En tierra de nadie: las concepciones de Occidente y de Oriente en la construcción de la identidad nacional turca (I/II)

Por Alejandro Ciordia Morandeira

Turquía, por su geografía e historia, es concebida habitualmente como un puente entre Occidente y Oriente donde se mezclan elementos de ambas “civilizaciones”, por lo que a priori no parece que el Orientalismo, con su concepción dicotómica, sea muy apropiado para explicar las narrativas nacionalistas sobre en qué consiste la identidad turca. Este artículo analiza precisamente el proceso de construcción de la identidad nacional turca que tuvo lugar con la desaparición del Imperio Otomano y la creación de la República de Turquía tras la Primera Guerra Mundial. El principal foco de atención en este análisis es la presencia o ausencia de un discurso orientalista en este proceso, ya sea en forma de auto-orientalismo o de occidentalismo.

Con el objetivo de facilitar la lectura, este análisis se divide en dos artículos. En esta primera entrega se pone en relación la literatura existente sobre el papel del Orientalismo en sociedades no occidentales con el desarrollo histórico del predecesor del nacionalismo turco, el otomanismo, durante la segunda mitad del s. XIX. En este contexto, cabe destacar el papel de Japón como inverosímil espejo donde mirarse para las élites otomanas. Por su parte, el siguiente artículo se centra en analizar la transición del otomanismo al nacionalismo turco que tiene lugar durante los primeros años del s. XX y que se consolida durante el periodo kemalista. En este contexto es clave la influencia de Ziya Gökalp, sociólogo y padre intelectual del nacionalismo turco, cuyas tesis resultaron tremendamente influyentes, incluso para el propio Mustafa Kemal Atatürk.

Ziya Gökalp

 

La principal conclusión de este artículo es que, más allá de la confusa combinación de imitación y rechazo de lo occidental, en el discurso nacionalista turco originario de principios del s. XX subyace la asunción de la lógica orientalista, si bien se trata de un subtipo no occidental y más sutil de Orientalismo, pero que en última instancia constituye un pilar fundamental del modelo alternativo de modernidad promovido por la República de Turquía. La identificación y caracterización de este Orientalismo alla turca complejiza, aún más si cabe, el debate sobre el discurso orientalista, a la vez que puede ayudar a comprender alguna de las contradicciones y paradojas del nacionalismo turco en la actualidad.

 

Introducción

Seguramente el estereotipo más frecuentemente utilizado sobre Turquía es que se trata de un país fronterizo entre Oriente y Occidente, mezcla exótica y particular de dos mundos enfrentados. La quintaesencia de este cliché es la imagen con la que se representa a Estambul, la antigua capital imperial otomana y gran megalópolis turca, como una ciudad entre dos continentes separados por el Bósforo. No obstante, esta visión, muy efectiva en lo turístico, es contestada por figuras turcas como el premio Nobel de Literatura Orhan Pamuk, que niega esa esencia dividida de Estambul, una falsa dicotomía, concibiendo el Bósforo no como frontera sino como columna vertebral de una ciudad histórica cuya esencia va más allá de la mezcla de elementos occidentales y orientales, siendo más relevante la mezcla entre pasado y presente[1].

El debate sobre la posición de Turquía respecto a Occidente y a Oriente no es simplemente teórico, sino que tiene importantes consecuencias prácticas en el plano político, tanto a nivel internacional como nacional. La cuestión gira en primer lugar en torno a en qué consiste la identidad turca, y en un segundo nivel si lo turco forma parte del mundo occidental, del oriental o es una hibridación de ambos. El mejor ejemplo de las implicaciones políticas de este debate es el ahora estancado proceso de adhesión de Turquía a la Unión Europea, el cual divide a los gobiernos y la opinión pública de los Estados Miembros de la UE, pero también a la propia población turca.

La relación de Turquía con Occidente y Oriente no es sólo una controversia contemporánea, sino que está en el propio origen de la identidad turca, ya durante las últimas décadas de la época otomana, antes de que se fundase la República de Turquía en 1923. Este hecho pone en evidencia el carácter relacional de las identidades colectivas en general y de las identidades nacionales en particular (Todorova, 1997: 58; en Makdisi, 2002: 795), pues para la construcción de un “nosotros” debe existir una concepción de los “otros”. No obstante, el caso de la identidad nacional turca presenta interesantes particularidades. En primer lugar, su reciente aparición, pues sólo se empieza a formar paulatinamente a finales del s. XIX, con considerable retraso respecto a otras identidades nacionales europeas. En segundo lugar, la situación de Anatolia como frontera geográfica y cultural entre Occidente y Oriente supone la existencia de al menos dos “otros”, ambos diferenciados de lo turco pero además opuestos entre sí, lo que complejiza enormemente un debate que rompe con el habitual marco dicotómico.

