La religión ilustrada: Breve apunte sobre el papel del judeocristianismo en la educación y sociedad actuales (I/II)

 

Por José Antonio Santiago Sánchez

1.-

Yo me llamo José. Ella se llama María. Si la religión cristiana no tuviera lugar en la sociedad, la mayoría de nosotros nos llamaríamos de otra manera.

Si la religión fuera expulsada de las aulas, como quieren tantas y tantas plataformas que abogan «por una enseñanza laica», quedaría expulsada de la asignatura de Biología el origen mismo de la genética, fundada como se sabe, por el monje agustino Gregor Johan Mendel (1822-1884). El gran científico y filósofo Roger Bacon (1214-1294) no podría estudiarse, pues fue monje, así como también lo fue Copérnico, cuyo libro De Rebolutionibus orbium coelestium publicado en 1543, año de la muerte del científico polaco, fue condenado por parte de la Iglesia debido a que determinó la definitiva instauración del sistema heliocéntrico.

Tampoco tendría lugar en las aulas la figura del padre jesuita G. G. Saccheri (1667-1733), precursor de las grandes revoluciones representadas por las geometrías no euclidianas. O la filosofía de Tomás de Aquino y Agustín de Hipona. Pese a todo, el pensamiento panteísta de Spinoza o de Xavier Zubiri, el cual decía «ver a Dios en todas las cosas» sí podría enseñarse, pues ninguno de ellos profesó la vida religiosa.

Si la religión fuera eliminada de la enseñanza, la asignatura de música se vería privada de la inmensa parte de la obra de Bach, las grandes misas de Beethoven o Mozart, así como el papel íntegro del más renombrado compositor español de la historia de la música, con toda su obra de carácter religioso, Tomás Luis de Victoria (1540-1611). En literatura, las figuras de Teresa de Ávila, el arcipreste de Hita, fray Luis de León o Juan de la Cruz no podrían estudiarse. De hecho, en un libro ya clásico, Dámaso Alonso afirma «desde esta ladera», que este último es «el mejor de los poetas de lengua hispánica”.[1] Y lo dice «desde esta ladera», es decir, con criterio profano, técnico, poético, conceptual, no religioso o místico. Es por lo que, aunque es innegable que en el propio poeta y en todos los demás nombres que hemos mencionado, el componente religioso es en gran medida inseparable de su tareas intelectuales o artísticas, ambas perspectivas pueden separarse a la hora de estudiarlos.

Por no hablar de la asignatura de Historia: gran parte de las estrategias políticas que han modificado el mapa de Europa durante siglos, así como innumerables y determinantes guerras que han asolado Europa, han tenido un carácter religioso, cuando no han sido directamente protagonizadas por el Papado. En la asignatura de Arte, la casi práctica totalidad de los monumentos, edificios, obras pictóricas de los siglos V a XVIII quedarían fueran de las escuelas primarias o secundarias. De hecho, estilos artísticos como el gótico o el barroco estarían prácticamente eliminados de los programas de estudio.

Si la religión desapareciera de la enseñanza y, por ende, de la sociedad, habría que modificar los calendarios que planifican los trimestres en función de las fiestas de Navidad o Semana Santa. Eso sin contar las fiestas patronales, todas ellas celebradas bajo el nombre de santos o santas, por lo cual desaparecerían, todo sea dicho, la mayoría de los deseados «puentes» o fines de semana prolongados.

De hecho, el origen de lo que en gran medida, han sido los grandes servicios sociales del llamado «Estado del bienestar» han tenido un origen eclesiástico, cuando no están directamente basados en su mayor parte a partir de virtudes tan eminentemente cristianas como la caridad. Los hospitales, por ejemplo, deben en gran medida su existencia a las instituciones religiosas que practicaban la ayuda a los necesitados.[2] El espíritu del sistema público de pensiones, por ejemplo, se encuentra muy vinculado a los llamados Montes de Piedad, originados en el norte Italia durante el s. XV. Los Montes de Piedad, antecedentes en parte del sistema bancario contemporáneo, surgieron también –al igual que los hospitales- como entidades benéficas, precisamente para combatir la usura.[3] Dichas entidades concedían empréstitos a los necesitados sin interés alguno. Se trata de un espíritu al que, todo sea dicho, no podría adscribirse hoy día la Banca actual, heredera de aquellas.

Lo cierto es que la institución de la Iglesia en Occidente ha desempeñado durante siglos el lugar de reunión social para toda población civil. No existe pueblo o localidad sin el templo en el que, a través del culto, la sociedad fortalecía sus lazos y se cohesionaba como un todo. Se trata de un evidente hecho antropológico que se constata en todas las culturas, así como en la situación central que, junto a la fuente, ocupan hoy día las iglesias en toda urbe española y europea, sea esta del tamaño que sea. Esto es solo un ejemplo, no solo del absurdo, sino de la imposibilidad material misma de suprimir el papel que la religión ha tenido y tiene en todas las sociedades sin excepción.

