La religión ilustrada: Breve apunte sobre el papel del judeocristianismo en la educación y sociedad actuales (II/II)

Continuación de la primera parte.

 

Por José Antonio Santiago Sánchez

 

Se entiende por «laicismo» la autonomía de la esfera civil y política respecto de la esfera religiosa y eclesiástica.[1] Sin embargo, la etimología misma de la palabra «laico» (del griego laikós «proveniente del pueblo», a su vez de la raíz láos, «pueblo») hace referencia ya a una categoría prístinamente religiosa. En efecto, en las comunidades clericales (del griego kleron, «el elegido») los laicos eran aquellos miembros profanos que, por falta de capacidad o de alcurnia, ocupaban cargos menos dignos (hoy diríamos de «intendencia») dentro de la ecclesía, es decir, de la comunidad.

La mentada autonomía de la esfera pública o popular respecto a la esfera religiosa ha sido siempre, pese a lo que pueda parecer a oídos «profanos» un valor adquirido y reconocido por la Iglesia. Así lo señala la Nota Doctrinal, de 24.11.2002, de la Congregación para la Doctrina de la Fe la cual reconoce que el laicismo «pertenece al patrimonio de civilización alcanzado».

Ya Pío XII hablaba de la «sana laicidad del Estado». El Estado, podemos decir, es entitativamente laico, en cuanto, por exigencia de su propia naturaleza, la res pública no es sujeto posible de acto religioso alguno, es incompetente en cuestiones formalmente religiosas. Pero lo es justamente por cuanto, también por eso, el Estado es «lego» (de la misma raíz: láos) que ni entiende de, ni está, por lo mismo, legitimado para entender en asuntos doctrinales, institucionales, etc. de la ecclesía clerical. Lo que incumbe por tanto al Estado es garantizar la libertad religiosa, entendida esta, (y esto significa un punto decisivo) en tanto libertad «de conciencia».

Hasta tal punto es esto así que, en efecto, la laicidad ha de entenderse ante todo como condición y garantía del efectivo ejercicio de la libertad religiosa por parte de todos los ciudadanos en pie de igualdad. Para asegurar esta igualdad, la laicidad, que solo se da respeto de la pluralidad de opciones ante lo religioso, se traduce necesariamente en neutralidad. La religión, por tanto, se reduce a la esfera de la privacidad. Así, el laicismo reduce la religión a creencia individual, pues el individuo lego es incapaz de ser persona en la ecclesía. Se observa de este modo, como el laicismo se convierte en un modo por el cual no es el Estado el que se desentiende de la religión, sino por su propia etimología, más bien al revés: el modo por el que la Iglesia ignora al pueblo ignaro en cuestiones seculares. De este modo, como decimos, la neutralidad laica sería ya propiamente y por definición, eclesial.

Pero frente a la posición, bienvenida por la Iglesia, que reserva la religión al creyente interno más que al practicante externo, existe la idea de religión instaurada de facto en la sociedad civil de la que hemos hablado en un principio. De este modo, frente a lo laico se establece la alternativa de lo aconfesional, entendida esta no desde la tolerancia pasiva o neutral, sino, bien al contrario, desde una idea de religión esencialmente protagonista, para bien o para mal, de la sociedad civil. Por esa razón, el Estado no debe -ni de hecho puede de ningún modo- desentenderse de los asuntos clericales, debido a la influencia que estos han tenido y tienen de un modo indefectible en la sociedad civil. La religión resulta, desde esta óptica, una característica esencial de las distintas civilizaciones a lo largo de la Historia, su innegable valor antropológico y su enseñanza, por tanto, tan necesarios como las matemáticas, la biología o la física, cuando no se encuentra, como hemos dicho, intrínsecamente dada en muchas de ellas.

Llevando a buen puerto la feliz distinción orteguiana entre ideas y creencias, se comprueba como el humus laicista domina mayoritariamente en las sociedades occidentales, convirtiendo la religión en una mera «tenencia» subjetiva y consciente, y no en un hecho en el que «se está». El problema es que esta tesis, aplicada en gran medida a religiones distintas de la cristiana, como es el caso del islam, se sitúa en la base justificadora de posturas que defienden el uso del velo por parte de ciertas alumnas musulmanas en la enseñanza pública de hoy día, así como la negación de realizar ciertas actividades físicas en la escuela, apelando a la justificación interna e hipostasiada de una conciencia religiosa que se lo prohíbe. Del mismo modo, es frecuente apelar a valores ilustrados como el de la libertad, ya mencionado más arriba. Siendo así las cosas, un individuo perteneciente a la secta llamada de los Testigos de Jehová, apelando a su libre conciencia, podría legitimar, por ejemplo, la libre y consentida prohibición de realzar transfusiones de sangre en el caso de un accidente grave. Pero siguiendo la misma base argumental, si esa libertad fuera incluso ejercida por la suma de la mayoría democrática de los padres del AMPA de un colegio o instituto de enseñanza secundaria (todos ellos públicos, se entiende) ello podría realizarse a un nivel más general.

