Hacia los Estados Unidos de Europa

Por Alejandro Peinado García

“Seguimos en los principios de Versalles cuando se estableció el derecho de cada nación a la autodeterminación. Pero eso hoy es una ficción porque no existen territorios homogéneos. Hoy toda sociedad es una colección de diásporas”.

Zygmun Bauman[1]

“Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas que creen en primer lugar una solidaridad de hecho”.

Declaración Schuman[2]

 

En los últimos años, con motivo de la crisis económica y social que vive el mundo se han puesto en cuestión diversos pilares de las instituciones políticas democráticas (tradicionales). El cambio de paradigma en la representación política, con la emergencia de nuevos actores y nuevas formas de acción colectiva se ha visto también reflejado en la crisis del modelo territorial en el caso de nuestro país y en el de otros muchos en nuestro entorno. Para muchos analistas, académicos y lideres políticos, el federalismo vuelve a estar en el centro del debate político. Este artículo divulgativo trata de realizar una aproximación al concepto de federalismo, en su vertiente o particularidad, a juicio del autor, más eficiente en el momento que nos ocupa: en la evolución a través de reformas federalizantes de la actual UE a una entidad democrática supranacional, plenamente integrada, que podría denominarse como los futuros Estados Unidos de Europa.

  1. ¿Qué es el federalismo? ¿Y el federalismo europeo?

El concepto de Federalismo alude a la palabra latina “foedus”, que significa pacto y acuerdo. Para concretar este concepto podríamos vincularlo a dos ideas fundamentales. La primera es el principio de subsidiariedad que supone aplicar las políticas en el nivel de gobierno (local, regional, nacional o federal) más apropiado para su más eficiente gestión, desde el ciudadano en sí hasta el nivel federal. Siguiendo a Enrique Barón[3]: “al ciudadano, sujeto central que legitima el sistema democrático, la subsidiariedad le permite ascender o descender la escalera de poderes federados desde lo local hasta el federal” permitiendo así que las administraciones de ámbito territorial inferior puedan tomar decisiones que antes tomaban las de ámbito superior y acercando las decisiones a la ciudadanía. ¿Y por qué considerar esta cuestión es clave hoy? Porque la mayoría de los desafíos que afrontamos en la actualidad como el cambio climático, la seguridad ciudadana, la regulación de los flujos de capital o la prohibición de los paraísos fiscales, y las oleadas migratorias o crisis energéticas son problemáticas que trascienden la potestad y capacidad de los estados nacionales. La puesta en práctica del federalismo conlleva una dispersión de los focos de soberanía y una distribución del poder y por ello, la planificación de un gobierno multinivel, que dota a los Estados y las entidades superiores o inferiores de un nivel de autonomía suficiente para adaptar estas respuestas globales a las circunstancias locales[4]. Por todo ello se puede afirmar que, en el momento presente, no es la democracia centralizada la que ofrece las soluciones más adecuadas a este momento donde nuestras sociedades son complejas y mestizas, sino la democracia federal.

El otro principio que debe ser un componente intrínseco al federalismo es la solidaridad (en este concepto también encontramos la raíz latina, “fides”, que quiere decir confianza). El nivel federal debe disponer de mecanismos que promuevan equilibrios macroeconómicos, que generen economías de escala y redistribuyan la riqueza para que se implemente, de esta manera, un desarrollo económico y social coherente. Para que la federación sea fuerte sus partes también deben serlo. En el caso de la actual Unión Europea, esto puede evidenciarse con un presupuesto federal aumentado (y con la capacidad por parte de la UE de recaudar sus propios impuestos) que la habilite para llevar a cabo políticas propias de manera autónoma a los Estados miembros, una política económica y fiscal común y una unión política que dote de legitimidad a las políticas federales.

