según la perspectiva más conservadora dentro de la visión tradicionalista, las modernizaciones inconclusas gobernadas por el populismo derivan en la incorporación clientelar de los grupos “insatisfechos”, terminando en una gran crisis fiscal[3].

El problema con esta visión fue que a principios de los años noventa surgieron populismos con proyectos económicos de corte neoliberal, lo que tiró, en gran medida, la perspectiva económica del populismo. Ante esto, la visión tradicionalista derivó en tres subgrupos que pusieron el acento de su crítica en lugares diferentes: unos decidieron rechazar la incorporación de nuevos fenómenos como populistas[4]; otros siguieron bajo la perspectiva tradicionalista y siguieron viendo al populismo como un desastre para la economía; y finalmente, algunos prefirieron elaborar sus postulados de manera política: el populismo es una amenaza por el debilitamiento que provoca en las instituciones democráticas. En este trabajo haré hincapié en esta última.

  • El populismo como peligro para la democracia.

La democracia representativa se basa en la idea de que en las sociedades contemporáneas hay individuos o partidos que actúan en nombre del ciudadano en defensa de sus intereses. Esta representación va de la mano con la construcción clásica del liberalismo, la cual dicta que el poder concentrado en un individuo es peligroso, y por ende, debe distribuirse en tres dimensiones de gobierno: el poder legislativo, el poder ejecutivo y el poder judicial. Así pues, la democracia representativa se caracteriza por la división de poderes a partir de instituciones democráticas ─parlamentos, gobierno, administración y poder judicial─ y por la designación de representantes mediante elecciones.

Tomando en cuenta lo anterior, la crítica se centra en que el populismo genera un debilitamiento en las instituciones democráticas: sea discurso, movimiento o partido, se constituye a partir de la exaltación de las masas bajo un liderazgo carismático y demagogo. Éste líder ─que surge principalmente en momentos de crisis y “en Estados de pocos derechos con instituciones democráticas débiles y con una separación de poderes ineficiente”─, busca hacerse del poder  haciéndose pasar como el representante verdadero del pueblo. Esto es un peligro porque genera una contradicción entre la democracia representativa y la figura “caudillista”: el populismo terminará por debilitar las instituciones democráticas para tener una mayor concentración de poder y una relación directa de control hacia las masas populares[5].

Así pues, el populismo termina constituyéndose como un régimen híbrido  que combina características democráticas con autoritarias, pero con una inclinación mayor hacia estas últimas. Sin embargo, al ser un régimen dependiente de la movilización popular y que nació de manera coyuntural, no tiene bases sólidas que lo sostengan, lo que termina en una caída estrepitosa. Al final, el populismo se disuelve y deja a su paso un desastre: no sólo debilita las instituciones democráticas sino que, además, disminuye la confianza del ciudadano en éstas[6]. El populismo, por tanto, es un retroceso, una amenaza, y el mayor mal para una democracia, la cual debe de sortear sus problemas mediante la solución plural de la representación política, evitando “las tentaciones populistas”[7]

  1. Los reivindicadores.

Mientras tanto, por otra parte, la visión reivindicadora del populismo es igual de extensa y compleja que la tradicionalista; sin embargo, se puede dividir en dos: aquellos que encuentran elementos democratizadores en el populismo ─como Enrique Peruzzoti y Cristóbal Rovira─; y los que lo consideran como parte de la democracia ─como Margaret Canovan, Benjamín Arditi, y Francisco Panizza[8]. Por cuestión de espacio sólo elaboraré el argumento central de esta perspectiva sin distinguir entre ambos subgrupos.

  • El populismo y la confirmación de la democracia.