Por ello, y al contrario de la actitud que las numerosas plataformas pro-laicistas sostienen, no se trata de vindicar dicho papel, sino de mostrar la inviabilidad misma de toda propuesta que pretenda separar la religión de la educación, y asimismo, de la sociedad civil. Podría decirse que la religión en general, y la Iglesia en particular, por ejemplo, a través de la Inquisición, han sido protagonistas de latrocinios, asesinatos o masacres. Pero también grandes monarcas o movimientos como el nazismo lo han hecho y eso no los priva de formar parte de los libros de historia.

Resulta innegable que hoy día la Iglesia, además de constituir la institución más importante y longeva de la historia de la Humanidad, ejerce un papel decisivo en la llamada «cooperación para el desarrollo». Se trata de la más importante y activa ONG durante siglos. Sin embargo, esta misma institución, a través de sus participantes, es incapaz de dar a conocer el uso de preservativos para prevenir muertes por SIDA en algunos países de África. En el documental La pesadilla de Darwin (Hubert Sauper, 2004)[4] se muestra cómo en los alrededores del lago Victoria (que baña los países de Uganda, Tanzania y Kenia), el índice de muertos por el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida se cobra la vida de 2,5 individuos cada mes, debido al contagio que las prostitutas adquirieron por parte de los europeos que acuden a explotar los recursos del lago y que posteriormente, propagan a través de los varones nativos, los cuales viven sumidos en la más absoluta ignorancia respecto a dicha enfermedad, por lo que desconocen cualquier modo de profilaxis a la hora de mantener relaciones sexuales. Los misioneros que se afanan en su cuidado les niegan, sin embargo, los medios que al menos podrían salvar sus vidas, a falta de una correcta y necesaria educación sexual que para los religiosos constituye un pecado enseñar. Por ello y a pesar de las justificaciones de la Iglesia oficial,[5] no es difícil ver en dicha omisión una complicidad tácita de dichas muertes. Y sin embargo, se trata de la misma institución, la Iglesia, que siglos antes colaboró decisivamente en la propagación del español en América hasta convertir a la lengua de Cervantes en una de las más importantes del Globo. Pero la historia misma está llena de estas paradojas.

 

2.-

 

José Ferrater Mora señala que solo puede considerarse la Historia (en tanto conciencia histórica) bajo las coordenadas cristianas, o más concretamente hebraicas.[6] En otras culturas, si bien puede hablarse de una realidad desarrollada históricamente, esta existe solo en tanto reducida a alguna realidad no histórica. Así sucedería en civilizaciones como la china o la india. Para la cosmovisión judeo-cristiana, lo histórico no resulta algo dado «en» algo atemporal, sino que es histórico en sí mismo. Para san Agustín, por ejemplo, los acontecimientos de la Creación, la Caída y la Redención se sitúan como los momentos de lo que Jaspers hubo llamado el «tiempo-eje». De este modo, la idea de progreso, una de las claves para entender la Ilustración y en general la civilización occidental, se incluye dentro de una concepción eminentemente lineal del tiempo, propia del cosmos judeocristiano.

De hecho, el proyecto ilustrado se ha desvelado en los últimos años dentro de unas coordenadas que tienen que ver más con la Ciudad de Dios agustiniana que con un paradigma propiamente secular. Y ello, justamente porque resulta en el «siglo» necesariamente hereditario de la visión teocéntrica medieval que, no en vano, ocupó un milenio de la Historia Universal y que tradicionalmente ha sido barrido del panorama universal en tanto Edad Oscura.

La razón ilustrada se atiene al racionalismo del siglo XVII, cuya concepción de la razón se encuentra esencialmente fundada en la existencia misma de Dios. Así sucede, con todas sus meritorias modulaciones, en Spinoza o Leibniz, así como en Descartes. De hecho, la célebre fórmula según la cual el sujeto moderno nace con el Cogito cartesiano puede parafrasearse dentro de otra no menos célebre sentencia crística: «Yo soy el camino, la verdad y la vida»[7]. Se trata igualmente de concebir al ego como método para lograr la verdad. Y ello en un sujeto trascendental que lo es por en tanto Hijo de Dios. De hecho, la conocida transición del teocentrismo al antropocentrismo con la que parece ofrecérsenos tradicionalmente la clave del paso de la Edad Media a la Edad Moderna resulta poco menos que cuestionable, pues dicho antropocentrismo ya resulta establecido desde un sujeto creado a imagen y semejanza de Dios y situado, por tanto, en el centro de dicha creación.

Del mismo modo que en san Agustín el mundo judeocristiano se concibe como un todo, solo desde su historicidad, pues «la realidad creada es histórica solo porque es a la vez teológica».[8] Del mismo modo, para la Ilustración la historia no tiene que ser solo total, sino que, además, poseer un sentido, un plan de desarrollo. En la búsqueda por el sentido de la historia, Agustín ve que ésta «no puede explicarse por algo ajeno a ella, pues en tal caso se desvanecería su realidad. Por el otro, no puede explicarse por sí misma, pues en tal caso carecería de sentido buscarle un fin».[9] Habrá que figurar algo que la trascienda y que sea capaz de mantener su presencia y su prestancia.

