López Obrador vs. Donald Trump

amlo

 

Por Hugo Garciamarín

Antes y después de las elecciones de los Estados Unidos, diferentes medios e intelectuales han revivido la idea de que Andrés Manuel López Obrador (AMLO) es igual a Donald Trump, incluso, han elaborado artículos satíricos en los que se burlan de ambos y llegan a exageraciones ─ como la de Jorge Castañeda─ en las que insinúan que lo único que le hacía falta al magnate para ser como el tabasqueño, era cerrar la Quinta Avenida en caso de perder la elección. Aunque en otro espacio ya abordé la distinción entre populismos incluyentes y excluyentes, considero necesario ahondar al respecto: primero, porque una crítica a mi escrito fue la falta de caracterización del populismo de AMLO; y segundo, porque algunos partidarios del régimen buscan un nuevo pretexto para reconstruir la narrativa “del peligro para México”.  Ante esto, me dispongo a desarrollar una comparación entre ambos populismos a partir de la caracterización que hice para The Social Science Post y las dimensiones que propuse anteriormente para Horizontal ─simbólica y material─ agregando una tercera: la moral como elemento distintivo del líder populista[1].

Iniciaré siendo reiterativo: aquí se entiende que el populismo es un fenómeno político sin una ideología específica ─puede ser de izquierda o de derecha─, en el que se realiza una crítica moral a la democracia existente mediante el discurso polarizador, el “pueblo” y la élite”, sostenido por un liderazgo fuerte y carismático, y que puede derivar en formas democráticas o antidemocráticas (para explorar más sobre el tema sugiero el texto de Ramírez y éste otro que elaboramos conjuntamente). Además, el populismo parte de la idea de que las políticas deben ser resultado de la voluntad del pueblo, es decir, la voluntad general, y no de las élites. Por lo tanto, los elementos centrales del populismo son cuatro: pueblo, élite, voluntad general y el líder populista que articula la relación entre estos[2].

Ahora bien, para diferenciar entre populismos, y su núcleo democrático, parto de la propuesta de Mudde y Rovira y sugiero que se analice la forma en la que se construyen los límites entre “el pueblo” y “la élite” y cuáles son las políticas que deben surgir de la voluntad general. Sin embargo, considero que a esto hay que sumarle la moral que sostiene el líder: si bien el populismo elabora una crítica a la democracia existente, ésta no se realiza sobre los contenidos básicos de la democracia (igualdad, libertad, representación genuina, etcétera), sino de quienes la sostienen ─las élites y la forma en que se han alejado de los valores democráticos y han traicionado al pueblo al que dicen representar, ya sea por su corrupción, falta de honestidad o por elaborar políticas ajenas a los intereses del pueblo y cercanas a los suyos[3].  Por lo tanto, el líder debe de concentrar en su figura los elementos “morales” que lo llevan a ser la mejor opción para representar al pueblo y que lo diferencian de los miembros de la élite.

Tomando en cuenta lo anterior, ¿de verdad hay elementos para sostener que Andrés Manuel López Obrador y Donald Trump son siquiera similares?  ¿Realmente construyen simbólicamente de la misma forma al pueblo y proponen las mismas salidas políticas a la respectiva voluntad general? ¿A caso el eslogan “Por el bien de todos, primero los pobres” es lo mismo que el “Make America Great Again”? A mí me parece claro que no y la comparación es tan ridícula como decir que Enrique Krauze es igual que Francisco Martín Moreno sólo porque ambos son escritores liberales, por decir algo. AMLO y Trump son completamente opuestos en lo simbólico, en lo material y en lo moral.

La dimensión simbólica.

En esta dimensión es donde se construye el imaginario de quién pertenece al pueblo y quién no, y se define quién está legitimado para reclamar la voluntad general, es decir, se construyen los límites entre “nosotros, el pueblo” y “ustedes, las élites y grupos ajenos”. En este sentido, no es lo mismo, por ejemplo, que la democracia no funcione porque la élite ha excluido a diferentes grupos para su beneficio (los sectores indígenas reivindicados por Thaksin Shinawatra o los migrantes en el discurso de Bernie Sanders), a que ésta falle porque la élite ha permitido que grupos minoritarios y “nocivos” sean beneficiados a costa de un pueblo originario (los gitanos “mafiosos” para Jan Slota y los migrantes asiáticos para Pauline Hanson).

