Tocqueville: la apertura emocional y los vínculos políticos

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Por Berta Viteri Ramírez

Alexis de Tocqueville es un autor conocido, sobre todo, por sus análisis políticos: su estudio sobre la democracia es uno de los textos fundamentales de la teoría política. Ahora bien, los estudios más recientes sobre este autor subrayan una dimensión más sociológica en sus estudios. Mi investigación también pretende subrayar esta dimensión de su obra, sin perder de vista que sus teorías sociológicas siempre se dan en conexión con las teorías políticas.

La tesis principal de La democracia en América es que existe una relación estrecha entre el estado social y el estado político. Tal como advierte Tocqueville:

«Las sociedades políticas son, no lo que les hacen las leyes, sino lo que les preparan a ser de antemano los sentimientos, las creencias, las ideas, los hábitos de corazón y de mente de los hombres que las componen, lo que el temperamento y la educación han hecho de ellos. (2010, p. 78-79)

Ahora bien, a la par que Tocqueville afirma que el estado político se constituye como un reflejo del estado social—estado mental, carácter, hábitos—también asegura que la relación que se da entre estas dos dimensiones es circular: si bien los sentimientos o las mentalidades preparan para una cierta estructura política (como los sentimientos por la igualdad preparan el terreno para una soberanía del pueblo), una vez la estructura política se instaura y se afianza, también acaba dando forma al estado social.

El segundo volumen de La democracia en América, que Tocqueville en realidad quiso llamar

“L’influence de l’égalité sur les idées et les sentiments des hommes”, trata sobre la transformación del estado social que se produce cuando triunfan las ideas igualitarias.

El título que Tocqueville pretendía para esta obra nos hace ver dos cosas importantes:

  • Que Tocqueville no hablaba exclusivamente de la historia de América en este volumen.
  • Que el hombre democrático ya no sería igual al hombre aristocrático.

Tocqueville comprendió que un contexto igualitario transformaría al hombre, convirtiéndolo en algo que nunca pudo ser en los contextos aristocráticos. Tal como expresa Boudon, Tocqueville pensaba que «la naturaleza humana es una, pero la psicología del ser humano varía según el contexto social.» Que «la igualdad modifica de una forma particular la sensibilidad». (2005, p. 104)[1]

En el marco de un relativismo cultural, Tocqueville consideraba que había una naturaleza humana común, pero que ésta no se daba en abstracto, sino que siempre se daba concretada según los distintos contextos culturales. Tocqueville examinó los contextos igualitarios como un tipo específico de contexto que expresaba unos valores por encima de otros: el valor principal de los tiempos democráticos es el valor de la igualdad. La prioridad de este valor transforma la sensibilidad y la mentalidad de los individuos. De este modo, en el segundo volumen de La democracia en América, Tocqueville se dispone a hacer un estudio de cómo cambia la sensibilidad—la psicología—humana en el contexto concreto de la igualdad.

Una de las primeras intuiciones que tiene Tocqueville es que la idea de igualdad conlleva una apertura del ámbito emocional que nunca antes se había dado. Los hombres democráticos se ven entre sí de un modo nuevo, de un modo en que los hombres aristocráticos nunca se vieron: como iguales. Esta igualdad lleva a un acercamiento emocional:

«¿Tenemos nosotros más sensibilidad que nuestros padres? No lo sé, pero es seguro que nuestra sensibilidad es más amplia.

Cuando en un pueblo las clases son casi iguales, al tener todos los hombres poco más o menos la misma manera de pensar y sentir, cada uno de ellos puede juzgar en todo momento las sensaciones de todos los demás. Echa una mirada rápida sobre sí mismo y ello le basta.» (2010, p. 939-940)

Para ilustrar este cambio de sensibilidad Tocqueville pone como ejemplo una carta de Mme. De Sévigné

«¡…hija mía, qué graciosa es su carta de Aix! … ¿Ha besado ya a toda la Provenza? … ¿Quiere saber noticias de Rennes? … Se ha establecido un impuesto de cien mil escudos, y si no se reúne esa suma en veinticuatro horas, se doblará y será exigible por los soldados. Se ha expulsado y desterrado a toda una gran calle y prohibido recoger a sus habitantes bajo pena de muerte; de suerte que se ha visto a todos esos miserables, a mujeres parturientas, viejos y niños, vagar llorando al salir de la ciudad sin saber a dónde ir, sin saber con qué alimentarse ni dónde dormir. Anteayer atormentaron en la rueda al violinista que había comenzado la danza y el robo del papel timbrado. Fue descuartizado y sus cuatro trozos se expusieron en las cuatro esquinas de la ciudad. … Han arrestado a sesenta burgueses y mañana comenzarán a ahorcarlos. Esta provincia es un buen ejemplo para las otras, sobre todo porque respeta a los gobernadores y a las gobernadoras y no tira piedras a su jardín.

