Amateurs y profesionales

Por José Antonio Santiago Sánchez 

1.-

Se dice que la filosofía nace en Grecia durante el s. VI a. C. y, de un modo más ajustado, en Atenas a partir del s. V. de la misma era.

Los padres a los que dicho nacimiento se atribuye son los llamados polítai, los ciudadanos de la pólis, los cuales, aunque representaban una porción de población ínfima en las ciudades griegas como Atenas o Esparta en aquella época, formaban pese a todo, la clase dominante. Su linaje era aristocrático y sus necesidades estaban cubiertas en su mayor parte por obra de los esclavos, los cuales trabajaban sus latifundios o sacaban rentabilidad a su patrimonio. En el seno o ecclesía (asamblea) de esta elite libre nace precisamente y aunque pueda parecer paradójico, la democracia.

Las necesidades primarias de estos polítai estaban pues, satisfechas y no precisaban trabajar para buscarse la vida; otros los hacían por ellos. De este modo, los ciudadanos eran los únicos individuos libres de la ciudad. Así se constituyeron a sí mismos y así constituyeron la democracia como un ejercicio liberado de las trabas del condumio.

La holganza y ociosidad a la que desembocaba dicha liberalidad permitió a estos ciudadanos -no más del 10 % de la población de las póleis– desarrollar por primera vez, y al tiempo, una actividad decisiva para el desarrollo posterior de la cultura de Occidente, el amor por el conocimiento, la filo-sophía.

Aristóteles, en un célebre pasaje de la Metafísica (I 2, 982 b 11-28) sostiene a este respecto lo siguiente.

Lo que en un principio movió a los hombres a hacer las primeras indagaciones filosóficas fue, como lo es hoy, la admiración (thauma). Entre los objetos que admiraban y de que no podían darse razón, se aplicaron primero a los que estaban a su alcance; después, avanzando paso a paso, quisieron explicar los más grandes fenómenos; por ejemplo, las diversas fases de la luna, el curso del sol y de los astros, y, por último, la formación del universo.

De ese modo, continúa Aristóteles, «ir en busca de una explicación y admirarse, es reconocer que se ignora». Mientras que el resto de los saberes ya conocidos, sostiene Aristóteles, tiene relación «con las necesidades, con el bienestar y con los placeres de la vida (…) ningún interés extraño nos mueve a hacer el estudio de la filosofía.».

Este no sometimiento a los intereses o necesidades es lo que para Aristóteles, convierte a la filosofía en la auténtica y legítima realización del conocimiento pleno; pues solo dicha actividad es verdaderamente libre, ya que su finalidad no se somete a nada ulterior o ajeno a ella misma. El amor por el saber se satisface por el saber mismo.

Así como llamamos hombre libre al que se pertenece a sí mismo y no tiene dueño, en igual forma esta ciencia es la única entre todas las ciencias que puede llevar el nombre de libre. Sólo ella efectivamente depende de sí misma. (Íbidem)

Varios han sido los autores, sobre todo, de raigambre sociologista, que diagnostican este carácter ocioso y contemplativo de la filosofía a una clase dominante, la de los politai. Si bien estos no yerran en afirmar que la filosofía nace en un sistema esclavista y represor, ello no obsta para aplicarlo igualmente a los orígenes de la democracia misma, el sistema político que posteriormente Occidente ha erigido en el modelo más perfecto de organización política.

Pero además de eso, ¿qué época no ha vivido desigualdades? ¿No constituye la desigualdad misma el motor de la historia, como Heráclito, Hegel o Marx habían afirmado? Que la filosofía haya surgido en esas condiciones no resalta más o menos un ápice para su propia génesis, pues en cualquier otro lugar o momento esas condiciones hubieran sido velis nolis, las mismas.

Y sin embargo, la filosofía stricto sensu -y dejando a un lado los presocráticos- nació en un lugar y un momento determinados: una Atenas recién salida de una desastrosa derrota tras de una larga y cruenta guerra -primero contra los persas y luego contra Esparta- en la que la democracia recién acababa de instaurarse. En este mismo contexto, comienzan a tener importancia un grupo de metecos (extranjeros) de amplia y erudita formación, pero que no comparten la condición de ciudadanos con los atenienses. Se hacen llamar a sí mismos sophistai, los más sabios. Su actividad, contrariamente a lo que Aristóteles apuntaba más arriba, se dirige a una finalidad muy concreta y necesaria: formar a los ciudadanos en los valores sociales de la pólis. Ello convierte a los sofistas en los primeros «profesionales del conocimiento», pues por tal servicio de labor social exigían, en justa compensación, un sueldo. Cierto es que, en calidad de extranjeros sin derechos en esa democracia, su posición económica resultaba ser muy distinta de la de Sócrates o Platón, los cuales defendían, como decíamos, la libertad del auténtico conocimiento, es decir, su independencia de cualquier interés material, o si se quiere, su «amateurismo». Ese era un lujo, dirían ciertos defensores de la sofistica, que aquellos que carecían de la categoría de ciudadanos no podían tener.