Considerando esto, el populismo de Trump y el de López Obrador son claramente distintos: el de Trump, como ya describí en otro espacios, se caracteriza por construir, mediante un discurso de odio, un pueblo nativo “históricamente” trabajador, civilizado, grandioso y constituido primordialmente por gente blanca, que ha sido afectado gracias a que la élite ha incorporado a grupos minoritarios “nocivos” para la democracia fundacional ─los inmigrantes que quitan el trabajo, los individuos que vienen de países sin garantías de seguridad y los mexicanos criminales y violadores─ a partir de políticas neoliberales cercanas a los grandes grupos financieros.

Mientras tanto, el populismo de AMLO se sintetiza, como en parte sugiere Carlos Illades[4], de la siguiente forma: el conflicto entre el pueblo y la élite se basa en la distinción entre ricos y pobres, cuyo origen es el inequitativo reparto de la riqueza. Sin embargo, no todos los que tienen dinero son enemigos de los pobres, sino que los empresarios patriotas, pequeños comerciantes y gente honesta que ha generado ganancias sin oprimir al prójimo, se salvan de esta caracterización. Así, el discurso lopezobradorista sostiene que por un lado está el pueblo, la nación, lugar “donde todos caben”, y del otro su antítesis, ese grupo de políticos que trafican con la pobreza de la gente (“son lo mismo fulanos y menganos: puercos, cochinos, cerdos y marranos”)[5] que tienen secuestrada a la nación: la mafia en el poder.

Aunque a primera vista es claro que Trump tiene un discurso xenófobo que encuentra al neoliberalismo como pretexto para justificarse y que AMLO considera que todos los individuos son iguales y que la desigualdad se origina gracias a la corrupción de unos cuantos y sus políticas neoliberales, algunos podrían objetar que ambos utilizan a la nación como elemento que homogeniza al pueblo. Esto es parcialmente cierto, pues el nativismo de Trump es contrario al nacionalismo de López Obrador. El primero se basa en la recuperación de un ideario fundacional en la que el hombre blanco ha sido protagonista, a lo largo de la historia, de la grandeza de su país, es decir, la nación está basada en el entendimiento de que unos ciudadanos tienen más derechos que otros gracias a su raza y su “histórica” posición social. Mientras tanto, el nacionalismo de AMLO se explica a través de otro mecanismo asociado al nacionalismo revolucionario, del que diera cuenta Arnaldo Córdova[6]: la nación en México cobra sentido a principios del siglo XX gracias a las nacionalizaciones hechas por el Estado, esto es, hacer que lo que pertenecía a unos pocos pasara a ser de todos. La raza o el estrato social no tienen un lugar privilegiado en esta idea: la nación es ese espacio en el que las desigualdades pueden borrarse. Es este, precisamente, el origen de la traición neoliberal: se le ha quitado al pueblo aquellos recursos que le pertenecían, para repartirlos entre algunos cuantos.

La dimensión material.

Por otra parte, la dimensión material ayuda a vislumbrar la dirección que deben de tomar las políticas sociales y la visión programática de los populismos que deriva de la construcción previa de pueblo. De nueva cuenta no es lo mismo cuando las políticas emergen de una noción excluyente de la voluntad general, que de una incluyente. Donald Trump ejemplifica a la primera, y Andrés Manuel López Obrador a la segunda.

Para sostener lo anterior, es suficiente con explorar los programas políticos de ambos populistas. Por ejemplo, en el caso de Trump su política migrante lo delata de manera flagrante: la lógica trumpista sostiene que Estados Unidos basa su política migratoria en la necesidad de los otros países, lo cual es inaceptable. Por eso, además del muro fronterizo que pagaremos los mexicanos ─ ¡y ni siquiera lo sabemos!─, es necesario encrudecer los controles migratorios: primero, hay que sacar a los migrantes ilegales del país, aunque tengan familia y lleven mucho tiempo viviendo en éste; segundo, ya no hay que permitir la obtención de la nacionalidad por nacimiento de hijos extranjeros en el país; y tercero, pero no menos importante, hay que endurecer la contratación de extranjeros, legales o no, para reconstruir la clase media que ha sido prácticamente aniquilada por los migrantes.[7]

Por otra parte, en el caso de AMLO la elaboración de su programa es ciertamente incluyente.[8] Por ejemplo, al principio de dicho programa puede leerse que:

“se lucha por construir un México plural, incluyente y solidario. Un México fraterno donde la diferencia sea virtud y la diversidad riqueza. Un México donde el trabajo de todos a todos beneficie. Un México democrático donde gobernar sea un servicio. Un país libre y soberano, verdaderamente independiente, que participe en la globalidad sin rendirse a los imperios”.