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Madame de Tarente estuvo ayer en los bosques con un tiempo encantador. …» (2010, p. 938-939)

Al hilo de este ejemplo, Tocqueville asegura que Mme. De Sévigné no era especialmente cruel, sino que era una mujer con la sensibilidad propia de la aristocracia: «Madame de Sévigné no entendía claramente lo que era sufrir cuando no se era un gentilhombre.» (2010, p. 939)

En uno de sus borradores, Tocqueville asegura que la simpatía es una palabra democrática. Que no puede haber ese verdadero acercamiento emocional entre personas que no se consideran semejantes. Los hombres de contextos aristocráticos no podían experimentar esa simpatía no porque se consideraran enemigos, sino simplemente porque se consideraban diferentes.

Esta apertura de la sensibilidad, el nacimiento de esa simpatía, cambia la forma que tenemos de relacionarnos entre nosotros. En tiempos aristocráticos cada uno se comportaba con el otro como se debía—el comportamiento o la relación estaban regidas por convenciones establecidas: según vínculos políticos. En tiempos democráticos, cuando la sensibilidad nos acerca a todos, juzgamos cómo debemos comportarnos por nuestra sensibilidad: el sentimiento, la capacidad de entender el sentimiento del otro, es el que nos dicta cómo debemos comportarnos. Los vínculos políticos se desvanecen en gran medida, para dejar en su lugar vínculos afectivos.

Este dominio de la afectividad como criterio para orientar nuestras acciones, esta necesidad del vínculo afectivo, hace que todas las relaciones se tornen relaciones personales. Ahora bien, ¿cómo se puede tener una relación personal con un desconocido? ¿Cómo podemos tener una relación personal con cada uno de los miembros de nuestra comunidad?

En teoría, si lleváramos las ideas democráticas hasta el último término, la distinción entre nosotros y ellos perdería el sentido—ya que todos nos sentiríamos semejantes. Sin embargo, observa Tocqueville—no sin preocupación—que en las sociedades democráticas los individuos tienen  una tendencia a replegarse sobre sí mismos y sobre sus familias y amigos más cercanos. Que los ciudadanos democráticos acaban creando pequeñas sociedades dentro de la gran sociedad—y que la sociedad con la que realmente se sienten identificados es con aquella pequeña sociedad (o comunidad de sentimiento) que han creado.

¿Por qué se produce esta huida hacia dentro? Tal vez la respuesta está en que esa apertura emocional es, en cierta medida, dolorosa. Que los ciudadanos tienen que hacerse cargo de demasiadas emociones al mismo tiempo y no se sienten capaces de gestionar tanta responsabilidad.  Esa búsqueda de refugio en las pequeñas comunidades tiene que ver con una sobrecarga emocional.

La recuperación de los vínculos políticos, que han quedado desplazados por los vínculos personales o afectivos, es necesaria para el buen funcionamiento de la democracia. Es necesario que los individuos sean, además de individuos, ciudadanos. La recuperación de la figura del ciudadano, desde el punto de vista de Tocqueville, es primordial para que la democracia no acabe derivando en un despotismo.

Sennett, en El declive del hombre público, asegura que la recuperación de los vínculos políticos, de la ciudadanía, pasa por la comprensión de que no todas las relaciones tienen por qué ser personales.

Sennett afirma que:

«Una res publica se mantiene en general para aquellos vínculos de asociación y compromiso mutuo que existen entre personas que no se encuentran unidas por lazos de familia o de asociación íntima; se trata del vínculo de una multitud, de un «pueblo», de una política, más que de aquellos vínculos referidos a una familia o a un grupo de amigos.» (2002, 20)

y que

«se ha producido una confusión entre la vida privada y la vida pública; la gente está resolviendo en términos de sentimientos personales aquellas cuestiones públicas que sólo pueden ser correctamente tratadas a través de códigos de significado impersonal.» (2002, p. 24)

En este contexto, Bellah hace una pregunta muy adecuada cuando cuestiona «hasta qué punto la vida privada prepara a las personas para que participen en el mundo público o las anima a encontrar un sentido exclusivamente en la esfera privada, y el grado en que la vida pública cumple con nuestras ambiciones privadas o nos desanima tanto que renunciamos a comprometernos». (1989, p. 11)

Tocqueville considera que uno de los mayores peligros a los que nos enfrentamos en tiempos democráticos, es ese acomodamiento en la vida privada. El dejar de lado las cuestiones públicas para centrarse exclusivamente en la vida privada es, para Tocqueville, prácticamente, el inicio de la caída en el despotismo.