Del mismo modo, la festividad de Moros y Cristianos se viene descafeinando en Alicante, llegando incluso a alterar sumisamente la historia y escenificando una paz entre iguales, cristianos y moros, sin vencedores o vencidos, todo ello para no herir la sensibilidad de estos últimos.

Tampoco parece resultar ya escandaloso llegar a censurar una escena de la ópera Idomeneo de Mozart, representada en 2006 en Alemania, en la cual el rey de Creta presenta las cabezas decapitadas de Jesús, Buda y el dios griego Poseidón[2], sin que el auditorio pudiera llegar al clímax de la misma, por motivos de “tolerancia religiosa”. Asimismo, no sería extraño poner en duda la explicación de las teorías evolucionistas o de la teoría del Big-Bang[3] en el seno del propio sistema educativo aduciendo la posibilidad de «herir la sensibilidad» individual de alumnos u oyentes. Desde la década de 1920 se prohibió en varios estados de los EEUU la enseñanza de la teoría de la evolución de las especies, y a partir de 1960 surgió una nueva ofensiva clerical contra la teoría de la evolución, que dio lugar a varios episodios. Uno fue el juicio del juez William Overton sobre la constitucionalidad de una ley que pretendía dar igual tiempo en las escuelas a la enseñanza de la visión creacionista, primer caso en que la cuestión de cientificidad de una teoría era sometida a una decisión judicial.[4] Todo ello, como es natural, choca directamente con las competencias del Estado.

Sin embargo -y este un argumento felizmente repetido cada vez con más frecuencia- nadie consentiría en apelar a sus creencias para obstaculizar la enseñanza del nazismo en un centro de enseñanza secundaria, apelando a la justificación moral de la mayor catástrofe del siglo XX. Se trataría incluso de lo contrario: de hacer memoria. Del mismo modo, ¿por qué no hacerlo con la religión? ¿No sería acaso su enseñanza el fundamento mismo para su posterior crítica desde posiciones ateas o anticonfesionales, como lo sería para valorar sus mismos méritos morales por parte de ciertas posturas confesionales? ¿No es preciso acaso conocer al diablo para combatirlo, sea este ángel caído o revolucionario inmortal? El gran director español Luis Buñuel solía decir: «ateo soy, gracias a Dios». Y en el siglo II antes de Cristo (y no antes del paso del Rubicón o de la toma de Constantinopla) el comediógrafo Terencio dijo: Homo sum et nihil humanum a me alienum puto. «Humano soy y nada de lo humano me es ajeno». Esa debería ser, en gran medida, una de las consignas de toda educación. Pues la religión puede y debe entenderse sobre todo igualmente desde posturas confesionales y aconfesionales, como un asunto humano.

Del mismo modo que la religión ha formado parte ab ovo de la culturas humanas, también lo han hecho los oráculos. Octavio Paz solía decir que desde que el hombre es hombre, este siempre ha consultado a los astros. Los helenistas de las más variadas orientaciones han puesto de manifiesto la importancia cultural y social que el oráculo de Delfos poseía para la Hélade en tiempos de Sócrates. ¿Significa eso que las astrología o las más variadas «mancias» (del griego manteía, adivinación, así la: nigromancia, quiromacia, onicomancia, oseomancia, cartomancia o tarot…etc.) han de estar presentes en los planes de estudio? Y sin embargo, se trata de modelos que suponen millones de euros en volumen de negocio, y resultan de gran una importancia social por el gran mercado que son capaces de mover. Se trata, precisamente, de una cuestión de educación. Es por ello que conviene distinguir a qué nos referimos cuando hablamos de «enseñanza de la religión».

Habría en este caso que invertir la perspectiva de Ortega: las creencias las tenemos en tanto hipóstasis subjetivas. En cambio, vivimos inmersos en las ideas objetivas disueltas en la realidad. Lo cierto es que el laicismo está resultando en parte el resquicio por el que la religión, enclaustrada en el sancta sanctorum de la interioridad, podría estar penetrando peligrosamente en las democracias occidentales.