Mientras tanto, en otros temas que le han resultado más espinosos al tabasqueño (como ha sido la cuestión indígena, resaltada por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional o la diversidad sexual y los derechos sexuales y reproductivos que fueron causa de una controversia por su contestación en el debate presidencial) se puede leer lo siguiente:

Respecto la cuestión indígena:

“Un México pluricultural y biodiverso implica crear nuevas condiciones democráticas, de igualdad y equidad para los pueblos originarios, no sólo culturales sino también económicas, políticas y sociales, así como formas de producir que conserven la riqueza biológica. La autonomía indígena es una forma concreta de ejercer el derecho a la autodeterminación en el marco de la unidad nacional, potestad reconocida por las leyes internacionales”.

Sobre la diversidad sexual:

“Se busca la revolución de las conciencias hacia una nueva corriente de pensamiento crítica, solidaria, sustentada en la cultura de nuestro pueblo, en su vocación de trabajo y en su generosidad. Una moral basada en la solidaridad, el apoyo mutuo, el respeto a la diversidad religiosa, étnica, cultural, sexual, que promueva el respeto a los derechos humanos, reconozca el sentido de comunidad, el amor al prójimo y el cuidado del medio ambiente […] Se lucha porque se reconozcan los derechos y atiendan las diferencias por orientación sexual, identidad cultural y género”.

Así pues, mientras el populismo de Donald Trump genera un programa y una propuesta en la que los derechos de unos se ven limitados por la consideración de que los de otros son más importantes; en el caso de López Obrador dichos derechos se ven equiparados a partir de una noción igualitaria: la concepción previa de la voluntad general permite la confección de un programa incluyente en la que los derechos de un pueblo diverso se ven representados.

La moral del liderazgo populista.

Por último, la moral concentrada en el líder populista es fundamental, sobre todo porque con ella se fortalece la distinción entre la élite y el pueblo que será realmente representado por el liderazgo carismático. En este caso también es muy clara la diferencia entre Trump y AMLO. El magnate estadounidense sostiene su crítica al sistema a partir de una imagen políticamente incorrecta: la de un outsider bravucón que se ha formado “a sí mismo” y que no tiene empacho en decir lo que le viene a la mente en televisión. Esta descripción va acompañada de sus comentarios racistas, cínicos (como cuando dijo que podría salir a la Quinta Avenida, dispararle a la gente y no perdería un solo voto) y misóginos. Tal y como se puede ver, la imagen “moral y correcta” en Trump es bastante endeble. No por nada, la parte más complicada de su campaña fue cuando se difundieron los audios en los que se expresa de manera agresiva y reprobable de las mujeres: si el liderazgo populista encarna “moralmente” aquella figura que debe gobernar, Trump está lejos de ser “mejor persona” que los que salen del gobierno.

Por otra parte, AMLO es todo lo contrario: el tabasqueño sostiene un discurso moral, que raya en lo religioso, en el que la base de un buen gobierno es la honradez, el amor al prójimo y los buenos valores. A diferencia de Trump, López Obrador se dibuja a sí mismo como “un político de toda la vida” que no quiere el poder por el poder, sino que se mueve por el amor a la gente, sus convicciones y su honestidad. A diferencia de Trump, la principal fortaleza de AMLO es que logra crear la imagen de un político “moralmente” distinto a los de la élite. No por nada los principales intentos de sus detractores se basan en poner en tela de juicio su honestidad.[9]

