El Doce de Octubre, ¿fundamentación histórica o construcción de un paradigma nacional? I

Por Francisco González Oslé. Licenciado en Historia, UCA. CAP, UCM.

La efeméride del doce de octubre y los festejos que conlleva suelen ser motivo de debates y polémicas todos los años entre diversas tendencias ideológicas y políticas. Las discrepancias no vienen sólo en sí por el Día de la Fiesta Nacional, sino además por la idoneidad o no de la fecha. Las respuestas a favor y oficiales se fundamentan en  que en 1492 España era prácticamente un Estado, incluso con rasgos culturales comunes y con caracteres casi nacionales, si no carecería de sentido festejar el día de una nación en una fecha en la que aún no se ha construido dicho país. Se alegan muchos conceptos y cuestiones: encuentro de dos civilizaciones, descubrimiento de América, expansión cultural y lingüística de España, etc. En cualquier caso, lo que se celebra de facto popularmente es el día de España, de los españoles, de nuestra nacionalidad. Desfiles, pompa, boato, banderas y actos conmemorativos se entremezclan ese día.

Pero, aparte de las respuestas populares y políticamente correctas que podamos escuchar o leer, se hace necesario profundizar; esto supone ir a los fundamentos históricos de la fecha y de la celebración.

Las justificaciones son diversas, pero en lo que respecta a lo institucionalmente estipulado la respuesta a por qué se festeja la fiesta nacional el doce de octubre la estableció oficialmente la Ley 18/1987, de 7 de octubre. Pero la justificación legal necesitaba de un fundamento histórico, así según la Exposición de Motivos de la citada ley:

«La fecha elegida, el 12 de octubre, simboliza la efemérides histórica en la que España, a punto de concluir un proceso de construcción del Estado a partir de nuestra pluralidad cultural y política, y la integración de los Reinos de España en una misma Monarquía, inicia un período de proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos».[1]

Como apreciamos, se afirma o insinúa que España está a punto de concluir el proceso de construcción de un Estado, incluso con ciertos rasgos nacionales. Y esto que establece una ley, ya venía desde mucho antes siendo un fundamento histórico y político esgrimido durante el franquismo y las primeras décadas de la democracia, incluso actualmente se sigue usando en no pocas ocasiones.

  1. ¿Existían un Estado español y un sentimiento nacional de pertenencia a un país en 1492? Problemas de construcción del Estado nacional 

Lo que más llama la atención de la argumentación histórica, política y tradicional, es esa concepción de Estado, de rasgos nacionales y de cierta unidad en España durante aquella época, última década del siglo XV. Lo cual parece insinuarse en la propia legislación, como hemos visto: «España, a punto de concluir un proceso de construcción del Estado (…)». Pero, ¿en qué situación político – administrativa, económica y cultural se encontraba la península ibérica durante la dinastía Trastámara y sucesorias?, ¿estaba «España», o estaban «las Españas», a punto de concluir su construcción como un Estado nacional, como parece argüir la fundamentación histórica oficial y tradicional?, ¿fue el reinado de los Reyes Católicos tan sublime como efímero (30-35 años) como para concluir en estas fechas la construcción de un Estado con rasgos nacionales?

La historiografía de corte tradicional consideraba y considera que la construcción de España como nación comenzó a vislumbrarse con la Reconquista y empezó a iniciarse con la resistencia que lidera don Pelayo en la batalla de Covadonga (722). No obstante, parece ser que empieza a estar cada vez más aceptado, aunque aún existen reticencias, que durante la llamada comúnmente «reconquista» lo que había era una gran mezcla étnica, religiosa, social, lingüística, cultural y una disparidad de reinos y condados extraordinaria. En el bando cristiano existía, pues, un conjunto de reinos con rasgos feudales, que disputaban entre sí o se unían dinásticamente o separaban según intereses de linajes; sólo les unía un espíritu de cruzada. Pero la mitificada batalla de Covadonga fue más una escaramuza que el comienzo de una “heroica guerra de liberación” de una España que aun ni existía como la podríamos entender hoy. Incluso en la famosa batalla de las Navas de Tolosa (1212), que bien podría ser considerada más importante que Covadonga, y sin embargo es menos conocida, se hizo necesaria la mediación del papa Inocencio III para crear un ejército cristiano unificado de los reinos existentes e independientes, sintomático de las diferencias de intereses.