El federalismo se manifiesta través de una actitud que conlleva un compromiso, una lealtad federal y la voluntad de compartir destino en una unión por ser el mejor sistema para garantizar la paz, la libertad y prosperidad.  Se puede, por lo tanto, afirmar que en el mundo no hay un único modelo o canon federal, sino diversos y adecuados a su proceso de constitución y a sus particularidades políticas, históricas o culturales: la URSS, México (o para ser exactos los Estados Unidos Mexicanos), Canadá, Argentina, Alemania o Estados Unidos constituyen casos diversos. La UE ha defendido estos principios y recogido su origen federalizante con el lema Unidad en la Diversidad que hace referencia a la cohabitación de diferentes culturas, lenguas y orígenes en su espacio político.

La diferencia entre federalismo y confederalismo (un concepto muy citado en determinados debates) se podría establecer en que en el primer caso existen poderes compartidos, pero dentro de un Estado soberano, mientras que en el segundo la soberanía se comparte entre los diversos territorios que la forman, por lo que constituye una etapa anterior en el proceso federal. En la federación hay más centralización y poder compartido en un gobierno común que en la confederación, donde el poder sigue residiendo básicamente en las partes componentes y sólo delegan algunas funciones a dicho gobierno.

Durante la Segunda Guerra Mundial, a la que nos podemos referir, desde una perspectiva europeísta como la Guerra Civil Europea (la segunda gran guerra de los 30 años, 1914 – 1945) tiene lugar el hecho, que consideramos fundacional del movimiento federalista europeo. La redacción del Manifiesto de Ventotene[5] en 1941. Ventotene, un islote pequeño, rocoso, en el golfo de Nápoles. Un islote usado como lugar de confinamiento para los antifascistas italianos, será el lugar donde Altiero Spinelli, Ernesto Rossi y Eugenio Colorni junto a otros intelectuales como Úrsula Hirschmann alumbrarán el Manifiesto por una Europa Libre y Unida en el que ya introducirán ideas fundamentales que se materializarán en el posterior proyecto de construcción europea: hablamos de una Europa sin fronteras, de una monedad común, de un parlamento elegido por sufragio universal directo, o del fin de la guerra y la consecución de una verdadera paz europea. Las páginas de este texto siguen pareciendo a día de hoy revolucionarias. Y es que en el pasado la idea de Europa siempre se había intentado imponer (durante el Imperio Romano, pero también en el siglo XIX con las invasiones napoleónicas y en el XX con el III Reich o la Unión Soviética) mediante la fuerza de las armas. Ha sido únicamente, a través del proyecto de construcción europea, y la actual UE, que ha podido fructificar una etapa de prosperidad y paz como la actual, sin parangón en nuestra historia. Una etapa que mediante el acuerdo político y el hoy tan desprestigiado consenso, principalmente entre las familias socialdemócrata y democristiana, ha hecho posible esta etapa de desarrollo y riqueza, en la que conviven 500 millones de europeos en paz.

El federalismo es, por lo tanto, una forma de organización del poder, pero al mismo tiempo una de las grandes tradiciones del pensamiento político, y constituye en sí una línea de pensamiento autónoma. La culminación del proceso de construcción de la actual UE se basaría en la puesta en funcionamiento de estructuras de carácter típicamente federal para su consecución.

  1. El diagnóstico federalista: La crisis del Estado-Nación

La ciudadanía consciente tiende a conocer las ideologías tradicionales entre las que destacan la socialdemocracia, la democracia cristiana, el liberalismo político y económico y el ecologismo ¿así pues, por qué el federalismo produce confusión y no se asocia políticamente de un modo automático? De esta pregunta también se deriva, al mismo tiempo, una de sus partes positivas. Es una filosofía política abordable desde las diversas sensibilidades ideológicas. Pero también emergen problemas. En muchos estados europeos el federalismo tiene una noción o una imagen negativa:

