La guerra medieval: homenaje a García Fitz

Por Gabriel Moreno González

   Pocas obras tan breves que abordan un periodo tan amplio y complejo, y la Edad Media lo es, pueden merecer la consideración de maestras. “Ejércitos y actividades guerreras en la Edad Media”, del gran experto en la guerra medieval y Catedrático de Historia, Francisco García Fitz, sin duda constituye una de esas raras excepciones. En este breve libro, editado en 1998 por Arco y hoy descatalogado, el maestro despliega el tablero de ajedrez del fenómeno de la guerra en el medioevo, y lo hace con una concisión y con un lenguaje tan inmaculado que provoca en el lector aficionado a la Historia una voracidad de conocimientos demasiado pretenciosa para el tamaño, y el objetivo mismo, de la obra.

    García Fitz comienza destacando la decidida importancia y centralidad que revestía la guerra y la actividad militar en la configuración social y económica de las relaciones medievales. Ésa es, precisamente, una de las grandes pretensiones de su obra posterior: demostrar que fue la guerra, y no otro factor, el que condicionó intensiva y extensivamente las relaciones sociales durante casi diez siglos. La identificación plena entre sociedad y función militar que se dio a lo largo de tales centurias puede ilustrarse con la propia organización interna de los ejércitos, donde los señores feudales o los dirigentes de las ciudades eran al mismo tiempo quienes comandaban sus respectivas huestes al superponerse, por entero, los planos político y militar.

    Esta superposición que lleva a la práctica confusión de las funciones proviene, indica el profesor, de las condiciones de partida que dejó la desintegración del Bajo Imperio romano. Los grandes terratenientes y líderes locales o regionales, sin la defensa organizada que otrora proporcionara Roma, se vieron compelidos a formar ejércitos privados y a desplegar entre éstos relaciones de fidelidad a cambio de la cesión o donación de tierras en sus respectivos territorios. Las relaciones de vasallaje feudales tuvieron su origen, por ende, durante la crisis política (que lo fue, ante todo, también militar), del Imperio y de la forma de organización y defensa de éste frente al enemigo exterior o, incluso, frente a la nueva fragmentación de poder que se inauguraba por doquier. La combinación ulterior con el ideario y las prácticas germánicas, donde existía la obligación general de todo súbdito de acudir a la llamada de armas de su Rey, perfilaría así las características principales de las actividades militares medievales, que girarían en torno al reclutamiento vasallático basado en una relación feudal (proveniente de las relaciones de coloniaje del Bajo Imperio), y al reclutamiento general de base germánica al que la autoridad real podía acudir en caso de guerra. No obstante, este último sistema de leva masiva era bastante ineficaz en el seno de la sociedad trifuncional medieval, debido a la falta de una administración centralizada que diera cobertura a la movilización y a su propio despliegue entre el campesinado inexperto. De ahí que fuera reservándose, en la práctica, a la defensa local o regional del territorio cuando era amenazado por huestes enemigas, dándose con ello muy pocas ocasiones en que tales reclutamientos generales servían para misiones explícitas de la Monarquía en la expansión de sus intereses.

