Mente insana in corpore esclavo

 

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Ilustración realizada por Nocink Design Creative

Por Adrián Caballero Escobar

El culto al cuerpo y la búsqueda de la perfección física no es una pretensión contemporánea. Desde tiempos inmemorables se ha trabajado por la transformación estética de nuestro cuerpo en relación a los diferentes modelos de representación establecidos dentro de una sociedad, dependiendo de la cultura y el momento histórico al que queramos hacer referencia. Pese a que este hecho social no es nuevo, en las últimas dos décadas se ha incrementado significativamente, convirtiéndose en una obsesión y llegando a veces a traspasar los límites de lo saludable. En la mayoría de estos casos, las consecuencias no solo se traducen en el deterioro físico, sino también en preocupaciones personales que pueden acabar acarreando serias patologías psicológicas, las cuales se traducen en una incapacidad para entender con exactitud las dimensiones físicas que verdaderamente poseemos.

Nuestro cuerpo está ahora en el punto de mira de muchas atenciones, siendo a la vez el objetivo de grandes inversiones de tiempo y capital. La representación de nuestra imagen siempre tuvo relevancia, ya que nuestra apariencia física habla de nuestro estilo de vida, nuestra procedencia o nuestro estrato socio-económico. Las identidades que asumimos respecto a nuestro físico son hoy promovidas diariamente por los medios de comunicación, quienes intervienen en la construcción social de los diferentes estereotipos físicos. Dicha realidad no solo está ligada a importantes transformaciones sociales y a cambios en el modo de producción, sino también a la emergencia de nuevas formas de dominación a la hora de generar y divulgar estándares estéticos.

Estigmatización de los cuerpos indeseables:

Podemos decir que en la sociedad contemporánea se ha cambiado la representación mental que el individuo tiene sobre sí mismo. Es por esto que el cuidado del cuerpo no solo se enfoca a nuestra salud, sino a sentirnos realizados y admirados. Para ello, se nos alienta a ajustarnos a los cánones dominantes de belleza, los cuales no siempre son compatibles con la salud y el bienestar.

Aquellos que por su naturaleza biológica o su falta de motivación no se adaptan a los cánones de belleza impuestos, serán a su vez un sector perjudicado y excluido por no tener un cuerpo perfecto. La discriminación por no alcanzar el ideal físico es mucho más importante para la mujer que para el hombre, ya que son las mujeres quienes sufren más presión social por mantener la figura y controlar el peso. Esta presión se debe principalmente a la creencia de que el cuerpo femenino es el icono del objeto erótico ideal, ya que si pensamos en la imagen de feminidad utilizada por la publicidad o el cine, nos damos cuenta de que no solamente es usada como un modelo a seguir, sino también como un posible objeto de gozo para la audiencia.

Además de las relaciones desiguales de género, el modo en que entendemos y significamos nuestros cuerpos también ha dado lugar a otras formas de estigmatización que tienen que ver con la vejez. Si antes se valoraba a los ancianos debido a que eran considerados una fuente de saber para la comunidad, los hombres y mujeres actuales tienen miedo a envejecer debido a que esto puede suponer la pérdida de su posición dentro de diferentes espacios de convivencia. Gracias a la existencia de los nuevos avances en cirugía y cosmética, esconder las huellas de la edad para conservar nuestro prestigio es una opción posible, aunque si tenemos en cuenta la capacidad económica necesaria para hacer uso de ello, es fácil imaginar que muchas personas de la tercera edad se ven obligadas a vivir en cuerpos que una mayoría social considera indeseables.

Mercantilizar y significar el cuerpo:

Parecer joven y mantener un cuerpo perfecto es entendido como un síntoma de prestigio, de estar en una posición privilegiada. Existen diferentes razones por las que se dan las condiciones adecuadas para este resurgimiento o vuelta al mito de la eterna juventud:

  1. Una de ellas es sin duda una exaltación del consumismo dedicado al cuerpo, que se convierte en el eje principal de toda una industria dedicada a producir y distribuir enfocándose al cuidado de la imagen personal.
  1. La otra es que en paralelo, tendrá lugar el nacimiento de un sector de la medicina dedicado a eliminar y esconder los síntomas visibles de la vejez. Es gracias a este progreso científico y médico que hemos alcanzado un nivel técnico capaz de cambiar nuestros cuerpos para cargarlos de significado.
Recorte de un anuncio de tratamiento estético, años 20.

Recorte de un anuncio de tratamiento estético, años 20.

Desde principios del siglo XX ha habido un notable aumento del interés por el cuidado corporal a través de ejercicios, dietas alimentarías o el uso de otros métodos artificiales. Bajo esta lógica, el cuerpo es un objeto de consumo al que se le dedica un alto gasto de tiempo y dinero. Su mantenimiento podría equipararse al de cualquier otro bien material, como podría ser un vehículo de primera gama costoso de mantener. El individuo pasa a tomarse a sí mismo como objeto, el más valioso, pues como nos recuerda constantemente la propaganda, solo tenemos un cuerpo y su cuidado y salvación es un coste más que rentable.

El cuerpo no solo pasa a ser un bien material que hay que mantener y conservar, sino que también es tomado como un signo social. El estatus general que en la sociedad contemporánea adquirimos mostrando nuestras posesiones privadas, se aplica a su vez a nuestros cuerpos, es decir, la representación mental de la persona de éxito recae en la exhibición del físico. Mientras que la obesidad o la palidez fueron consideradas en sociedades tradicionales como el resultado de una vida acomodada y exenta de trabajo, en nuestros días se entiende justo al contrario: tener un cuerpo trabajado o lucir una piel bronceada son señales de gozar de tiempo y recursos para disfrutar de bienes y servicios dedicados al cuidado estético.

En definitiva, es así que el cuerpo se toma como un fetiche en el que se debe de poner todos nuestros esfuerzos. Mientras en épocas anteriores se conseguía la salvación mediante el cuidado del alma, la sacralización del cuerpo ha sustituido al alma como objeto de salvación. “Quererse a uno mismo” no es para nada un eslogan novedoso y aunque hábitos como la mala nutrición o el sedentarismo jamás contribuirán al disfrute de una vida saludable, el empecinamiento por alcanzar el cuerpo ideal puede generarnos graves problemas. Si bien el sufrimiento por sentirse despreciado es individual, las condiciones para que lo padezcamos residen fuera del individuo, pues requieren de una fuerte presión por parte del conjunto de la sociedad y de los medios de comunicación. Es este el punto donde la educación para la salud juega un papel importantísimo, ya que mientras no se nos empodere de unas ideas sanas con las que organizar la visión que tenemos sobre nosotros mismos, corremos el riesgo de padecer una doble esclavitud: la física y la mental.

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Bibliografía: 

ALEMANY, M. (1993): “Obesidad y nutrición”, Madrid, Alianza.

BAUDRILLARD, J. (1974): “La sociedad de consumo”,  Barcelona, Plaza & Janés.

BOURDIEU, P. (1986): “Notas provisionales sobre la percepción social del cuerpo”, En VARELA, J. (eds.) “Materiales de sociología crítica”, Madrid, La Piqueta.

FEATHERSTONE, M. (1990): “Perspectives on consumer culture”, Sociology, nº 24, p. 5-22.

FOUCAULT, M. (1995): “Historia de la sexualidad”, 3 vols. 1, Madrid, Siglo XXI.

Adrian Caballero Escolar

Sevilla, España. Graduado en Antropología Social y Cultural. Redactor habitual en Témpora Magazine y Colaborador del grupo de investigación HUM – 411. Ámbito de interés: Antropología del Territorio y Desarrollo. Intervención Social.

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