Es importante, por lo tanto, entender que el argumento político, histórico y jurídico que trata de fundamentar que España está a punto de concluir el proceso de construcción de un Estado con caracteres nacionales en estas fechas, precisamente está en conexión con la opinión que afirma que su proceso de construcción comienza con la llamada «Reconquista» y con la batalla de Covadonga. Pero, como afirma Pierre Vilar:
«Una reserva. Desde el punto de vista nacional, la España de la Reconquista se disgrega más que se unifica. El León de los siglos IX a XI, la Castilla hasta mediados del XII, no cesaron de declararse herederos de los soberanos visigodos; sus reyes se hicieron llamar «emperadores de toda España». Pero la idea chocó con las realidades. Geográficamente, la lucha se emprendió en sus orígenes partiendo de territorios montañosos, físicamente aislados. Históricamente, la guerra contra los moros favoreció las tentativas de independencia: Castilla se desgajó de León, el Cid estuvo a punto de crear el estado de Valencia, y Portugal se desarrolló independientemente; en el este, la Reconquista tomó, en el siglo XIII, una forma federativa: Valencia y Mallorca fueron erigidas en reinos, junto a Aragón y el condado catalán; la propia división en taifas de la España mora favoreció esta fragmentación. Asturias, León y Castilla, Galicia y Portugal, Navarra, Sobrarbe, Aragón, Ribagorza, los condados catalanes se agregaron o disgregaron durante largos siglos al ritmo de las uniones matrimoniales y de las sucesiones de familia. Cada país acabó por adquirir y conservar el orgullo de sus títulos y de sus combates, la desconfianza para con sus vecinos. Señores aventureros y municipalidades libres contribuyeron a aumentar este espíritu particularista».[2]

Por lo tanto, desde las primeras luchas entre cristianos y musulmanes en el siglo VIII y hasta el siglo XV no existió ningún atisbo, ningún síntoma, de unidad de ningún tipo, tan solo el religioso, e incluso en este aspecto se consiguen poner de acuerdo con muchos matices, dificultades, y, a veces, con mediación del papado.

Ni mucho menos se ha iniciado un sentimiento nacional o se han sentado las bases de construcción de un Estado. Otro sí, atendiendo a lo político, institucional y jurídico ha habido una amalgama de relaciones hostiles y también diplomáticas o pacíficas según los intereses y el momento. Diversos condados y reinos forman la península, limitados además por el entramado feudal y por sus propias jurisdicciones.

1.1. Los Reyes Católicos. Intentos frustrados

Situémonos en 1469 cuando se produce el matrimonio de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, el cual accede al trono aragonés en 1479, sucediendo a Juan II. Es en esa fecha cuando se produce la unión dinástica de ambas coronas[3]. En enero de 1492 este era el panorama político y cultural en la península ibérica: dos coronas independientes unidas por una dinastía,  Aragón y Castilla, por otro lado el Reino de Navarra, el Reino de Granada y el Reino de Portugal.

Las coronas de Castilla y de Aragón solo estuvieron unidas por tres elementos comunes, no solo durante el reinado de los Reyes Católicos, sino también durante buena parte de la Edad Moderna: religión, dinastía y una cierta diplomacia exterior; siendo esto muy relativo, pues Castilla cargó con el mayor peso demográfico y económico en lo que respecta a las guerras de conquista del Imperio. Mientras Aragón en su «federalismo pactista» tenía que votar las decisiones en las cortes de cada reino. Por tanto, incluso en ciertos aspectos de política exterior no se puede considerar que hubiese una unión manifiesta, como veremos más adelante. Y esta tónica se extendió, aunque con matices, evoluciones y retrocesos, hasta la llegada de los Borbones en 1700 tras la guerra de Sucesión. No obstante, incluso durante el siglo XVIII no se puede hablar en puridad de un Estado nacional.

Las lenguas y dialectos en la Península Ibérica hacia el 1500. AAVV: Atlas histórico de España I. Ed. Istmo. Madrid, 2000, p. 166.

Vayamos por partes:

Castilla, llegaba a 1492 con un aumento del poder de la monarquía feudal sobre los señores feudales. Durante el siglo XV aparecía la figura del válido. Álvaro de Luna fue el más destacado (reinado de Juan II), este tuvo en mente un programa centralizador pro-monárquico opuesto a los intereses y derechos feudales nobiliarios; lo cual se apreció en un aumento de la centralización impositiva, una reorganización hacendística e intentos por imponer un sistema judicial más centralizado, así como en su intervención en la elección de obispos. Todo ello en detrimento del poder nobiliario, lo cual originó serias disputas entre la monarquía y la nobleza feudal.