    A diferencia de los ejércitos romanos o modernos, los medievales no eran permanentes ni profesionales (aunque se dieran puntualmente altos grados de especialización), dos notas que son las que más y mejor caracterizan a la guerra medieval. Generalmente, las huestes se formaban para objetivos concretos y eran reclutadas de entre los territorios de los señores feudales y sobre la base de sus respectivas relaciones jerárquicas de vasallaje. Cada señor, ya fuera un conde, duque u obispo, era el responsable de su respectiva mesnada, completamente autónoma en su funcionamiento y configuración, y sus intereses privados podían, o no, coincidir con los del Monarca. La ineficacia de los reclutamientos generales hizo, no obstante, que los Reyes acudieran cada vez más a los reclutamientos selectos de sus vasallos que, además, al estar mejor armados y preparados, garantizaban con más seguridad el cumplimiento de objetivos militares específicos que una gran masa de súbditos (campesinos o habitantes de las ciudades) que, además de desconocer la guerra y sus arcanos, eran en sí mismos difíciles de organizar y dirigir. A pesar de ello, el refuerzo del poder real desde el siglo XI hizo que el Monarca intentara desprenderse de la excesiva dependencia de sus vasallos más selectos en la guerra, de ahí que hubiera un movimiento en Europa por la intensificación y recuperación de los reclutamientos generales de los súbditos, como el clamor patriae de los emperadores alemanes, que enseguida chocó, no obstante, con la propia ineficiencia ya indicada de los sistemas de leva y con la resistencia, en nada baladí, de algunas ciudades y burgos a ser llamados a las armas (fueros y privilegios). Así pues, pese a los intentos del Rey, las campañas militares siguieron estando predominantemente conformadas por relaciones de tipo feudal hasta, sobre todo, el siglo XIII. En ellas, el señor acudía a las armas en cumplimiento de un pacto de fidelidad que tenía con su superior en la relación vasallática y que cubría en realidad una donación anterior del mismo para con su inferior (el feudo). A veces, sin embargo, la relación no era ex ante, en el sentido de que un vasallo se integraba en las campañas reales en contrapartida por el feudo recibido, sino ex post, donde caballeros de todo linaje acudían prestos al servicio de armas con la esperanza de que el Rey o un gran señor les otorgara, tras la victoria o su participación, un nuevo feudo (vassi dominici).

    Durante el siglo XIII, no obstante, el sistema feudal de reclutamiento y de organización militar comenzó a sufrir una profunda crisis. Por un lado, los reyes, al querer aumentar su poder en un contexto de expansión territorial, siguieron viendo en su dependencia para con las relaciones feudales un fuerte obstáculo, a pesar de la imposibilidad práctica de servirse de un sistema de reclutamiento general. Al tiempo, las prestaciones militares de los vasallos solían estar limitadas mediante pactos tanto en el espacio como en el tiempo (generalmente el servicio militar no superaba los 40 días), y ello dificultaba las nuevas y cada vez más ambiciosas pretensiones reales. Por otro lado, los propios vasallos comenzaron a entender sus posesiones como propias y debidas a actos pasados, que a veces se perdían en el tiempo (adarga antigua…), más que como vinculaciones feudales en continua renovación y supeditadas a contrapartidas futuras.

    Así las cosas, las obligaciones tradicionales fueron desapareciendo y abriendo paso, cada vez con más intensidad, a meras prestaciones monetarias en sustitución. El Rey, ahora con más recursos gracias a tales ingresos y al crecimiento, en general, de la economía, pudo empezar a desentenderse (ahora sí) de la fuerza militar de la nobleza al disponer de fuerzas de pago (mercenariado). Éstas, por lo general, eran más funcionales a los intereses reales, puesto que no presentaban restricciones espacio-temporales, podían estar bien equipadas y homogeneizadas y hasta presentar un alto grado de profesionalización. En cambio, su fidelidad al objetivo y al propio Monarca dependía en última instancia de la disponibilidad financiera de éste, en un contexto en el que los mecanismos de exacción tributaria estaban comenzando a implementarse con serias dificultades. Sea como fuere, los Reyes abogaron por este cambio en el reclutamiento desde el principio, coexistiendo ambos sistemas en algunos casos a finales de la Plena Edad Media. Las fuerzas de pago, además, ya habían sido comunes entre las mesnadas reales y las guardias de castillo, y no era raro que a las obligaciones feudales o generales se las complementara al final de las campañas con pequeños pagos o soldadas.

    Con la perfección de la maquinaria administrativa real y de los mecanismos tributarios, así como con la monetarización de la economía, cada vez más compleja, las tropas de pago ya eran claramente dominantes en el siglo XIV y XV. No es de extrañar que sean éstos los albores del Estado Moderno, pues la guerra y su organización, como bien explica García Fitz, fue uno de los factores que más contribuyeron a su surgimiento. Al depender los ejércitos de grandes sumas de dinero y desplegarse en reinos en continua extensión, los Reyes eran los únicos que podían sufragarlos, lo que hizo que a su vez se vieran compelidos a reforzar los instrumentos tributarios y a perfeccionar la administración central, tanto civil (la intendencia de la soldadesca) como militar. Ello devino, finalmente, en un debilitamiento destacado de los poderes intermedios asociados a las antiguas jurisdicciones y, por ende, en un robustecimiento de la autoridad real y central sobre los mismos.

