Posverdad

 Por José Antonio Santiago Sánchez

1.- Es bien sabido que la evolución de las palabras está sujeta a avatares veleidosos y sujetos al azar. Algunas de ellas incluso, se han acuñado en flagrantes errores que los ciudadanos han ido asumiendo, deliberadamente o no, debido a cierta indolencia o acaso a esas estructuras simplistas que para los espíritus más perezosos hacen más fácil la comprensión de ciertos ámbitos de la realidad si estos son encuadrados en estereotipos. Los refranes que tantos de nosotros pronunciamos serían un gran ejemplo de ello. Así nuestro Caballero de la Triste Figura apercibía a Sancho a que no usara tantas fórmulas estandarizadas para expresar todo aquello que pensaba:

“¡O maldito seas de Dios, Sancho! dijo a esta sazón Don Quijote. Sesenta mil Sataneses te lleven a ti y a tus refranes; una hora ha que los estás ensartando y dándome con cada uno tragos de tormenta… Dime: ¿Dónde los hallas, ignorante; o cómo los aplicas, mentecato? Que para decir yo uno y aplicarle bien, sudo y trabajo como si cavase.”

“Por Dios, señor nuestro amo, replicó Sancho, que vuestra merced se queja de bien pocas cosas. ¿A qué diablos se pudre de que yo me sirva de mi hacienda, que ninguna otra tengo, ni otro caudal alguno, sino refranes y más refranes?” (2, XLIII).

El término «adefesio» proviene de la contracción de las palabras latinas: ad Ephesios, y se vincula, ni más ni menos, que con la campaña evangelizadora de Pablo de Tarso del que se sabe que estuvo predicando, de entre otros lugares, en la ciudad jonia de Éfeso (hoy costa occidental de Turquía) y que al parecer, no tuvo una grata acogida hasta el punto de que se ha denominado «adefesio» a toda aquella persona con una apariencia desaliñada y ridícula, con un individuo, en definitiva, feo o hecho una piltrafa.

Asimismo, la variedad de patata más consumida en las Islas Canarias, denominada «chinegua» o «quinegua» proviene de una deformación del nombre del rey británico Eduardo VIII (1894-1972) o tal vez Eduardo VII (1841-1910) (en inglés: King Edward), ya que los ingleses se establecen allí a principios del siglo XIX por ser las islas paso obligado con sus colonias africanas y desde la cual empiezan a exportar vino, tomates, plátanos y patatas, aprovechando que los barcos regresaban vacíos de África y se cargaban aquí con destino a Reino Unido. De este modo, los isleños denominan a dicha variedad con el nombre del rey inglés amorfamente simulado al español de las Canarias.

Otro caso sería, por ejemplo, el término «copto», referido por extensión a todos los cristianos egipcios y que procede del griego aigyptios, que significa en sí mismo «egipcio», pero que resultó sincopado (es decir, se eliminaron algunas letras) por razones de economía fonética, en kuptios por los propios coptos. Tras la conquista árabe aproximadamente a mediados del siglo VII, la palabra a su vez se tradujo de modo simple como Qubṭ (o Qibṭ). De esta última procede la denominación en idioma español.

Así podríamos incluir numerosos vocablos y expresiones como «Síndrome de Diógenes», vinculado al filósofo ágrafo Diógenes de Sínope. A poco que indaguemos en la vida del principal representante de la escuela cínica veremos que apenas son adscribibles los rasgos que de su figura nos cuentan los doxógrafos antiguos con las características actuales del síndrome, como una compulsión a almacenar basura y desperdicios domésticos, cosa absolutamente contraria a la conducta de Diógenes, el cual según cuentan, tenía como únicas posesiones un manto raído y una escudilla para comer y beber, pero que, al ver a un niño beber de la fuente con sus propias manos, desechó por innecesaria[1].