En el Reino Unido, el federalismo se asocia a una dependencia y a una centralización en Bruselas. En Francia está asociado en el imaginario colectivo con la ruptura de la nación (o con las posiciones conservadoras de los girondinos) aunque se considere a Francia como el Estado-Nación centralizado perfecto. En el este de Europa el federalismo puede tener una asociación con la antigua Unión Soviética y en Italia con el nacionalismo insolidario de la Liga Norte. Como no, hacer referencia a España, donde el federalismo también tradicionalmente se ha malinterpretado y se ha asociado a determinadas izquierdas y a los nacionalismos periféricos. También al caos social por las experiencias del cantonalismo de la Iª República, y la leyenda negra que el franquismo en cuarenta años de dictadura consiguió afianzar en la conciencia colectiva sobre la experiencia de la IIª República (que, como sistema político, siempre negó en su constitución la forma federal[6]). Así pues, el federalismo se ha visto de diversas maneras según el contexto político: a veces como una propuesta unificadora (EE.UU), pero otras como disgregadora (España).

Siguiendo a Lucio Levi, podemos decir que el “federalismo es una revolución política e intelectual que cuestiona la mayoría de las nociones intelectuales que utilizamos para analizar la vida política[7]” ¿y por qué? A pesar de nuestra experiencia europea, sigue siendo la dimensión nacional y su instrumento, el Estado-nación moderno, la que nos dota de una cosmovisión compartida. Vivimos, en medio de este proceso de integración global y de crisis política y económica, la transformación de esta categoría jurídico-política que tuvo su nacimiento en la Paz de Westfalia de 1648 y su desarrollo con las revoluciones liberales del siglo XIX”. Continúa Levi[8] afirmando que:

“La globalización erosiona la soberanía de los Estados porque hay un proceso de globalización de la sociedad civil, de los mercados, el surgimiento de actores no estatales, como las corporaciones multinacionales, los bancos, las clasificadoras de riesgo y de otras esferas, como grupos religiosos, movimientos de la sociedad civil y también grupos criminales y terroristas. Esas organizaciones amenazan la esencia de los Estados porque amenazan el monopolio de la fuerza coercitiva que ostentan”.

La Historia da fe de estas afirmaciones. El ámbito territorial de la organización del poder siempre estuvo sometido a las necesidades del sistema de producción. En el S. XVIII con la Revolución Industrial y la expansión del capitalismo las élites económicas necesitan de un ámbito territorial superior para potenciar sus mercados. Surge así el Estado Moderno, como una forma de consolidar mercados a un nivel superior pero también como un modo de consolidar instituciones que puedan gobernarlos. En el modo de producción agrícola en la antigüedad es donde surge la polis, la “ciudad-estado”. Y progresivamente, el Estado va aumentando durante la primera fase de la revolución industrial hasta el día de hoy, donde la revolución de las telecomunicaciones, los transportes y la ciencia hacen que la federación europea, y más adelante una federación mundial, sea posible y necesaria.

Podemos decir que uno de los mayores retos que afrontamos en la actualidad es transferir funciones y competencias del ámbito nacional e internacional al local y regional y viceversa, la sociedad glocal así lo reclama. La Unión Europea es un buen laboratorio y constituye una nueva categoría de estado, puesto que es el primer proyecto que va en la línea de promover una federación de estados nación. En un mundo donde la integración económica está erosionando la soberanía nacional, el único modo para recuperar la confianza de los ciudadanos y el espíritu democrático es evolucionar hacia la democracia internacional.

En todo este debate, la consideración del concepto de la nación es radicalmente importante. En su análisis, dicho concepto ha contenido una dimensión objetiva y subjetiva. Podemos hablar de nación, siguiendo a Álvarez Junco como aquel “grupo humano con unas características comunes (aspecto objetivo: lengua, cultura, religión, etnia) y con aspiraciones políticas (aspecto subjetivo) de proclamar su soberanía sobre un territorio[9]”.