Por lo tanto, hablar tan solo en Castilla, en 1492 de la culminación de un proceso de construcción estatal supone falta de rigor y una realidad sesgada. La dinastía Trastámara durante el siglo XV apenas había podido, con muchas dificultades, iniciar la construcción de una monarquía sólida y autoritaria, sin poseer jurisdicción sobre todo el territorio de ambas coronas, ya que la jurisdicción señorial estaba en su esplendor. Es sintomático que en Castilla, si bien desde las partidas de Alfonso X, el Sabio, se estaba intentando imponer una justicia regia, no sería hasta los Austrias cuando se fuera consolidando un sistema polisinodial fuerte (consejos que constituirían la base del poder estatal) [4]. Este sistema de consejos, y por ende los intentos de crear un aparato estatal moderno, se inició tímidamente por los Reyes Católicos, pero no concluyó como afirma la ley.

Navarra. Hasta 1512 permanece independiente. Entre la órbita francesa, la castellana y la aragonesa ha pululado siglos atrás; durante gran parte del siglo XV ha estado sumida en guerras civiles. No será anexionada hasta 1512 por Fernando el Católico, aun así conservará sus fueros y autogobierno. Por su parte, Aragón aún estaba en las antípodas de un poder monárquico absolutista, e incluso autoritario, como para construir unas instituciones estatales modernas. Esta corona se había constituido como una especie de «federación de reinos», un modelo de pactismo: Valencia, Aragón, Cataluña y Mallorca. Cada reino dentro de Aragón poseía sus cortes, sus monarcas. Como afirma Eduardo Manzano Moreno[5] en Cataluña la legislación regia estaba sometida a los derechos feudales y comunales, y debía contar con la aprobación y consentimiento de barones, señores, prelados, ciudadanos, caballeros. Cada reino dentro de la Corona de Aragón conservaba sus cortes y tenía sus competencias, por su puesto los señoríos solariegos y abadengos tenían jurisdicción propia. Las cortes aragonesas se abrían con la declaración de agravios de los estamentos, al revés que las castellanas en las que primaban los asuntos regios, esto limitaba más la actuación del monarca.

Portugal, se había desarrollado independientemente entre intereses nobiliarios pro-castellanos e intereses comerciales burgueses más cercanos a ultramar; el amiguismo inglés a lo largo del siglo XVI complicará los afanes castellanos.
El Reino Nazarí de Granada. No solo es independiente sino que encierra una diversidad étnica y religiosa, con predominio evidente de la cultura árabe y del islam. Posee pues unas formas sociales, económicas, jurídicas, religiosas y políticas peculiares y rasgos bastante distintos al resto de reinos peninsulares.

Los distintos reinos de la península en 1480. AAVV.: Atlas histórico de España I. Ed. Istmo. Madrid, 2000, p.136.

En época de los Reyes Católicos, no tenemos más que «unas Españas», tal como comentan algunos testimonios de la época y como afirman historiadores como Pierre Vilar o Antonio Miguel Bernal, entre otros. De este modo Manzano Moreno afirma que los defensores del propio Álvaro de Luna, válido de Juan II de Castilla, en sus testimonios del siglo XV afirmaban lo siguiente refiriéndose al mismo: «el más famoso e nombrado varón, que en nuestros tiempos, sin tener corona, en las Españas ovo»[7] . Destaca pues el concepto de «Españas» como realidades diversas e independientes dentro de un territorio que había sido denominado en la Antigüedad ya Hispania por Roma. Y aunque el término España pueda aparecer, extraoficialmente, en algunos testimonios, este no define las realidades, las cuales son que no había unidad, Estado, nación, ni nada que se le pareciese, sino particularismos. Por lo tanto, no concluyó ningún proceso de construcción estatal en época de los Reyes Católicos[6], como afirman la legislación española al respecto y las argumentaciones políticas tradicionales, ni hay un sentimiento nacional, como se ha defendido desde posturas ideológicas particulares, ni pudo ser así por la propia naturaleza de los acontecimientos.