De hecho, y para seguir con la historia de los equívocos asociados a la personalidad filosófica de Diógenes de Sínope, notamos como el mismo término «cínico» suele malentenderse comúnmente entre las gentes, confundiéndolo con el de «hipócrita» cuando se refiere, por el contrario a un sujeto desvergonzado, impúdico o procaz.

No es nuestro propósito cansar al lector con una retahíla interminable de ejemplos relacionados con la historia de las palabras y sus asimilados errores. Sin embargo, me permito la licencia de constatar algunos otros que, referidos a esas historias de despropósitos convertidos en norma, tienen que ver no tanto con la historia general, sino con casos personales que, en cuanto la paciencia del lector le siga permitiendo esta lectura, asociará con otros muchos de su propia vida.

Durante muchos años, y siempre que en la televisión ponían una película del actor egipcio Omar Sharif escuché a mis padres -humildes emigrantes extremeños en Madrid- pronunciar su nombre algo así como «Omma Safri».

Desde niño me acostumbré a esa pronunciación, y durante décadas no escuché ese nombre sino cuando todos veíamos en la sala de estar -en esa época en que solo existía un televisor para toda la familia- una película interpretada por él. Mientras los títulos de crédito se mostraban al comienzo, mi padre volvía a repetir: una película de «Omma Safri». Cuál no fue mi sorpresa (y la posterior vergüenza que conlleva), cuando, muchos años después, me di cuenta -no recuerdo cómo- de que esa dicción era una extravagancia producto de unos campesinos necesitados que jamás habían aprendido inglés y menos egipcio y que tuvieron que trasladarse a la capital para ganarse la vida.

Estos errores vividos a lo largo de décadas, se subsanan sin duda, leyendo, viajando y en definitiva, conociendo. Y sin embargo, cada vez que me topo con el nombre de ese actor fallecido en el año 2015, no dejo de esforzarme en pronunciarlo del modo correcto, pues me dejo llevar por la inercia de los tantos años en los que su nombre me sonó de modo tan distinto, como si en verdad ese nombre fuera otro nombre y ese actor, otro actor.

De este modo, la historia etimológica de los vocablos, y con ella del significado que connotan, está plagada en multitud de ocasiones de errores que solo el paso del tiempo han normativizado en su uso, que no es más que el uso -en su grafía o pronunciación- que las gentes han ido haciendo de él con el transcurso de los años.

Si el lector se ha visto identificado con esta anécdota al observar un paralelo con otros vocablos, nombres propios o expresiones de las miles o millones en las que se ha ido educando, imagine entonces que un muchacho cualquiera de una ciudad cualquiera escuchara por primera vez, la expresión «mito de la caverna» referido al conocido relato de Platón. Como toda imaginación tiene siempre algo de sensata, no sería difícil suponer que este muchacho nuestro pudiera escuchar en más de una ocasión una expresión similar.

Y porque todo lo que llevamos dicho proviene en el fondo siempre de un aspecto eminentemente oral de nuestro lenguaje que es el que primeramente aprendemos, supongamos que las primeras ocasiones en las que ese muchacho imaginado escucha dicha expresión: «mito de la caverna», en verdad escucha «mito de la taberna», siendo, claro está, lo que decimos «en verdad» como un error de apreciación.

Podemos incluso suponer que, durante esas primeras ocasiones en las que ha escuchado dicha expresión, tal vez en la radio o la televisión, el joven estaba en un ambiente algo confuso, con cierto ruido, ya sea de otras personas, o tal vez de algo que sucedía al mismo tiempo. Quizás la segunda o incluso la tercera ocasión que lo escuchó iba de paso por algún sitio y lo captó de refilón, pero sin embargo, al volverlo a oír una vez más, le llamó la atención y lo retuvo en su cabeza.

Me atrevo a afirmar que al buen lector no le resultaría tan descabellada dicha imaginativa suposición. Acaso se podría antojar su veleidosa gestación por alguna de esas contingencias con las que a veces y por momentos, nos gusta adornar la todopoderosa y racional sucesión de eslabones necesarios en los que concebimos la Historia.