    Pero García Fitz no se queda en la evolución histórica de los sistemas de reclutamiento, sin duda determinantes en la guerra medieval, sino que analiza con rigor la organización interna de los ejércitos. Ya fueran tropas de vasallaje, súbditos llamados a las armas, soldados de pago o, incluso, voluntarios buscando prestigio, expectativas económicas o redención (Cruzadas), el funcionamiento interno de los ejércitos era muy ineficaz bajo parámetros modernos. Cada hueste tenía su propia autonomía, eran dirigidas por sus propios dirigentes políticos (nobles, obispos, alcaldes…), no existían cadenas de mando jerarquizadas ni una línea clara de órdenes que hiciera del Rey el planificador final. Aunque éste se rodeara de ayudas de campo (los alféreces en Castilla, vg.), la organización era finalmente un tanto anárquica, de ahí que el interés creciente de los Reyes por consolidar su poder también se trasladara a la organización interna de los ejércitos, hasta el punto de que al final del periodo medieval se dotarán de mandos estables bajo sus órdenes directas (capitanes generales, maestros de ballesteros, condestables…). Ya en la segunda mitad del siglo XV, estos mandos permanentes comenzarían a dirigir verdaderos ejércitos permanentes, a sueldo y bajo responsabilidad de los Monarcas (La Santa Hermandad o las Guardias Viejas de Castilla).

    Ahora bien, para alguien del siglo XXI, la figura del guerrero medieval ha quedado completamente desvirtuada. Las películas de Hollywood han venido a ahondar en la ya de por sí distorsión que el romanticismo, la historiografía del siglo XIX y el propio imaginario medieval, habían provocado en la visión colectiva sobre el particular. Y de entre los tópicos reiterados, el del caballero medieval con armadura pesada y lanza en ristre que acomete en una carga a las tropas enemigas, sigue siendo uno de los más socorridos. En verdad, como indica Fitz, en la Edad Media apenas se darían cargas de caballería importantes, y aunque los historiadores siguen utilizando la fórmula general de Milites peditesque (jinetes y peones) para referirse a los ejércitos del Medioevo, la preponderancia de los soldados a pie fue casi siempre rotunda. La caballería pesada, aunque existió (recuérdese la caballería normanda de Guillermo), no era el elemento decisivo ni principal en los enfrentamientos. Es más, en ocasiones, los propios jinetes desmontaban y luchaban a pie, como en la batalla de Hastings. Durante los siglos XIV y XV, asimismo, las unidades compactas de infantería, bien dotadas y con lanzas y picas largas (y luego con los primeros scopetti), era capaces de neutralizar por completo el potencial de la caballería pesada, que aunque tuvo su periodo de esplendor entre los siglos XI a XIII, siempre se movió en proporciones de 1 a 5 o 6 respecto a la infantería.

   En este sentido, la imagen que también conservamos de la guerra medieval, desplegada en un campo de batalla con presencia destacada de la caballería y con enfrentamientos directos, dista lejos de la realidad. Lo que predominaron durante la Edad Media no fueron las batallas, aunque las hubiera, sino la guerra continua de desgaste mediante quemas, saqueos o cercos prolongados. La distorsión que ha heredado la gran pantalla hunde sus raíces, en buena medida, en la importancia que le dieron los historiadores de la guerra de finales del XVIII y del XIX a la estrategia de las batallas campales (von Clausewitz), en un intento de buscar en los siglos pasados referencias tácticas para las nuevas modalidades de guerra que se estaban desarrollando entonces en los campos de Europa, con la eclosión de las batallas napoleónicas en lugares, a veces, hasta concertados. Por el contrario, las batallas medievales nunca fueron concebidas para derrotar al ejército adversario y conseguir así el objetivo militar último de la conquista. En la mayoría de las veces las batallas eran indeseadas o casuales, destinadas a garantizar el desarrollo de los asedios o a proseguir su ejecución frente a tropas de auxilio a los cercados. Batallas relevantes, como la de las Navas de Tolosa, analizada también por García Fitz en un libro ya canónico, fueron muy extrañas durante el periodo medieval, y su importancia debe ser, además, atenuada en grado sumo.