La democracia, en términos poliárquicos de Dahl[9], es un régimen que se construye mediante dos elementos contradictorios que confluyen entre sí: uno normativo y uno empírico. El elemento normativo es aquél que nos muestra las características ideales que debe de tener una democracia; mientras que el elemento empírico es aquél que nos revela la forma en que la democracia se manifiesta realmente en los países que dicen ser democráticos. Estos elementos son contradictorios porque el ideal de democracia se distancia de su expresión material, lo que obliga a conceptualizarla de manera diferente. Así surge el concepto de poliarquía: los países son democráticos porque cumplen con ciertas características mínimas, pero se definen como poliarquías porque no llegan a constituirse tal cual sugiere la democracia ideal.[10]

Esta forma de entender la democracia nos obliga a someterla a evaluación constantemente, e incluso, desde una perspectiva de mercado, a ponerla en competencia: conceptos como Calidad de la Democracia, por ejemplo, surgen para comparar democracias y establecer cuál se acerca más a los ideales democráticos o, dicho de otra forma, cuál democracia es mejor. Por lo tanto, las democracias  están siempre bajo la exigencia de acercarse más a su ideal.

Es en este sentido que el populismo entra a discusión: en algunos casos las democracias representativas derivan en élites políticas que se alejan más y más de los ciudadanos. Esto, más desgastes económicos o políticos ─como la corrupción─, genera que haya una evaluación más feroz hacia la democracia: si la democracia es el régimen menos malo posible en el que los ciudadanos ven representados sus intereses en aras de su beneficio, entonces esta democracia debe de mejorar, pues no está cumpliendo su deber y está favoreciendo a unos cuantos: en palabras de los indignados, a esto le llaman democracia ¡y no lo es!

La lógica liberal/representativa contestaría lo anterior diciendo que sí es democracia, y que los males inherentes a la política y a la representación se solucionarán desde arriba, algo así, diría Ramírez, como que la solución llegará “mediante la confección de mejores leyes, castigos mediante el voto a un partido, y luego a otro y otro, hasta que se alcancen equilibrios virtuosos. […] como que nuestras élites se reeduquen a sí mismas mediante un complejo entramado legal, cultural y político”[11].

El populismo contrasta con lo anterior y se convierte en un evaluador de la democracia que exige su mejora a través de una estrategia diferente[12]: la lógica populista considera que la solución para la crisis política es la sustitución de las élites, pues ellas son parte del problema. Así, el populismo se fortalece acentuando la diferencia entre la élite política y su némesis virtuoso, el pueblo. Esta simplificación va acompañada de un líder carismático que se presenta como el emisor principal del discurso polarizador, pero a la vez, como la imagen personificada de la representación verdadera: pueblo y líder están fuertemente relacionados y se conectan a través de una democracia más directa. El líder se sostiene del pueblo y depende de su constante politización. El populismo, por tanto, necesita de la participación protagónica de las masas populares.

¿Esto es un problema tal y como lo afirman los tradicionalistas? Los reivindicadores responderían que no necesariamente: ¿acaso no el mismo planteamiento dahlniano implica una constante mejora de la democracia? ¿No es verdad que la democracia vive incompleta y necesita confirmarse de manera constante?  El populismo, entonces, no es más que una estrategia que va más allá de la visión tradicionalista, pero que en esencia, busca lo mismo: mejor democracia.

No obstante, la visión reivindicadora no cae en los absolutos que sí adopta su contraparte: el populismo siempre aparece como un fenómeno renovador de la democracia, pero no necesariamente termina en algo positivo, pues siempre habrá quien busque hacerse del poder sin especificar sus razones verdaderas: el populismo puede derivar en una versión más democrática o en una versión autoritaria, y por lo tanto, carece de una caracterización ideológica: el populismo no tiene una ideología clara de izquierda ni de derecha, sino que se viste bajo el disfraz de la inconformidad sintetizada en la idea de pueblo.

¿Lo anterior es lo que lo vuelve peligroso? De nuevo los reivindicadores dirían que no: la posibilidad de que alguien mienta y “vista un disfraz” para ocultar sus intereses, se da incluso en la política convencional. La clave está, precisamente, en el análisis coyuntural del populismo y en sus especificaciones.

  1. A manera de conclusión: una definición de populismo.

Más allá de la discusión teórica que hay en torno al populismo, nos encontramos frente a un fenómeno rico en cuanto estudio pero de difícil caracterización. Sin embargo, es posible establecer elementos mínimos en los que coinciden ambas teorías: el populismo 1) nace en momentos de crisis política o de representatividad, 2) cuenta con la presencia de un líder carismático y 3) tiene alta participación popular.

