Fútbol contemporáneo y nación(alismos)

Por Alexis Lara Climent

“La comunidad imaginada de millones de seres parecía más real bajo la forma de un equipo de once personas cuyo nombre era conocido.”

Anderson, B. (1996), Comunidades imaginadas, México, FCE.

El estudio de las naciones y los nacionalismos ha sido uno de los mayores quebraderos de cabeza de sociólogos y científicos sociales en general, sobre todo para definirlos. La definición de Anderson (2007) enlaza muy bien con la cita anterior. La nación es una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana […]. Es imaginada porque aun los miembros de la nación más pequeñas no conocerán jamás a la mayoría de sus compatriotas […] pero en la mente de cada uno vive la imagen de su comunión […], se imagina como comunidad porque, independientemente de la desigualdad […] la nación se concibe siempre como un compañerismo profundo, horizontal. En última instancia, es esta fraternidad la que ha permitido […] que tantos millones de personas maten y, sobre todo, estén dispuestos a morir por imaginaciones tan limitadas (pp. 23-25).

La construcción de identidades

Así las cosas, para la construcción de una nación se requiere no obstante promover una cultura común entre los miembros de la comunidad imaginada y representarla a través de unos símbolos que sean capaces de anclar los sentimientos de pertenencia a un territorio delimitado. No importa que el mito fundacional sea verdadero o falso, lo importante es que sea concebido como real por quienes van a compartirlo, es decir, “que sus miembros compartan la convicción intuitiva de que el grupo nacional posee unos orígenes y una evolución propios” (Resina de la Fuente y Limón López, 2014: 305). ¿Por qué existe el nacionalismo español o el catalán? ¿Por qué no existe por ejemplo una identidad comarcal potente como se preguntan, entre otros, el proyecto social de La Comarca Científica.

En este sentido el fútbol ha jugado un papel transcendental como deporte de masas, difundiendo esos símbolos nacionales de una manera banal, rutinaria y natural, sin posibilidad de discutirlos siempre y cuando el mito fundacional haya calado con éxito entre la sociedad. Tras el deporte rey se esconde el nacionalismo banal, es decir, “los hábitos ideológicos que garantizan la reproducción de las naciones consolidadas […], de un modo cotidiano en las costumbres diarias, abanderando la nación en la vida de la ciudadanía (Billig, 1995: 6). De este modo, se construye un sentir nacional hegemónico, un recordatorio continuo de lo que somos, del binomio nosotros-ellos, esto es, una manera de recordar nuestra nacionalidad “naturalizándola”, dándola “por hecha” y en definitiva “haciendo de nuestra identidad nacional algo inolvidable (Íbid: 93).

Debido al fútbol y a toda la industria que lo rodea se genera un “efecto multiplicador de los elementos no racionales de la nación puesto que incluye determinados rituales colectivos, cánticos o símbolos nacionales esgrimidos a modo de estandarte que entroncan con los elementos inconscientes de la nación proyectándola de nuevo como esa comunidad horizontal con cierto sentimiento de consanguinidad o parentesco” (Resina de la Fuente y Limón López, 2014: 304).

La reproducción de las comunidades imaginadas

A través del fútbol ha sido más fácil la construcción del Estado-Nación. La población ha sabido organizarse alrededor de su equipo para animarles frente a otros, ensalzando sus victorias y proezas en un terreno de juego donde está en juego más que un partido, un campeonato o una liga. Detrás de todo ello están las diputas simbólicas, la reinterpretación del resultado, el significado que se le da a la victoria o a la derrota. Y es que “los aficionados de un equipo se identifican intensamente con los equipos de su localidad, región o país porque lo perciben como símbolo de un modo específico de existencia colectica” (Bromberger, 2000: 262). Y es que, hay que considerar, que en algunas regiones del mundo como el caso de América Latina, el deporte rey se ha apropiado como una tradición y el hecho de “asumir el rol de aficionados y apoyar a ‘su’ parece ser una sentida y, a menudo, exaltada declaración pública de pertenencia y lealtad a la nación” (Villena, 2002: 41)

En definitiva, el fútbol consigue reproducir la comunidad imaginada de la que nos habla Anderson, haciendo uso del nacionalismo banal y del mito fundacional de la nación y dando como resultado la producción discursiva del nacionalismo y la representación colectiva de la nación.

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Bibliografía

– RESINA DE LA FUENTE, J. (2014) “Del consenso al tiki-taka: redefiniendo el nacionalismo español desde la prensa escrita a través del fútbol”, en Política y Sociedad, 2: 297 – 336.                                       – VILLENA, S. (2002) “Fútbol, mass media y nación en la era global”, Revista Decursos, 40 – 45.

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