Borís Pasternak entre revoluciones: 1917 o el año en el que el poeta encontró su voz

Por Antonio Rivero Machina

No lo puedo evitar: para mí, hablar de Rusia es hablar de su literatura. Comienzo pues por reconocer que –al menos hasta la fecha– mi conocimiento sobre tan enorme conjunto de tierras y de gentes es parcial y limitado. Es por eso una suerte que, en cambio, su patrimonio literario sea tan excelente y que en él se pueda entrever como en pocas literaturas nacionales la naturaleza más profunda de su pueblo –aunque debiera decir, más bien, de sus pueblos, no todos tan bien retratados como el eslavo–. No es poca fortuna, además, que sus principales autores trabajen siempre desde la íntima imbricación entre la Historia y la narrativa, entre el testimonio y la ficción. Tal vez por ello durante el zarismo como durante el comunismo la literatura –ficcional o testimonial– supo ser más verídica que la propia historiografía. Tal vez por ello haya que escuchar las Voces de Chernóbil recogidas por Svetlana Aleksiévich para comprender enteramente la descomposición del Bloque en una malograda Perestroika. Algo similar cabría decir de los desgarradores Diarios de la Revolución de 1917 de Marina Tsvietáieva, tan alejados del triunfalismo adolescente con que un día imaginábamos la primavera de los soviets. Y puede que sea esta la razón por la cual muchos acuden a novelas tan trascendentales como Vida y destino de Vasili Grossman o como El doctor Zhivago de Borís Pasternak –de enorme impacto tras su publicación al oeste del Telón de Acero, mientras permanecían prohibidas en la propia URSS– para tratar de comprender aquel esperanzador y desolador intento por alcanzar la inalcanzada igualdad entre todos los hombres.

Suele decirse que fue precisamente la publicación en Italia de El doctor Zhivago, en el año de 1957, lo que precipitó la concesión del Premio Nobel, tan solo un año después, a su autor. Sin duda, el monumental relato sobre la Revolución de Octubre de 1917 testimoniado por Juri Zhivago, entendido unánimemente por la crítica como alter ego del propio Pasternak, contribuyó a su encumbramiento internacional y a su ostracismo institucional dentro de la URSS a partes iguales. No sería el único artista mínimamente disidente implacablemente perseguido por el estalinismo y sus continuadores. La nómina es larga y la truculencia de muchos casos es de sobra conocida –pensemos en la propia Tsvietáieva–, por lo que no ahondaremos en ello.

Sin embargo, Pasternak acumulaba sobrados argumentos para ser distinguido con la dorada medalla sueca. Así en calidad de elegido para representar a la edad de plata de la poesía escrita en ruso, allá por la primera mitad del siglo XX. Una ‘generación’ integrada por nada menos que Aleksandr Blok, Vladímir Maiakovski, Anna Ajmátova, Marina Tsvetáyeva, Serguéi Yesenin, Ósip Mandelstam o Velimir Jlébnikov, entre otros. De este modo, Pasternak terminó por ser elegido como su mejor representante ante el canon, tal como lo fuera Aleixandre para nuestro Veintisiete. No soy el primero –ni seré el último– en señalar este paralelismo, pues como los Guillén, Cernuda, Alberti o García Lorca, también Blok, Ajmátova, Maiakovski o Pasternak supieron superar e incorporar a un tiempo los hallazgos y las técnicas del simbolismo y de las vanguardias, en la síntesis integradora de un lirismo más personal y humanizado, de más largo alcance. La consumación, en suma, de una lírica contemporánea, verdadero fruto de la asimilación vanguardista en la tradición literaria occidental.

Ahora bien, si la ficcionalizada vida de Juri Zhivago es ya memoria de la Revolución, fue el mismo año de 1917 el trasfondo desde el que un joven y talentoso poeta llamado Borís Pasternak comenzaría a forjar su definitiva voz lírica y, con ella, la de la mejor poesía rusa del siglo XX. Ese año, entre revoluciones, Pasternak daría forma a un poemario, Mi hermana la vida, señalado por amplios sectores de especialistas como el arranque de su mejor legado poético. No espere el lector, sin embargo, cantos al hombre, al obrero, al campesino, a la revolución, a ningún triunfalismo de estado. En Mi hermana la vida Pasternak –que acogió con optimismo la caída del zarismo– no canta la capacidad transformadora del hombre, sino la inabordable plenitud e inmensidad de la naturaleza. Y solo desde tan enorme marco son cantados los amores, los temores y la cotidianeidad de un hombre concreto.

El poemario no sería publicado y por lo tanto concluido hasta 1922. Cinco años de enorme agitación social de la que Pasternak no se abstrajo pero que, sin embargo, no se reflejan –al menos no como cierto determinismo sociocrítico nos haría esperar– en Mi hermana la vida. Ejemplo o no de la llamada ‘excepcionalidad literaria’, ejemplo o no de la profunda huella rilkeana en esta suerte de neorromanticismo intimista ruso, creo entrever en estos versos de Pasternak una certeza más grande que la revolución de los hombres: una naturaleza ajena a nuestras más desgarradoras y tormentosas gesticulaciones históricas, una naturaleza indiferente a nuestras tribulaciones y, por ello mismo, una naturaleza que nos sirve, en último término, como consuelo y redención. Cien años después de todo aquello, cumplidas y malogradas tantas esperanzas de justicia y de igualdad social, aún nos acoge, indiferente y redentora, la inabordable naturaleza cantada por Pasternak.

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Bibliografía

Borís Pasternak, El doctor Zhivago, Natalia Ujanova (trad.), Madrid, Cátedra, 2005.

Borís Pasternak, Mi hermana la vida, José Luis Reina Palazón (trad.), Sevilla, Alfar, 2000.

Marina Tsvietáieva, Diarios de la Revolución de 1917, Selma Ancira (trad.), Barcelona, Acantilado, 2015.

Svetlana Aleksiévich, Voces de Chernóbil. Crónica del futuro, Ricardo San Vicente (trad.), Barcelona, Debolsillo, 2015.

Vasili Grossman, Vida y destino, Marta-Ingrid Rebón Rodríguez (trad.), Barcelona, Círculo de Lectores, 2007.

Antonio Rivero Machina

Extremadura, España. Doctor Internacional en Estudios Filológicos y Lingüísticos. Posee el Máster en Investigación en Humanidades, el Máster de Profesorado de Secundaria así como estudios en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada y Geografía e Historia por distintos centros. Como autor literario ha publicado el poemario Podría ser peor (Hiperión, 2013) y la plaquette Além do Tejo (Ed. del autor, 2014), entre otros trabajos.

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