¿Nació España con los Reyes Católicos?

granada

Artículo publicado originalmente en Témpora Magazine

Por Rafael Duro Garrido

“Cuando fueron proclamados reyes doña Isabel y don Fernando, España era una nación partida, sin energía y sin poder. Los Reyes Católicos la dejaron unida y en condiciones de ser la más brillante y poderosa del mundo.”

Fragmento del libro de texto España es así.

La afirmación que introduce nuestro artículo ha sido, y sigue siendo, un tema enormemente discutido en la historiografía. Para una gran parte de la opinión pública España nació como país, como nación, durante el reinado de los reyes Católicos Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón. Así, la nación española tendría nada menos que cinco siglos de historia, encontrándose, según esta interpretación, entre las más antiguas de Europa. Sin embargo, muy a menudo se dan por verdaderos acontecimientos o interpretaciones que deben ser estudiados con cuidado a fin de determinar hasta qué punto son veraces o no. La unión de España con los Reyes Católicos es una de estas ideas que se han transmitido de generación en generación pero que no siempre han sido sometidas a un estudio riguroso que nos ayude a saber si realmente las cosas ocurrieron como nos las han contado. El propósito de este artículo no es otro que aportar datos que puedan ayudarnos a conocer un poco más nuestro pasado, y de forma un poco más exacta.

El punto de partida: los reinos peninsulares en el siglo XV

Desde los siglos medievales la realidad política española se ha caracterizado por la gran diversidad de entidades políticas que han existido en el ámbito peninsular; sin embargo, dado lo complejo de la historia medieval ibérica, nos centraremos en la situación política del siglo XV, cuando entran en escena los Reyes Católicos. Tradicionalmente y de forma muy general, se ha hablado de los grandes reinos peninsulares de la Edad Media que, a la altura de la primera mitad del siglo XV, serían los reinos de Portugal, de Castilla, de Navarra, de Aragón, y el Reino Nazarí de Granada. Esta caracterización general ha llevado en muchas ocasiones a hablar de la España de los Cinco ReinosLa complejidad territorial de estos reinos era un hecho evidente, pues cuando se produjo el matrimonio entre Isabel y Fernando en 1469, la Corona de Castilla comprendía Galicia, Asturias, Santander, las mesetas de las actuales Castilla-La Mancha y Castilla y León, Extremadura, Andalucía y Murcia, además de las provincias vascas que estaban unidas administrativamente a esta Corona; por su parte, la Corona de Aragón aglutinaba los territorios de Aragón, los Condados Catalanes, el antiguo reino de Valencia y las Islas Baleares. Esta complejidad explica que en algunos casos se haya caracterizado a los reinos antes mencionados como monarquías compuestas. Tan solo los reinos de Granada, Navarra y Portugal escapaban al dominio de los Reyes Católicos por aquel entonces, si bien solo Portugal quedaría fuera de la órbita de los monarcas, siendo los otros dos reinos absorbidos por Castilla en 1492 y 1512 respectivamente. A esta importante diversidad territorial hay que añadir la gran cantidad de instituciones diferentes que poseía cada reino, como la Generalidad y la Diputación en Cataluña, o las Cortes de cada reino, que actuaban de manera independiente y autónoma. 

Las características de la unión dinástica

El matrimonio entre Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, que tuvo lugar en octubre de 1469, constituyó un hecho inédito en la historia peninsular: la unión matrimonial de los dos aspirantes a ocupar el trono de los reinos castellano y aragonés. Isabel, sin embargo, no sería reina de Castilla hasta 1474 y Fernando de Aragón hasta 1479, pero una vez que accedieron al trono se consumó esta unión personal. Por aquel entonces, las circunstancias de ambos reinos eran muy diferentes, por no decir que eran casi antagónicas: Castilla se encontraba en un momento de expansión económica gracias al negocio de la exportación de lana a grandes zonas del resto de Europa y a la existencia de la Mesta, una gran corporación de ganaderos; también los circuitos comerciales castellanos con ciudades como Brujas, Londres y Nantes y ferias comerciales como las de Medina del Campo en Valladolid ayudaban a consolidar este crecimiento económico. Por el contrario, Aragón era un reino sumido en una profunda crisis económica provocada en parte por los rebrotes de peste negra que se dieron en el siglo XV. Así pues, a través del matrimonio de Isabel y Fernando, un vigoroso reino como el castellano se unía a una corona en franca decadencia como la aragonesa.

