Algunas reflexiones sobre la “prudencia” en el Derecho

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Por María Belén Linares

  1. Preliminar

La cuestión de la imprudencia en el Derecho ha sido hartamente estudiada pero poco se ha dicho sobre la esencia de su opuesto: la prudencia. No hablamos de la prudencia en su más reducida concepción, sino en su noción más pura, en su significación alejada del paulatino descrédito que ha sufrido.

Frente a la crisis del racionalismo exegético y la insuficiencia del voluntarismo kelnesiano, sociologista, o empirista, se constituye en una exigencia insoslayable el reencuentro del pensamiento y la praxis jurídica con las varias veces milenarias doctrinas de la prudencia[1].

Somos de la idea de que la prudencia, como antónimo a la imprudencia, no es la simple cautela o mera actitud de apocamiento, y ponerle coto a esta estigmatización con más intrepidez que auténticos meritos intelectuales, esbozando una conclusión crítica y reflexiva sobre la cuestión, es nuestra propuesta.

Nos preguntamos: ¿con qué criterio atribuimos un acto imprudente a un sujeto particular en una circunstancia concreta?

       2. Prudencia

2.1.      Introito

Partimos del concepto de hombre como la persona en concreto, no limitada a un centro de imputación de normas, sino a la persona que piensa, siente, elige, y no aquella que es sólo un esquema impersonal[2].

Aquél posee sindéresis, conciencia, libre albedrío, y prudencia, conceptos que se relacionan entre sí en la vida moral y en la vida jurídica. No es el momento de detenernos en definir cada uno de los conceptos aludidos, sino que nuestro interés se centra únicamente en la prudencia, siendo Aristóteles quien elabora la doctrina más acabada sobre su noción[3].

El filósofo de Estagira denominó a la prudencia como aquel hábito intelectual que corresponde al uso normativo de la razón humana en el ámbito de la praxis, como “una disposición racional práctica, conforme a una regla verdadera (metá lógos), respecto de lo que es bueno y malo para el hombre”[4], estableciéndola como propia del intelecto práctico moral, determinando su objeto y sus caracteres propios.

Su teoría incluye a la prudencia en el  género próximo de las virtudes intelectuales, diferenciándola en razón de su objeto peculiar, lo que supone una compenetración en la prudencia entre la parte intelectual y la parte afectiva del hombre.

La prudencia se construye por la ciencia, porque el prudente debe juzgar conforme a los principios universales; por la experiencia, porque se aplica a hechos que solamente se llegan a conocer por experiencia, lo que hace a la prudencia una virtud propia de hombres maduros; y por la deliberación, porque la acción no debe ser precipitada.

En suma, la prudencia es una virtud intelectual, concretamente del intelecto práctico, que tiene por objeto establecer y prescribir lo que es recto en el obrar propiamente humano[5].

2.2.      Obtención de la prudencia y vicios

La prudencia no se obtiene en un único acto, sino que se arriba a ella a través de un proceso sucedido lógicamente, que consta de tres etapas: deliberación, juicio, e imperio.

La deliberación alude a la actividad que consiste en un diálogo, en un cambio de pareceres, en un análisis conjunto y compartido de una cierta realidad práctica.  Aristóteles desarrolló esta etapa con ilustre claridad: “deliberamos sobre lo que está a nuestro alcance y es realizable (…); sobre todo lo que se hace por  mediación nuestra, aunque no siempre de la misma manera, deliberamos. Pero no deliberamos sobre los fines, sino sobre los medios que conducen a esos fines; la deliberación tiene por objeto lo que nosotros mismos podemos hacer y las acciones que se hacen en vista de otras cosas”.

El juicio es un acto cognoscitivo que engendra el hábito de juzgar rectamente por la aprehensión de la inteligencia de las cosas tal como son en sí mismas[6]. Aquél, para ajustarse a su fin, tiene que ir más lejos: debe completar su dirección operativa por medio del imperio o, en el decir de Massini[7], por “la aplicación de las cosas deliberadas y juzgadas a la operación concreta”.

De esta manera arribamos a la última etapa: el imperio, sin el cual todo el proceso quedaría inútil. Imperar implica ordenar a otro a hacer una cosa, y esta ordenación es un acto racional que supone un impulso previo de la voluntad que moviliza a la ejecución del acto.