Pese a lo que pueda parecer en un principio, la ambigua posición de Turquía no supone ni mucho menos una superación del marco conceptual del Orientalismo descrito por Said. Como se verá más adelante, esta identidad turca “mixta” no niega las premisas orientalistas fundamentales (la existencia de un Occidente que encarna el progreso y la modernidad y de un Oriente atrasado y tradicional), sino que reconfigura los significados de dichas categorías, que más que a espacios geográficos se refieren a proyectos políticos (Bakiç-Hayden, 1995: 917) que justifican el pasado y legitiman las aspiraciones futuras del nuevo Estado. Por tanto, el objetivo de este artículo es precisamente examinar la construcción y el uso de las categorías conceptuales de Occidente y Oriente por parte del discurso nacionalista turco hegemónico que se fue conformando durante las últimas décadas del Imperio Otomano y que tuvo un papel crucial antes y durante la construcción del nuevo Estado-nación.

Análisis histórico: el surgimiento de la identidad nacional turca 

Tradicionalmente la historiografía dominante en Turquía y en los países occidentales ha presentado el establecimiento de la República de Turquía a partir de las cenizas del Imperio Otomano como una ruptura radical, un viraje de ciento ochenta grados del pasado a la modernidad, del Islam al secularismo, del absolutismo al constitucionalismo, de la superstición a la razón, en definitiva, de Oriente a Occidente. Esta explicación histórica incurre en una sobresimplificación y una selección parcial de los eventos históricos que tuvieron lugar, pues si bien hubo importantes rupturas con el pasado otomano, también existen numerosas continuidades con el periodo anterior. Esta combinación de rupturas y continuidades es aplicable especialmente a la aparición de la identidad nacional turca moderna, por lo que conviene examinar en detalle sus antecedentes decimonónicos para después comprender mejor cómo se configura la ideología nacionalista sobre la que se legitima el nuevo Estado y se pretende construir una nación fuerte y homogénea.

El periodo “Tanzimat” y el surgimiento del otomanismo.

Es importante destacar la coincidencia temporal, para nada casual, del surgimiento del Orientalismo como discurso de dominación de Occidente sobre Oriente (2003: 6-8) con la decadencia del Imperio Otomano. No es una coincidencia casual precisamente porque el discurso orientalista como instrumento de dominación (la tercera acepción señalada por Edward Said), va de la mano con el encuentro colonial de las potencias europeas con el mundo árabo-islámico a partir de la expedición de Napoleón en Egipto. Incursiones coloniales en territorios formalmente otomanos que fueron posibles precisamente por el declive político, económico y militar del Imperio Otomano, que debilitaba su capacidad de control efectivo sobre las provincias más alejadas. Si bien es cierto que el Imperio Otomano siempre había sido un “otro” ajeno, antítesis de lo europeo (entiéndase cristiano) en tanto que su cabeza política, el sultán, era el califa de todos los musulmanes sunníes, a partir del s. XIX esta relación de oposición cambia de paradigma, pues ya no se trata de una potencial amenaza existencial para el mundo cristiano, sino que se empieza a percibir como un actor en decadencia susceptible de ser dominado. Este cambio de paradigma es consustancial al marco conceptual del Orientalismo, configurando una Europa moderna y poderosa y un Imperio Otomano atrasado y débil.

Esta narrativa del orientalismo europeo empezó a permear poco a poco entre las élites otomanas, que durante décadas habían obviado el paulatino declive del imperio desde su época de máxima expansión en el s. XVI, acelerando un proceso de modernización y reformas que se plantean como absolutamente necesarias para la propia supervivencia del imperio (Rodríguez López, 2007: 35-38). Así se inicia el periodo de Tanzimat[2] (1939-1976) que trata por un lado de introducir reformas institucionales para la creación de una estructura moderna de Estado, tomando como modelo las primeras reformas liberales de las monarquías europeas, mientras que simultáneamente se pretende conseguir la adscripción de las poblaciones bajo dominio del sultán con un patriotismo otomano transversal a la identificación tradicional con la comunidad religiosa o millet. De esta forma, las élites del imperio aceptaban tácitamente la condición atribuida por las potencias europeas como el “enfermo de Europa” (en 1856 el Tratado de París reconoce al Imperio Otomano como miembro de la comunidad de estados europeos), siendo la modernización la estrategia fundamental para evitar la dominación por parte de estos mismos estados a los que se toma como referencia, adoptando por tanto una postura ambivalente respecto a Occidente (Makdisi, 2002: 770).

