Lo que Schengen se llevó

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Por Juan Antonio Pavón Losada

2015 ha sido el año de los refugiados en Europa. Según ACNUR, alrededor de 1.006.768 inmigrantes han llegado a la Unión Europea desde la guerra y la pobreza cruzando el Mar Mediterráneo. Un peso que en términos absolutos representa la mitad de lo que soporta Turquía por sí sola, y proporcionalmente una carga infinitamente menor de la que soporta países tan boyantes como Líbano. Sin embargo, una carga suficiente como para revelar la debilidad del modelo actual y degradar el último elemento de legitimación ciudadana del mercantilista proyecto Europeo: El espacio Schengen.

Cierto es que, de acuerdo con la información que manejan la UE y Frontex y aunque la legalidad del asunto sea más que dudosa, la mejor manera de prevenir entradas ilegales y calmar la tensiones internas es pagando a terceros países para que bloqueen las rutas migratorias. Ya pasó entre Marruecos y España, y ahora en una escala mayor está pasando con Turquía. Sin embargo, el coste a largo plazo quizás haga pensar que el remedio ha sido peor que la enfermedad.

Además de la vergüenza de muchos de tener que reconocerse Europeos, la solución adoptada para salvar Schengen ha disparado una reacción en cadena que deja al descubierto todos los puntos débiles de la UE:

  • Legislación obsoleta de dudosa utilidad: El reglamento de Dublin se ha demostrado obsoleto e inapropiado para los días que corren y ajustarlo puede llevar meses o años.
  • Falta de competencias de sus instituciones: La Comisión Europea no tiene el poder para condicionar a los estados miembros y Donald Tusk le busca la espalda cada vez que se descuida. El Parlamento Europeo, a pesar de encontrar graves deficiencias legales en el acuerdo, no tiene poder para bloquearlo.
  • Falta de voluntad política, división interna y repunte de los mensajes xenófobos: Los políticos nacionales solo están interesados en Europa cuando viene con dinero bajo el brazo, y priorizan las carreras electorales que son las que les dan de comer. En Reino Unido se utiliza la inmigración como arma arrojadiza dentro del contexto del Brexit, pudiendo generar un peligrososo efecto contagio en otros procesos electorales. Además, países como Dinamarca, Finlandia o Suecia están dando un giro de 180 grados e incluso están considerando confiscar bienes a los refugiados para costear los gastos que generen. El Grupo de Visegrado sigue haciendo de la ilegalidad su bandera discriminado en base a la religión, instalando alambradas y propagando mensajes institucionales anti-musulmanes.
  • Reducción sistemática del poder público: Los países del sur, especialmente Grecia, sufren una situación de raquitismo financiero derivado de las políticas de austeridad que les impide tener el más mínimo control de la situación. Además los fondos que llegan siempre vienen condicionados por la subrogación de competencias públicas que socavan los principios democráticos más básicos.
  • Falta de influencia exterior real: Ya no solo a la hora de imponer una solución diplomática o militar a conflictos armados y generar paz. El llanto de Moguerini fue otro síntoma de la impotencia Europea para influenciar la realidad geo-política más allá de acuerdos comerciales que no solucionan nada a nadie salvo a las multinacionales. Además, este tipo de soluciones como el de la crisis migratoria actual, solo debilita la posición negociadora y la imagen exterior en otros campos de trabajo donde sí se estaban haciendo las cosas bien.

De cualquier modo, la injustificada militarización de fronteras, la subcontratación del control de los bordes exteriores a países como Marruecos o Turquía (que cuando menos no garantizan el respeto a los derechos humanos) termina de envilecer un proceso, ya de por sí vergonzoso, de búsqueda de soluciones a las crisis migratoria. Al despojarse de la poca autoridad moral que le quedaba se ilumina un camino hacia repensar y quizás incluso refundar el modelo de la UE o afrontar una lucha por la propia supervivencia a manos de la fragilidad de la imagen exterior y el desapego de unos ciudadanos europeos con la que cada día comparten menos valores.

Juan Antonio Pavon Losada

Experto en política pública europea y consultor de comunicación estratégica. Máster en European Public Affairs por la Universidad de Maastricht y diplomado en Relaciones Laborales por la de Sevilla. Miembro del consejo de administración de la plataforma de información sobre la UE (www.europeanpublicaffairs.eu). Antiguo asistente de política internacional en la Comisión Europea, actualmente miembro colaborador de OPEX, Fundación Alternativas

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