Ahora bien, fue Santo Tomás quien con claridad se detuvo en el estudio de los vicios que derivan de la ausencia de cada uno de los instantes aludidos: la precipitación, por la falta de deliberación; la inconsideración, cuando el juicio esta ausente o es defectuoso; y la inconstancia, cuando se frustra el imperio.

La precipitación, como ausencia de deliberación, consiste en la toma de una decisión sin haber meditado íntegramente acerca de todas las soluciones que pueden resolver una determinada circunstancia. El prudente nunca actúa de manera precipitada, pues la pasión puede ser un obstáculo para la deliberación paciente y objetiva. En muchas ocasiones es la soberbia y la excesiva confianza en el propio saber lo que lleva a no buscar el consejo de otras personas o a no aceptarlo, tomando así decisiones precipitadas y, por tanto, imprudentes[8].

Por su parte, la inconsideración como falta o falla en el juicio, consiste en la ausencia de una reflexión y de un juicio, acto contrario al juicio práctico recto. La persona inconsiderada o insensata es aquella que no sabe juzgar o destacar por encima de lo demás lo que vale la pena o es apropiado, debido a que desprecia o se niega a tener en cuenta la circunspección y la cautela, de las que procede el juicio recto[9].

Finalmente, la inconstancia, como frustración del imperio, consiste en despreocuparse por llevar a cabo lo decidido. La persona inconstante es aquella que, a pesar de haber formulado propósitos correctos, sensatos, después no los pone en práctica ya sea por pereza, debilidad, cobardía, es decir, por dejarse llevar por algún impulso desordenada.

Insistimos en este punto, y dejamos en claro que, ante la existencia de algunos de los vicios mencionados, el acto no será prudente. Entonces de esto se concluye que para que un acto sea perfectamente prudente debe haber transitado los tres momentos, sin desviarse del camino incurriendo en un acto precipitado, inconsiderado y/o inconstante.

Ahora bien, nos detendremos a cavilar un poco más sobre el tercer acto del proceso explicado: el imperio y, en particular, sobre sus repercusiones en el sujeto particular.

2.3.      Prudencia judicial

El resultado de los dos primeros momentos del camino trazado es la determinación de lo que es debido en una circunstancia dada, siendo el tercer momento el que mueve al hombre a realizar aquello determinado como debido.

Aristóteles reflexionó sobre el imperio y lo reconoció como elemento de la prudencia y como el momento más trascendental: “El imperio consiste en aplicar a la operación esos consejos y juicios. Y como este acto se acerca más al fin de la razón práctica, de ahí que sea su acto principal y, por lo tanto, también de la prudencia.  Esto significa que el entendimiento, donde reside la prudencia, no se detiene en la sola especificación de lo debido, sino que, con el concurso de la voluntad, produce el acto ordenado a consumar, en la realidad, aquella conducta que ha considerado recta”.

Este acto introduce la acción de la voluntad movilizando al sujeto a la realización de lo que el entendimiento le muestra como bueno; es un acto de la razón que requiere de un impulso previo de la voluntad. Es decir que esta determinación de lo debido puede ser creación de cualquier sujeto: del legislador, de los sujetos jurídicos, de los asesores jurídicos, y de modo más categórico, del juez.

Dijimos “de modo más categórico del juez”, y no podemos dejar de destacar la determinación de lo debido como opus por parte del magistrado judicial, ya que es quien establece cuál habría debido ser o deberá ser la conducta jurídica. No obstante lo dicho, si bien es cierto que no puede reducirse la prudencia jurídica a la que se refiere a la aplicación judicial de las normas de derecho y que existe una prudencia legislativa en materia jurídica y una prudencia de los particulares, resulta evidente que en su modo judicial es donde se pueden apreciar más claramente las notas y particularidades de la prudencia jurídica. La prudencia judicial es, entonces, la prudencia jurídica por excelencia[10].

Por lo dicho, algunos sostienen que el acto propio de la prudencia es imperar, por lo que la prudencia es de quien manda y el súbito sólo participa obedeciendo. Es así que la prudencia jurídica por excelencia no es la de los particulares, muy por el contrario, será la de cualquier sujeto pero nunca la de los particulares.

