Musicología, promiscuidad y ciencias sociales: direcciones y affaires del discurso musicológico

Por Marcelo Jaume

Si algo ha caracterizado a la musicología desde sus inicios ha sido la heterogeneidad de sus afluentes teóricos o, dicho de manera más zafia, lo promiscua que se ha revelado al abrazar paradigmas y métodos propios de otras disciplinas. De hecho, podría decirse que hoy cohabitan tantas musicologías como uniones con otros campos. Así, hablaríamos de musicologías históricas, analíticas, antropológicas, sociológicas, semióticas, estéticas, audiovisuales etc[1]. La existencia de estas hijas espurias de la disciplina y su relación con las ciencias sociales responde en gran medida a la diversidad de ángulos de estudio adoptados y que aquí sobrevolaremos de manera no exhaustiva para aquellos menos familiarizados con el territorio musicológico. El Oxford English Dictionary define la musicología[2] como el estudio de la música  en oposición a su práctica y composición. Considerada de esta manera, podría haber superado el obstáculo para la filosofía y las «ciencias humanas» que Althusser achacaba a la delimitación de las disciplinas y para el que proponía el planteamiento de un objeto teórico o problema —en este caso la música— que luego se deslindara en campos conceptuales no necesariamente excluyentes[3].

En este acte de démarcation posterior, podríamos estimar, por ejemplo, que el sujeto central de la musicología es la historia de la música —incluso con mayúsculas, la Historia de la Música—, por lo que sus herramientas y objetivos serían muy próximos a los de la historia y la historia del arte. De hecho, la mayoría de grados universitarios afines llevan el nombre genérico de Historia y Ciencias de la Música. Consideraciones agustinianas aparte —«musica est scientia bene modulandi»—, esta posición historicista no parece distar mucho de gran parte de la musicología en los países de tradición latina, como demuestra el dominio que ejerce en publicaciones y congresos. A pesar de esto, la musicología histórica está muy lejos de ser homogénea, pues en ella conviven tanto temas apoyados en la paleografía y semiografía —la música instrumental en los entornos catedralicios alemanes a finales del siglo XVIII, por ejemplo— como el interés por los canales y mecanismos de recepción de la música popular contemporánea —digamos el rock psicodélico en la Francia degaullista— en otros entornos.

Por otra parte, tal y como plantea la etnomusicología, podemos considerar como eje medular de la disciplina las relaciones entre música y sociedad, esto es, su dimensión cultural. Para ello, convendrá el uso de paradigmas tanto antropológicos como sociológicos y metodologías como el trabajo de campo o la estadística descriptiva. Sus temáticas pueden ir desde cuestiones de etnicidad y alteridad en la música del oeste de Uganda a una aproximación a las prácticas corporales de la escena hardcore-punk. Lo cierto es que, a pesar de que muchas veces sociología e historia trabajan de la mano, el choque de esta visión con la histórico-analítica fue tan fuerte que hay quien considera musicología y etnomusicología disciplinas independientes, algo que ha sido ampliamente discutido[4]. Otra senda, afín en cierto modo a la anterior, pero con sus propios objetivos y marcos conceptuales, es la semiótica musical, centrada en los procesos de producción de significado en la música y cuyas preocupaciones van de la retórica musical del Barroco a la relación entre los antidepresivos y el acorde menor sexta[5]. Es importante notar que, lejos de ser un campo uniforme, en la semiótica de la música conviven —a menudo combatiéndose— enfoques que van desde el eclecticismo de Nattiez a la narratología de Tarasti o la nouvelle vague de la semiótica cognitiva apoyada, entre otros, en Peirce. También cabría distinguir una musicología estética, fundamentada en su homóloga filosófica y con preocupaciones y terrenos teóricos similares. Otra tendencia pujante en la musicología actual es la investigación audiovisual, muy heterogénea y que aúna elementos que van de lo histórico a lo estrictamente técnico y temáticas tan diferentes como la música del cine mudo —que no era mudo en absoluto—, los videojuegos RPG o las narraciones transmedia. Aunque desde luego hay otras perspectivas, amalgamas dispares entre las comentadas y algunas adiciones a las que luego nos referiremos, estas son las principales formas de encarar la musicología hoy en día.