La experiencia nos ayuda a comprobar que el nacionalismo en su vertiente más negativa, necesita de una cultura del victimismo y de un enemigo exterior sobre el cual construir la identidad de un pueblo. La construcción del estado, vista desde esta perspectiva ha sido “la transición de la fuerza física y la violencia hasta el estado de derecho”[10]. La Guerra es la consecuencia de una interpretación radical del nacionalismo. Los federalistas concebimos al Estado-Nación (poseedor de una soberanía exclusivista) como una categoría de ente soberano que está siendo superada por procesos de integración supranacional, convirtiéndose este primero en un instrumento del pasado, ya que no aporta soluciones a la compleja gestión de sociedades cosmopolitas, multilingües y mestizas.

Por todo ello, tanto en la batalla política, sin dejar al lado el espacio de la díada Izquierda – Derecha (que pasa en este momento a un segundo plano) emerge una nueva línea de división entre federalistas y soberanistas. Entre los partidarios de la construcción de instituciones de democracia supranacional para regular el nuevo espacio global y entre los que defienden el status-quo o desean transferir soberanía y poder político a entes nacionales o subnacionales. El paradigma político del federalismo constituye un instrumento fundamental para armonizar este choque de visiones e intereses.

  1. Hacia los Estados Unidos de Europa y la federación mundial

El federalismo conjuga una visión internacional con un conjunto de valores: democracia, libertad, paz y los eleva a un nivel internacional. La paz se consigue cuando las instituciones estatales y supranacionales hacen valer el Estado de Derecho en las relaciones internacionales, previa delegación de parte de su soberanía a entidades políticas de este nivel. Desde la Unión de Europeístas y Federalistas de España[11] se ha trazado una hoja de ruta[12] posible que tiene como objetivo la conversión de la actual UE en unos Estados Unidos de Europa, como evolución natural de nuestra región y como entidad política que fortalezca nuestra democracia. Esta reforma sería posible tras dar los siguientes pasos:

  • Por una parte, reformas de carácter legal, consecuencia de la movilización política y democrática, que podrían tener como punto de partida la convocatoria de una convención que comenzara la elaboración de una Constitución Europea. Dicho texto legal promovería instituciones federales de nueva creación como un gobierno europeo dirigido por un Presidente y elegido directamente por la ciudadanía, que a su vez presidiría el Colegio de Comisarios y el Consejo Europeo.

  • Las reformas de las instituciones existentes serían de importancia capital contando entre ellas con la reforma del Parlamento Europeo, para dotarlo de iniciativa parlamentaria y de la introducción de otros mecanismos como la moción de censura. También para mejorar su comunicación con otros Parlamentos a nivel nacional-estatal. El Consejo de la UE tomaría el rol de una cámara de representación territorial o Senado Europeo. Superar mecanismos y reglas de funcionamiento como la unanimidad en la toma de decisiones sería clave, dando más importancia a la regla de mayoría cualificada, agilizando así el proceso de toma de decisiones.

  • Desde el punto de vista económico es fundamental la consolidación de la eurozona, estableciendo un Tesoro Federal Europeo y un Presupuesto Federal. Mientras tanto es clave implementar la introducción de los Eurobonos y avanzar en la unión bancaria y fiscal, a la vez que en el aspecto social, se activan políticas de solidaridad a nivel europeo, revirtiendo así el ciclo de austeridad. Por último, para consolidar la federación, será necesario llevar a cabo una progresiva transferencia de competencias en materia de política exterior de los gobiernos nacionales al Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE), como representante de la UE en el Exterior, y la creación de unas Fuerzas Armadas Europeas.

 