Japón como inverosímil espejo donde mirarse

En este ambiguo proceso de imitación y rechazo simultáneo de lo occidental tanto las élites modernizadoras imperiales como las corrientes reformistas opositoras de los Jóvenes Otomanos encontrarán un improbable modelo a seguir en Japón (Worringer, 2004: 208-209). Este estado imperial del Lejano Oriente había experimentado también en la segunda mitad del s. XIX una larga serie de reformas modernizadoras durante la Era Meiji a la vez que mantuvo su esencia cultural oriental, con lo que había logrado no sólo mantener su independencia respecto a Occidente, sino también emerger como una gran potencia económica y militar, confirmándose como tal tras la victoria en la guerra contra Rusia en 1905. La idealización de Japón pasó a ser un lugar común entre las élites modernizadoras otomanos, y posteriormente también entre los nacionalistas turcos, tanto desde aproximaciones islámicas como seculares, dando lugar incluso a un nuevo movimiento de solidaridad pan-asiática (ibídem: 211).

La analogía del Imperio Otomano con Japón no cuestionaba sin embargo la base ontológica del Orientalismo, la división esencialista entre Occidente y Oriente como inherentemente diferentes, pero se negaba el carácter permanente de la superioridad occidental, puesto que Japón había demostrado cómo un poder no occidental podía modernizarse hasta igualar e incluso superar a otras potencias occidentales. Así, se pasó de la imagen del “enfermo de Europa” a la auto-representación como el “Japón de Oriente Medio”, especialmente después de que los unionistas o Jóvenes Turcos asumieran el gobierno en 1908 tras un golpe de Estado contra las prácticas absolutistas del sultán Abdul Hamid II (ibídem: 213).

La utopía otomanista que no pudo ser

En definitiva, durante la segunda mitad del s. XIX se construye poco a poco una nueva identidad otomana en términos plurinacionales e inclusivos, en base precisamente a la idea de modernidad. Así, los otomanos se configuran como una suerte de orientales modernizados, en contraste con poblaciones en la periferia del imperio, principalmente árabes, que no han sido aún “otomanizados”. Es interesante señalar en este punto como las élites japonesas, al igual que las otomanas, pese a auto-identificarse como no occidentales también distinguen otro Oriente más primitivo y separado de ellos (China y el resto de Asia), estableciendo una jerarquía racial intra-oriental (Bonnet, 2002: 171-172).

Esta concepción de otomanismo como identidad plural de carácter patriótico pero no nacional (es decir, defensa del Estado imperial pero no de una comunidad etno-cultural concreta) sufrirá un proceso de paulatina “racialización” y hacia finales del s. XIX lo otomano (esto es, lo moderno) comienza a asociarse de forma creciente con lo turco (Makdisi, 2002: 791-792). No obstante, los mensajes otomanistas no desaparecen en ese momento, sino que convivirán simultáneamente con otros abiertamente nacionalistas turcos en el heterogéneo discurso de los Jóvenes Turcos hasta incluso después de la derrota en la Primera Mundial y poco antes de la proclamación de la República (Rodríguez López, 2007: 45). Precisamente, este proceso no linear de construcción del nacionalismo turco sobre las bases del otomanismo es analizado en la segunda entrega de este artículo.

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Bbliografía

Bakiç-Hayden, M. (1995) “Nesting Orientalisms: The Case of Former Yugoslavia”, Slavic Review, 54 (4), 917-931.

Bonnet, A. (2002) “Makers of the West: National Identity and Occidentalism in the Work of Fukuzawa Yukichi and Ziya Gökalp”, Scottish Geographical Magazine, 118 (3), 165-182.

Makdisi, U. (2002) “Ottoman Orientalism”, The American Historical Review, 107 (3), 768-796.

Rodríguez López, C. (2007) Turquía. La apuesta por Europa. Catarata.

Said, E.W. (2003) Orientalism. Penguin Books. [Publicación original: 1978].

Worringer, R. (2004) “’Sick Man of Europe’ or ‘Japan of the Middle East’?: Constructing Ottoman Modernity in the Hamidian and Young Turk Eras”, International Journal of Middle East Studies, 36 (2), 207-230.

Referencias

[1] Aunque se ha posicionado abiertamente en este sentido principalmente en entrevistas también podemos encontrar algunas citas sobre este asunto en sus obras. “Estos cuatro amargos autores, con su compleja y creativa actitud ante el pasado y el presente, o, como les gusta decir a los occidentales, entre Oriente y Occidente,…”. Pamuk, O. (2006) Estambul: ciudad y recuerdos. Mondadory.

[2] En turco “regulación” y “organización”.

Alex Ciordia Morandeira

Doctorando en Sociología en la Universidad de Trento (Italia). Previamente, graduado en Derecho y Ciencias Políticas y máster en Estudios Árabes e Islámicos Contemporáneos, ambos en la Universidad Autónoma de Madrid. Ámbito de interés: política contenciosa, movimientos sociales, nacionalismos, sociología relacional, política de Turquía.

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