Imaginemos, entonces, el momento del desengaño: cuando ese muchacho, tal vez en la escuela, reciba en su lección de filosofía o de cultura clásica la inveterada explicación que sobre el inagotable mito el profesor o profesora vaya a impartir y, despierte de su error al ver escrito «caverna» en lugar de «taberna», ¿qué sensación experimentaría? Tantos años asociando a Platón con una cantina le habrían dado una imagen del filósofo más pendenciera, más simpática quizás. Ahora, al aprender el mito como realmente es, probablemente se vea defraudado si descubre, como aquel habitante de la cueva de la que Platón habla, que al salir de la caverna y ver la verdadera luz del sol y no la que él ha sido acostumbrado a percibir, no solo no quede cegado por su destello, sino incluso defraudado por haber esperado más de lo que siempre había pensado. Probablemente hubiera preferido, como aquellos que permanecieron dentro, haber vuelto al error mucho más intringante de la taberna cavernaria junto a sus compañeros, envidiando su ignorancia, que haber comprendido la verdadera materia del mito, mucho más especulativa y, por ende, aburrida.

De hecho, y al igual que el personaje liberado de las cadenas de esa confortable y ensoñadora cueva, nuestro muchacho tardaría en acostumbrarse a la «caverna» y no podría evitar, por la tozudez que esa inercia de tantos años, y por qué no, también la gana de querer que la verdad no sea siempre como uno desea, se impongan en su ánimo. Más tarde o más temprano, sin embargo, la realidad se impondrá y la taberna no será sino una mera anécdota hilarante que tal vez le haga más entrañable uno de los más grandes y pregnantes mitos de Occidente.

2.- Y no obstante, se preguntará el lector ¿a qué cuento viene hablar durante ya demasiadas páginas de esta casuística de errores? ¿No trataba este pequeño escrito sobre ese término, tan traído y llevado, de la posverdad?

No hagamos esperar más al paciente lector, y con su ayuda, intentemos hilar la pertinencia de lo dicho anteriormente con el tema que realmente nos ocupa.

El pasado año 2016 el Diccionario Oxford entronizó un neologismo como palabra del año y como nueva incorporación enciclopédica. Se trata de la post-truth o de la posverdad, un híbrido bastante ambiguo cuyo significado, según dicho prestigioso diccionario «denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal».

Al parecer, el uso regular del término proviene de un libro que el sociólogo norteamericano Ralph Keyes publicó en 2004: Post-truth. En él el autor se refería a las apelaciones a la emoción y a las prolongaciones sentimentales de la realidad, si bien fue un colega y compatriota suyo, Eric Alterman, quien revistió la idea de un valor político, tomando como ejemplo la manipulación que habría ejercido la Administración Bush a raíz del trauma del 11-S, precisamente porque una sociedad en situación de psicosis iba a resultar mucho más sensible y fértil a la inoculación de posverdades.

Sin embargo, el origen contemporáneo del término se atribuye al bloguero David Roberts quien usó el concepto en 2010 en una columna en una revista electrónica[2]. Algunos comentaristas políticos han identificado la política posverdad como ascendente en la política de algunos países, así como en otras áreas de debate, impulsadas por una combinación del ciclo de noticias de 24 horas, de un falso equilibrio mediático, y la creciente ubicuidad de los medios sociales[3].

Sin embargo, es conveniente aclarar que, antes que las post-verdades, existen pre-verdades o prejuicios respecto a los conceptos. Dichos prejuicios están estructurados en ciertas animadversiones adquiridas, como la que connota el adefesio san Pablo entre ciertas gentes de Éfeso, al denominarlo así. También pueden estar modelados por la incapacidad de hablar o conocer una lengua, como la patata del rey Edward o chinegua, incapacidad la cual tiende a una pronunciación sincopada y más fácil para la lengua de adopción del nuevo término como sucede también en el caso del copto para los árabes.