Ahora bien, el principal argumento para encontrar similitudes entre los dos líderes populistas es su rechazo por las instituciones, esto ante la posible negativa de Trump de reconocer los resultados electorales en caso de que perdiera. ¿Cómo alguien que atenta contra las instituciones puede aspirar a fortalecer la democracia? En el caso del AMLO, que es de quien se pueden estudiar las repercusiones del rechazo a sus instituciones, se puede determinar que sus acciones han derivado en mejoras democráticas. Para sostener esto, como sugiere Ramírez, basta con revisar, incluso, la acción que más se le ha criticado al lopezobradorismo: el reclamo de fraude en 2006. Aunque se suele recordar más el famoso “cierre de Reforma” ─que tanta gracia le da a Castañeda─ y la frase “al diablo con sus instituciones”, López Obrador nunca dejó de señalar que su “lucha política” era por la vía pacífica y electoral, y presionó, vía manifestaciones y métodos “poco ortodoxos” para la tradición liberal, por una transformación institucional. Gracias a esto, y otras circunstancias, se dieron dos modificaciones significativas: se cambió el modelo de comunicación en 2007 y se legisló el reconteo distrital en ese mismo año[10].

Como se ha visto, sostener que Donald Trump y Andrés Manuel López Obrador son iguales es un verdadero disparate, caso similar al de Podemos en España, a quien se le calificó de ser un populismo como el del magnate estadounidense. Ante las muchas diferencias, intelectuales y simpatizantes del régimen han querido encontrar similitudes a partir de acciones políticas propias de muchos políticos: bajo su lógica, Cuauhtémoc Cárdenas y Manuel Clouthier serían como Donald Trump por reclamar fraude electoral en 1988. ¡Imagínense! Quizá por los argumentos que he ofrecido y por la mucha mayor similitud en contenidos programáticos entre Trump y la derecha mexicana, López Obrador encontró una forma mexicana muy sucinta de responder a todo esto: No manchen.

[1] Esta caracterización está aún elaboración, pero me parece muy interesante recuperarla en este escrito. La idea original está siendo desarrollada por Gibrán Ramírez en su tesis doctoral, “Liderazgo populista y democracia”, inédita al momento de citarla.

[2] Los tres primeros elementos son tomados de la caracterización de Cas Mudde en “Populist Radical Right Parties in Europe” (Cambridge University, 2007).

[3] Ramírez, “Liderazgo Populista y democracia”.

[4]La caracterización del lopezobradorismo de Carlos Illades me parece parcialmente cierta, pues aunque encuentra elementos interesantes, asegura que su narrativa se construye a partir del romanticismo decimonónico y lo contrapone con el nacionalismo “cívico” o liberal. Yo considero que una cosa es el nacionalismo romántico que apela a la pertenencia de una comunidad previa a la construcción estatal, basada en una lengua, creencias o rasgos físicos que identifica a los individuos entre sí en relación con otros; y otra muy distinta la lógica de la construcción de antagonismos a partir de evocar una representación “verdadera” del pueblo y  de los individuos desplazados frente una élite política. En este caso, aunque el lopezobradorismo hace el uso de la nación como elemento distintivo de una totalidad a la que busca representar, no lo hace en el sentido romántico del término, sino, más bien, en su aspecto cívico: la nación como un conjunto de ciudadanos que residen en un mismo lugar, con una serie de libertades y obligaciones que los hacen iguales y donde reside la soberanía. Tan no es claro el argumento de Illades, que después de caracterizarlo como “romanticismo decimonónico” en su libro “De la Social a Morena”, empezó a llamarlo populismo en su reciente colaboración en Nexos.

[5] Revisar el spot de AMLO, “La rebelión en la granja”, en este enlace.

[6] Al respecto revisar el texto de Arnaldo Córdova, “Nación y nacionalismo”, disponible en este enlace.

[7] Para revisar las políticas de Trump, revisar su página web.

[8] A partir de aquí, todas las referencias al programa de AMLO son tomadas de su web oficial.

[9] Ejemplos hay muchos: su declaración 3 de 3, el segundo piso del periférico y hasta el intento por demostrar que no se había titulado como politólogo de la UNAM.

[10] Para revisar la ley de medios acceder a este enlace, y para el recuento distrital a este otro.

Hugo A. Garciamarin Hernandez

Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Máster en Ciencia Política en la Universidad de Salamanca (en curso). Ejerció la docencia en la UNAM. Forma Parte de GRUPO IDEA y el proyecto SINERGIA (ambos de la UNAM). Áreas de interés: Izquierdas, Régimen, Sistemas Políticos y Democracia. Actualmente trabaja Populismos Latinoamericanos.

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