    Las Órdenes Militares, por su parte, a pesar de que solo se dieron en la Península Ibérica (como la de Alcántara), en el Báltico (Caballeros teutónicos) o, cómo no, en Tierra Santa (del Temple y del Hospital, vg.), fueron muy relevantes en la guerra medieval en tales lugares al constituir un raro ejemplo de ejército permanente y con altos grados de profesionalización en algunos casos. Su consolidación en el siglo XII vino acompañada del perfeccionamiento de sus cadenas de mando y de sus criterios jerárquicos, en unas organizaciones sui géneris donde se combinaban la vida monástica y la militar. A pesar de que sus miembros no eran muy numerosos, estaban dotados de gran conocimiento y experiencia de las tácticas enemigas dada su cercanía con las tierras de frontera. Su vínculo a éstas y a la defensa de los límites de la Cristiandad frente al Islam provocó, no obstante, su desaparición en cuanto éste último dejó de ser una amenaza. Así, los Reyes Católicos pudieron absorber sin problemas las Órdenes bajo su autoridad en 1493, tras la conquista de Granada.

    Algo en lo que García Fitz quiere hacer especial hincapié es que, a pesar de todas las dificultades indicadas más arriba en la organización de la guerra medieval, ésta distaba, como pretenden algunos autores y como la historiografía del XIX siempre destacaba, de una mera turba desordenada, más dispuesta a perseguir vanos ideales de honor y gloria que en desplegar una estrategia adecuada. La táctica y la disciplina existieron en la Edad Media aun a pesar de la composición abigarrada de los ejércitos y de las limitaciones que existían. De hecho, al primar la guerra de desgaste sobre las batallas, la estrategia tuvo que ser más importante de lo que comúnmente se reconoce. Si olvidamos por completo la visión moderna de las grandes batallas, que son las que monopolizan la teoría de la estrategia militar, podemos ver que ésta ha de operar en proyectos a largo plazo de desgaste de las bases materiales del enemigo, lejos de cualquier simplicidad adanista. Es vedad que la mayoría de las operaciones de guerra medieval se limitaban a unas campañas de pocos días, en un radio corto y que tenían por objeto el robo, el pillaje o la destrucción de los terrenos de enemigo (las famosas cabalgadas), pero la existencia de una continuidad en no pocas ocasiones de estas operaciones nos evidencia patrones estratégicos que, bien combinados, posibilitaban en el largo plazo la victoria tras el desgaste del enemigo.  Fernando III, por ejemplo, nunca protagonizó ni participó en batalla alguna, pero sus cabalgadas continuas en el Valle del Guadalquivir hicieron que las poblaciones de éste finalmente se rindieran ante el Rey que luego sería elevado a los alteres.

    El elemento esencial, decisivo y vector de la guerra fue, en este contexto, la fortaleza. Castillos bien guarnecidos, con elementos robustos de defensa, eran sinónimo de inexpugnabilidad. Hasta la aparición en Europa de la pólvora y de los primeros trenes de artillería, la defensa superó con creces a la ofensiva. Las guarniciones de fortaleza, además, a pesar de su insignificancia numérica, eran esenciales dada la importancia de las plazas fuertes, y en general constituían pequeñas tropas permanentes que exceptuaban, así, el funcionamiento general de la guerra medieval. En ocasiones, estas guarniciones abandonaban sus fortalezas para reforzar las huestes y mesnadas reales, lo que demuestra el valor que le daban los Reyes y señores. Ello explica, además, la facilidad con la que Saladino, tras la batalla de los Cuernos de Hattin (1187), consiguió tomar Jerusalén, pues la guarnición principal había partido en campaña y había sido por completo derrotada…algo que, esta vez sí, Hollywood intenta reflejar en El Reino de los Cielos, película por otra parte lejos de cualquier parámetro de fidelidad histórica.

    Los castillos eran esenciales para la garantía del territorio y aunque los ejércitos enemigos incursionaran con frecuencia en éstos, la mayor parte de las veces tenían que volverse a sus reinos al no poder ni siquiera intentar tomar las fortalezas que aseguraban a la población, la cual, ante la amenaza, se replegaba rápidamente tras los muros. Además, las fortalezas tenían también un papel destacado en las estrategias ofensivas, a pesar de su naturaleza claramente defensiva, y es que servían de plataformas desde las que lanzar ataques y puntos desde los cuales se podían abastecer y refugiar las tropas en sus continuos avances e incursiones. El ejemplo paradigmático de ello es el famoso Chateaux-Galliard del Rey Ricardo en Normandía, o  los grandes burgos amurallados castellanos, como Ávila o Toledo que, como punta de lanza, parapetaban el desgaste continuo de las posiciones andalusíes.