Si tomamos el prefijo post (o pos) -y este es un punto en el cual para el que esto escribe, resulta esencial- en su significado originario latino, a saber, «detrás de» o «después de», la posverdad resulta justamente la devenida instauración que, en el caso, por ejemplo, del vocablo «copto», se produjo al español a partir del término sincopado en árabe. Esto significa entonces que la posverdad (o postverdad) se presenta como lo que, a partir de un error o malentendido producto de prejuicios peyorativos, fonéticos o de otra índole han causado, a través del uso histórico han quedado acuñadas normativamente como palabras de uso corriente y por tanto, estandarizado.

Estos despropósitos, errores o simplemente economías adaptativas se generan a partir de unas estructuras previas en las que nuestro conocimiento o nuestro lenguaje están necesariamente modelados, pero que por otro lado, responden al uso responsable de cada uno de los cognoscentes y hablantes. Si preferimos utilizar el vocablo inglés pendrive y no la expresión española «dispositivo de memoria externa» es por razones de economía según las cuales, quizás el idioma inglés permita una flexibilidad mayor a la hora de crear nuevos conceptos. Pese a ello, también se tiende a utilizar expresiones como drunch, gym, basket o jogging no solo por razones de simplicidad, sino porque como sabemos, la «merienda-cena», el «gimnasio», el «baloncesto» o «correr» no proporcionan la misma connotación, y asimismo, la misma realidad cognoscible si las pronunciamos en español. Resulta evidente que, como ha sucedido a lo largo de la historia de los grandes imperios, es la lengua dominante la que suele imponerse como la más relevante a efectos intelectuales, modales o protocolarios. Así lo fue el griego durante el imperio de Alejandro Magno y sus sucesores, lo fue el latín durante la Edad Media, el español durante el siglo XV y XVI, el francés tras Revolución Francesa o el inglés a resultas del dominio estadounidense en el panorama internacional tras la Segunda Guerra Mundial.

Así las cosas, vuelvo a solicitar al lector referir mi caso personal -que también podría haber sido el de cualquiera- a la hora de encontrarme con este término de moda en el panorama globalizado occidental.

Al igual que pudo haber sucedido con el caso del actor Omar Sharif, las primeras veces que me topé con el término posverdad de modo tangencial a cuenta de los famosos episodios del Brexit y de la victoria de Donald Trump en EEUU, en ningún momento asocié el significado del término a lo que el Diccionario Oxford  acuñaba, a saber, un modo de imposición de la verdad según el cual son más poderosas las razones emotivas o sentimentales provocadas por la propaganda mediática que la propia realidad objetiva.

En verdad, y también en rigor, el término «posverdad» me sigue sin parecer adecuado para mentar dicho significado. ¿Acaso el vocablo se refiere a una idea de la verdad que está «detrás» o «después» (post) de la realidad probada por cuanto que esta es mediatizada a posteriori por los medios de comunicación o las redes sociales, alterándola para conseguir que esta verdad posterior o trasera se imponga democráticamente en el voto de los británicos al Brexit o de los estadounidenses a Trump? Teniendo esto en cuenta, habría que aceptar a fortiori que la verdad es, en definitiva, el resultado de un consenso responsable por parte de los votantes del mismo modo a como la bacía o el yelmo de nuestro don Quijote resultaron instaurarse por convenio como un baciyelmo. La verdad, entonces, lejos de ser la luz del sol que de modo real, ilumina las cosas del exterior en el mito platónico, se constituiría como el acuerdo de los usuarios de la caverna mediática que, con la luz de los televisores y dispositivos electrónicos conectados a Internet se establece según el nómos democráticamente establecido. Justo lo que los sofistas, los grandes enemigos de Platón en su época, se afanaron en justificar.