Dicho todo esto, es conveniente declarar que la consecución de la federación europea deberá ser entendida como un paso intermedio que nos permita más adelante alcanzar la Federación Mundial. Para ello, actualmente, el Movimiento Federalista Internacional[13] desarrolla campañas a nivel global: A favor de la democratización de las Naciones Unidas y la conversión de la misma en una Asamblea Parlamentaria de las Naciones Unidas (UNPA) e introduciendo cambios en el funcionamiento actual de la ONU a través de la eliminación del derecho de veto de los miembros del Consejo de Seguridad. Debemos ser conscientes, de que más allá de los acalorados debates en torno a la situación política de nuestras ciudades o países hay allí afuera una humanidad que debe construirse en sujeto político para ejercer la dimensión ciudadana en la democracia del S. XXI, que no puede ser otra cosa que global, para ser efectiva. Ejemplos como el Mercosur o la Unión Africana muestran que la tendencia puede ser la integración política de cada región del mundo.  En Asia, la ASEAN[14] y la SAARC[15], aunque no dejan de ser organizaciones internacionales de cooperación, podrían evolucionar hacia entidades de integración económica o política en un futuro. Ejemplos de instituciones internacionales como El Tribunal Europeo de Derechos Humanos, la Corte Penal Internacional o instituciones como la OIT y la OMS nos aportan ya cierta experiencia en el camino. Este proceso de instituciones continentales o regionales tiene que evolucionar hacia conexiones federales entre las mismas para hacerse viables: Una Autoridad Mundial para el Medio Ambiente o una Organización Económica Internacional siguiendo las ideas del WFM nos harían llegar a esta solución.

En conclusión, el federalismo como filosofía política y forma de organización del poder es la clave para construir la paz social y política desde las diversas opciones políticas que se aproximen a su método. Sólo depende de que la ciudadanía tome conciencia y se empodere en este sentido: el de la construcción de actores políticos a nivel internacional para la consecución de una Humanidad en Paz. Puede suponer una tarea difícil o ardua, pero merece la pena.

 

[1] Diario El País, edición de 9 de enero de 2016

[2] Declaración del Ministro de Asuntos Exteriores francés, Robert Schuman  el 9 de mayo de 1950, constitutiva de la CECA. Esta efeméride se recuerda cada año como el día de Europa.

[3] Enrique Barón Crespo: “La era del federalismo”. RBA Libros, 2014.

[4] El federalismo en España se ha malentendido en España al asociarlo a las izquierdas. La Vanguardia, 13 de octubre de 2015: http://www.lavanguardia.com/politica/20151013/54438053049/jef-federalismo-malentendido-espana.html

[5] Publicado en formato libro en español en 2016 por Ediciones La Lluvia, “El Manifiesto de Ventotene. Por una Europa Libre y Unida”. Altiero Spinelli y Ernesto Rossi, trad. de Marcello Belloti.

[6] Art. 13, Constitución Española de 1931: “En ningún caso se admite la federación de regiones autónomas”

[7] Conferencia pronunciada en el Seminario Internacional de Ventotene, agosto 2015.

[8] “Hay que cambiar la relación de poder en el FMI”: http://www.lanacion.com.ar/1317799-hay-que-cambiar-la-relacion-de-poder-en-el-fmi

[9] Conferencia de D. José Álvarez Junco en el Ágora del Máster Sociedad, Administración y Política. Universidad Pablo de Olavide, Sevilla, 29 de abril de 2015.

[10] Conferencia de François Mennerat en el Seminario Internacional de Ventotene, agosto de 2015.

[11] Web de la UEF España: www.uefspain.eu

[12] Manifiesto de la UEF Andalucía y la UEF Madrid por el 9 de mayo de 2014.

[13] Sitio Web del World Federalist Movement: http://www.wfm-igp.org/. Más información en: “UEF España se une al Movimiento Federalista Mundial” http://www.uefspain.eu/uef-espana-se-une-al-movimiento-federalista-mundial/

[14] La ASEAN es la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático. Web: http://asean.org/

[15] La SAARC es la Asociación Sudasiática para la Cooperación Regional. Web: http://saarc-sec.org/

Alejandro Peinado

Córdoba, España. Máster en Sociedad Administración y Política por la Universidad Pablo de Olavide. Graduado en Relaciones Laborales y Recursos Humanos por la Universidad de Huelva. En 2008 realiza una estancia como becario en el Parlamento Europeo (Bruselas y Estrasburgo) y en la actualidad continúa como profesional vinculado a las instituciones comunitarias. Ámbitos de interés: Emprendimiento social, cambios en el mundo del trabajo, sociología de las élites y federalismos y procesos de regionalización.

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