Y sin embargo, desde el momento en que el Estado se erige en formador objetivo de valores morales, entonces es cuando entidades como la Iglesia, protagonista tradicional de dicha formación, muestra su cara más díscola y contestataria, así como su cariz más objetivo e institucional, y no espiritual o interiorista. Eso es lo que sucedió con la ya pasada implantación en la Unión Europea de la asignatura Educación para la Ciudadanía, la posterior Valores Éticos, alternativa a religión confesional  y la persistente negativa de la Conferencia Episcopal española, llegando incluso hasta a promover la objeción de conciencia.

Y es que las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, después llamadas «libertad, igualdad y fraternidad» vuelven formar un nuevo catecismo por parte de la nueva religión ilustrada y laica, cuyos protagonistas en esta Europa cada vez más escéptica son unos estados que, a la postre, no pueden más que instruir en valores éticos abstractos o en dogmas de fe democrática, siendo incapaces de tratar con la Banca Mundial cuando no cómplices de la Misma.

Pero la lechuza del conocimiento sigue levantando, en el atardecer de los tiempos cumplidos, el vuelo. Y a diferencia de otras especies, ella nunca puede ni quiere realizar prospecciones, así como tampoco es su misión valorar lo venido o por venir. Pues ella emprende el vuelo solo a hombros de humanos, este o aquella; María o José. No sabemos lo se hará del porvenir, como sí lo sabrían los dioses. Y sin embargo, nada de lo humano, y menos los dioses, nos es ajeno.

 

—-

OBRAS CITADAS Y REFERENCIAS:
– ALONSO, Dámaso (1968): La poesía de san Juan de la Cruz (desde esta ladera). Madrid: Aguilar.
– BUENO, Gustavo (et alt.).(2008): Dios salve la Razón. Madrid: Ediciones Encuentro. pp. 57-92.
– FERRATER MORA, José (1988): Cuatro visiones de la historia. Madrid: Alianza.
– LÓPEZ TERRADA, M. Luz: «El hospital como objeto histórico». En Revista d’História Medieval, 7, (1996). pp. 192-204 [en línea]  http://centros.uv.es/web/departamentos/D210/data/informacion/E125/PDF167.pdf.
– MUÑOZ SERRULLA, M. Teresa, (2005): Francisco Piquer y la creación del Monte de Piedad de Madrid (1702-1739). Madrid: Servicio de Publicaciones de la UCM. <en línea> http://eprints.ucm.es/tesis/ghi/ucm-t28042.pdf.
– SCHOIJET, Mauricio: «El fundamentalismo protestante y la resistencia tardía contra la teoría de la evolución en Estados Unidos». En Estudios Sociales, 8, (2004), pp.67-93. <en línea> http://www.publicaciones.cucsh.udg.mx/pperiod/estsoc/pdf/estsoc_4/Secciontematica2.pdf.

——-

[1] Sobre el término Laicismo vídhttp://www.fgbueno.es/med/tes/t062.htm.
[2] El director Han Neuenfels decidió no incluir dicha escena en la representación tras el escándalo, ocurrido en septiembre de 2005, por el que el periódico danés Jyllands-Posten imprimió doce caricaturas humorísticas del profeta Mahoma y que originó protestas violentas alrededor de todo el mundo. De hecho, ese mismo año la ópera de Berlín abandonó la propuesta de llevarla a los escenarios. Esta decisión generó reacciones opuestas en la capital alemana y la propia canciller Angela Merkel llegó a pronunciarse al respecto, mostrando su insatisfacción tras la cancelación.
[3] Dicha teoría se establece a partir de observaciones y avances teóricos. Por medio de observaciones, comenzadas en la década de 1910 por cosmólogos y astrónomos como Vesto Slipher o Carl Wilhelm Wirtz. Su envoltura teórica la constituye en gran medida la teoría de Albert Einstein sobre la relatividad general, en coordenadas cosmológicas no cabe la idea del Universo estático. De hecho, fue precisamente un jesuita, el padre belga Georges Lemaître el cual, a principios de los años treinta del pasado siglo, propuso la tesis de que el Universo se inició con la explosión de un átomo primigenio, lo que más tarde se denominaría «Big Bang».
[4] SCHOIJET, Mauricio: «El fundamentalismo protestante y la resistencia tardía contra la teoría de la evolución en Estados Unidos». En Estudios Sociales, 8, (2004), p. 67.
Jose Antonio Santiago Sanchez

Madrid,España, Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid, Profesor de Secundaria en Madrid y Extremadura, Actualmente es jefe departamental en el IES Juan de Padilla de Illescas (Toledo)

Be first to comment