Creo adivinar lo que el benigno lector estará pensando: nada nuevo hay en lo que ya se ha dicho y redicho tantas veces. Vivimos en la era de la medios, y para ello, es decir, para vivir el mundo de hoy día, acaso convendría entrar más en la caverna y salir más de la taberna. Estamos de acuerdo. Pero no lo es más -como también sabemos- que en esa caverna las teorías de la conspiración, el miedo, las habladurías y las medidas que apelan más a la emotividad y al voluntarismo que a la realidad fáctica distorsionan en gran medida una realidad cuya convención con la verdad democrática dista mucho de ser identificada.

En un artículo de la sección de deportes del periódico El País se dice que existe un grupo de entrenadores que, a pesar de no haber obtenido el éxito esperado con sus equipos y de haber sido por ello despedidos, siguen siendo figuras con un gran caché en el mercado y continúan manteniendo un prestigio incompatible con su trayectoria de resultados. La razón de ello estriba en que toda una brillante y orquestada campaña de comunicación les ha permitido granjearse una imagen que nada tiene que ver con lo estrictamente futbolístico. Se trata de un fenómeno que ha sido estudiado incluso por politólogos y psicólogos del ámbito universitario. Dichos estudios han descubierto que el perfil público y profesional de muchos de estos entrenadores está gestionado por empresas de comunicación y coaching que ha trabajado con políticos y cuya metodología de la posverdad aplicada a dichos entrenadores resulta similar a que se sigue al preparar una campaña electoral[4].

Y sin embargo ¿no habíamos establecido que toda verdad conocida parte de unos prejuicios adaptativos o vitales que determinan su cognoscibilidad? Si la perspectiva que cada individuo miembro de una cultura, época, estrato social e incluso capacidad biológica tiene de la realidad, como del lenguaje, a la hora de poder pronunciar un rey inglés o una palabra árabe, así como de mencionar a un enemigo de tu cultura o tu fe, ¿Por qué entonces fundamentar una verdad consensual que resulta  a posteriori muy alejada, en principio, de la realidad objetiva a través únicamente de una mera manipulación y no tanto de unas condiciones a priori muy diversas según las cuales dicha mediación hacia una verdad interesadamente dirigida se encuentran fundadas en los prejuicios de cada época, cultura, lugar e incluso sujeto?

El caso es que, sin tener eso en cuenta sino como posverdad, el término, antes de ser analizado más en profundidad (si es que cabe hablar de una profundidad sistémica en verdad) seguía sin convencerme. ¿Acaso es un posverdad que la bacía de barbero sea un baciyelmo? La teoría consensualista, cuyos valedores podrían ser, entre otros, los pragmáticos anglosajones a lo William James o los intelectuales de cultura protestante como Jürgen Habermas, diría que si la bacía es usada por el hidalgo manchego como yelmo de Mambrino y así lo acuerda una comunidad que, en principio, no posee trabas ideológicas ni está presa de doctrinas supuestamente manipuladoras, la bacía ha de ser tenida en toda ley por un yelmo, tal vez no el de Mambrino, pero a lo sumo, un yelmo de caballero.

Y sin embargo, ¿quién no está -como hemos señalado- trabado en prejuicios culturales, lingüísticos o religiosos? ¿Quién no pertenece a un tiempo y a un lugar?

El prejuicio de carácter protestante, que achaca toda desviación de una supuesta verdad a oscuros doctrinismos o a teorías conspirativas en las que el sujeto se encuentra irremisiblemente preso campea por doquier desde los medios de comunicación o la educación en la mentalidad occidental . El incesante prurito con el que nos atemorizan respecto a oscuras imposiciones por parte del mercado económico o por los medios de comunicación, totalmente desconocidas e insalvables para nosotros, ¿no responde a una suerte de deus absconditus origen y meta de esa agonía protestante por la cual la gracia salvífica de dicho Dios era imposible de conocer para el sujeto y por la cual, no restaba sino que la sola fe del individuo se convenciera de que el único reducto ante tamaña predestinación fuera su conciencia libre e irredenta que debía proteger como un sagrado?

