La ciudad: un nuevo territorio hostil

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Por Pedro Manuel Herrera de la Pascua

A nivel mundial la ciudad se ha convertido en la forma hegemónica de comunidad humana, la forma en la que más seres humanos habitan, trabajan, se relacionan y viven y mueren. Como explica uno de los padres de la sociología urbana, Ezra Park en su obra La Ciudad:

“La ciudad es algo más que una mera constelación de instituciones y aparatos administrativos[…] La ciudad es, más bien, un estado de ánimo un conjunto de costumbres y tradiciones, y de aquellos sentimientos y actitudes inherentes a estas costumbres y que son transmitidos con estas tradiciones. […] la ciudad […] es un producto de la naturaleza y en particular de la naturaleza humana.”

Según esta definición se entiende la ciudad como algo similar a un ecosistema vivo donde habitaríamos los seres humanos. Así, no es de extrañar que las urbes hayan ido transformando su fisonomía como producto del sistema económico operante. La respuesta al porqué de la relación de estos cambios con los intereses económicos es bien sencilla, al estar el espacio urbano en permanente modificación (aumentan o disminuyen en población por lo que hay que construir nuevas viviendas, se degradan partes de la ciudad…) necesitan de una permanente inversión para mantener la ciudad activa.

Para el modelo capitalista neoliberal aparece la ciudad como un espacio en el que la actividad económica es especialmente rentable, ya que incluye una alta rotación de capitales, siendo, tanto el mercado de viviendas como el de la construcción de infraestructuras, bienes de larga caducidad donde valor de uso y de cambio[1] se confunden.

En este marco económico, donde la economía financiera adquiere primacía sobre el resto de la actividad económica, el mercado inmobiliario es tremendamente goloso por el mero hecho de que estos bienes inmuebles no pierden su valor de cambio al ser comprados por el individuo, ya que éste puede vender este bien un número indeterminado de veces, al no ser un objeto de caducidad más o menos inmediata.

Por lo tanto, al ser estos bienes caros para el consumidor medio, es necesario recurrir a préstamos por parte del sector bancario. Al ser un  mercado en el que estos bienes, en el medio plazo, vuelven a estar de nuevo a la venta, se permite una alta rotación de capitales.

También resulta interesante para el capital ir modificando el entorno con inversiones en los núcleos urbanos ya que, de un lado, mejores servicios (colegios, parques, hospitales…) influyen en el precio final de las viviendas, y de otro, estas mismas inversiones generan grandes beneficios en las empresas que de una u otra forma participan del proceso.

Para Manuel Castells  la configuración urbana ha dependido históricamente en gran medida de la lucha de clases ya que, para el desarrollo de las primeras ciudades industriales, fue necesario, de una parte un éxodo rural que proporcionase la fuerza de trabajo necesaria para la industrialización y de otra, la creación de un mercado de consumo amplio que permitiese dar lugar al excedente de producción generado y a la concentración de la mano de obra en las fábricas que lo permitían.

En este sentido, la relación entre espacio y clase social es clara: la estructura de clases puede entenderse como una estructura de distribución desigual de oportunidades  que varía temporal y espacialmente. De hecho, desde el punto de vista espacial, las características del entorno y su localización condicionan las probabilidades de acceso a bienes, a servicios y al desempeño de actividades, teniendo distinto acceso a oportunidades según la zona que habiten. Así, podemos entender, por ejemplo, que habitantes de zonas consideradas marginales tengan menos posibilidades de aspirar a un puesto de trabajo, teniendo en algunos casos que falsificar su dirección en el curriculum vitae, como sucede con muchos pobladores del barrio de las tres mil viviendas en Sevilla.[2]

En esta división clasista de lo urbano intervienen factores claves como el precio que las viviendas alcanzan en el mercado, precio, que entre otros factores, tiene que ver con lo deseable que sea la zona( seguridad, buenos trasportes…) De esta manera las personas con mayor capacidad adquisitiva serán aquellas que pujen más alto por las viviendas, desplazando a las de menor renta, de forma paulatina, hasta las zonas menos deseables, quedando los barrios más degradados para la clase obrera y el lumpenproletariado.

Se da así un circuito en el que las áreas donde se establecen estas personas con menor poder adquisitivo adquieren un menor interés por parte del mercado inmobiliario en invertir en ellas, iniciándose así el proceso por el cual estas propiedades pasan a estar más y más degradadas, atrayendo a personas de cada vez menor poder adquisitivo llegándose a convertir en bolsas de exclusión social.

