Neoaldeanismo: La aldea global ante el despeñadero del neoconservadurismo en las Relaciones Internacionales.

Por Fidel Ernesto Narváez Espinales

«Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifique al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea de los cometas en el cielo, que van por el aire dormido engullendo mundos. Lo que quede de aldea en América ha de despertar. Estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo a la cabeza, sino con las armas de almohada, como los varones de Juan de Castellanos: las armas del juicio, que vencen a las otras. Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra»

Nuestra América, José Martí. (1891)

El mundo se hace cada día más neoconservador. El aldeismo o conjunto de políticas de protección y defensa que caracterizó a los Estados-nación frente a otros, y que supuestamente sería una página más de la Historia Universal cuando se entró en la dinámica global del comercio, la navegación y el mercado sin barreras, resultó ser una estratagema consensuado de todas las aldeas para eliminar transitoriamente las fronteras y llevar al aldeismo, quizás no conscientemente, a un nuevo estadio: el neoaldeanismo conservador. El término neoconservador ya no es suficiente para designar a un conglomerado de propaganda, políticas e intereses nacionales que buscan en la teoría conservadora de la patria su propia significancia. El concepto neoconservador deviene vetusto en el mismo instante en que, habiendo alcanzado la globalización una madurez relativa en términos tecnológicos y económicos, las aldeas del mundo vuelven a trinar o a impacientarse ante lo que consideran contrario a sus costumbres, a su forma de vida o su visión del mundo. En una sociedad que sin duda alguna ha perdido toda alternativa de cambio al sistema económico y político reinante, y en vez de que la globalización haya forjado una ciudadanía global para sus habitantes, asistimos a una dialéctica negativa en donde la conservación por razones de estado del statu quo acapara la política local e internacional.

Arabia Saudí recela de Irán y Estados Unidos de Rusia, pero ambos utilizan a los anteriores como en 1979 Brezhnev y Reagan utilizaron a talibanes y partidarios de la Revolución Saur en Afganistán para convertir el conflicto geopolítico en un conflicto de tradición, de leyes, de interpretaciones religiosas, de talibanes, chiíes y suníes. Antes las disputas geopolíticas de la Guerra Fría se encontraban en la dicotomía de capitalismo-comunismo, pero el neoaldeanismo ha aniquilado esa visión simplista de las relaciones internacionales: ya ninguna potencia se preocupa por mostrar o enmascarar en términos sociales o de cooperación el apadrinamiento que da a uno u otro país. La paradoja de un mundo multipolar que ya no duda de la influencias de los BRICS en la palestra internacional, consiste en que en vez de ir creando una ciudadanía global o una ciudadanía X, así como respuestas políticas globales a problemas humanos como el hambre, la guerra o los desplazados, sin que la resolución de los mismos dependa del nombre de la patria o la nacionalidad de origen, como podría ser unos sirios ahogándose en el Mediterráneo o unos congoleños muriendo en un aeropuerto convertido en albergue, consiste pues, en que la praxis de la política internacional va por el camino contrario, un camino de retorno a los valores fundacionales de los Estados-nación para defenderse de lo que consideran una amenaza. Un aspirante presidencial de EEUU que propone construcción de más muros limítrofes para defenderse o ponerse en cuarentena de una imaginaria Guerra Mundial Z o un dirigente ruso que utiliza al zarismo y al comunismo al mismo tiempo para aderezar la grandeza de su patria. La construcción de murallas y sistemas balísticos de defensa sólo demuestra la conservación de los límites y de la parafernalia espiritual, semiótica o conceptual con que los neoconservadores suelen defender sus posturas, privilegios y el discurso muchas veces etno-nacionalista, aldeista o localista.

