Sobre la desaparición del filósofo español Gustavo Bueno. Una vuelta del «pensador» al «filósofo»

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Por José Antonio Santiago Sánchez

Descubrí el pensamiento de Gustavo Bueno en mis años de estudiante en la facultad de Filosofía de la Complutense, bien entrados los años 90. Siempre he considerado que la universidad, y en rigor todo lo que realmente supone un aprendizaje, se constituye más como un puente que uno mismo ha de cruzar que como una asimilación de conocimientos que otro u otros vuelcan en uno. Al igual que otros hoy día protagonistas activos del grupo de Oviedo, debo el puente hacia la filosofía de Bueno al profesor Juan Bautista Fuentes, que me introdujo en su pensamiento para que hoy día pueda decir que ha marcado una forma de pensar que seguirá felicísimamente perenne por muchos años.

Considero asimismo que cuando una manera de pensar cuaja en uno, y marca férreamente su vida, lo hace siempre al modo aristotélico, a partir de un asombro, de un vuelco en el orden inercial de su mapamundi. Pues de hecho, esa fue una de las grandes y profundas verdades que yo recibí de la filosofía de don Gustavo Bueno. Todo individuo, de manera más torpe o más sutil, más corta o más larga, más atenida o disoluta, tiene un mapa de conceptos sin los cuales no puede ya seguir su devenir vital, en tanto que ese devenir supone ya unas pautas, conceptos, trayectorias en su necesario trato con el mundo y con los demás.

En este sentido, el materialismo filosófico termina enfrentándose al acuciante problema de la supresión de la filosofía académica en la enseñanza secundaria del modo más potente y a la vez sencillo: el problema de la enseñanza de la filosofía no precisa resolución, sino disolución. Es decir, no hay tal problema, porque la filosofía nunca dejará de enseñarse, ya que todos, de una u otra forma, somos filósofos.

La situación no es distinta de la crítica que la así llamada desde hace décadas Escuela de Oviedo ha mantenido respecto a la conversión de la filosofía académica en una suerte de maestra de la ciudadanía. Nadie puede enseñar la ciudadanía, pues todos somos ciudadanos.

La suerte del pensamiento filosófico en España y Europa no debe por tanto, confundirse con la enseñanza profesional de la materia, más propia de un sector de profesores funcionarios reglados en defensa de su actividad gremial. Pero la verdadera filosofía, (que no la filosofía verdadera como gustaba señalar a Bueno) está mucho más implantada que para tratarla como una simple cuestión de gremio.

Y sin embargo, si esto es así, el pensamiento filosófico no deja de ser entonces un mero pensar más. Así se habla desde el fin de los grandes relatos que los postmodernos anunciaban hace décadas, de “pensamiento” o “pensadores”.

Y aquí se obtiene otro gran magisterio que debo personalmente a la filosofía de Gustavo Bueno. A saber, que este “pensar” que nos hace iguales a todos, ha de convertirse, por ello mismo, en la principal diferencia. La renuencia a mentar la palabra “filósofo” tras las debacles de nuestro pasado siglo parece haber convertido al pensador en una figura meramente formal, donde el pensar mismo parece haberse impuesto sobre la materia misma de lo pensado así como la fe protestante se quiere imponer sobre las obras.

No en vano, Bueno nos advirtió que justamente tras la Reforma protestante ocurrió la gran crisis de la enseñanza escolástica. Crisis que puede, mutatis mutandis, corresponderse con esta que, no ya la enseñanza de la filosofía, sino en justa connivencia con ella, la de toda la enseñanza en general. La “inversión antropológica” que la Reforma trajo consigo no puede dejar de vislumbrarse en los tiempos de la ya caduca postmodernidad como una necesaria analogía educativa: todo gira en torno al sujeto, es decir, al alumno. Ya sea para su redención educativa por parte de los nuevos profetas de la enseñanza y su fanfarria terminológica y presunta cientificidad, ya sea para la felicidad por parte de los nuevos mesías de la mindfullness o el coaching. Ellos son la necesaria consecuencia del “pensador” débil postmoderno.