Cierto es que, como ocurre, en Inglaterra (dinastía Tudor), Escocia (los Estuardo) o Francia (los Valois), en España se impone brevemente (pronto llegarán los Austria) una dinastía (Trastámara) que va a sentar las bases de la monarquía plurivasallática autoritaria, pero de carácter patrimonial, es decir autoritaria en su jurisdicción. No obstante, esta monarquía sobresale por encima de otros poderes (ciudades, nobleza, clero), pero aún depende de muchas fuerzas sociales, pactos, mecanismos y medios para seguir fortaleciéndose.

Por otro lado, no debemos confundir Estado con monarquía y su fortalecimiento, aunque aquel sea creado fundamentalmente desde la institución monárquica apoyándose en la burguesía y en las ciudades, la monarquía tiene un carácter aun patrimonial más que estatal. No obstante, los Reyes Católicos sentaron unas bases para una futura construcción de un Estado moderno, pero este no prosperaría al llegar al trono la casa de Habsburgo (Austria) con otros afanes distintos más ligados a los intereses imperiales dinásticos.

Estos fueron los elementos sentados y empleados por los Reyes Católicos para intentar crear los pilares de un poder estatal fuerte:

­­­˗ Originales elementos para una administración que fortaleciese al poder monárquico como lo fueron: la creación de los primeros consejos que darían lugar a un sistema polisinodial, la creación de chancillerías -hubo dos: Valladolid y Granada­- , la construcción de un ejército de carácter más profesional (acometieron un control de las órdenes militares), el intervencionismo regio en los municipios a través de la generalización de la figura el corregidor (delegados regios en las ciudades), reorganización hacendística y de los sistemas impositivos, creación de los juros y establecimiento de la Santa Hermandad.

˗ Unidad religiosa tras la conquista de Granada y establecimiento del Tribunal de la Santa Inquisición. Este suceso hay que matizarlo, este tribunal pasó al control regio tras la autorización del papado, respecto a nombramientos y formas de proceder, configurándose como instrumento del poder político. Pero el problema vino de que la monarquía se topó con el rechazo a priori de las cortes aragonesas a la hora de ser establecido en dicha corona este tribunal. Estas cortes veían en esta institución regia una intromisión en sus fueros. Aunque finalmente hubo concordia y acuerdo entre rey y cortes aragonesas, en la práctica la sociedad aragonesa rechazó a los nuevos inquisidores impuestos, produciéndose protecciones de señores de la Corona de Aragón a supuestos «herejes» a los que hicieron vasallos suyos, o dándose el caso de incluso motines, terminando uno de ellos con el asesinato del inquisidor Arbués en Zaragoza. Este fue un ejemplo más de las dificultades para unificar reinos, incluso a nivel de un tribunal común como fue el de la Inquisición.

˗ Unidad dinástica. Quizás el pilar más sólido, no por ello exento de dificultades.

˗ Política exterior, todavía tímidamente común, como hemos mencionado antes, y llena de matices. A este respecto, a modo de ejemplo, resulta curiosa la forma en que se gestionó la cuestión de las Indias. Si bien, tal como afirma Miguel Bernal, en los documentos oficiales (cartas, capitulaciones, acuerdos, instrucciones, cédulas, etc.) figuraba la firma de los dos reyes sin aparecer exclusividad castellana o prelación. Sin embargo, en el testamento de Isabel de Castilla, esta establece la herencia de las Indias de tal manera que esgrime que deben seguir perteneciendo a los reinos castellanos, como si pertenecieran oficialmente a los mismos[8]:

«Otrosí, por cuanto las Islas e Tierra Firme del Mar Océano, e Islas de Canaria, fueron descubiertas e conquistadas a costa destos mis Reynos, e con los naturales dellos, y por esto es razón que el trato e provecho dellas se aya e trate e negocie destos mis Reynos de Castilla y de León, y en ellos venga todo lo que dellas se traxere: porende ordeno e mando que así se cumplan, así en las que fasta ahora son descubiertas, como en las que se descubrirán de aquí adelante en otra parte alguna».[9]

Esclarecedor es en el texto que ni por asomo aparece referencia alguna al Estado español en una cuestión de política exterior. Con lo que, aunque se estaban estableciendo las bases de una posible unidad futura, más acorde con interese dinásticos patrimoniales que con las realidades y sensibilidades particularistas, aun así se aprecia en el testamento el afán por preservar para Castilla los territorios de ultramar. En época de los Austrias a la hora de aprobar en cortes los presupuestos para sufragar la política exterior y el mantenimiento del Imperio carolino también se apreciarán estos problemas.