No obstante, lo que Platón reprocha a los sofistas se fundamenta en la certidumbre de que las verdaderas virtudes no pueden aprenderse ni enseñarse como se enseñan las matemáticas (en el sentido etimológico del término máthema), porque son cuestión de posesión, de re-cuerdo, es decir, asunto del corazón (cord, cordis). Así lo demuestran las expresiones inglesas o francesas by heart o par coeur que apuntan a un «amateurismo» y querencia ínsita en toda pertenencia a la memoria. Octavio Paz (1995: 79) señala a este respecto que la memorización consiste en una asunción tanto estética como intelectual, que tiene que ver con la formalización de los contenidos a partir de conceptos como el ritmo, categoría ontológica de primer nivel para el poeta mexicano.

Esta musicalización en la que consiste la enseñanza memorística asienta todo pensamiento como si de un latido rítmico del corazón (cord, cordis de donde proviene, no se olvide, el verbo recordare) se tratara, así como también el movimiento físico-biológico. Por ello, la memoria consiste en una virtud intelectual que, como todas las virtudes, se adquiriere, según nos enseña Aristóteles,  (Ética a Nicómaco, 2, 6) a través del hábito. Pero la verdadera virtud no puede estructurarse desde unas gramáticas regulativas ya previamente establecidas. Por el contrario, su naturaleza consiste más bien en su actualización misma a través de un juego fáctico cuyas reglas, si fueran conocidas, lo destruirían y ello, señala José Luis Pardo,

no porque se haya convertido en público algo que hasta entonces tenía la naturaleza de un secreto privado compartido únicamente por los interesados, sino porque se ha hecho explícito aquello que, por su propia condición no puede explicitarse sin degradarse a la condición de discurso sofístico. (2004: 28)

2.-

Como sabrá el lector avezado, el galicismo amateur proviene del verbo «amar» (aîmer). De este modo el amateur es aquel al que le gusta la actividad que realiza o que siente vocación por ella, esto es, que resulta llamado (del latín vocare: «llamar») o atraído por eso que realiza. Por otro lado, el diccionario de la RAE (vigesimotercera edición) recoge en su entrada del término amateur una definición basada meramente en su relación contraria respecto del profesional. De este modo, el amateur se define como una suerte de diletante poco serio o preparado respecto del profesional. Así, por ejemplo, el primer significado que se recoge dice: «aficionado a algo con cierto conocimiento de la materia de que se trata.» (la cursiva es nuestra); mientras que la segunda y la tercera, insisten en la calidad de no profesional que se le priva a la actividad amateur:

Lo que se muestra con esto bien podría testimoniar una evidente profesionalización de la sociedad capitalista actual, en la que la educación y la sociedad en general, pese a todas las proclamas humanistas, se dirige sobre todo a la formación (totalmente necesaria, por otro lado) de productores que generen riqueza a la pólis y en las que, por consiguiente, el amateur se transforma en un mero aficionado, un aprendiz de algo, pero sin ser maestro de nada, un ocioso que se permite el lujo de tener ciertos gustos, ciertos hobbies, pero que no resulta útil. Se trata del papel comúnmente atribuido a las denominadas «humanidades».

Ciertamente resulta absurdo, así como fuera de todo tiempo y lugar, vindicar el conocimiento como un fin en sí mismo, ajeno a cualquier interés, poder o utilidad. La tesis de que «el conocimiento es poder» resulta irrebatible tanto hoy día como en la Grecia clásica. No obstante, la Atenas de Platón o Aristóteles, en la que el hombre superior, el sabio, se concebía sobre todo como un contemplador, ha variado enormemente respecto a nuestros días. Por ello, se hace más que evidente la incongruencia de criticar en estos tiempos la visión del sofista, antecedente directo del «profesional de la educación» o «de la información». Y sin embargo, pese a todo, no sería del todo baladí situar dicha categoría, la del profesional, en sus justos quicios, y ello del mismo modo en que lo hacía el diccionario RAE, aunque transmutándolo, es decir, definiendo lo profesional en respectividad a lo amateur.