Parece evidente que esta balcanización discursiva[6] es una de las razones por las que la musicología, pese a ocuparse de un objeto en principio más concreto que la sociología —la sociedad— o la antropología —el ser humano—, es una completa desconocida para el ciudadano medio. Además de esta explicación y contrariamente a una primera impresión, también debemos tener en cuenta que la ontología musical es algo endiabladamente complejo. Para empezar, tiene una condición trifronte —al menos— como ente. Es un fenómeno físico —el sonido es la propagación de ondas a través de un medio—, pero también un lenguaje, con sus propias estructuras y formas de codificación, y por supuesto una práctica social de elevada carga simbólica. Es precisamente este carácter polimórfico el que complica o enriquece la musicología, porque evidentemente no es lo mismo ocuparse de los espectrogramas generados por las diferentes orquestaciones del Boléro de Ravel que de la transcripción de la notación francesa del siglo XIV o de la relación de los espacios urbanos de la banlieu con el rap parisino. Cada problema necesitará su propia óptica y métodos para ser comprendido. Y es quizá aquí donde reside la dificultad central, en la insuficiencia de la musicología, análogamente a otras ciencias humanas, para comprender muchas cosas que van más allá de lo puramente empírico. César Rendueles se hace eco de una anécdota que creo que ilustra esto muy bien. Cuando Roberto Saviano consiguió un reproductor de mp3 de un piso de asesinos de la Camorra napolitana se sorprendió al no encontrar música «agresiva», de apariencia o temática violenta —digamos death metal, trap o incluso dubstep— sino pop melódico y romántico. El desconcierto ante este tipo de situaciones aparentemente incoherentes invita a evitar la teoría social y abrazar el cálido formalismo ya que, recordemos, un musicólogo puede dedicarse exclusivamente a la disección analítica de las partituras, lo que por otra parte sería la única forma de trabajar exclusivamente con sus propios métodos. Refuerza esta postura la falsa impresión de que, más allá de sus procedimientos exclusivos —básicamente notacionales y analíticos— la musicología sería solo una intersección con el resto de ciencias sociales, una especie de invitada que no solo llega tarde a la fiesta sino que pretender comer de los platos de los demás. El problema es que reducir la mirada de la musicología tan drásticamente implica una simplificación tanto de lo que es la música como de lo que significa o puede significar, ya que  una partitura suele ser, en el mejor de los casos, un manual de instrucciones —una receta para ser tocada— y en el peor el cadáver de algo que nunca tuvo la intención de ser fosilizado en papel, como una canción tradicional o un solo de Lester Young.

Y si llegados a este punto lidiar con el mapa de la musicología podía ser complicado, aún llegarían nuevas perspectivas que alterarían sustancialmente el paisaje. Con el vago nombre —en primera instancia despectivo— de new musicology fueron colándose en la musicología paradigmas llegados de las ciencias sociales y la filosofía que, a menudo en nombre de la posmodernidad[7], introdujeron paulatinamente visiones relacionadas con las teorías poscoloniales, de género y feministas, entre otras. Así, también podríamos considerar musicologías poscoloniales o queers como componentes indispensables en la actualidad de la disciplina. Aunque no es necesario abundar en el tema, sobradamente conocido desde cualquier ciencia social, conviene recalcar el peso específico que tuvieron y tienen en musicología tanto los cultural studies[8], y algunos autores de la llamada french theory —especialmente Derrida, el primer Foucault y los trabajos de Deleuze y Guattari con referencias a la música[9]—, además de todo aquello relativo a la teoría sobre el cuerpo, auténtico fetiche en la musicología actual. Por supuesto cabrían matices y digresiones necesarias para una mejor comprensión, pero este texto pretende únicamente ser un bosquejo del continente musicológico y algunos de sus conflictos porque, aunque Bourdieu tuviera razón al sugerir que la música «ne dit rien et n’a rien à dire»[10], desde luego sí que hay mucho que preguntarse, decir y discutir sobre ella desde todos los puntos de vista posibles.

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Referencias

[1] Por supuesto este tipo de taxonomías apresuradas no está exento de debate. No solo es una compartimentación artificial meramente sintética —las direcciones y enfoques siempre se entrecruzan— sino que cabría preguntarse, por ejemplo, si existe la musicología pedagógica o más bien debe considerarse una didáctica musical tout court.

[2] https://en.oxforddictionaries.com/definition/musicology

[3] Althusser, L. (2010): “Tres notas sobre la teoría de los discursos” en Escritos sobre psicoanálisis. Freud y Lacan. México: Siglo XXI, p. 99.

[4] Rubén López Cano hace un buen resumen de la problemática en López Cano, R. (2007): «Musicología vs. Etnomusicología¿ un falso debate?». Etno-Boletín Informativo de la SIbE16, 6-10.

[5] Todos los ejemplos de temas de investigación citados han sido tomados de artículos o comunicaciones reales. Puede consultarse el singular trabajo de Philip Tagg aquí: http://tagg.org/articles/xpdfs/jochen0411.pdf

[6] López Cano llega a decir que la musicología no es una disciplina, sino «una constelación de métodos, tradiciones y prácticas de investigación sumamente diferentes» En López Cano, Rubén, 2007. «Musicología: manual de usuario» En http://www.geocities.ws/lopezcano/Articulos/Musicologia.pdf

[7] Aunque los anglosajones  suelen distinguir entre postmodernism y postmodernity en español habitualmente se opta simplemente por el término «posmodernidad».

[8] Concretamente  su versión pretendidamente desideologizada después de Hall que incidía sobre cuestiones de identidad y diferencia. Para tratar los problemas específicos de este punto de vista es muy interesante ver Jameson, F. y Zizek, S. (1998):  Estudios Culturales: Reflexiones sobre el multiculturalismo. Buenos Aires, Paidós.

[9] Mille Plateaux, el segundo volumen de Capitalisme et schizophrénie, es quizá el más conocido y referenciado.

[10] Bourdieu P. (1984):  Questions de sociologie. Paris: Minuit. p. 158

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