¿Qué es ser políticamente incorrecto frente a la crisis de la globalización neoliberal?

Por Hugo Garciamarín Hernández

El pasado lunes estuve una mesa de discusión en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, México, en la que se habló sobre las “nuevas actitudes políticas” que han surgido últimamente, en específico Donald Trump, Brexit y Marine Le Pen en Francia. Al respecto, me pareció que valía la pena reflexionar sobre estas actitudes políticas que son denominadas por algunos como lo “políticamente incorrecto”. En mi opinión, aunque no estoy muy de acuerdo con el famoso political correctnes, me parece interesante reflexionar… ¿qué es ser políticamente incorrecto frente a la crisis de la globalización? ¿Por qué surgen personajes como Donald Trump y Marin Le Pen? ¿Su comportamiento es similar al de sus “homólogos”, como Bernie Sanders o el mismo Pablo Iglesias en España?

Considero que para comenzar a hablar sobre lo políticamente incorrecto, primero es necesario entender qué es lo políticamente correcto y sus repercusiones en la política actual, en específico, en la forma en la que se entiende cómo debe ser y todo lo que se desarrolla en torno a ella. Entiendo lo políticamente correcto como el establecimiento de conductas que se consideran apropiadas dependiendo el contexto. Por ejemplo, la forma en la que uno debe dirigirse al público en una ponencia, el comportamiento que uno debe de tener en una cena de gala o cómo debe dirigirse uno a sus mayores. En esencia, lo políticamente correcto es un entendimiento generalizado de cómo los individuos deben interactuar entre ellos.

Ahora bien, en política, lo políticamente correcto gira en torno a los contenidos propios del comportamiento político, “las formas de hacer política” y las políticas que emergen de ellas. En democracia, para ser más precisos, lo políticamente correcto es ser tolerante, respetar las diferentes características de los demás (raza, sexo, género y otras condiciones consideradas, erróneamente, minoritarias), y comportarse dentro de los límites institucionales que la rigen. Cabe agregar, para ser más precisos y ya adentrarnos  de lleno en el tema que nos atañe, que lo políticamente correcto se encuentra íntimamente ligado a formas del discurso y del lenguaje. Siguiendo el ejemplo de la democracia, el discurso políticamente correcto debe  ajustarse a ciertas “reglas”: debe ser tolerante, sensible a las diferencias y, a pesar de posturas duras o contrarias a las de los demás, debe realizarse con respeto.

Contrariamente a lo anterior, lo políticamente incorrecto se sale de los límites de lo establecido, es decir, corresponde a actitudes que no se encuentran dentro del entendido generalizado de cómo debe ser el comportamiento humano. En este sentido, en democracia, lo políticamente incorrecto es no ser respetuoso, no ser tolerante y no tener consideración alguna hacia el otro.

Antes de proseguir, vale la pena preguntarse: ¿cómo es que se llega al entendido generalizado de que algunas cosas son correctas y otras no? En concreto, ¿cómo se construyen las ideas políticas de lo correcto, tanto en políticas públicas y económicas, como en el comportamiento político? ¿Es, en realidad, un entendimiento generalizado desarrollado mediante consensos o, en su defecto, son prácticas impuestas por ciertas visiones dominantes que establecen cómo debe desarrollarse la política?

Para responder estas preguntas, reflexionaré un poco sobre la visión hegemónica del mundo en los últimos años hasta hoy día: la globalización neoliberal. El neoliberalismo, como toda idea, pretendía ser universal a pesar de representar sólo una perspectiva sobre cómo debe ser el mundo, es decir, buscaba ser una idea que pudiera considerase como “la correcta”. A través de los años, esta idea se volvió dominante y no sólo se consolidó como la ideología hegemónica en materia económica sino, incluso, en el comportamiento político. Me explico.

El neoliberalismo, siguiendo a Fernando Escalante[1], es una idea de mundo que tiene tres postulados principales: primero, el convencimiento de que el mercado es insuperable moral y técnicamente y, por lo tanto, es la mejor forma de organización; segundo, la claridad de que existe una supremacía de lo privado sobre lo público; y tercero, la noción de que si el mercado es la mejor forma de organización, entonces debe existir un mercado internacional en el que puedan circular libremente las mercancías y aprovecharse la mano de obra barata. Ahora bien, esta visión hegemónica no sólo se desenvuelve en la esfera económica, sino también en la esfera política, por ejemplo, la democracia. En los últimos años se entiende que la democracia siempre es perfectible y que hay mejores democracias que otras y, por lo tanto, hay mejores lugares en dónde invertir que otros, pues la democracia debe garantizar el libre flujo del capital y la seguridad de quienes invierten. De esta forma, siguiendo la lógica de mercado, las democracias pueden y deben someterse a competencia: así surgen conceptos como Calidad de la Democracia, con el que se establecen algunas características que deben de tener las democracias “correctas”, es decir, instituciones fuertes, elecciones libres, Estado de Derecho y, además, estándares de comportamiento político: pluralidad, tolerancia y otras características.

