Una ilusión sideral

the-martian

Por Pedro Yuste Gallego

Afortunadamente nunca pensamos en el fin del mundo. Quizá la ferocidad de un Apocalipsis ya no inspira la misma temerosa llamada de antaño a la ciencia o la fe, o quizá nuestra realidad cotidiana haya caído en una rutina tan frenética y simple que no deja tiempo para la filosofía trascendental. Lo cierto es que el único animal autoconsciente de la Tierra ha dejado de admirar los misterios de la naturaleza y ya sólo dirige su atención al pequeño mundo artificial que ha sido capaz de construir. En este punto la Física, la naturaleza como interrogante, abandona la dimensión humana y se convierte en una mera herramienta para el triunfo empresarial. Si poco queda ya de la poesía que otrora la rodeaba, nada lo hace de aquel miedo irracional. Pero sea la que sea la causa de nuestra desidia, aún hoy nuestro planeta insiste en su giro constante en mitad de la nada y el cielo de cada noche se viste del mismo manto estrellado que una vez nos hizo soñar: ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?

Cada vez que el hombre ha levantado la vista se ha descubierto más pequeño e indefenso de lo que creía, y es que cuanto menos sabemos mayor es nuestra soberbia. De esta manera supimos que ni somos el centro del universo, ni los astros nos reverencian, ni nuestra existencia es especial. La Tierra es una roca, ni siquiera más grande que la mayoría, que se expone irremediablemente a los caprichos de una sinfonía que nunca podremos valorar desde su todo. El regalo de la inteligencia, del que probablemente —estadísticamente hablando— no seamos los únicos beneficiarios, nos proporciona la osadía necesaria para abordar un rompecabezas que de entrada sabemos irresoluble. Esta arrogancia es nuestra curiosidad, y en espera de un Dios que nos acoja eternamente en otra vida, en ésta tenemos derecho a intentar, al menos, sobrevivir. No será fácil, porque acechan muchos más peligros de los que conocemos y la mayoría escapan de nuestro control. Las cinco extinciones masivas que acabaron con la práctica totalidad de las especies del planeta dan prueba de ello y relucen con urgencia demostrando que ninguna paz es para siempre. Todo lo que sube, baja. Y sin embargo tenían razón en Jurassic Park cuando afirmaban que la vida siempre se abre camino, pues después de cada extinción siempre volvió a brotar la vida de la misma manera que la calma sucede y precede a la tempestad. Pero más allá de un eventual asteroide, ¿sobreviviríamos a una pandemia global? ¿Y a la inversión del campo magnético terrestre? ¿Podremos enfrentar alguna vez la explosión de una supernova cercana o los efectos de un agujero negro? Una vez decididos a predecir nuestro Armagedón, seguro aparecerán otras imaginativas alternativas que exigirán de respuestas cada vez más ambiciosas.

A corto plazo, todavía en las antípodas de las civilizaciones que dibujó Asimov, nuestra baza principal consiste en colonizar otros lugares. Al fin y al cabo, las catástrofes de escala planetaria no amenazarían la supervivencia de una especie interplanetaria y desde el punto de vista de las especies ésta es la manera natural de perdurar. Sobra decir que esta tarea excede la complejidad de cualquier otro hito en la Historia de los hombres, pero nunca se ha conseguido nada que no se haya creído primero. “Nuestras” leyes de la física describen un punto de partida desolador: si la luz avanza despacio a través del vasto abismo que rodea los astros mucho más lo harán unos humildes primates que quieren pasarse de listos. Las tan famosas nuevas Tierras se revelan como una abstracción mucho más lejana que Canaán. Además, y como colofón de la Odisea, nuestro conocimiento sobre la energía es tan modesto como insuficiente. Si alguien busca analogías, se trataría de cruzar el océano con una barca a pedales bajo la tormenta más violenta que pueda concebirse.

Por eso, en obediencia al aforismo de que para aprender a correr primero se debe caminar, a nadie ha de extrañar que el ser humano encuentre un objetivo mucho más factible en nuestro vecino Marte. De ahí la proliferación de noticias que en los últimos días han venido rellenando periódicos, aunque nunca copando portadas. Tanto la NASA como SpaceX, una revolucionaria compañía privada que ha asaltado sin miramientos el negocio aeroespacial, han manifestado su voluntad de que los humanos pisen suelo marciano en un plazo razonable de tiempo. Atrás quedan ya sonadas paparruchas como MarsOne que nunca trascendieron. La presentación por parte del mandamás de SpaceX, Elon Musk, del extraordinariamente descriptivo cohete Big Fucking Rocket (BFR) y de los alentadores planes de la misión, parecen traducirse, ahora sí, en el pistoletazo definitivo de la nueva carrera espacial, esta vez alejada de la competición y las tensiones de la Guerra Fría. Pero la teoría no acaba aquí, sino que para demostrar que su objetivo encuentra cobijo en la humilde ambición de la mayoría de mortales, el último propósito de Musk se enreda incluso en la transformación del planeta para que pueda ser colonizado en el futuro.

Si el cohete más imponente jamás creado, ante el que incluso el Saturno V palidece, podrá transportarnos a otras tierras y otros cielos está todavía por descubrir, pero existen motivos para creerlo. Sin ir más lejos, el mismo animal que hace un siglo se espantaría ante una pantalla hoy posee la tecnología para enlazar videoconferencias con el espacio. Nunca recordamos que nuestro tiempo es apenas un suspiro en el reloj del universo. La dinámica exponencial de las invenciones y los descubrimientos nos depara todavía sorpresas inimaginables, pues vivimos en la punta de lanza de esa curva que ahora quiere comenzar a ascender de manera vertiginosa. Los entendidos dicen que para predecir el futuro ya no basta con mirar al pasado, que sólo cabe soñar. «Elegimos ir a la Luna en esta década no porque fuese fácil, sino porque era tremendamente difícil», explicaba Kennedy en una cita que hoy muchas personas todavía viven para recordar. Y con la misma filosofía ahora cruzaremos el espacio. O lo que es mejor, encontraremos la belleza en nuestra propia hazaña, pues por lejano que resuenen todavía se perciben los ecos de un tiempo en que no sabíamos nada, cuando los ojos de los hombres se encendían ante la quietud del cielo estrellado. Ahora, muchos años después y algo más sabios pero igual de humanos, no importa cuán lejos queramos llegar ni cuál sea nuestro poder tecnológico. A medida que juntamos las piezas del puzzle no tenemos la sensación de avanzar, pero todo vale a cambio de esa fascinación que nos acongoja cuando admiramos la manera en que algunas ya han encajado. Es una lucha sin fin, una duda permanente. Y al final, como premio y castigo: la curiosidad, la osadía de ganar a Dios en su propio juego.

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