Educar colonizándonos

Por Adrián Caballero Escobar

La educación no solo se centra en la obtención de ciertos conocimientos aprendidos dentro de las instituciones transmisoras de los mismos. Debemos analizar lo educativo como una formación constante del sujeto, quien a lo largo de toda la vida también puede encontrar su crecimiento interior en los procesos sociales y culturales con los que nos relacionamos en el día a día. Para comprender de forma adecuada lo que en este artículo entendemos como educación, es de gran importancia que tengamos en cuenta el proceso de socialización de cada persona: la clase social, la transmisión de conductas sociales a las que nos vemos expuestos, las costumbres, la adquisición de identidad de un grupo, etc.

Según John Locke, la mente humana es una tabula rasa sobre la que se inscribe la personalidad. Esta teoría, que desde 1690 fue dominante durante décadas, será posteriormente muy criticada por quienes en plena revolución industrial defendieron el darwinismo social, es decir, la idea de que los pueblos occidentales y clases dominantes estaban legitimadas por la ley del más fuerte para expandirse y colonizar a otros pueblos y minorías menos evolucionadas. No solo se trató de una invasión territorial y económica, sino también de una colonización cultural. En este sentido, educar puede también significar el adoctrinamiento y la colonización de la mentalidad colectiva de otros pueblos y clases sociales, siendo la institución educativa un ámbito en el que no solo circula el conocimiento, sino también ciertos valores e ideologías que atienden a intereses de determinados sectores reconocibles.

Educación vs Escuela:

A principios del S.XX las reflexiones mayoritarias establecían una diferenciación entre la educación y la escuela, considerándose que el proceso educativo es de naturaleza socio-psicológica y que la escuela es una forma más de vida en comunidad. Esta visión limitada convertía la escuela en un lugar donde solo se proporciona información, se aprenden ciertas lecciones y se asumen unos hábitos determinados. La institución escolar no sería por el momento considerada como un instrumento de aculturación, pese a que los administradores coloniales llevaban más de un siglo utilizándola para “civilizar” a los nativos. Se entendió la escuela de la siguiente forma:

  1. Un lugar donde los niños adquieren conocimientos, habilidades y destrezas. Estos contenidos no suponen ningún tipo de carga cultural.
  1. Un espacio culturalmente neutral donde los niños se hacen de los conocimientos necesarios para desempeñarse de manera adecuada en la sociedad en la que viven.

En este punto, podríamos establecer una diferencia entre los sistemas educativos no formales (el seno familiar, el grupo de amigos, etc) y los sistemas educativos formales, como son la escuela o la universidad. Aunque anteriormente los trabajos etnográficos sobre educación se habían limitado a estudiar los sistemas educativos no formales, a partir de la década de 1920, antropólogos y sociólogos centrarán sus investigaciones en los sistemas de educación formal y en los procesos de transmisión de valores culturales que los niños adquieren en las escuelas. Estas investigaciones se realizaron con la intención de desarrollar posteriormente prácticas eficaces mediante la intervención educativa, solucionando así los problemas sociales existentes en las colonias y en sociedades multiétnicas, cada vez más numerosas en países como los Estados Unidos.

A partir de este momento se empezará a tener en cuenta cómo la escuela no solo enseña conocimientos necesarios para prosperar y desenvolverse en la sociedad, sino que además en ella se domestica y normaliza al alumnado mediante la imposición de valores históricos y sociales dominantes. La tarea normalizadora requiere la disciplina del examen como forma de control: a más sometimiento a exámenes y supuesta acumulación de saber mediante el aprobado, mayor disciplina y obediencia acumulan los individuos. Esta función social se basa no solamente en manejar a los estudiantes dirigiendo sus comportamientos, sino también en perpetuar y reproducir el mismo saber de forma que otra visión no desborde la jerarquía y el orden impuesto, el cual se sostiene mediante el control de un sistema educativo que a la vez que sanciona, promueve unos valores que benefician a una élite socio-económica establecida.