Por ello hemos de rendir gracias al materialismo filosófico por haber recuperado la figura del filósofo con igual humildad y honestidad.  Porque el filósofo que don Gustavo Bueno nos enseñó a ser, a mi juicio, no comienza determinando la escolástica, el nazismo, el comunismo, el catolicismo o el imperio español como una condición subjetiva, sino como una inexorable constatación de la que todo sujeto social e histórico parte. No se es católico primeramente por convicción, sino por cultura histórica. La primera parte necesariamente de la segunda. Por eso, me parece, la filosofía de Gustavo Bueno ha sido maliciosamente tildada de múltiples modos. Porque cuando se habla en español ya se está siendo católico, porque cuando el comunismo constituyó una alternativa frente al capitalismo durante décadas, Gustavo Bueno era comunista, y solo porque tras la caída del Muro, el pensamiento de Bueno ha dejado de serlo. Solo el espurio partidismo, solo la estrechez de miras  malinterpreta una filosofía, la del materialismo filosófico, que se declara tanto tomista como marxista.

Porque el verdadero filósofo no enjuicia desde las alturas celestes del deber ser como han hecho la mayoría de los que han menospreciado el materialismo filosófico. El verdadero filósofo juzga, se posiciona como lo que es, no tanto por lo que pretende, sino por lo que primera e ineluctablemente ha tenido histórica y culturalmente que ser.

Esto, a mi juicio ha supuesto desde que comencé a comprender el pensamiento de Gustavo Bueno, algo esencial, que he intentado e intento transmitir a mis alumnos y de lo que se infiere otra verdad sustantiva: nada proviene de la nada. No hay preguntas primeras que surgan de la conciencia prístina y pura. El vivir filosófico que todo humano no impedido mentalmente debe emprender para habérselas en su devenir mundano no comienza con una duda o una interrogación, sino con una constatación, una afirmación que es la realidad en la que uno se encuentra de facto inscrito y desde la cual toda interrogación o pregunta parten. No hay futuros ni pasados sino desde el presente, pero un presente que hay que juzgar en tanto siendo cada vez sido.

Por ello, considero, gracias al maestrazgo de Bueno en mi formación filosófica, que la verdadera, honesta y humilde actitud de todo el que quiere pensar su mundo es la que Hegel ilustra con la célebre figura de la lechuza. Esa mirada que, junto a Hegel, otro de los patronos del materialismo filosófico, Baruch Spinoza, describe como sub specie aeternitatis, como vista desde la eternidad.

Porque esos “pensadores” que califican el pensamiento de Spinoza, Hegel o Gustavo Bueno, de filosofía totalitaria, y hoy día, con paralelo prurito, de sistemática, en un sentido suciamente peyorativo, no caen en la cuenta, a mi parecer, que no hay más humilde honestidad intelectual que dejar ser a las cosas, para que, al atardecer de las mismas, la lechuza pueda diagnosticar, separar y coser lo ocurrido, clasificando ni más y menos el devenir.

Esa ha sido una de las enseñanzas que el pensamiento de don Gustavo Bueno más ha calado y que considero aún de gran dificultad poder llevar con coherencia. El sabio debe sobre todo asumir críticamente la realidad en la que vive. Y en esa asunción, la crítica no significa tanto condena o enjuiciamiento lo que en su sentido original: cribar, separar, clasificar, eso que desde Platón se denominó symploké y que el materialismo filosófico ha erigido como su más esencial método de pensamiento.