En efecto, según esta nueva perspectiva, podríamos afirmar que, si bien el amateur se determina como el que no hace profesión de su actividad, sobre todo, suponemos, a la hora de cobrar un sueldo, el «profesional» sería entonces aquel que de entrada, no realiza su actividad por amor (l´amour) o gusto, por lo que dicha actividad, se mostraría, si nos ajustamos a la relación con su contrario, como una tarea impuesta, no libre, e incluso desagradable. El profesional se define entonces como el no-amateur, desde el momento en que, sobre todo cobra un sueldo por su labor. Por ello, su tarea pasa a ser de competencia única y esencialmente social.[1]

De hecho, no son pocas las veces que escuchamos o vemos a multitud de individuos prestigiar su actividad legitimando su categoría de profesionales. De este modo, ciertas tareas son imbuidas de una «profesionalidad» que a veces resulta oscura e incluso engañosa. Constituye, por ejemplo, un lugar común, la insistencia con la que, en los medios de comunicación muchos entrenadores de fútbol justifican la actitud pasada, presente o futura de sus jugadores apelando a su «profesionalidad». Lo mismo sucede, como señala A. Díez (1990: 303) en otros gremios como el periodismo, la enseñanza y por extensión sobre todo, en las profesiones denominadas justamente «liberales»[2]. Si se piensa bien, dicha apología resulta venenosa en sí misma. ¿Por qué abundar tanto en la profesionalidad de algunos futbolistas si todo el mundo sabe que son grandes profesionales, al menos por cuanto cobran millonadas de euros o dólares al año por realizar su trabajo? ¿Acaso no sería algo parecido a las continuas conmemoraciones que se realizan cada día a favor de la Donación de Órganos, el Día Internacional de las Enfermedades Raras, las Jornadas Ciudadanas, Nacionales o Mundiales contra el Racismo o el homenaje a la Mujer Trabajadora? Todos sabemos que la auténtica pretensión de dichas conmemoraciones es (o debería ser) la de que no existieran nunca, pues como siempre se ha dicho, el mejor sistema es aquel que no necesita de sus principios para que funcione correctamente.

Así pues ¿qué falta, privación u óbice existe en la hoy día constante apelación a la profesionalidad? Quizá -y esto es solo un suponer- dicha pretensión responde precisamente a la misma valoración que se hace de la salud poseída cuando no se ha ganado nada en la Lotería de Navidad, es decir, cuando el que ansiaba con ser agraciado o tocado por la Gracia salvífica del bombo de la suerte quédase des-graciado y con el mismo escaso dinero que poseía antes. Eso sí, lo más importante, «con mucha salud». ¿No es entonces la misma profesionalidad a la que se apela la que, justamente, se busca con insistencia en tareas que pueden ser consideradas fútiles y esencialmente vocacionales como el deporte del fútbol por la que tantos jugadores cobran sueldos astronómicos?

Por otro lado, ¿se desearía con semejante interés y prestigio respecto al futbolista o periodista a la tenida por la profesión más antigua del mundo, la prostitución? Y sin embargo el colectivo de tales «profesionales» lleva décadas exigiendo unos lugares ad hoc, así como unas garantías legales y sociales para ejercer una labor que nadie podrá negar y que ha constituido un servicio público desde hace milenios, mucho antes que el fútbol. ¿Acaso se discute la profesionalidad de las mujeres u hombres que se ganan la vida, mejor o peor, con tales prácticas?