David Cameron, Primer Ministro de Inglaterra, gana las elecciones en el año 2015 con una mayoría absoluta aún más abrumadora que durante su primera elección y aprovecha para mandar un mensaje de escepticismo a la Unión Europea, el famoso BREXIT[1], como en su momento lo hizo Thatcher, vistiendo de defensa de la soberanía lo que a todas luces son los postulados Tories de buena parte de los ingleses que consideran como amenaza a sus instituciones, moneda, costumbres,  sistema de gobierno y finanzas las políticas de Europa.  Rusia, a pesar de llevar adelante el proyecto aperturista de la Federación Euroasiática basado en el comercio de gas y petróleo y de haber sido el epicentro de un proyecto alternativo al capitalismo, no duda en reivindicar los valores y la defensa de una gloriosa historia, se trate indistintamente del zarismo como del comunismo (conceptos contradictorios desde luego) para relanzar un proyecto con alto contenido nacionalista que le colocaría en un plano de igualdad frente a la tendencia también neoconservadora del candidato Donal Trump, de ahí la simpatía que ambos mantienen recíprocamente en términos eminentemente relacionados a su visión clausus o cerrada del concepto de patria. Muros, ojivas nucleares y escudos antimisiles mediante, por supuesto. Ucrania, más que un conflicto geopolítico representó la lucha por el reconocimiento de los límites de una cultura, lengua, espacio y visión respecto de otra, la europea frente a la rusa. La exclusión y el odio entre vecinos de un mismo barrio únicamente por los colores de la bandera o la lengua hablada expresa esta tendencia neoaldeanista.

Arabia Saudí y las monarquías del Golfo defendiendo, y no sólo en el intelecto sino con armas y estrategias de guerra, una hermenéutica propia del Islam frente a la que podría a su vez tener Irán, quien hace lo mismo añadiéndole una ingrediente nuclear al problema, convirtiendo ambos el choque no sólo en problema típicamente petro-geopolítico, sino en un problema de costumbres, de tradición, de cultura y de visión del mundo. El ISIS o Estado Islámico, más que una agrupación de soldados vestidos de negro y conduciendo Toyotas, es el resultado de un mundo que lucha por querer levantar la bandera de un nuevo aldeismo, un neoaldeanismo que es capaz de enamorar a jóvenes de los barrios periféricos de Londres a que cojan el primer avión hacia Turquía y engrosar las listas de los ejércitos neoaldeanistas que estábamos acostumbrados a ver en películas medievales, donde la espada, el caballo y la armaduría tronaban al unísono para que algún califa, rey, o aldeano vanidoso (para utilizar las palabras de Martí) enarbolara los colores de su aldea en la victoria final. Más allá del simplista término de terroristas, son kamikazes neoaldeanistas, kamikazes de un discurso histórico y religioso que desarrolla sus propios métodos para protegerse de la globalización. Pero esto no es exclusivo de los árabes, no, son quizás las potencias mundiales quienes mandan un sonoro mensaje de globalización y aldea global, pero al mismo tiempo las que crean el discurso y los medios para conservar sus costumbres de los efectos de esa globalización.

En la Europa del siglo XXI, ¿cómo no observar agrestes pinceladas de neoaldeanismo? Una Hungría que mostró su rostro más provincial al ser la ofensiva de un sentimiento, no sólo húngaro cabe decir, de ferviente repulsa a los refugiados, muros y serpentinas mediante. Aunque cuando Reino Unido trata de vetar el ingreso en suelo británico de europeos del Este, entonces la lucha neoaldeanista se hace más patente. Hoy existen argumentos sobre el mantenimiento del Estado de bienestar y no la conjura de casas reales en disputa como antaño. Una Polonia que no esconde su mejor guardado secreto, la interpretación más radical de la otrora Europa castizamente católica en la figura de Juan Pablo II, icono criticado ante las nuevas tendencias de la Iglesia Católica pero no por el nuevo gobierno ultraconservador de Ley y Justicia, que además de haber encendido las alarmas democráticas de los demás miembros de la Unión Europea, no oculta los deseos de mostrarse neoaldeanista. Únicos dentro de la diversidad, con límites dentro de la liberalidad.