Porque resulta por momentos ser más grandilocuente aquel que, en lugar de enfrentarse a los grandes problemas, realiza perífrasis más o menos filológicas sobre lo que unos y otros han dicho acerca de ello. Porque quizás no es más limpio el que limpia, sino el que menos ensucia, y por ello mismo, quizás, tampoco es más sucio el que ensucia, si lo hace moderada y naturalmente en su propio y necesario devenir, sino más bien el que siempre anda limpiando. Y no lo es, tal vez porque no se siente así, sucio, al igual que Pilatos pareció sentirse cuando se lavó las manos.

Porque el verdadero filósofo, como tantas veces se ha dicho, vive su tiempo. P             ero el significado lato (Bueno lo llamaría «lisológico»), que en la mayor parte de las ocasiones, resulta paradójicamente el más enrevesado y postizo, no debe ser pasar por alto el más literal y directo. De este modo, al igual que don Quijote reprendía a Sancho por su pereza intelectual a la hora de sacarse de la manga refranes, el filósofo que fue don Gustavo nos incita a hurgar en lo más común, que suele ser lo más oscuro y oscurantista, hasta –como él gustaba en decir- “triturarlo” en sus elementos simples. Por ello la lechuza de Minerva se sustituye en el materialismo filosófico por el basilisco, criatura voladora con cuerpo de serpiente, patas de ave y alas espinosas que pulverizaba todo lo que miraba.

Decíamos que la frase “todo filósofo lo es de su tiempo” quiere decir, si la analizamos críticamente, que no existe verdadera filosofía (y aquí sí, filosofía verdadera también) si esta no tiene en cuenta, por ejemplo, el fútbol o la televisión como componentes esenciales de nuestra época. Por ello, Gustavo Bueno fue en gran medida más afín (y también más severo, en justa contrapartida y según el honesto talante que siempre le caracterizó) hacia aquella gente, digamos, extraña al campo de la filosofía. Nunca pudo don Gustavo entender a esos filósofos que, aún no reconociendo ser «de sofá», miraban con sorna y recelo sus famosas apariciones en  programas de televisión de lo más variopinto, que declaraban no tener un aparato de televisión (del que don Gustavo siempre ponderó su “clarividencia”, esto es, la posibilidad de reflejar cosas  desde una pantalla opaca) y abominar del fútbol como una nueva religión u opio circense del pueblo.

Dichas actitudes nunca congeniaron con la manera de ser de Gustavo Bueno, que repudiaba a gran parte de lo que se denomina «comunidad filosófica» (como si esta fuera un ente segregado, especial o elitista frente a lo demás). Pero la soberbia que tantos colegas adscribían al filósofo de Santo Domingo de la Calzada, era revertida como en tantas otras ocasiones en que debatía, utilizando una suerte de quiasmos ad hominem de espíritu socrático y que tal vez adquiriera y manejara de forma magistral por la enseñanza que las disputationes de la gran Escolástica medieval tuvieron, al igual que en otros campos, en su formación y que nos ha legado, con la mayor de las honras, a nosotros. Como cuando una pitonisa le llamó soberbio porque no quería salir del campo de la razón, porque se negaba a pensar «fuera de la lógica»; a lo que don Gustavo respondió que la verdadera soberbia es la de aquel que manifiesta haberse comunicado nada más y nada menos, que con la mismísima Virgen.

La soberbia, decíamos entonces, se encuentra en los que condenan desde una clase superior la preocupación filosófica por el deporte, la televisión o la tauromaquia campos que los últimos libros de don Gustavo han tratado del mismo y riguroso modo que la ontología, la teoría de la ciencia o la religión. Y no tanto porque dichos campos haya de gustarle o no, sino porque, con independencia de sus gustos y opiniones personales, la gente los considera, con su apoyo o desprecio masivo, como parámetros fundamentales de su tiempo. ¿Significa eso soberbia u oportunismo?

