La coalición del cambio: luces y sombras

MADRID 09 05 2016 Alberto Garzon IU y Pablo Iglesias Podemos durante el acto en el que han comunicado el acuerdo de estos dos partidos para las proximas elecciones FOTO JOSE LUIS ROCA

Por Rubén Pérez Trujillano

El proceso de confluencia entre las fuerzas del cambio (de las que Podemos e IU son las más representativas) toca a su fin. Ambas formaciones (y otras) concurrirán coaligadas a las elecciones generales del próximo verano. Para llegar a este punto ha sido necesario un denodado esfuerzo por el acercamiento de posiciones y la fijación (o constatación) de ejes programáticos comunes, el cual ha de ser culminado por el plácet de las bases en consultas democráticas.

La conveniencia de una alianza entre Podemos e IU se ha convertido en un marchamo, en una especie de dogma balsámico. Después de todo, parece que habría respuesta al eterno lamento del electorado de izquierda a causa de la fragmentación de la oferta electoral de la misma. Parece, en cualquier caso, que un fin legítimo encuentra de una vez por todas un buen medio en términos morales e históricos, una herramienta democrática contundente. En este contexto, sorprende el machaqueo mediático favorable a la conjunción. Amplios sectores de los medios de comunicación que han demonizado a Podemos lubrican ahora, cuando no bendicen, una coalición que supuestamente sería capaz de remontar su carrera por el gobierno. No sólo cierta prensa: también algunos partidos y figuras políticas que podrían verse directamente afectadas. No es casualidad la actitud impávida de Susana Díaz, presidenta de la Junta de Andalucía y líder del PSOE en esta comunidad autónoma, el mayor feudo electoral de los socialistas. PSOE y PP ven “normal” que la “izquierda” o la “extrema izquierda” concurra unida, un relato de polarización que busca revitalizar el turnismo.

Cualquiera que sea el puerto al que estos actores ansíen llevar a la opinión pública, una cosa es cierta: la unión electoral entre Podemos e IU tiene luces y sombras.

Está empíricamente demostrado que la teoría de la navaja de Occam no suele funcionar en política. Según dicha teoría, “en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable”. Aplicada al caso que nos ocupa, tendría una expresión aritmética muy elemental: Podemos e IU conseguirían sumar juntos el número de votos que obtuvieron por sí solos en las pasadas elecciones generales, por lo que multiplicarían exponencialmente su representación parlamentaria. Pero, a poco que se analice el fenómeno, el cuento de la lechera queda desmentido. Esto no quiere decir que no sea deseable ni aconsejable. Tampoco que pueda terminar materializándose. Lo que significa es que no acaece incondicionalmente, al margen de condiciones y condicionamientos. Hay que matizar, pues las probabilidades de éxito no eclipsan a las de fracaso. La creencia en tal predestinación anida en una ingenuidad política incompatible con la gobernanza democrática.

El sistema electoral español sugiere la concentración de votos en pocos partidos a efectos de poner coto a una excesiva pluralidad que ponga en riesgo, en teoría, la estabilidad del sistema político e institucional. Por tanto, es lógico pensar que si dos fuerzas políticas comparten en lo fundamental un horizonte y unas sendas, decidan concurrir juntas. Desde este punto de vista, la relación corresponde a la mutua conveniencia de los partidos involucrados, avalada por una argumentación lógica. En abstracto, no hay objeción a la alianza Podemos-IU.

A pesar de que las candidaturas de unidad en algunos ayuntamientos puedan ejemplificar el rédito electoral favorable de sumar partidos, hay que distinguir escenarios. Una cosa son las elecciones municipales y otra bien distinta las elecciones al Congreso y al Senado, porque ambas se desenvuelven en realidades, problemáticas y configuraciones institucionales diferentes. De la variabilidad de factores deriva el distinto comportamiento electoral según se trate del ámbito municipal, autonómico o estatal.

A nivel estatal, existe una experiencia de coalición tan mitificada para lo bueno como para lo malo, como es el Frente Popular que ganó las elecciones en febrero de 1936. Esta coalición progresista superó a la de la derecha reaccionaria (la Confederación Española de Derechas Autónomas, asociada a otras en el Frente Nacional Contrarrevolucionario) por un estrecho margen de sufragios (151.000 votos, apenas un 2% de diferencia). La verdadera victoria de las izquierdas vino cinco años antes de la mano de un Congreso plural, antecedido por la diversidad de ofertas electorales escoradas a la izquierda, el centro-izquierda y el centro. El resultado: el Bienio reformista de 1931-1933, uno de los períodos de nuestra historia con mayores avances en materia de derechos y justicia. Ahora bien, tómese la referencia con gran cautela. Las distancias son innumerables. Por ejemplo: el sistema electoral de entonces era incomparablemente más representativo que el actual y la opinión pública se hallaba polarizada de un modo a nuestros ojos inconcebible, además de que el “frentismo” constituyó una estrategia política consensuada por todas las fuerzas democráticas de Europa (no sólo el comunismo ni el socialismo) para oponerse al auge del fascismo y el nazismo.

