Ahítos de estar vivos: un diagnóstico de la Europa actual a través de una serendipia: Oh Boy! y Oslo, 31 agosto (II/II)

Por José Antonio Santiago Sánchez

Niko y Anders son ejemplos de una generación sumida en lo que algunos han llamado la embracing inaction, una inacción que les abraza, que les sume en la indolencia de Keats, el spleen de Baudelaire. Y sin embargo, ellos ya no pertenecen a la Europa romántica del siglo XIX, ni tampoco a la decadentista de principios del XX. Su modus vivendi ya no responde la bohemia melancólica. Ellos tampoco representan el flâneur que Baudelaire instituyo y Benjamin teorizó. Anders y Niko no pasean solitarios perdiéndose en las calles de la gran urbe. Ambos toman el metro para ir a cualquier parte de la ciudad, disfrutan dentro de su apatía, de los servicios públicos que la gran urbe les ofrece, hablan y chatean por el teléfono móvil a cada tanto y alternan con los demás en bares nocturnos.

Niko y Anders tampoco representan la bohemia de principios de siglo XX, no son artistas, aunque tienen cierto talento, ni tampoco son pobres. Del mismo modo, no pueden considerarse rebeldes como los del 68 protestando por la imaginación al poder. Ellos están anulados de imaginación porque están ahítos de posibilidad. Por ello no pueden ser melancólicos, esa morbus imaginationis de la que eran acusados desde la Edad Media los que sufrían esta «enfermedad de la imaginación» (FOLDENYI, 2008: 82). Tampoco son los punkies de los 80 que subvertían las normas de la sociedad bienpensante.

Ambos simbolizan la tragedia del que ha tenido todas las oportunidades, el hastío del JASP, del «Joven Aunque Sobradamente Preparado» que vive en sus carnes, el cansancio de la vieja Europa, el peso de su Historia. La Europa que ha conseguido invertir la schola (en latín, «ocio») desde un elitista privilegio a una obligación para la para sus masas, que ha logrado el «jubileo» de sus pensionistas, la Seguridad Social de sus trabajadores, la extensión por doquiera del conocimiento y la información así como la propagación de tecnologías impensables hace décadas.  Una Europa también, en contrapartida, cuyos índices de audiencias televisión parecen ser la telerrealidad, los talkshows y programas del corazón; una Europa en la que aumentan exponencialmente los índices de divorcio, especialmente tras los meses vacacionales y la jubilación; una Europa en la que la metarrealidad de los redes sociales o los chats telemáticos obligan a olvidar la luz del sol y volver al fuego tecnológico de la caverna platónica para estar reamente en el mundo. Una Europa en la que no solo ha muerto la burguesía y los intelectuales, sino las clases mismas, y en cuya libertad democrática la transgresión ya no resulta peligrosa, sino inicua. Como ya previera Pasollini a principio de los años setenta, la democracia se ha convertido y se convertirá aún más «en mercadería con el falso halo de triunfo progresista»,[1] pues esta aparente multiplicidad dispositiva de la democracia occidental, esta multiformidad de la libertad de ideas, esta multioferta de posibilidades a todos los niveles que nace esencialmente del mercado consumista oculta en el fondo una uniformidad, una sujeción a la variabilidad, a la imago tecnológica y a la positivización absoluta de todos los ámbitos vitales. Ello produce y aún producirá -consideraba con agudeza Pasollini- un desencanto y una desesperación crecientes basadas en el camaleónico pensamiento crítico, en el cansancio de todo lo real a través de su misma virtualización y metasignificación mediática, en la neutralización de la conciencia de clase, y por ende, de la historia, en la fractura desalmada de unas nuevas generaciones tan adocenadas y desganadas como para ser herederas de algo.

Algo de ello se muestra sobre todo en una de las últimas escenas de Oh Boy, en la que Niko, al final de su día, entra solo y cansado a un bar en el que entabla conversación con un anciano que, durante el nazismo, había vivido un episodio decisivo en su vida justo en la misma calle en el que ahora está hablando con un joven nacido mucho después de la tragedia. Pese a que al principio Niko se muestra molesto con la conversación del anciano, el encuentro de ambas generaciones evidencia la necesidad de Niko, de olvidar lo que ya a un joven de su edad le resulta algo cargante en la historia de Alemania, pero que por otro lado resulta atraerle y responsabilizarle a la vez, lo cual muestra en su personaje esa ambivalencia de la carga histórica que, por un lado, debe ser superada, así como por otro, una cierta necesidad de recordar lo que a su condición de alemán aún el mismo parece obligado a deberse ante viejos hombres de su país que aun circulan, solitarios y olvidados, por los bares de la noche berlinesa.