La pregunta aquí es si esta visión del mundo se consolidó de manera pacífica o si su implementación y “convencimiento” se dan violentamente. Por ejemplo, la globalización, a pesar de algunos beneficios como la facilidad de interacción entre individuos de diferentes lugares del mundo, trajo consigo una idea “universal” de ciudadanía que se contraponía a las prácticas de diferentes culturas. No por nada un gran problema actual es la forma en la que se desenvuelven distintas culturas en un mismo espacio (pienso en las comunidades indígenas en América Latina, los musulmanes en el mundo occidental o los asiáticos que se han desplazado a diferentes países de Oceanía).

De igual forma, el discurso de democracia “como correcta forma de organización” se ha transformado en un pretexto para imponer una visión del mundo en sociedades que no comparten esta premisa. Poniendo otro ejemplo, en nombre de la democracia y el desarrollo, se justifican un gran número de invasiones y de intervenciones militares. Hoy día no hay guerras entre países democráticos, sino entre países que tienen democracia y los que no.

Por otra parte, las políticas propias de la globalización neoliberal se contraponen a la premisa de que la democracia traería más y mejor desarrollo. Para darse cuenta de esto basta con ver lo que ocurre con países miembros de la Unión Europea o en los Estados Unidos: mientras se habla de la democracia como la mejor forma de gobierno para la gente, se realizan recortes en materia de salud, educación y se implementan políticas laborales que sólo precarizan el trabajo. Esto provoca que, aprovechando la dinámica de la globalización, se desplacen más personas de un lugar a otro para encontrar mejores condiciones de vida, lo cual a la larga trae problemas de adaptación, de integración y de recepción de los países a los que viajan. Además, por si esto fuera poco, a todas estas implicaciones hay que agregarle la corrupción desmesurada de las élites y de los partidos políticos, lo que genera desconfianza, crisis de representación y una crítica severa no sólo hacia el gobierno sino a la democracia misma: a esto le llaman democracia y no lo es, diría la indignación europea.

Así pues, el discurso de lo políticamente correcto tiene dos caras: por un lado, la cara propia del comportamiento político democrático, es decir, formas de expresarse, de incluir al otro en la vida pública y en el sistema jurídico; y por el otro, la cara propia de las “políticas correctas” que, en la realidad, son profundamente violentas: desarrollo, competencia, “perfeccionamiento y extensión del mercado” mediante recortes al gasto público, privatizaciones, tratados internacionales desiguales, guerras, desplazamiento de personas y el enriquecimiento de unos cuantos. El discurso hegemónico de lo políticamente correcto gerencia la violencia.

Lo anterior me lleva a pensar, siguiendo a Claudio Lomnitz[2], que al ser el discurso neoliberal tan agresivo, su contraposición es igual o incluso más agresiva.  La imposición de que los valores democráticos más esenciales (y benéficos) sólo se pueden realizar mediante una democracia asociada a la globalización y al mercado (con todo y lo que esto implica), ha provocado que surjan propuestas que discursivamente se muestran contrarias y cuyo lenguaje suele estar “fuera de lo común”: en pleno siglo XXI, han surgido fenómenos que podríamos definir como neosocialistas y neofascistas o, si se prefiere, populismos igualitarios y populismos xenófobos nativistas.

Estas fenómenos suelen caracterizar su crítica mediante un diagnóstico apropiado a la crisis de la globalización, que describí anteriormente, pero, además, cuestionando los estándares de lo que es “correcto”. Esto se puede dar, pienso, debido a que lo correcto está asociado a la desigualdad: si lo “tradicionalmente correcto” se caracteriza por la corrupción, las políticas precarizadoras y por la poca representación; entonces lo irreverente, lo políticamente incorrecto, pasa a ser una forma de rebelarse contra lo injusto. Ser políticamente incorrecto es una cuestión de decencia cuando lo correcto es algo que violenta a la mayoría (aunque contenga algunos estándares deseables, como los valores igualitarios que resalté con anterioridad).