Es más, pese a que estas zonas a menudo reciben intervención estatal para su rehabilitación, esto no hace sino forzar que el precio de los alquileres y las propiedades vuelvan a subir iniciando un proceso circular sin fin que ya destapó Engels en su obra Contribución al Problema de la Vivienda:

“Todos los focos de epidemia, esos agujeros y sótanos inmundos, en los cuales el modo de producción capitalista encierra a nuestros obreros noche tras noche, no son liquidados, sino solamente… trasladados a otro lugar. La misma necesidad económica que los había hecho nacer en un lugar los reproduce más allá; y mientras exista el modo de producción capitalista, será absurdo querer resolver aisladamente la cuestión de la vivienda o cualquier otra cuestión social que afecte la suerte del obrero.”

De esta forma vemos que solo con la rehabilitación no se conseguirá acabar con el problema de la marginalización urbana sin una intervención pública en el mercado inmobiliario.

Otro sector poblacional que frecuentemente ha sufrido la segregación espacia es el de la población migrante, ejemplo de ello es que, en la ciudad de Sevilla, la mayoría de la población inmigrante viva en las inmediaciones del barrio de Cerezo, en el Polígono Norte y en el de Ciudad Jardín en el distrito Nervión.

Cuándo de la población de nacionalidad extranjera se trata, el hecho que las poblaciones inmigradas generalmente puedan encuadrarse entre las clases socioeconómicamente más desfavorecidas, provoca  que la segregación socioeconómica, que hemos descrito anteriormente, aporte un importante factor de diferenciación residencial de la población extranjera en relación con el conjunto de la población. Este hecho, unido a que las comunidades de inmigrantes se conformen en virtud de los lazos de amistad y parentesco que poseían en su país de origen fomenta que éstos, para mantener sus lazos de comunidad, elijan la zona de la ciudad más cercana a la que habite su gente.

Del mismo modo el mercado inmobiliario a menudo dificulta el alquiler a personas migrantes, ya que solo están disponibles para ellos aquellos que  “suelen tener pocos metros cuadrados y fomentan la sobreocupación. Además, suelen estar ubicados en barrios donde se localiza más población inmigrante, fomentando la segregación espacial. Muchas inmobiliarias sólo les ofrecen pisos en ese tipo de zona”[3]

Tenemos, por tanto, ciudades segregadas por zonas en función de la clase social y el status que tengan los individuos, de esta manera, esta segregación espacial implica necesariamente la división en zonas donde aparece sobrerrepresentado un grupo social y la infrarrepresentación de otros en estas mismas zonas. Esto es explicado por la existencia de un mercado de suelo urbano y de desigualdades económicas entre los diferentes grupos de población que habitan la ciudad lo que implica, por consiguiente, la existencia de una urbe segmentada económicamente.

En ocasiones, este aislamiento social es buscado por las clases pudientes  apareciendo un fenómeno conocido en la literatura anglosajona como gated communities o comunidades cercadas; zonas residenciales dónde el carácter privado es total, no solo en las viviendas sino también en sus zonas comunes como calles, plazas o jardines.

 Las motivaciones para el surgimiento de estas nuevas formas de entender la urbanización van desde un afán por la exclusividad (al plantearse como comunidades cerradas son vista por “los de afuera” como más deseables) una motivación por compartir un mismo estilo de vida (al ser comunidades cerradas garantizan que la socialización de sus miembros se dé dentro de un mismo grupo social) o por un creciente interés por la seguridad.

Estas comunidades están fomentadas por un egoísmo antropológico, fundamentado en la ética del neoliberalismo, tendente a rechazar una vida en común más allá de la autoconstruida y siempre partiendo de presupuestos clasistas que vienen a marginar a aquellas personas carentes de un estatus socioeconómico que les permita pagar las altas rentas y cuantías de comunidad de estas gated communities.

Esta división social de lo urbano se ve potenciada con lo que se conoce como gentrificación. Aunque gentrificación es un término relativamente poco conocido en nuestro idioma, ha sido ampliamente desarrollado en las ciencias sociales anglosajonas y que hace referencia al vocablo gentry, persona de elevado estatus. Gentrificación, por tanto, haría referencia al proceso de puesta en valor de ciertas zonas urbanas degradadas y el desplazamiento de la población que la ocupa, por otra de mayor poder adquisitivo al aumentar el precio de la renta.

La gentrificación es la transformación de un área de clase trabajadora del centro de la ciudad en una zona de clase media, para su uso residencial o comercial. Tiene lugar en áreas que han sido interesadamente degradadas por una dejadez de la administración pública, pero con un emplazamiento privilegiado, cuya renovación puede resultar muy lucrativa para su conversión en zonas de moda frecuentadas por personas con un alto capital económico y/o cultural, expulsando a los pobladores originarios de la zona en aras de aumentar las posibilidades disponible de seguir especulando con un bien, como la vivienda, que debería ser de primera necesidad, tal y como está recogido en multitud de textos legales como son la carta de los derechos humanos o la Constitución Española.

Tenemos pues un proceso que no se produce de forma casual, teniendo como responsables de iniciar la gentrificación a aquellos agentes con capacidad para modificar el planteamiento urbano, tales como los gobiernos locales, las agencias inmobiliarias  o los grandes promotores, que son capaces de modificar el uso del suelo y además promover mejoras en el entorno urbano que eleven el valor añadido general del entorno.