Esta ambigua tesitura representa las consecuencias que la caída de los grandes relatos y sus catástrofes hubiera preconizado el ya incluso hoy día moribundo postmodernismo. Tras la convulsión llega el tiempo de la falta de novedades,  la abulia que Niko y Anders, representantes de una generación que nunca antes ha tenido tantos medios a su alcance, viven junto a la época critica que su civilización está viviendo. La pereza de estar vivos.

Crisis de valores, se dice. Pero quizás sea preciso precisar que, tal y como proponía Ortega y Gasset, la moral ha de concebirse más como una suerte de «tono vital», y no como un conjunto organizado de valores ad hoc, pues «siempre nos encontramos – señala el filósofo español− en un estado de ánimo» (2005: 72). En este sentido, Niko y Anders no sufren tanto una crisis de valores, ya que no son personajes inmorales o amorales, sino que más bien se encuentran «bajos de moral». Ellos nos presentan un panorama, el de toda Europa tal vez, desmoralizado. «Estado de ausencia» lo llama el poeta Antoni Mari en su Llibre d’absències:

Me entregaba a un sentimiento de pesadumbre y lejanía, de pérdida de identidad, de logro de la nada, de desaparición y de alejamiento[2].

Así se muestra también en otra de las actuales premiadas películas europeas: La grande Belleza, cuyo protagonista, el fiestero y entrañable a partes iguales Jep Gambardella contempla desde su casa a esa Europa gastada representada en un Coliseo ruinoso que también, como señala Andrés Galán, dibuja la condición del personaje, un escritor que no puede, o no quiere escribir más y que nos muestra el «último reducto del espíritu consumado (…) la representación de un clima que pide a gritos renovarse; pasar página en una Europa vieja y desgastada de bienestar» (GALAN, 2014: en línea). El espíritu del tiempo debe ser dinamitado. Los antiguos valores, los caminos trazados, la señalización que hasta ahora nos ha servido de guía, han quedado obsoletos.

Se trata, asimismo dirán, de una generación perdida, la que la sociedad japonesa diagnostica y achaca a partes iguales, no sin cierta vergüenza, a los hikikomoris o «autorrecluidos»[3], cientos de miles de jóvenes (y no tan jóvenes) «desmoralizados» que se encierran en su habitación aislándose con sus consolas de juegos, internet y toda la demás suerte de medios electrónicos mientras sus contritos padres les llevan la comida sin poder dirigirles la palabra. Su rebelión es aislarse de una sociedad que, desde la infancia, solo exige lo mejor, lo más bello y competente; y que niega cruelmente el lugar a los mediocres, más aún tras atravesar una crisis económica que ha producido ingentes cifras de paro laboral.

Los nuevos «héroes» protagonistas de ambas películas, estos «impares potentes de orfandad» (C. Vallejo), esta nueva «generación perdida», futura responsable de sostener las pensiones, la educación y los demás servicios sociales es la generación establecida desde la tradición de las culturas protestantes –ambas predominantes en Noruega y Alemania- en las cuales el loser o perdedor de oportunidades comienza a ser el trágico protagonista. Los elegidos, emprendedores y obstinados trabajadores que buscan en las sociedades de hiperconsumo la «Gracia» calvinista de los triunfadores en el cine estadounidense ha dejado las aulas del instituto norteamericano y su epítome narrativo del capitán del equipo de rugby que se proclama el rey de la fiesta de graduación junto a la chica más popular del centro, a la sazón, capitana del equipo de animadoras a través las películas teen de los noventa. Esta es ahora la historia de los nerds, ya despojados de sus gafas de pasta y sus bolígrafos dispuestos en el bolsillo de la camisa. Estos losers son ahora brillantes y atractivos jóvenes, ya treintañeros, que asumen el protagonismo a través de la historia de los antihéroes, que deambulan de café en café, escuchan y contemplan con insatisfacción un mundo que no les dice nada, que les sume en el ennui. Una nueva historia, la que se impone, que es la de tantos otros, los que han pasado desapercibidos… y que se cuenta ahora, en las primeras décadas del s. XXI, desde las ciudades cosmopolitas de las principales capitales de Europa, desde el melting pot de multiculturalidad, multietnicidad y pluralidad de estilos y lenguas. Ciudades de culturas con un pasado de guerras y Holocaustos que ninguno de estos protagonistas ha vivido ni de lejos y cuyo peso histórico les molesta, pero aún no se atreven a superar. Una sociedad sin carestía de esperas ni sanos tiempos muertos. Una sociedad aparentemente rica y feliz, hacia la que los emigrantes de África o Asia dan su vida por pertenecer. Un mundo que, por un lado, cambia vertiginosamente su tecnología, modos de vida y costumbres, y por otro, se encuentra empobrecida de horizontes algo más válidos. Una especie de Suiza que, como afirmara Harry Lime en la ya famosa cita de El Tercer Hombre:

Recuerda lo que dijo no sé quien: en Italia, en treinta años de dominación de los Borgia, hubo guerras matanzas, asesinatos… Pero también Miguel Ángel, Leonardo y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron quinientos años de amor, democracia y paz. ¿Y cuál fue el resultado? !El reloj de cuco!

Es el hastío a la realidad multipantalleada que no concede un segundo de contemplación sin selfie feliz o foto de pies en la playa para mostrar en las redes sociales. Una realidad de mónadas urbanitas en la que –paradójicamente- lo verdaderamente real ya no es el encuentro, la coincidencia, el conjuro que esta nos ofrece, sino el cómo hacerlo mediático a los otros a través del dispositivo digital. La sociedad de la transparencia (Chung Han), la sociedad liquida (Baumann). Eso es: todo está dispuesto: por ello solo queda morir. Así lo escribiera, Drieu la Rochelle en cuya obra El fuego fatuo esta libremente inspirada Oslo. 31 de Agosto y que recoge el filme noruego: «Morir es el arma más potente que puede tener un hombre». Esa es la conclusión final, la última decisión de Anders: morir.

4.-

Este último año -estos últimos meses- los habitantes del reloj de cuco europeo, los ciudadanos que ya estamos remontando la crisis, hemos sido testigos mediáticos del drama de multitud de sirios que luchan por alcanzar, a través de Europa del Este, los países que, como Alemania y Noruega, se encuentran ampliamente surtidos en educación, sanidad y derechos sociales. Ciudades y países en los que habitan Niko y Anders. Mientras estos se engolfan en una insatisfacción permanente en las ciudades que lo ofrecen todo, aquellos ven levantadas enormes verjas que les impiden el paso. En una de las secuencias finales de Oslo, 31 de Agosto, Anders observa a sus amigos bañándose clandestinamente al amanecer en una piscina tras una noche de fiesta. Nuestro protagonista, enamorado de esa chica a la que llama una y otra vez a lo largo de la película, pero que nunca conocemos y que el mismo había abandonado previamente, mira divertirse a su amigo y las dos chicas. Una de ellas, ostensiblemente interesada en él, le pide que la acompañe. Entonces, mediante un acercamiento de cámara, se nos muestra, en una hermosa situación que solo el cine es capaz de ofrecer, la figura y, poco después, solo el rostro del protagonista: ahora, sin conocer sus pensamientos, los espectadores sabemos que estamos ante un momento que simboliza toda la realidad del personaje: tiene que decidirse entre hacer caso a la chica de la que tal vez pudiera haberse enamorado y así participar de la felicidad que este percibe en ella mientras ella, joven y risueña, se baña, o bien seguir apartado, contemplando la escena a distancia, sin participar en su gozo. Es entonces, cuando «pasa una paralela a / ingrata línea quebrada de felicidad» (Cesar Vallejo, Trilce, XXIX), que Anders abandona la escena, y marcha a la casa de sus padres para inyectarse una sobredosis mortal. Todo dependía de su libre decisión. Esa es la tragedia. Los europeos del sur hace tiempo que llevamos contemplando la tragedia de la inmigración magrebí o subsahariana. Hombres, mujeres y niños que, tras meses e incluso anos de inefable odisea para alcanzar la costa, las más de las veces resultan ahogados. Los hemos podido ver a través de nuestras innumerables pantallas, varados en la playa vistiendo las camisetas empapadas de sus héroes futbolísticos. La imagen de Aylan Kurdi, el niño muerto en una playa turca, que ha simbolizado el drama de miles de refugiados sirios ha sido el último y más dantesco caso conocido. Ha habido y habrá muchos más que no aparecerán en nuestros mass media.