«El despotismo crea en el alma de los que le están sometidos una pasión ciega por la tranquilidad, una especie de gusto depravado por la obediencia, una suerte de desprecio inconcebible de ellos mismos que acaba por hacerles indiferentes a sus intereses y enemigos de sus propios derechos.

Se persuaden entonces, erróneamente, de que al perder así los privilegios del hombre civilizado escapan a todas sus cargas y esquivan todos sus deberes. Se sienten libres y cuentan en la sociedad como un lacayo en casa de su amo, y piensan no tener más que comer el pan que se les abandona sin ocuparse de los cuidados de la recolección.

Cuando un hombre ha llegado a ese punto le llamaré, si se quiere, habitante pacífico, honesto colono, buen padre de familia. Me presto a todo con tal que no se me obligue a darle el nombre de ciudadano.

Estoy ciertamente lejos de pretender que pueda concederse de golpe a todos los hombres el ejercicio de los derechos políticos, pero digo que el espíritu de ciudadanía es inseparable del ejercicio de los derechos políticos.» (2010, p. 434)

Tocqueville no ignora que el auge del capitalismo también juega un papel central en este repliegue hacia la vida privada. Tocqueville observa que en un mundo donde las clases sociales ya no vienen dictadas por nacimiento, ni son inamovibles, la riqueza va a constituir la nueva clave del orden social. Tal como indica Leroy,  «las riquezas se convierten en el principio del poder, después de no haber sido más que el signo del mismo» (1946, p. 63)[2].

Tocqueville afirma que «Cuando […] los rangos se confunden y se destruyen los privilegios, cuando se dividen los patrimonios y la libertad y la cultura se propagan, el deseo de adquirir el bienestar se presenta a la imaginación del pobre, y el temor de perderlo al espíritu del rico. Se establecen infinidad de fortunas mediocres. Los que las poseen tienen suficientes goces materiales para concebir el gusto de esos goces, pero no los suficientes para contentarse con ellos. Nunca se los procuran más que con esfuerzo y se entregan a ellos medrosamente.

Se dedican constantemente a perseguir o a retener esos goces tan preciosos, tan incompletos y tan fugitivos. [Preocupados por esa única tarea, a menudo se olvidan de todo los demás. No son las riquezas, sino el trabajo al que uno se entrega para procurárselas lo que encierra al corazón humano en el gusto por el bienestar.]» (2010, p. 888-889)

Tocqueville es consciente de que el deslumbramiento con los placeres de la vida privada lleva a olvidar la importancia de la participación cívica. Pero, si queremos evitar que la democracia se torne en despotismo, por nuestro desentendimiento de las cuestiones públicas, es necesario encontrar formas de fomentar la participación en la vida pública.

Como afirma Fernando Quesada «…si queremos poder ser y vivir en libertad, hemos de asumir el ámbito de la política, el campo del espacio público, la propia organización política como una realidad nuestra, como un bien común que nos pertenece y que nos constituye como seres libres.» (2005, p. 67)

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Bibliografía:

Bellah, R. et al. (1989) Hábitos del corazón, Madrid: Alianza Editorial.

Boudon, R. (2005) Tocqueville Aujourd’hui, Ed. Odile Jacob

Leroy, M. (1946) Histoire des idées sociales en France. Tome I: De Montesquieu à Robespierre,  París: Gallimard.

Quesada, F. (2005) en Democracia y virtudes cívicas (Ed. Cerezo, P.), Biblioteca Nueva.

Tocqueville, A. (2010) La democracia en América. Edición crítica de Eduardo Nolla, Madrid: Trotta.

Sennett, R. (2002) El declive del hombre público, Barcelona: Ed. Península.

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[1] Traducción propia.

[2] Traducción propia.

Berta Viteri Ramírez

Pamplona, España. Licenciada en Filosofía. Graduada en Comunicación Audiovisual. Master en Investigación Filosófica. Doctoranda de Filosofía. Ámbito de interés: Sociología, Emociones, Identidad, Antropología Social, Democracia, Sociedad, Cultura

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