Para sustentar ideológicamente esta pérdida de la ciudad se ha recurrido al factor emotivo al tomar para sus intereses ciertos elementos de la contracultura. De esta forma se asimila sistemáticamente cultura urbana con aquella que concuerda con los valores de la clase dominante y que defiende un consumismo a ultranza. Así, elementos culturales que pertenecían al underground como la música hip hop o el grafiti han sido conquistados para servir y legitimar esta pérdida de la ciudad.

Asimismo las características principales de cada ciudad  (idiosincrasia, patrimonio, entorno natural) se han desvalorizado para servir como mercancía-lugar[4], siendo estos rasgos una mera ventaja monopolística por la que el empresariado local busca rentabilizar la ciudad.

Como conclusión, se hace más necesario que nunca reclamar nuestro derecho a una ciudad habitable, derecho que define el programa de las Naciones Unidas Para los asentamientos (ONU-HABITAT) como:

un derecho colectivo de los habitantes de las ciudades, en especial de los grupos vulnerables y desfavorecidos, que les confiere legitimidad de acción y de organización, basado en sus usos y costumbres, con el objetivo de alcanzar el pleno ejercicio del derecho a la libre autodeterminación y un nivel de vida adecuado.

Por tanto, urge realizar acciones que vayan en una doble dirección: de un lado la conformación de espacios de decisión en los que la ciudadanía pueda aportar ideas para, desde su experiencia, transformarla y de otro lado generar sinergias que permitan elaborar un discurso común, para tomar el poder municipal y, desde la escala local conseguir transformaciones globales.

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Referencias

[1] El valor de uso es aquello que se otorga a un objeto para satisfacer una necesidad y por tanto tiene un componente subjetivo. Este concepto se refiere a los rasgos que tiene un objeto y según las necesidades que tenga la persona satisfacerlas de uno u otro modo. El valor de cambio es el valor que  se le otorga a un objeto en el mercado, y se expresa en unidades monetarias o en otros objetos intercambiables. Dos objetos con diferente valor de uso pueden tener el mismo valor de cambio si así es determinado por el mercado

[2] Pepe Barahona, “Vencedores: Las Tres Mil Aprende a Conquistarle Metros a Las Drogas,” Sevilla Ciudad, 17/03/2014, http://sevillaciudad.sevilla.abc.es/reportajes/sur/sociedad-sur/las-tres-mil-aprenden-a-conquistarle-metros-a-la-droga-gracias-a-vencedores/. Visto el 17/08/15

[3] Lydia Molina, “‘Se Alquila Piso’ (abstenerse Extranjeros),” Eldiario.es,  http://www.eldiario.es/desalambre/inmigracion/discriminacion-vivienda-inmigrantes_0_220828663.html. Visto el 19/08/2015

[4] Proceso por el cual los ayuntamientos y otros entes gubernamentales buscan ser competitivos a nivel global y vender a sus ciudades como  producto; teniendo que mejorar constantemente, para poder ser un objeto de consumo apetecible, a través de un urbanismo con visión empresarial y atractivo para los inversores turísticos.

Bibliografía

Robert Ezra Park, La ciudad y otros ensayos de ecología urbana, La estrella polar (Barcelona: Ediciones del Serbal, 1999).

David Harvey, Urbanismo y desigualdad social, Arquitectura y Urbanismo (Madrid: Siglo XXI, 1977)

Manuel Castells, La Cuestión Urbana (Madrid: Siglo XXI, 1972)

Mariana Heredia y María Mercedes de Virgilio, “Dossier Clase Social Y Territorio,” Quid 16 nº17 (2006): Págs 4–19.

Friederich Engels, Contribución al problema de la vivienda (Moscú: Progreso, 1970).

Ibán Díaz Parra. Sevilla, cuestión de clase: una geografía social de la ciudad. Colección ensayando (Sevilla: Atrapasueños, 2010.)

Jordi Bayona i Carrasco, “La Segregación Residencial de La Población Extranjera En Barcelona: ¿una Segregación Fragmentada?,” Scripta Nova: Revista Electrónica de Geografía Y Ciencias Sociales, no. 11 (2007): Págs 229 –255 .

Neil Smith. La nueva frontera urbana. Ciudad revanchista y gentrificación. Madrid: Traficantes de sueños, 2012.

Programa de Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (ONU-Habitat), Carta Mundial por el Derecho a la Ciudad, 2004.

Pedro Manuel Herrera de la Pascua

Cádiz, España. Licenciatura en Ciencias políticas y de la administración, Máster en derechos humanos, interculturalidad y desarrollo. Ambos por la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla. Ámbitos de interés: Sociología Urbana, teoría crítica de los derechos humanos, teoría política,análisis de políticas públicas, movimientos sociales.

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