A ellos Occidente les llama. Ellos tienen clara su elección porque nunca hasta ahora han podido elegir. Y morirán por ello si es preciso. Nunca han pertenecido ni pertenecerán a la tierra que les vio nacer. No pueden. Son víctimas y autores de chantajes y zancadillas por parte de sus propios compañeros o compatriotas. Mientras Anders y Niko se encuentran en el desencanto que todas las grandes promesas les habían dispuesto, los sirios retenidos en Hungría para que no crucen a la Europa de las oportunidades están en un permanente estado de tensa espera hacia inminencias por llegar, de noticias que pudieran ser, ya no felices, sino al menos esperanzadas. Si la tragedia de Anders es su libertad, la felicidad de los que alcanzan Europa es la supervivencia… qué cosas.

Y sin embargo, los europeos parecemos (o queremos) ver con añoranza de ancianos una joven pulsión vital en los países en desarrollo, una altura moral llena de horizontes que nuestro descreimiento ya hace mucho perdió, al tiempo que no envidiamos en ellos cierta falta de derechos y valores democráticos. Será tal vez porque, como dice Sancho Panza, «bien predica quien bien vive» (Quijote, 2, XX) o tal vez porque este «fantasma que recorre Europa: el fantasma del desconcierto, la desilusión y el descreimiento» (GALAN, 2014: en línea) sueña con un cierto precario salvajismo y se fascina con algo desventurado que nos haga la vida interesante. Algo así como la atracción de Jane por el buen salvaje Tarzán.

El hecho es que, como señala Julio Ortega a propósito de la realidad hispanoamericana, la idea de lo nuevo, la fe emancipadora en lo moderno en tanto secularización o la democratización son ideogramas que, paradójicamente, Europa ha conseguido, pero que parece echar de menos al mirar hacia los lados, es decir, hacia atrás, hacia culturas azotadas por «las pestes ideológicas, las dictaduras sangrientas, la corrupción de las clases dirigentes, la pobreza endémica, la conversión de la vida cotidiana en mercado, la discriminación y el machismo» y en las que, precisamente debido a ello, la «historia cultural del futuro está por escribirse» (ORTEGA, 2015: 237).

Con ojos menos escandalizados que nostálgicos, la mirada europea parece tonarse hacia los lados, es decir, hacia atrás no de sí misma, sino de culturas que en parte la misma Vieja Europa coadyuvó a formar y comprueba la alta moral de las mimas como lo haría el antropólogo a las culturas primitivas, o el urbanita que, cansado de «lo público» de la gran ciudad se encandila con «lo común» del mundo rural[4]. Tal vez porque, como señala el escritor alemán Theodor Storm «necesito la estrechez exterior para encontrar por dentro la amplitud» (FOLDENYI,  2008: 232).

Ausencia de horizontes. La licencia de los cinco últimos minutos de calle que nuestros padres nos ofrecían antes de volver a entrar a las paredes de la Ley del Hogar. Ese terruño infantil era demorado durante esos últimos cinco minutos de gloria que el inminente y estrecho horizonte establecía. La fértil carestía de tiempo que se vive ante lo que está por terminar. Y esa abulia, por el contrario, que al final cuando ya no hay impuesta una hora de llegada, esa gana de hogar y ley cuando se puede hacer todo. «Vejez y salmón, juventud y sardinas», dice un cuento de Guy de Maupassant. Y cómo se echa de menos el don de la sardina.

Pero siempre es un error volver a la inocencia. Y sin embargo, a veces se produce cierta extemporaneidad, cierta ucronía en las coincidencias. Su conjuro concita, como un dejà vú, los límites y sus inminencias. Todo está por hacer o todo está hecho: la mayor rapidez o la más estática inacción no dejan de ser, en el fondo, lo mismo si duran demasiado… desde otro tiempo.

 

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[1] Raúl Ruíz Pérez: «La acracia de Pasollini o la llegada del reino de la espiga». En Cinema 2002, 50 (1979), p. 39.

[2] Víd. Ana A. Fernández: «Estado de ausencia. El Eclipse/Oslo, 31 de Agosto/Oh Boy». En Transit. http://cinentransit.com/el-eclipse-oslo-31-de-agosto-oh-boy-2/

[3] Víd. El documental, dirigido por el británico Phil Rees para la BBC: Hikikomori. Jóvenes Invisibles. http://www.documentales-online.com/hikikomori-jovenes-invisibles/

[4] Gabriel Moreno: «Donde las cosas no tienen precio». En El Periódico de Extremadura, 04/10/2015. http://www.elperiodicoextremadura.com/noticias/provinciacaceres/donde-cosas-no-tienenprecio_891550.html

 

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