Como hemos visto hasta ahora, la unión personal entre Isabel y Fernando fue un hecho, pero dicha unión no se estableció en términos igualitarios, sino que los cónyuges establecieron con meridiana claridad su posición dentro del matrimonio. Así, Isabel estableció en su contrato matrimonial, firmado el 7 de marzo de 1469, que Castilla sería reino de su entera y exclusiva propiedad, voluntad que quedó ratificada cinco años más tarde cuando fue proclamada reina en Segovia. En el ámbito documental, los escritos irían rubricados en nombre del rey y la reina, apareciendo el nombre de Fernando primero y el de Isabel después, pero en lo referente a la simbología del poder, las armas de la reina precederían a las del rey. Por último, pero no por ello menos importante, los Reyes Católicos acordaron que los impuestos recaudados en Castilla se empelarían en los asuntos de Castilla, y lo mismo sucedería con Aragón. Llegados a este punto, parece claro que la unión matrimonial no redundó en una unificación integral de los territorios, sino que cada uno de los monarcas se mostró muy celoso de la conservación de sus posesiones, y apostó siempre por dejar muy claro cuáles eran los límites de su poder.

Ya hemos visto cómo se articuló la unión personal entre los monarcas y bajo qué condiciones se produjo, pero ¿hasta qué punto repercutió dicha unión personal en el funcionamiento de los reinos? Castilla y Aragón no solo eran entidades políticas diferenciadas porque ocuparan diferentes territorios en la Península, o porque, hasta el matrimonio de Isabel y Fernando, se encontraran gobernados por monarcas diferentes, sino que cada territorio contaba con instituciones y filosofías de gobierno diferentes. En el aspecto político-institucional, las actuaciones en cada reino fueron bien distintas. En primer lugar, hay que decir que el estilo de gobierno en Castilla fue muy diferente al que se aplicó en Aragón, ya que en el primer caso se reforzó de forma muy notable el poder de los monarcas, debilitando de este modo a instituciones como las Cortes, y en el segundo se practicó el pactismo, una doctrina política consistente en el respeto escrupuloso por parte del monarca hacia las instituciones del reino, que ejercerían por tanto un control sobre su poder. Ello no quiere decir que en Castilla la reina impusiera su voluntad sin cortapisas y en Aragón Fernando no pudiera operar, pero sin duda la tónica general en los dominios castellanos fue la del autoritarismo y en los aragoneses la del pacto, por lo que a los monarcas les supuso menos esfuerzo imponer su voluntad en Castilla que hacerlo en los territorios aragoneses.

Junto con estos aspectos teóricos, hemos ahora de destacar todo lo relacionado con las instituciones. Como en tantos otros aspectos, la unión personal de los reyes no acarreó una unificación del cuerpo institucional de ambos reinos, sino que estos mantuvieron sus propias instituciones de gobierno y administración; de este modo, Castilla y Aragón conservaron sus cortes, y en los dominios de Fernando instituciones como laGeneralidad se mantuvieron vigentes. Ello no fue óbice, no obstante, para que los monarcas crearan nuevas instituciones como por ejemplo la de los virreyes -con gran protagonismo sobre todo en Aragón- o la de los corregidores, que representaban a los reyes en las ciudades.

El balance: ¿El nacimiento de una nueva nación?

Tal y como hemos visto, la unión de Isabel y Fernando supuso el matrimonio entre los monarcas de los dos grandes reinos peninsulares por primera vez en la historia. Sin embargo, este enlace no tuvo como consecuencia unión política alguna pues, como ya hemos mencionado, cada uno de los territorios de la Península mantuvo sus instituciones en lo que a la administración y gobierno se refiere. Parece por tanto que España no es una nación tan antigua como se ha dado a entender, ya que hemos de esperar hasta el siglo XVIII para encontrar el primer gran proyecto político que tuvo como objetivo la unificación política de los reinos peninsulares, y que no fue otro que el de la monarquía de los Borbones, que materializó sus aspiraciones centralistas en los llamadosDecretos de Nueva Planta, publicados a principios del siglo XVIII, y que abolieron, esta vez sí, las instituciones propias de los distintos reinos peninsulares, y más concretamente las de la Corona de Aragón. Fue entonces, y no antes, cuando se implantó la idea de España que actualmente conocemos, con una lengua principal -el castellano y no las lenguas de la Corona aragonesa- y una serie de instituciones y órganos de gobierno comunes a todo el territorio nacional, entre otros aspectos. El cambio de siglo y la llegada de la contemporaneidad no harán sino ahondar en este proyecto político, encontrando reacciones en forma de regionalismos y nacionalismos. Pero eso, como sabemos, es otra historia.

Bibliografía

GLOHEL, M., “Las monarquías compuestas en la época Moderna: concepto y ejemplos”, Universum: Universidad de Talca, año 29, vol.2, 2014, pp. 83-97.

PÉREZ, J., “La España de los Reyes Católicos”, Madrid: Arlanza, 2004.

SERRANO DE HARO, A., “España es así”, Jaén: Editorial Escuela Española, 1946.

TENENTI, A., “La Edad Moderna. Siglos XVI-XVIII”, Barcelona: Crítica, 2011.

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