Del mismo modo los gigantes asiáticos no pueden quedar sin mención. Véase cómo la política internacional de las últimas décadas tanto de China, Japón o Corea del Sur, todos ellos dentro de la lista de principales inversores tanto en industria armamentística como tecnológica del mundo, no vacilarían en expresar al mundo como un logro el haber adoptado el sistema de producción capitalista sin renunciar a sus tesis y costumbres fundamentales que la historia les ha dado. Gavin Walker desvela los siguientes argumentos a propósito de esa escala conservadora asiática, que de Japón ha sido evidente pero que no tanto así de China y Corea del Sur, y dice: «The region is also experiencing significant political turmoil, with all three of the major East Asian states overburdened by the demands of historical memory. Under Xi Jinping, the Chinese Communist Party has become increasingly conservative, doubling down on party-state-driven nationalism and crony-capitalist bureaucratic tightening (with the occasional anti-corruption drive serving as a release valve). With Park Geun-hye at the helm — the daughter of Park Chung-hee, the country’s authoritarian, anticommunist, state-developmentalist leader from 1961–1979 — South Korea is in a position reminiscent of 1980s–90s Japan. A burgeoning media industry — the darling of inter-Asia pop culture — exists alongside a robust, state-led, conservative nationalism and an all-out war on the country’s trade union and workers movements»[2]

A mi juicio, el neoaldeanismo devino un problema político al mismo tiempo que lo hizo el fundamentalismo de mercado, es decir, con el eje norteamericano e inglés por no decir el eje Thatcher-Reagan apadrinando una visión ultracapitalista de expansión para hacer frente al maldito comunismo. No obstante, con el derrumbe del socialismo eso cambió, la defensa de un modo de vida o de doctrinas diplomáticas como la Monroe, o la de una Weltanschauung castiza o de la American Way of Life por ejemplo, han desarrollado una dialéctica negativa, es decir, que en vez de ir liberalizando el modo de vida y hacerlo verdaderamente global, paradójicamente, ha ido incrementándose el discurso de defensa de los valores locales, raciales, monárquicos o republicanos, islámicos u ortodoxos…en definitiva un reminiscencia de la aldea para el siglo XXI, deviniendo ello en el aquí llamado neoaldeanismo. Desde luego, que el neoaldeanismo es inversamente proporcional al internacionalismo. El internacionalismo precisamente es la cura de esa dialéctica negativa del concepto de patria en plena globalización.

Nadie discutiría,  hoy en día, que uno de los prototipos de sociedad neoaldeanista sería la japonesa, la cual se ha insertado de lleno en un modelo de economía de libre mercado y en un comercio global a gran escala que ha llevado sus productos a muchos rincones del mundo, incluso al centro de operaciones del Estado Islámico a través de sus Toyotas, sin renunciar a los valores fundamentales ni a las tradiciones que como pueblo le caracterizan. En un principio, este hecho, el de defender una historia o un discurso histórico que identifica e individualiza a un pueblo, no tiene una mala intención a primera vista. Sin embargo, en pleno siglo XXI, donde se da por aceptado que la globalización ha alcanzado una madurez y que no hay alternativa a ella ni al capitalismo, abanderar una política exterior o interior que tenga como base la defensa de una creencia o una visión propia y particular frente a las otras y con claros tintes bélicos y geopolíticos, se vuelve en una defensa de la historia contra el presente. Es decir, no se hace política internacional de índole capitalista como las multinacionales en África para competir únicamente en un ámbito de libre mercado, sino que el libre mercado enmascara la guerra de costumbres y de aldeas que en el fondo subsisten a las inversiones económicas, a los proyectos de cooperación y al apadrinamiento de países.