Ahora bien, si estos son sus rasgos mínimos ¿qué es el populismo? Coincido con la idea de  que puede ser movimiento, partido, discurso y una característica gubernamental, más no un proyecto económico y un régimen político. Por lo tanto, entiendo al populismo como un fenómeno político sin ideología clara y profundamente anti-elitista, que busca desplazar a la élite existente en un momento dado ─válgase la redundancia─ mediante un discurso que polariza a la sociedad en dos (élite-pueblo; ellos-nosotros; los de arriba-los de abajo; los de adentro-los de fuera) y que tiene como elemento distintivo la presencia de un líder carismático. Así pues, el populismo es, más que cualquier otra cosa, una estrategia de consecución del poder.

Es pronto aún para hacer conclusiones más elaboradas sobre el populismo y espero poder desarrollarlas de mejor manera en las siguientes entregas, ya que hace falta profundizar en ciertos aspectos de los que sólo di pinceladas: crisis de representatividad, construcción del concepto de pueblo, expresiones populistas de izquierda y  de derecha, y la relación entre democracia representativa y el populismo. No obstante, me parece que con lo que desarrollé en este artículo es posible establecer dos cuestiones finales:

 Primero, estudiar al populismo exige tener una visión amplia del fenómeno. Desde mi punto de vista, la Ciencia Política y las Ciencias Sociales se atan de manos si pretenden generalizar al estudiar el populismo. La riqueza académica del concepto se encuentra más en sus especificaciones de caso que en sus generalizaciones analíticas. Comprender al populismo desde su visión tradicional implica, necesariamente, entenderlo como un fenómeno inmutable: no importa el caso, ni la coyuntura socio-histórica en la que se da, siempre tendrá los mismos resultados. Esto implica abandonar, por ejemplo, dilemas tan complejos como las crisis de representatividad, la cuales, por obvias razones, no pueden replicarse en diferentes países, ni en diferentes momentos.

Segundo, el surgimiento del populismo parece exigirnos que también pensemos a la democracia  como “problema”, en el sentido de que aunque es la mejor régimen gobierno ─o el menos malo en términos de Linz─ no ha sido la solución que nos habían prometido y tiene sus propias complicaciones: ¿Cuáles son los alcances de la democracia?, parece seguir siendo la pregunta. No estoy seguro de la respuesta, pero las irrupciones de populismo parecen decirnos que la que hay no es suficiente.

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Bibliografía

  • Bartra, Roger. La fractura mexicana: izquierda y derecha en la transición democrática, México: Debate, 2009, sin numeración. Disponible en https://goo.gl/H6wvAr
  • Robert Dahl, Poliarquía: participación y oposición,España, Madrid: Tecnos, 1990.
  • Gratius, Sussane “La tercera ola populista de América Latina”, FRIDE, núm. 45, documento de trabajo, Octubre de 2007.
  • Gratius, Sussane “Reflexiones sobre izquierda y populismo en América Latina”, Colección de estudios internacionales, núm. 6 2009.
  • Paramio, Ludolfo. “La izquierda y el Populismo,” en La izquierda en América Latina, España, Madrid: Editorial Pablo Iglesias, 2012.
  • Ramírez, Gibrán, “Repensar el populismo: populismo y democracia,” Horizontal, 11 de agosto, 2015, consultado el 2 de enero de 2016. http://horizontal.mx/el-populismo-y-democracia/
  • Cristóbal, Rovira, “The Responses of populism to Dahl’s Democratic Dilemmas, Political Studies, Vol. 62, 2014, pp. 470-487.
  • Moscoso, Carlos. El Populismo en América Latina, España, Madrid: Centro de Estudios Constitucionales, 1990.
  • Peruzzotti, Enrique. “Populism in democratic times: Populism, Representative, Democracy, and the Debate on Democratic Deepening”, en Latin American Populism in the Twenty-First Century, ed. Carlos de la Torre y Cynthia J. Anderson (USA: Baltimore, WilsonCenter, 2013),
  • Ulluoa, César. “El populismo a escena: ¿por qué emerge en unos países y en otros no?”. Tesis para obtener el título de Doctor en Ciencias Sociales, FLACSO Ecuador, 2015.
  • Weyland, Kurt. “Clarificando un concepto: el populismo en el estudio de la política latinoamericana”, Diálogos, Febrero, 2004.