De allí, que la razón de ser de la historia es cimentada en la divinidad, la cual «sabe qué debe procurar en cada momento, qué añadir, quitar, sustraer, transmitir o limitar»; lo cual será necesario para ver a la misma en tanto totalidad. Por ello, Agustín propondrá dos tareas: una será teologizar la historia, o sea, ver lo histórico desde la teología; otra será «historizar» la teología, en donde la realidad misma es histórica porque es teológica. Justo lo que hace la ilustración desde una razón autónoma que solo tras la postmodernidad se ha diagnosticado como razón totalitaria.

Y lo es porque, al igual que ocurría en san Agustín respecto a Dios, existe la necesidad ilustrada de determinar racionalmente la realidad, así como la técnica ha de gobernar la naturaleza. Para que la razón pueda gobernar es preciso robar un espacio a la historia, un papel en blanco en el que sea posible dictar leyes, en el que sea factible el Estado de Derecho. Si ciertas realidades pueden considerarse racionales es porque precisamente no han sido conformadas o producidas por el curso de las cosas, sino decididas, convencidas o educadas desde un lugar a salvo de ellas: este lugar, en la perspectiva del siglo se sitúa en Dios, mientras que en la Ilustración es la Razón misma. He aquí la diferencia esencial con el racionalismo del siglo XVII: la razón ilustrada autónoma y secularizada, se desvía para muchos, como sostiene Gustavo Bueno, de la analogía respecto a la razón divina, como sucedería según el modo platónico, y comienza a decantarse por una razón, diríamos, más «mundana», aunque heredera, como hemos señalado, de aquella.[10] De hecho, el sujeto que los Derechos Humanos universales propuesto tras la Revolución ilustrada francesa no se encuentra ajeno al sujeto creado a imagen y semejanza de Dios. La idea de Hombre en tanto in-dividuo concebido como un sujeto dotado a priori y esencialmente de una serie de derechos y dignidades inalienables (esto es, «sagradas», a partir de fundamentos transhistóricos) se adapta como traje a medida respecto la única concepción similar de sujeto universal construida en Occidente: la «persona humana», distinta por ello mismo, de la trinitaria Persona Divina. Así aparece en la conocida representación de la Declaración Universal de los Derechos del Hombres y del Ciudadano aprobada por la Asamblea Nacional Constituyente francesa el 26 de agosto de 1789. En ella, la tabla de los derechos aparece «nimbada» del triángulo con el ojo divino acompañado a cada lado de dos figuras simbólicas, una más mitológicamente grecolatina, y otra más angélicamente cristiana dotada de alas.

Es por ello que el Papa Pio VI condena dicha Declaración en 1791: solo la Iglesia como poder de Dios en la tierra puede proclamar urbi et orbi (aunque solo se dirigiera, en principio aux representants du peuple françois) tamaña Ley, la cual aparece como la legislación misma de la Civitas Dei agustiniana cumplida en la intrahistoria humana. Algo en principio solo propio de las élites divinas, no de hombres.

 

[1] ALONSO, Dámaso. (1968): 18.

[2] LÓPEZ TERRADA, M. Luz: [en línea] <fecha de consulta: 19/02/2011>.

[3] Vid. MUÑOZ SERRULLA, M. Teresa, (2005): Francisco Piquer y la creación del Monte de Piedad de Madrid (1702-1739). Madrid: Servicio de Publicaciones de la UCM. <en línea> http://eprints.ucm.es/tesis/ghi/ucm-t28042.pdf [fecha de consulta: 22/02/2011]

[4] http://tu.tv/videos/la-pesadilla-de-darwin-2004-documental

[5] El médico y sacerdote francés Jacques Saudeau, del Pontificio Consejo para la Familia, explicaba en un artículo de L’Osservatore Romano (5 abril 2000) qué está haciendo la Iglesia en África en la lucha contra el SIDA.

[6] FERRATER MORA, José. Cuatro visiones de la historia. Madrid: Alianza, 1988, p. 15.

[7] Jn. 14: 6-9.

[8] Op. cít. p. 19.

[9] Op. cit. p. 37.

[10] Bueno llega a decir que la débil razón postmoderna, desde la cual el escepticismo universal, el nihilismo, el relativismo, el subjetivismo psicologista, etc.., los cuales «tras enfrentamientos mutuos, han ido emulsionándose, complicándose, fragmentándose, y desviándose de sus propios cursos originarios» han venido a curarse sobre todo a partir de «la fe en el Dios omnisciente y humano de la Teología cristiana como una medicina que ha salvado y aún puede seguir salvando (…) de esa dolencia extrema de la razón». En efecto, según Bueno, la razón postmoderna, heredera en gran medida de la Ilustración, ha dejado definitivamente de lado «cualquier complicación escolástica, sobre si la razón tenía o no una estructura silogística, retenía su condición general de “facultad espiritual intelectual” que capacita a los hombres para alcanzar conocimientos superiores, claros y distintos» Vid. BUENO, G. (2008): 91 y 81 respect.

 

Jose Antonio Santiago Sanchez

Madrid,España, Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid, Profesor de Secundaria en Madrid y Extremadura, Actualmente es jefe departamental en el IES Juan de Padilla de Illescas (Toledo)

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