Con los Reyes Católicos, por tanto, no concluye ningún proceso estatal; mas al contrario, se atisba un proyecto que no llegará a cuajar ni tan siquiera con los Austrias. Como afirma Miguel Bernal:

« (…) el papel de las dinastías como eje vertebrador de la unidad e integración nacional, solo adquieren carta de naturaleza cuando, tras arrancar el último tercio del siglo XV, consiguen proyectar sus reinados a lo largo del siglo XVI, que es en realidad la centuria en la que el concepto y naturaleza de Estado moderno empiezan a adquirir cierta consistencia desde la teoría y práctica políticas. Visto de este modo el papel de los Trastámara como referentes del nacionalismo hispano se diluye y queda como dinastía típicamente medieval ajena a la modernidad, y que apenas consigue proyectarse en la centuria del quinientos».[10]

Es decir, tímida monarquía autoritaria plurivasallática, pero no nacional, con muchas limitaciones para proyectar un Estado. No obstante, esto no quiere decir que algunas tendencias, fundamentalmente asentadas en ultramar, no empezasen a mostrar un cierto sentido de pertenencia a algo común. Esto se aprecia, de acuerdo con Antonio Miguel Bernal, en cartas y testimonios de colonos y pobladores de las américas en donde aparece el término «españoles», a pesar de que aún no existe dicha nación española, ni un Estado nacional[11]. Parece ser que el sentido de pertenencia a algo común vino desde situaciones externas, pero aún no era algo sólido.

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Referencias

[1] España, Ley 18/1987, de 7 de octubre, que establece el día de la Fiesta Nacional de España en el 12 de octubre. Publicada en el BOE el 8 de octubre. 1 página. Disponible en: https://www.boe.es/diario_boe/txt.php?id=BOE-A-1987-22831

[2] Vilar, P.: Historia de España, p. 31. Ed. Crítica. Barcelona, 2004.

[3] La influencia de la política castellana ya se había hecho notar en la Corona de Aragón. En el contexto de las guerras en el seno de Aragón entre pro-catalanistas y anti-catalanistas, en 1412 a través del Compromiso de Caspe, y tras reunirse los compromisarios de los distintos reinos de Aragón, se decide que Fernando de Antequera (dinastía Trastámara), regente de Castilla, sea el heredero al trono aragonés, frente al candidato Jaime de Urgell, pro-catalanista, apoyado este por Cataluña. Es desde entonces cuando una aún tímida influencia castellana, por la extracción política y natural del candidato, empiece a ejercerse sobre Aragón.

[4] El sistema polisinodial fue inaugurado por los Reyes Católicos con los consejos de Aragón, de Castilla y del Santo Oficio.

[5] Manzano Moreno, E.: Épocas medievales. Tomo II en Historia de España, (Coord. Josep Fontana y Ramón Villares), pp. 631-632 Ed. Crítica – Marcial Pons. Barcelona, 2015.

[6] Ni tan siquiera los Reyes Católicos se hicieron llamar reyes de España, por ello en su intitulación figuraban todos sus reinos.

[7] Manzano Moreno, E. Ibídem, pp. 633.

[8] Realmente, y curiosamente, hasta las Cortes de Valladolid de 1518 los territorios americanos no pasaron a ser reconocidos oficialmente como pertenecientes a la Corona de Castilla. Es decir, una vez terminado el reinado de los Reyes Católicos. Esto pareció hacerse con la intención de evitar que las indias cayesen bajo la órbita de poder de los nuevos consejeros flamencos de Carlos o acabasen ligadas más a intereses imperiales que a castellanos. Aunque otros indican pretensiones de exclusión respecto a aragoneses y catalanes, tras el periodo de regencia de Fernando el Católico cuando empezaron a formar parte del gobierno de las indias personalidades aragonesas.

[9] Testamento de la Señora Reina Católica Doña Isabel, hecho en la villa de Medina del Campo, a doce de octubre del año 1504.Disponible en: http://www.delsolmedina.com/TestamentoCodiciloIsabelCatolica.htm#9. No obstante, se debe matizar a este respecto que según Luis Suárez Fernández, en su obra Análisis del Testamento de Isabel la Católica, los aragoneses fueron equiparados a los castellanos en 1478.

[10] Bernal, A. Miguel: Monarquía e Imperio. Tomo III en Historia de España, (Coord. Josep Fontana y Ramón Villares), pp. 14 y 15. Ed. Crítica – Marcial Pons. Barcelona, 2007.

[11] Ibídem, Capitulo 6, pp. 295 – 351.

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