Un ejemplo de este concepto lo analizó en su momento Alexandre Kojève, para quien el Fin de la Historia sólo podría dirimirse en lo que denominó la japonización de Occidente o la americanización de Japón[3]. Está claro que Kojève ya pensaba en clave postcapitalista, pero no postcapitalista en un sentido marxista, o sea, en un sentido puramente teórico a partir del cual al estadio histórico del capitalismo le seguía el comunismo, sino que el filósofo en cuestión lo hacía en el sentido que ante el eventual triunfo de un modo de vida demo-liberal capitalista, la del fin de la historia, ahora la historia tendría que fabricarse su propia negatividad. O sea, que al no persistir la disputa del siglo XX de capitalismo y comunismo, siendo hegelianamente teórico aún, Kojève pensaba que la historia debía crear por sí misma esa negatividad. Cuando se le pregunta acerca de qué es ese concepto de japonizar occidente responde del siguiente modo: «Es que el snobismo es la negatividad gratuita. En el mundo de la Historia, la Historia misma se ocupa de engendrar el modo de la negatividad que es esencial a lo humano. Si la Historia ya no habla, se fabrica ella misma la negatividad. El snobismo puede llegar muy lejos. Se puede morir por snobismo, como los kamikazes. Conoce sin duda la historia de Federico II, en el campo de batalla, cuando escucha los gritos de un joven herido mortalmente en el vientre: “Hay que morir como es debido”, y pasa. O César, atravesado de puñales y que cubre con los pliegues de su toga las heridas de sus piernas».

Microguerras de nuevas aldeas que defienden sus estandartes será el signo de este siglo, que no neoconservadoras, ese es un concepto para políticas interiores y locales pero cuando se habla de exteriorizar ese neoconservadurismo a un mundo global sólo puede resultar una especie de neoaldeanismo, en el que la simpatía que antaño mostró Mishima para «morir como es debido» por el brillo de Japón, palabras que también mencionó Abe al decir en su discurso de año nuevo que en 2016 Japón brillará y demostrará su liderazgo global [4]. Esa simpatía pues, es similar a la que muestra un soldado que hace patria matando libios, palestinos, nicaragüenses o levantando banderas rojas, lunas y estrellas blancas para rememorar un viejo pero añorado sultanato o califato. Ese esnobismo neoaldeanista de morir y existir por recuperar el viejo imperio otomano, japonés, la región de Al Ándalus o las tradiciones eslavas, caucásicas, hebreas o árabes, las instituciones premodernas o los antiguos límites es lo que caracteriza las relaciones internacionales cada vez más ensimismadas y renuentes de todo lo que signifique y apueste por un nuevo humanismo ante el fracaso del europeo.

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Referencias

[1] “Conservative councillors call for David Cameron to campaign for Brexitˮ (12-02-2016)  http://www.theguardian.com/politics/2016/feb/12/conservative-councillors-call-for-david-cameron-to-campaign-for-brexit

[2] WALKER, Garvin. Challenging Abe´s Japan. Jacobin Mag  (2015) https://www.jacobinmag.com/2015/11/abe-japan-fukushima-asean-military/

[3] Entrevista a Alexandre Kojévè por Gilles Lapouge. La quinzaine (1980) http://www.ddooss.org/articulos/entrevistas/Alexander_Kojeve.htm

[4] “Abe: Japón “brillará y demostrará su liderazgo global” en 2016ˮ (2016)

http://es.ipcdigital.com/2016/01/02/abe-japon-brillara-y-demostrara-su-liderazgo-global-en-2016/

Fidel Ernesto Narváez Espinales

. Managua, Nicaragua. Licenciado en Derecho, Máster Oficial en Abogacía y Pensamiento Filosófico Contemporáneo por la Universidad de Valencia. Actualmente es candidato a Doctor en Derecho Constitucional. Trabaja como consultor jurídico en Nicaragua y España. Ámbitos de interés: Nuevo Constitucionalismo Latinoamericano, Derecho económico, Relaciones Internacionales y Geopolítica latinoamericana, Teoría del Estado y el Derecho, Jurisprudencia comparada, Filosofía del Derecho, Teología y Filosofía de la Liberación.

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