Donald Trump: De anomalía política a síntoma de cuerpo enfermo

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Artículo originalmente publicado en Sociedad Política

El candidato republicano en boca de todos ha pasado de ser una anomalía del juego político a ser considerado como un peligro muy real. Por más que su excentricidad y xenofobia inviten a ignorar sus cada vez más disparatadas declaraciones, el problema que representa Trump ha llegado a un punto en el la indiferencia ya no servirá de nada. Desde que anunciara su candidatura a la presidencia de Estados Unidos, los insultos hacia la población hispana se han ido sucediendo uno tras otro. Expulsar a un reportero de una sala de prensa por ser hispano, afirmar que los inmigrantes mexicanos son “asesinos” y “violadores” o desacreditar a Jeb Bush por hablar español en campaña y tener una esposa mexicana son sólo algunos ejemplos. De momento, el gobierno mexicano, de momento, está manejando el asunto de la mejor manera posible. Y es que un gobierno electo no debe contestar a las declaraciones sobre un candidato presidencial de otro país ni hacer comentarios al respecto.

¿Es factible la política de inmigación que plantea Trump?

Mientras que se hace muy difícil visualizar a Trump en la Casa Blanca, es inevitable temer esta posibilidad tras sus victorias en las primarias republicanas de Kentucky y Louisiana, y por tanto cabe preguntarse si es también posible la política de inmigración que plantea en sus discursos. Además de prometer la expulsión de 11 millones de “indocumentados del país, el grueso de las medidas de política exterior que propone en su programa está dirigido a México. Bajo la premisa de que el gobierno mexicano envía “drogas,” “violadores,” y en definitiva, “a sus peores ciudadanos” a través de la frontera, Trump ha prometido la construcción de un muro para separar ambos países, que por cierto debería tener más de 3.000 kilómetros de longitud. En su programa electoral recoge su propuesta para presionar a México para que pague dicho muro, y que en caso contrario, tomaría medidas tales como apropiarse de todos los pagos de remesas provenientes de salarios sin contrato (es decir, el dinero que envían a sus familias los trabajadores explotados en EEUU), aumentar las tasas de las visas de trabajo y diplomáticas, las tarifas para cruzar la frontera y los aranceles, entre otras cosas.

Afortunadamente este proyecto resulta completamente inviable no sólo en el aspecto económico, sino por las trabas que pondrían los Demócratas si controlaran el Senado. Y el gobierno mexicano, evidentemente, ya ha anunciado que entre sus planes no se encuentra financiar semejante muro. La presión económica que Trump propone ejercer sobre México para ver cumplido este faraónico proyecto no resultaría suficiente en términos porcentuales en relación a su PIB.

¿Son Trump y sus propuestas el verdadero problema, o lo es la sorprendente acogida que han recibido?

Más bien lo segundo: nadie puede decir honestamente que no conozca al menos un “Donald Trump.” El candidato republicano no es un gran ideólogo, ni encaja en la descripción de un fascista o un líder con una agenda determinada, es simplemente un populista, y su éxito deviene de decir en público lo que muchos votantes estadounidenses piensan en secreto. Y su aparición en el escenario político no es un hecho aislado en Occidente: el Frente Nacional en Francia, el UKIP en Reino Unido,  Jobbik en Hungría o Aurora Dorada en Grecia son sólo algunos ejemplos de partidos xenófobos que han resurgido en Europa. Si algo se debería haber sido aprendido ya en Europa sobre hombres intolerantes e imprevisibles con posibilidades de acceder al poder, es que deben ser tomados con la suficiente seriedad como para combatirlos.

Lo más preocupante es que a pesar de sus comentarios xenófobos sobre los mexicanos, Trump consiguiera el 45% del voto hispano en las primarias republicanas de Nevada. Esto demuestra que el racismo no sólo se produce desde la población blanca estadounidense hacia las minorías, sino también entre los propios hispanos. La buena noticia sigue siendo que, globalmente, el 80% de los hispanos sigue teniendo una mala opinión de Trump, según una encuesta del Washington Post.

Si bien el apoyo que ha recibido hasta el momento es insuficiente para llevarle a la Casa Blanca, es de unas dimensiones y crecimiento exponencial que ya sobrepasa el terreno de lo contemplativo y entra en el terreno de lo preocupante. Eso sin olvidar que cuando presentó su candidatura partía como el penúltimo favorito a ganar las primarias republicanas y ningún experto le daba posibilidades. Pero a pesar de todos los males que encarna, Donald Trump no es una anomalía política, un cáncer que pueda extirparse quirúrgicamente para dar por solucionado el problema. Cada encuesta y cada semana que pasa se hace más evidente que Trump no es un fenómeno inusual, y que únicamente ha sacado a flote el lado más intolerante e irreflexivo de parte de la población. Donald Trump no es una enfermedad en un cuerpo sano, sino un síntoma más de un cuerpo enfermo.

 

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