Si volvemos la vista al pasado más reciente, sobran los ejemplos fallidos de coaliciones progresistas. Tenemos la Coalición Andalucista que, bajo el liderazgo del Partido Andalucista, pretendió superar la atomización endémica del andalucismo orgánico. Los resultados fueron pésimos, tanto en las elecciones generales como en las autonómicas de 2008. Y, por supuesto, podría interpretarse que IU ha fracasado en su razón de ser, o sea, a la hora de aglutinar a la izquierda social y política del Estado español. La juntura de los múltiples partidos que pululaban en el espacio de la izquierda o en el andalucista no condujo a saltos significativos en las opciones de gobierno, ni a la ocupación efectiva de los pretendidos espectros ideológico-electorales. Ciñéndonos al caso andaluz, el PSOE siguió acaparando ambas posiciones y, en el caso del Partido Andalucista, la maniobra supuso el prólogo de su desaparición.

Cada caso tiene sus peculiares variables explicativas. Pero interesa extraer una lección: las organizaciones políticas no son simples semilleros de votos. El fetichismo organizativo es una estrategia errática: no por tener unas siglas se van a reproducir los votos, del mismo modo que no por yuxtaponerlas se va a dar el milagro del pan y el vino. Y el “voto cautivo” es insignificante en Podemos e IU. ¿Por qué? Porque están la demanda electoral y la evolución de la cultura política de la sociedad en sentido contrario al de la mayoría de los partidos tradicionales. La oferta ha de responder a la demanda de la gente, y no pretender lo contrario ni por asomo, es decir, que las necesidades organizativas internas se impongan sobre la función que la sociedad espera que desempeñen las fuerzas del cambio. En consecuencia, no hay que perder de vista que los apoyos electorales a los que aspira cada partido por separado podrían volatilizarse si la coalición no llegase a calar como proyecto ilusionante de cambio político.

Ésa es la clave. Hacer de la necesidad virtud. Para ello, hay que meditar sosegadamente sobre los riesgos de una alianza electoral mal hecha. Tanto como en sus potencialidades. IU posee algo valioso que a Podemos hace falta: el capital humano. Militantes abnegados, pero también unos cuadros burocratizados y no pocos paquidermos. Aunque no está claro si IU ha conseguido desprenderse de ciertos lastres, es posible que aún le sobre cierto capital cultural y simbólico (los “rojos”), salvo que Podemos abandone la estrategia de construcción de nuevas dicotomías de identidad política. Atraer el capital humano es algo que viene operando desde la fundación de Podemos: por puro pragmatismo o por razones ideológicas, el trasvase de simpatizantes, votantes y militantes no ha cesado. Sin embargo, sigue siendo insuficiente, máxime cuando Podemos necesita demostrar que puede seguir expandiéndose, antes de que la ventana de oportunidad quede tapiada.

En este sentido, IU podría proporcionar a Podemos una infraestructura movilizadora con la que disputar el tablero al bipartidismo allí donde la formación morada flaquea o es inexistente pero donde IU mantiene una presencia (fuerte o no): en zonas rurales y  municipios pequeños. Por otro lado, está por ver que IU posea una tendencia de voto al alza y, sobre todo, que esa tendencia no se diluya cuando la alianza electoral sea un hecho. Si, según los índices de intención de voto, algunos sectores del electorado penalizan a Podemos votando a IU, habrá que valorar si lo hacen para reforzar a uno o al otro, y de qué modo reaccionarán al verlos bajo el mismo paraguas.

En la forma en que termine cuajando la coalición estará el fondo. Es  presumible que, mientras que a IU le interesará sobrevivir con un alto grado de autonomía, Podemos rehuirá de asumir los costes económicos derivados del sostenimiento de la burocracia creada en el pasado por sus compañeros de viaje y su particular modo de entender el poder y la organización. En el nombre de la coalición ha de cristalizar forma y fondo, al igual que la composición.

Ya que la unidad electoral proviene de la unidad programática, es de capital importancia que nombre, forma y candidatos lo reflejen. Ya que hay sobre la mesa un proyecto de país, la candidatura debe reflejar el papel pensado para cada nacionalidad, especialmente allí donde el bipartidismo sigue fuerte, como Andalucía. Lo relevante no es el sumatorio (Podemos+IU+etcétera), sino el resultante (Por Andalucía, Podemos en Unidad Popular). Ninguna de las fuerzas del cambio puede permitirse quedar identificada con los rostros de siempre.

Ha de tenerse en cuenta, por último, los riesgos de flotar sobre discursos que no sepan remar en la polarización que termine imperando en la campaña electoral (viejo/nuevo, casta/gente, arriba/abajo, corrupción/regeneración, derecha/izquierda, responsable/irresponsable…).

A resumidas cuentas, considero que la inadecuación de la navaja de Occam es una premisa para entender esta encrucijada vital para las fuerzas del cambio. Al mismo tiempo, la comparativa histórica suministra un método (relativo) para calibrarlo. Y la otra gran premisa es ésta: en política, es tan importante pisar la alfombra roja como ponerla. Es una manera de constituir nuevos sujetos, nuevas autoridades, nuevo poder dentro de Podemos. Por consiguiente, una clave importante es de índole interna: quién está deseando ser quién en la futura estructura. No sólo IU corre el riesgo de ser absorbida. Sin abordar estos interrogantes, no habrá buena intención que impida que los fontaneros pasen a ser los cristaleros de las fuerzas del cambio, pues habrán montado ellos mismos su tope de cristal.

Rubén Pérez Trujillano

San Roque, Andalucía. Licenciado en Derecho por la Universidad de Granada y Máster de Derecho Constitucional por la Universidad de Sevilla. Personal Investigador en Formación del Área de Historia del Derecho y de las Instituciones del Departamento de Ciencias Jurídicas Básicas. Ámbitos de interés: constitucionalismo, republicanismo, nacionalismo, postcolonialidad, justicia social, género...

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