Referencias

[1] Una propuesta para definir los trabajos de populismo en dos grandes grupos es la que plantea Gibrán Ramírez en, “Repensar el populismo: populismo y democracia,” Horizontal, 11 de agosto, 2015, consultado el 2 de enero de 2016. http://horizontal.mx/el-populismo-y-democracia/  Mientras tanto, César Ulluoa agrupa la bibliografía sobre populismo en tres grupos: “Una, que identifica ciertos elementos democratizadores en el populismo, otra que mantiene una postura crítica e incluye la tesis de que el populismo debilita la democracia y una tercera, que analiza el fenómeno como parte de la democracia”.  César Ulluoa, “El populismo a escena: ¿por qué emerge en unos países y en otros no? (Tesis para obtener el título de Doctor en Ciencias Sociales, FLACSO Ecuador, 2015), p. 3.

Nosotros nos quedamos con la perspectiva que agrupa el debate del populismo en dos bloques, porque creemos que los que encuentran ciertos elementos democratizadores en él, así como los que lo creen parte de la democracia, pueden agruparse en un mismo apartado, esto es, la visión reivindicadora del populismo.

[2] Carlos Moscoso, El Populismo en América Latina, (España, Madrid: Centro de Estudios Constitucionales, 1990), p. 72.

[3] Roger Bartra, La fractura mexicana: izquierda y derecha en la transición democrática, (México: Debate, 2009), sin numeración. Disponible en https://goo.gl/H6wvAr

[4] Kurt Weyland, “Clarificando un concepto: el populismo en el estudio de la política latinoamericana”, Diálogos, Febrero (2004), p. 18.

[5] Susanne Gratius, “La tercera ola populista de América Latina”, FRIDE, núm. 45, documento de trabajo, (Octubre de 2007). p. 2

[6] Ludolfo Paramio, “La izquierda y el Populismo,” en La izquierda en América Latina, (España, Madrid: Editorial Pablo Iglesias, 2012).pp. 42 y 43.

[7] Susanne Gratius, “Reflexiones sobre izquierda y populismo en América Latina”, Colección de estudios internacionales, núm. 6 (2009), p. 26.

[8] César Ulluoa, Íbid.

[9] Al respecto revisar Robert Dahl, Poliarquía: participación y oposición,(España, Madrid: Tecnos, 1990).

[10] Al respecto Cristóbal Rovira, “The Responses of populism to Dahl’s Democratic Dilemmas, Political Studies, Vol. 62, 2014, pp. 471: “According to Dahl, the double meaning of democracy is often confusing, but also indicative of a productive tension between empirical and normative approaches.Whereas the former seek to measure whether and to what degree a country is democratic, the latter aim to show that democracy is justified as a political system that is responsive to all its citizens”.

[11] Ramírez, Íbid.

[12] Enrique Peruzzotti, “Populism in democratic times: Populism, Representative, Democracy, and the Debate on Democratic Deepening”, en Latin American Populism in the Twenty-First Century, ed Carlos de la Torre y Cynthia J. Anderson (USA: Baltimore, WilsonCenter, 2013), 67.

Hugo A. Garciamarin Hernandez

Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Máster en Ciencia Política en la Universidad de Salamanca (en curso). Ejerció la docencia en la UNAM. Forma Parte de GRUPO IDEA y el proyecto SINERGIA (ambos de la UNAM). Áreas de interés: Izquierdas, Régimen, Sistemas Políticos y Democracia. Actualmente trabaja Populismos Latinoamericanos.

1 Comment

  • […] a desarrollar una comparación entre ambos populismos a partir de la caracterización que hice para The Social Science Post y las dimensiones que propuse anteriormente para Horizontal ─simbólica y material─ agregando […]

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