Es simplemente otra cosa. La metábasis del oficio, que a fuer de tal, toma su función adjetiva en función sustantiva. Don Gustavo nunca pretendió ser filósofo, pues, por anábasis llegó a serlo. Porque tenía que serlo, porque ya no podía dejar de serlo, del mismo modo que el músico no practica la música porque le encante o disfrute con ella, sino porque es músico. El filósofo que fue Gustavo Bueno, homologado con cualquier otro oficio, sea el que sea, hace lo que tiene que hacer: comprender el mundo, que en el principio y en el final no deja de ser su mundo. Y en ello poco han de ver sus actitudes personales (aunque sí la plataforma desde la que analiza o critica, desde la cual el pensamiento de Bueno siempre ha mostrado, desde el principio, sin ambages, sus cartas de modo transparente), sus gustos o veleidades. No es frecuente observar este tipo de disposición en muchos filósofos hoy día. El filósofo no debe tratar aquello a lo que es afín, no debe consolar ni consolarse. Debe comprender. «Yo soy materialista. No idealista»- promulgaba decidido don Gustavo en varias ocasiones ante aquellos moralistas que se escandalizaban de sus diagnósticos sobre la realidad política, cultural o moral del presente. Todo ello porque el pensamiento de Bueno llevó a la práctica aquella máxima de Spinoza que siempre me ha parecido el vademécum de toda auténtica filosofía: non ridere, non lugere, neque detestari, sed intelligere (Etica I, IV). No reir, no llorar, ni detestar, sino entender.

Si su pensamiento fue tildado de soberbio, totalitario o traidor a la izquierda entre otras calificaciones solo se ha debido, pensamos muchos de sus seguidores, simplemente a contingencias. Contingencias que han de basarse en el fuerte carácter de don Gustavo, en la pretensión de hacer una filosofía demodé, es decir, con pretensiones sistemáticas y holistas, y en  el curso mismo de la izquierda desde la caída del comunismo

En cuanto a lo primero, y con independencia de la imponente personalidad que siempre mostró don Gustavo en los debates en los cuales participó, nunca podrá achacársele la honestidad y el trato por igual que manifestó con todos, evitando efusivamente toda pedantería o confusionismo. Jamás he visto a un filósofo manejar un vocabulario tan técnico como el que el materialismo filosófico posee con mayor naturalidad y afán didáctico que don Gustavo. Además de ello, y en connivencia con lo dicho anteriormente, dichos modos, que podrían llegar a aceptarse como discutibles, no han de ser óbice para valorar la materia objetiva y la potencia de su sistema filosófico. Muchos, a mi parecer, sí lo han hecho, confundiendo eso que el propio pensamiento de Bueno distinguía entre el finis operantis y el finis operis, esto es, entre la pretensión subjetiva del actor y la finalidad objetiva de la propia acción.

En segundo lugar, pretender fundar un verdadero sistema constituye una de las más ingentes y más valientemente emprendidas empresas a contracorriente de nuestra contemporaneidad. Constituye a su vez un enorme intento por devolver a la filosofía al estatus que había ocupado tradicionalmente y que tras la crisis de la Segunda Guerra Mundial, había sido desamparado.

Al mismo tiempo, aún lo es más cuando dicha filosofía se construye tomando como referencia sobre todo, la larga e influyente tradición del español, la segunda lengua más hablada del planeta. Resulta, así pues, bochornoso, que autores ingleses , alemanes, eslovenos o franceses de mucha menor categoría estrictamente filosófica hayan resultado más pregnantes y de mayor calada en nuestro país, y asimismo, que las instituciones culturales españolas no hayan reparado en la importancia que para la cultura y lengua española ha tenido y tiene el materialismo filosófico. El ejemplo más flagrante se sitúa en la constante y vergonzosa oposición por parte de la Fundación Princesa (antes Príncipe) de Asturias, tierra de adopción de Gustavo Bueno desde hace casi sesenta años, la cual pese a sonados clamores para que fuera galardonado con el premio, jamás quiso concedérselo. Hablamos de un premio que ha sido entregado, ya sea en su modalidad de Ciencias Sociales  o de Comunicación y Humanidades a “pensadores” como Luis María Ansón (1991), Hans Magnus Enzensberger (2002), Jürgen Habermas (2003), Zygmunt Bauman y Alain Touraine (2010) Martha Nussbaum (2012) o Emilio Lledó (2015), todos ellos respetables, pero cuya obra, en mi opinión, no llega a la altura del materialismo filosófico de Gustavo Bueno.