Un ejemplo de esto es el caso de Podemos en España. Pablo Iglesias, quien hoy día sigue siendo el líder de la organización, es un político que mientras propone un país más igualitario, con más gasto público y sin corrupción, rompe con lo tradicional: su vestimenta, su cabello largo y la forma en que se expresa, rompe con la cotidianidad de la política española caracterizada por los hombres de traje y las mujeres con vestidos largos que llegan hasta la rodilla. Además, dice cosas que “no cualquiera se atrevería a decir”. No por nada el escándalo en el parlamento cuando advirtió a Pedro Sánchez que se cuidara de los malos consejos de Felipe González, “quien tiene el pasado manchado de cal viva”. ¡No era políticamente correcto decir eso!

Otro ejemplo es el de Donald Trump. El magnate se presentó en la política estadounidense como un bravucón, “políticamente incorrecto”, que no le importaban los estándares de la política convencional y que decía lo que pensaba. A su vez, fortaleció esta imagen con un discurso que atentaba contra los estándares propios de la democracia: el problema de los Estados Unidos es que las élites han permitido que minorías ajenas crezcan a costa de los nativos estadounidenses. Por ende, lo mejor para solucionar este problema es quitarle “privilegios” a esas minorías en favor de los ciudadanos nacionales: mejorar la seguridad nacional e internacional, expulsar inmigrantes musulmanes y construir un muro en la frontera de México y Estados Unidos para evitar que lleguen asesinos, violadores y gente corrupta. ¡Además esa calaña tiene que pagar el muro!

Ahora bien, ya para casi terminar, es importante señalar que, como se vio en el ejemplo anterior, no es la misma intención de “lo políticamente incorrecto” en propuestas como la de Pablo Iglesias que las de Donald Trump. Aunque las dos partes muestran una actitud irreverente frente a lo correcto, persiguen intensiones muy diferentes. En el caso de Podemos, y otras fuerzas políticas afines, buscan corregir las políticas económicas y las prácticas políticas nocivas, como la corrupción, sin afectar los contenidos democráticos que “sí” son valiosos dentro de la globalización, es decir, la aceptación de que somos iguales pese a nuestras diferencias y que es posible que todos se puedan desarrollar en una sociedad igualitaria donde persista el respeto a la identidad del otro.

Mientras tanto, en el caso de Trump, la intención es acentuar las desigualdades: su actitud política no se basa, aunque lo aparente, en un rechazo a las desigualdades propiciadas por el modelo económico, sino a los valores democráticos que se han construido a la par de éste. Trump critica la globalización por permitir la libre circulación de personas y por dejar que minorías, ajenas a “su nación y que atentan contra sus costumbres”, puedan ser parte “del sistema”. El presidente de los Estados Unidos quiere una democracia en la que las minorías sean tratadas con desprecio.

En conclusión, hoy está en disputa establecer qué es lo que “debe ser correcto” en el mundo o, mejor dicho, cuál será la visión hegemónica del mañana. Lamentablemente, por el momento, con el triunfo del presidente de los Estados Unidos, está ganando la perspectiva xenófoba. ¿Llegará un momento en el que la discriminación, el racismo y el desplazamiento de las minorías se conviertan en “lo políticamente correcto”? Me gusta pensar que hemos llegado a un punto de no retorno y, a pesar de los Donald Trump del mundo, persistirá la idea de que eso es condenable. No obstante, no es seguro que esto se mantenga así si no modificamos los orígenes de la rabia que llevó al magnate a ser presidente de los Estados Unidos: un sistema económico desigual que afecta a la mayoría mediante guerras, políticas económicas voraces y el enriquecimiento de unos cuantos a costa de la gente.

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Referencias

[1] Fernando Escalante, Historia Mínima del Neoliberalismo, México, D.F: El Colegio de México, 2015.

[2] Claudio Lomnitz, La nación desdibujada: México en trece ensayos, Barcelona, España: Malpaso ediciones, 2016.

Hugo A. Garciamarin Hernandez

Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Máster en Ciencia Política en la Universidad de Salamanca (en curso). Ejerció la docencia en la UNAM. Forma Parte de GRUPO IDEA y el proyecto SINERGIA (ambos de la UNAM). Áreas de interés: Izquierdas, Régimen, Sistemas Políticos y Democracia. Actualmente trabaja Populismos Latinoamericanos.

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