Con este hilo, habría que distinguir entre una prudencia principal -de quien esté investido de autoridad- , y otra obedencial -de los particulares-, siendo aquélla la que radica en la autoridad que ostenta el mando, y ésta la que pueden poseer los sujetos particulares, quienes a partir de los preceptos generales de la ley determinan cuál es el obrar debido en una circunstancia particular.

Destacar lo antes dicho nos conduce a la determinación de lo debido por parte del sujeto particular: éstos deben precisar cuál es el obrar debido en justicia en una circunstancia particular. Entonces vemos, aunque con poca nitidez, que el imperio, como tercer momento del camino trazado, puede existir en los particulares.

Pero insistimos: es poca la nitidez, y no surge a todas luces posible achacarle a un sujeto determinado en un caso concreto, haber incurrido en la comisión de un acto imprudente, si la prudencia -actitud que debió haber asumido para evitar el reproche- no se puede apreciar de manera perfecta en los particulares. Así, la prudencia en los particulares siempre va a resultar imperfecta por no poder el mismo transitar cómodamente el tercer momento del camino delineado.

La conclusión es ruidosa: sin imperio perfecto, no va a existir una acción de la voluntad movilizando al sujeto a la realización de lo que el entendimiento le pudo haber mostrado como bueno; sin esa voluntad al cumplimiento de la conducta justa, el razonamiento prudencial quedaría incompleto y resultaría ineficaz a los efectos de determinar positivamente el obrar humano concreto en materia jurídica.

  1. Conclusiones

Para ser prudente se exige conocer lo que es bueno moralmente para el hombre y debe ser buscado, como así también lo que es malo y debe evitarse, para lo que se requiere una serie de cualidades, cuya ausencia anula la construcción del acto perfecto de la prudencia.

Asimismo el proceso intelectual que es su causa, debe haber registrado adecuadamente las tres instancias, y el sujeto no debe haberse desviado en ningún momento del camino incurriendo en un acto precipitado, inconsiderado y/o inconstante.

Por lo demás, recordemos la imperfección de la prudencia en los particulares por no poder el mismo transitar cómodamente la tercera instancia del proceso.

Con todo, creemos que endilgarle a un sujeto haber incurrido en un delito imprudente no es tarea sencilla, y analizar la imputación focalizando el estudio en la imprudencia que se exige para la configuración del ilícito debería ser una faena delicada y minuciosa.

Es nuestro deseo reivindicar por una concepción acertada del modo de conocer prudencial, y así poner un coto a una restricción que ha terminado por aniquilar del conocimiento el clásico apelativo de “prudencial”. De concretarse esta ansiada aspiración, podremos debatir con fundamentos sólidos sobre la adecuación de atribuir en la órbita del Derecho un acto imprudente a un sujeto particular en una circunstancia concreta.

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Referencias

[1] MASSINI, C. I., “La prudencia jurídica: introducción a la gnoseología del derecho”, Ed. Abeledo Perrot, Buenos Aires, 1983.

[2] PALACIOS, L. E., “Filosofía del saber”, Ed. Gredos, Madrid, 1962, p. 25.

[3] MASSINI, op. cit.

[4] Aristotle, Nicomachean Ethics. Translation, Introduction and Commentary, Ed. S. Broadie & C. Rowe, Oxford, Oxford U.P., 2002, p. 180.

[5] MASSINI, op. cit.

[6] REDDING, J. f., “The virtue of prudence in the writings of St. Thomas Aquinas”, Fordham University, Dissertation, New York 1950.

[7] MASSINI, op. cit.

[8] SELLÉS, J. F, “La virtud de la prudencia según Tomás de Aquino”, Cuadernos de Anuario Filosófico, Universidad de Navarra, Pamplona, 1999.

[9] URDANOZ, T, “Suma Teológica. Tratado de las virtudes”, B.A.C., Madrid, 1956.

[10] MASSINI, op. cit.

Maria Belen Linares

Buenos Aires, Argentina. Graduada en Derecho por la Universidad de Belgrano, Capital Federal, Buenos Aires, Argentina. Especialización en Derecho Penal por la Universidad de Belgrano. Experta en Victimología por la Universidad de Sevilla. Doctoranda en la Universidad de Sevilla. Becaria FPU 2013. Ámbito de interés: Defraudación Tributaria.

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