Sin embargo, y gracias en parte a la decisiva y poderosa orientación de la escuela de Oviedo en las nuevas tecnologías de la comunicación, la presencia del pensamiento de Gustavo Bueno en Hispanoamérica (bien diferenciada para la escuela de la más vaporosa y falsamente progresista «Latinoamérica») está creciendo exponencialmente, constituyéndose seguramente como una de las corrientes de pensamiento más fuertemente extendidas en la América hispana, a la cual el pensamiento de Bueno ha situado como el horizonte hacia el cual mirar, antes que a la Europa unida, dominada por el eje franco-alemán y en lo que los intelectuales denominarían una «crisis de identidad» cada vez más profunda.

En tercer lugar, la furibunda crítica que la izquierda ha disparado contra el materialismo filosófico, denunciando su «giro a la derecha».  Resulta a este respecto paradójico que el principal enemigo de la filosofía política de Gustavo Bueno haya sido justamente la socialdemocracia, una corriente de pensamiento que ha hecho de la metafísica progresista su bandera, y que por ello mismo no se para en barras a la hora de enjuiciar, al modo casi similar al de los curas postconcliares (diremos también «panfilistas» por evitar, como han hecho algunos, la ambigüedad del término «buenista» potencialmente asociado a nuestro gran filósofo). Resulta paradójico, decimos, que esta religión socialdemócrata, esta izquierda edulcorada y flotante, liberal y propia de burgueses protestantes de buena conciencia, laica pero repleta de valores y mandamientos universales, que ha sustituido los Mandamientos sagrados por la Ciudadanía democrática, vitupere el catolicismo metodológico y cultural que don Gustavo ha llevado siempre con orgullo y que en gran medida se encuentra mucho más próxima, con sus sabores y sinsabores, de la izquierda definida, podríamos decir, «preconciliar» de esta izquierda dócil y light que parece justificarse en sí misma como una Gracia santificante autodotada, así como nimbada con el dulce veneno de la falsa conciencia. Una socialdemocracia que considera saludablemente democrático renegar de cierta historia (la franquista), y de la religión es una izquierda ignorante que debería aprender de la propia formación teológica, la cual ha mantenido inveterada y permanentemente una merecida y rigurosa atención al marxismo, siquiera porque es preciso «conocer al diablo para combatirlo».

Aún no se ha valorado realmente la importancia que el materialismo filosófico de Gustavo Bueno tiene y tendrá, no sólo para el mundo hispánico, sino incluso –nos atrevemos a decir- para el panorama de la filosofía occidental. Con independencia -o quizás tal vez, debido a ella misma- de su polémica aunque siempre fundamentada posición respecto al aborto, a la pena de muerte al nacionalismo separatista y a su defensa de la nación española, aberrantes para la dictadura de la corrección democrática, Gustavo Bueno ha logrado gestar una auténtica escuela de ubérrima semilla y ha llevado a cabo la tradicional misión que todo auténtico filósofo desde Sócrates a Bruno, desde Aristóteles a Spinoza han practicado con independencia y a la vez siempre en lucha con las corrientes en boga: fundamentalismos (sean cuales sean, como hoy día el democrático) y doctrinas impuestas. Frente a todo ello Gustavo Bueno ha impuesto la valentía de un pensamiento filosófico potente y fértil que solo el tiempo, como suele siempre suceder, pondrá en su lugar.

Jose Antonio Santiago Sanchez

Madrid,España, Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid, Profesor de Secundaria en Madrid y Extremadura, Actualmente es jefe departamental en el IES Juan de Padilla de Illescas (Toledo)

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