Asimismo, ¿por qué tantos cantantes populares reivindican su profesionalidad frente a la piratería del llamado top-manta o de las descargas por Internet, a las cuales acusan de privarles de modo ilegal e ilegítimo de su modus vivendi? ¿Acaso no hay gente que se gana la vida e incluso se lucra con dicho negocio? ¿La profesionalización se evalúa entonces, según su circunscripción a la legalidad o legitimidad? ¿No es asimismo el modus vivendi de un músico el componer e interpretar música y que esta sea valorada por el mayor público posible? Desde este respecto, la «desprofesionalización» que la llamada «piratería» comete hoy día supondría, si se mira desde otra óptica, una auténtica «globalización» de los contenidos artísticos por los que el músico sería ampliamente conocido para, por consiguiente, componer e interpretar su música ante una audiencia tan numerosa como nunca antes habría podido concebirse. De hecho, son muchos los músicos o cantantes «profesionales» ampliamente conocidos por el gran público los que, pese a recibir ingentes cantidades de dinero, confiesan su amor y dedicación a lo que hacen por encima de todo. Muchos, mostrando cierto alarde sentimental de «amateurismo» confiesan sentirse verdaderamente felices cuando se suben a un escenario. Si ello fuera realmente así -pensamos- todo el dinero, ilusiones y sentimientos que generan en su público seguidor y en la sociedad de consumo con su actividad no valdrían nada frente a la profunda y emotiva satisfacción vital de tocar o interpretar música. Si ello fuera realmente así –decimos- muchos de los que reivindican tanto su profesionalidad, como su amateurismo, deberían mostrar al menos algún reparo en mostrarse por televisión articulando los labios, percutiendo falsamente teclas o friccionar cuerdas de algún instrumento, haciendo como si tocaran o cantaran, cuando lo hacen en playback, es decir, sin hacerlo realmente. De hecho, también son cada vez más los músicos que denuncian este tipo de prácticas indignas para la «profesión».

El carismático jugador de fútbol brasileño Romario da Souza, ya retirado, y en cuyo palmarés se encuentra desde la Copa Mundial de fútbol con Brasil en 1994, (mismo año en que fue declarado Balón de Oro al Mejor Jugador) hasta la medalla olímpica de plata en Seúl 1988 (siendo el máximo goleador del torneo), pasando por el premio al mejor jugador del mundo FIFA y en definitiva, uno de los más grandes delanteros de la historia de este deporte con más de mil goles en su carrera profesional, solía declarar no sin polémica, haber disfrutado de las discotecas hasta altas horas de la madrugada la víspera de algunos partidos, en los cuales llegó a lograr varios hat-trick (tres goles en un solo encuentro). Si bien muchos dudaban de su profesionalidad, otros defendían su innegable rendimiento goleador. El entendido de balompié sabe que el jugador brasileño, el cual concibe por naturaleza y como ningún otro el fútbol en un disfrute, suele frecuente y estrepitosamente fracasar en el ultraprofesionalizado fútbol europeo, en el cual, por otro lado, el jugador se hace multimillonario y archiconocido. Han sido muchos los que achacaron al brasileño su poca seriedad o falta de compromiso en un fútbol como el europeo, cuyo mercado mueve, como decimos, no solo ingentes cantidades de dinero, sino fuertes sentimientos de identidad o pertenencia a una comunidad representada por unos colores, cuando no auspicia apologías patrióticas, regionalistas o nacionalistas. Es frecuente escuchar o leer hoy día que las guerras nacionales o internacionales ya no se disputan en los campos de batalla, sino en los estadios de fútbol. Se trata, en efecto, de un deporte que ha alcanzado una magnitud tal que, como señala R. Kapuscinski [Vid. (1992)], desborda lo meramente deportivo. Este clima suele resultarle despiadado al brasileño, dotado de una capacidad inmejorable para dicho deporte, pero aún inocentemente provisto de un talante amateur propio de lo que aún considera solo un juego, pero por cuya cobra cantidades que ni el más ilusionado por la «Gracia» de la lotería podría jamás soñar y que, en muchos casos, repercuten perjudicialmente en unos jóvenes hombres que se ven ahítos de dinero por hacer lo que más les ha gustado siempre.

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Referencias:

[1] Según la etimología del término «profesional», de la cual deriva también «profesor» se define como la declaración de algo (del latín profiteri proveniente a su vez del griego phonos, voz) de manera abierta o pública (pro). De este modo, y siguiendo con el contraste entre ambos términos, la actividad amateur sería más privada, esto es, más propia entonces del hobbie o afición personal.

[2] El origen de esta denominación, en la Edad Media y el Antiguo Régimen, se encuentra precisamente en la consideración social distintiva de estas profesiones frente a los oficios viles y mecánicos, diríamos más esclavos, aunque más apegadas a una finalidad y utilidad concretas. Las profesiones liberales estaban liberadas del trabajo manual e imbuídas de un aspecto más especulativo. Recibían también la denominación de artes liberales, ámbito del que a partir del Renacimiento se derivaron también las denominadas Bellas Artes o Artes Mayores; todas ellas distinguidas de las artesanías o artes menores.

Jose Antonio Santiago Sanchez

Madrid,España, Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid, Profesor de Secundaria en Madrid y Extremadura, Actualmente es jefe departamental en el IES Juan de Padilla de Illescas (Toledo)

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