    García Fitz finaliza su obra analizando, en este sentido, los medios que existían de tomar los castillos y fortalezas, dada la centralidad que éstos revestían en la guerra medieval. En general, los ataques frontales eran descartados por ser excesivamente costosos y no presentar garantías algunas de éxito, dada la superioridad abrumadora de los elementos defensivos. Para tomar una fortaleza cabían pues, dos medios: o bien se tomaba por asalto sorpresa mediante una pequeña élite de soldados experimentados (Gerardo Sem Pavor fue famoso en las extremaduras leonesas y portuguesas al respecto), o bien, y éste era el modo más común, mediante un cerco prolongado. En efecto, los asedios fueron comunes en la Edad Media y más que consistir en tratar de entrar por la fuerza en los castillos y fortalezas, pretendían hacer claudicar éstos por el hambre o el cansancio. Los ingenios de asedio, como los onagros, arietes, catapultas, torres y escalas, se mostraban bastante ineficaces y no era rara la ocasión en que se utilizaban principalmente para desgastar la moral del enemigo, el cual, una vez que se sentía completamente rodeado, sin posibilidades de escapatoria o de auxilio exterior, solía rendirse tras negociar unas condiciones más o menos honrosas con el adversario, como ocurrió en la conquista de Sevilla de 1248. No obstante, levantar un cerco y mantenerlo en el tiempo implicaba, a su vez, un esfuerzo enorme en los tiempos medievales, donde a las limitaciones temporales de las prestaciones feudales de origen vasallático se unían las inclemencias del tiempo o de las enfermedades, así como la necesidad inexcusable de garantizar vías de suministro y abastecimiento al albur permanente de los enemigos.

    Por supuesto, la irrupción de la artillería en el siglo XV alteró por completo el panorama de la guerra medieval, que pasaría a ser así Moderna. Con la despedida del Medioevo militar se despedía también el Medioevo social y político, a pesar de que la infancia de Europa, como le gusta a García Fitz denominar a estos siglos demasiado tiempo despreciados, tendría una impronta imborrable en la configuración actual de nuestras sociedades y Estados.

    Que resuenen, para finalizar con el fin mismo de la Edad Media, estas palabras de Don Alonso de Quijano, en homenaje al profesor Francisco García Fitz y a una obra que debiera ser expugnable por las nuevas generaciones de amantes de la Historia:

“Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala (disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar de la maldita máquina) y corta y acaba en un instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos.”

Gabriel Moreno González

1991, Valencia de Alcántara. Premio Extraordinario de Bachillerato, Graduado en Derecho por la Universidad de Extremadura con Premio Extraordinario Fin de Carrera, Premio Nacional a la Excelencia Académica, Máster Universitario en Derecho Constitucional por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales y la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, con estancias de investigación del Instituto Complutense de Estudios Jurídicos Críticos (2014), el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (2015), la Universidad de Sussex, Inglaterra (2016) y el Max Planck Institute for Comparative Public Law and International Law de Heidelberg, Alemania (2017). Tiene diversos estudios publicados en revistas científicas y obras colectivas sobre las instituciones de gobernanza económica de la Unión Europea y su dimensión constitucional, materia sobre la que ha impartido diferentes conferencias en las Universidades de Alicante, Valencia, Complutense, Autónoma de Honduras, Politécnica de Nicaragua, Vigo, Castilla-La Mancha, Autónoma de México, Federal de Recife o Extremadura. Actualmente realiza el doctorado en Derechos Humanos y Democracia en la Universitat de València, en el departamento de Derecho Constitucional y Ciencia Política, del que forma parte como investigador predoctoral. Asimismo, es co-director del proyecto de jóvenes investigadores The Social Science Post, miembro de la Asociación de Constitucionalistas de España y de La Facultad Invisible.

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