Las teorías de la Felicidad, el coaching o la psicología salvífica no dejan de insistir en ello: la realidad cambiará en cuanto tú quieres que cambie. Uno de estos gurús de la psicoemotividad positiva, Joe Dispenza, señala en su libro Deja de ser tú (Barcelona. Urano, 2012) que «nuestros pensamientos y sentimientos afectan todos los aspectos de nuestra vida, más allá del espacio y del tiempo» (p. 45).

Si lo que en verdad queremos y deseamos ya se convierte en una experiencia en sí, y además en una experiencia decisiva. Si al pensar o querer algo ya en parte lo estamos teniendo y nos estamos cambiando, ¿cómo no vamos a aceptar lo que el Diccionario Oxford acuña respecto a la posverdad?

Si yo deseo que el mito de la caverna sea en verdad el mito de la taberna, entones lo será. La verdad es solo lo que uno quiere que sea. Esta me resulta, analizada un poco más, la teoría misma de la posverdad. Y sin embargo, en este caso no se habla de conspiraciones, amarillismos o manipulaciones.

Cuando aún no llegaba más que a investigar el gran término del año 2016 para el Diccionario Oxford, un artículo periodístico de los tantos que analizaban el término «posverdad» sostenía que el prefijo post tenía que ver con el término inglés «publicado», referido a que esta verdad impuesta a la verdad real era el producto de las redes sociales y la propaganda que hacían proliferar las teorías del miedo o del sentimentalismo patriótico respecto a la permanencia del Reino Unido de la Unión Europea o a la victoria de Hillary Clinton en EEUU y que dieron como consecuencia un asombroso resultado: la salida de Gran Bretaña de la UE y la derrota de Clinton en Estados Unidos, debido, al parecer, a una orquestada campaña a través de los medios y redes de la caverna tecnológica que propiciaron el voto de la gente hacia el yelmo, es decir, el Brexit o Trump antes que hacia la bacía, esto es, la permanencia de Gran Bretaña en la UE o la victoria de Clinton, que parecía lo más sensato.

Y así, la concepción respecto a la posverdad que uno siempre había considerado de inicio, y que en principio podría haber caído en el mismo despropósito del que oye «taberna» en lugar de caverna u «Omma Safri» en lugar de Omar Sharif fue la que, en definitiva, se impuso al que esto escribe. Así intentaré concluir con todo lo dicho hasta ahora, lo cual tal vez no resulte sino que una mera boutade que el comprensivo lector que aún permanece aquí habrá tenido a bien concederme con su lectura.

 

3.-

 

Siguiendo en principio la interpretación original de post a la hora de hablar de la posverdad, es decir, la de una verdad posterior o dada «después de», reconozco que lo que en realidad siempre había creído de principio respecto de ese término relacionado sobre todo con los ya mencionados casos del Brexit británico y las elecciones estadounidenses era algo muy distinto de lo considerado hasta aquí y de lo que confieso, aún sigo tenazmente manteniendo por razones que considero más fundadas en una realidad fáctica que en una mera voluntad protestante de querer lo que las cosas no son. Veamos:

En primer lugar, si entendemos la posverdad de este modo, es decir, como una verdad en principio distinta de la que se esperaba y que ha sido convenida democráticamente por el pueblo soberano.

En segundo lugar, si consideramos que en realidad la gran mayoría de eso que se denomina la «opinión pública» parecía estar en contra del Brexit y de Donald Trump como así parecieron mostrar los medios de comunicación, al menos desde la experiencia particular de este humilde articulista.

Podemos entonces concluir que, si bien es cierto que en muchas ocasiones, y como hemos probado al lector través de anécdotas históricas o personales las primeras impresiones resultan totalmente equivocadas, no lo es menos que otras, aparentemente más formadas caen en una ignorancia aún mayor, pues creen conocer lo que aún no saben con certeza, por lo cual son más difícilmente reconducibles.