Paulo Freire, una mirada transformadora:

Ya a partir de los años sesenta, los estudios de las ciencias sociales volcados en la educación darán lugar a la producción de nuevas visiones, que si bien nunca han sido puestas en marcha desde las instituciones estatales dedicadas a la educación, revolucionaron el imaginario de ideas que las diferentes escuelas habían mantenido frente a la materia. Un ejemplo de esta nueva producción renovada podemos encontrarla en el libro de Paulo Freire “Pedagogía del Oprimido”, publicado en 1968. El autor propone una nueva metodología para uso de la educación escolar. Se trata de una perspectiva educativa basada en la alfabetización de clases bajas recién independizadas de una situación de colonización. A su vez, se procuraba que esta población tomase conciencia de la opresión socio-económica a la que se veía sometida, poniendo en práctica un método que ha sido considerado una variación de la Teología de la Liberación.

Fotografía de Paulo Freire (1921-1997)

Fotografía de Paulo Freire (1921-1997)

Freire consiguió en 1962 aplicar sus teorías y enseñar a leer y escribir en 45 días a 300 trabajadores de plantaciones de caña de azúcar de Brasil. La educación para Paulo Freire debía transmitirse de forma que se adaptase al contexto y el entorno de trabajo al que pertenecían sus alumnos, suscitando el debate, la reflexión y el diálogo. En el caso de los de los trabajadores de plantaciones de caña de azúcar, se comenzaba a enseñar con la imagen de la palabra “Agua”, desarrollándose después todo el vocabulario relacionado con el agua y los problemas de abastecimiento y trabajo que conlleva el cultivo de caña. Pronto comenzó a demostrarse que los educandos aprendían con más rapidez los contenidos si estos estaban relacionados con su trabajo y las necesidades de su vida cotidiana.

Hay que destacar La noción de educación bancaria que explicaba Freire y contra la cual luchaba. Para él se trataba de un modo de adoctrinar a los alumnos dentro de la cultura ilustrada occidental, la cual es subyacente a la lógica economicista que controla la educación institucionalizada. En esta concepción, el educador impone a los educandos la memorización mecánica de los contenidos que se presentan, siendo los educandos recipientes en los que se almacena el conocimiento. En esta metodología, el único margen de acción de los estudiantes es recibir el conocimiento, convertidos en objetos pasivos dentro del proceso educativo y sin que tenga lugar un verdadero feedback entre los educadores y los educandos. Esta forma de educación supondría entonces una forma de opresión que no permitire cambiar la realidad ni acabar con las injusticias sociales.

Conclusión:

Existe una educación distinta a la que las formulas más ortodoxas han venido aplicando desde que las instituciones estatales dirigen las escuelas y los centros educativos o formativos. La disciplina hegemónica que se ejerce dentro de las instituciones educativas no solo debe ser tomada como un tipo de violencia simbólica, sino que a su vez puede llegar a significar una forma de aculturación o ruptura del sujeto con su cultura o entorno más familiar. Podemos ver como un mandato de sentido común que los niños y jóvenes sean educados bajo unas normas comunes que inspiren a la concordia y la homogeneización de valores positivos, aunque también debemos aceptar como un peligro el hecho de que ciertas clases o elites dominantes lleguen a controlar la educación institucionalizada para convertirla en una herramienta de instrucción y opresión.

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Bibliografía: 

BERSTEIN, B. (1990): “Poder, educación y Conciencia. Sociología de la transmisión cultural”, Barcelona, El Roure.

BOURDIEU, P. y PASSERON, J.C. (2009): “Los herederos. Los estudiantes y la cultural”, Buenos Aires, Siglo XXI.

FOUCAULT, M. (2008): “La arqueología del saber”, Buenas Aires, Siglo XXI.

FREIRE, P. (2015): “Pedagogía del Oprimido”, Madrid, Siglo XXI.

ILLICH, I. (2006): “La sociedad desescolarizada”, En Obras Reunidas I, México D.F., Fondo de Cultura Económica.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Adrian Caballero Escolar

Sevilla, España. Graduado en Antropología Social y Cultural. Redactor habitual en Témpora Magazine y Colaborador del grupo de investigación HUM – 411. Ámbito de interés: Antropología del Territorio y Desarrollo. Intervención Social.

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