Por lo que a mí respecta, la gran mayoría de las opiniones vertidas en televisión, radio o redes sociales iban dirigidas hacia el peligro que la salida de Reino Unido tendría para la UE, así como de las repercusiones negativas que la victoria de Trump acarrearía a los EEUU. Así al menos resultó mi impresión de ambos y casi simultáneos casos desde la ignorancia del que no acostumbra a leer artículos de fondo ni de superficie al respecto sino a lo sumo escuchar las noticias por la radio durante mis viajes en coche al trabajo o a verlas en televisión durante mis comidas y cenas como manda la sana tradición. Creo honestamente que si, en verdad los resultados de dicho referéndum y plebiscito fueron sorprendentes no sería porque solo yo recibí dicha impresión.

Lo que yo percibí fue que esa posverdad significó un resultado muy distinto a lo que los medios inculcaban. Lo cual, con independiencia de mi posición particular al respecto de Donald Trump o el Brexitk me aportó el más intuitivo significado de ese popularizado concepto de posverdad que tan rotundo, como ahora creo, fugaz éxito tuvo durante el pasado año. A saber, que el consenso en el que la verdad democrática establece hoy día como una de las verdades sin lugar a dudas, más admitidas en nuestro tiempo, no está tan sujeta a conspiraciones, amarillismo o propaganda emotivista, sino que más bien la gente decidió votar aquello por lo que, en principio, la mayor parte de los grandes canales de comunicación no alentaban. De este modo, creí yo, la verdad «posteada» o publicada en medios y redes no fue la verdad que las gentes, en su sagrada decisión democrática, terminó decidiendo. Lo cual me puso en duda respecto a las siempre poderosas razones de la manipulación mediática y el adoctrinamiento a través del voluntarismo y el miedo tanto suelen prodigarse, así como del peligro siempre acechante a la manipulación de unas gentes ignaras cuya opinión se podía dirigir según el antojo de ciertos creadores de opinión fuertemente armados con masivos medios de comunicación.

Ello significó que la posverdad, en mi primera apreciación, significaba algo muy distinto, casi contrario a lo que en verdad descubrí en el Diccionario Oxford. Y he de decir con la honestidad que merece el paciente lector, que después de todo, (aun reconociendo que pueda equivocarme) aún mantengo esa primera impresión.

Desde mi punto de vista, a tenor de lo que, como digo, vi y escuché a través de los medios, nadie habló de manipulación respecto al detrimento que la victoria de Trump o la salida de Gran Bretaña de la UE podía conllevar para estadounidenses y europeos respectivamente. Y sin embargo, pese a esa masiva campaña que al parecer fue evidente el pueblo votó lo que ninguno se imaginaba.

¿Y qué ninguno será ese ajeno al pueblo todo?, me pregunto.

Con independencia de las simpatías hacia las posturas dirimidas al comienzo y resultantes al final del referéndum y plebiscito, con independencia -digo- del error o el acierto de los resultados extraídos de las urnas, tal vez la posverdad no signifique sino esa insobornable y férrea, responsable y consecuente, cavernaria y prejuiciada y en definitiva, esa baciyélmica decisión que la gente manifiesta desde esta otra verdad que desde hace ya cierto tiempo llamamos «democracia».

«Más vale pájaro en mano», diría Sancho con un refrán.

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Referencias

[1] Diógenes Laercio: Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres, VI, 32.

[2] «La política de la posverdad». En El Mundo 05/11/2016. http://www.elmundo.es/opinion/2016/11/05/581ccfa4e5fdea4e048b462f.html

[3] «The post-truth world: Yes, I’d lie to you». En The Economist. 10 de septiembre de 2016. http://www.economist.com/news/briefing/21706498-dishonesty-politics-nothing-new-manner-which-some-politicians-now-lie-and

 

[4] «Antonio Conte, ídolo de la reputación». En El País, 09/01/2017. http://deportes.elpais.com/deportes/2017/01/08/actualidad/1483906917_665348.html

Jose Antonio Santiago Sanchez

Madrid,España, Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid, Profesor de Secundaria en Madrid y Extremadura, Actualmente es jefe departamental en el IES Juan de Padilla de Illescas (Toledo)

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