El Doce de octubre, ¿fundamentación histórica o construcción de un paradigma nacional? II

Por Francisco González Oslé. Licenciado en Historia, UCA. CAP, UCM.

1.2 Los Austrias. Imperio y universalismo

A la muerte de Isabel de Castilla en 1504 hay una disputa por el trono castellano entre los intereses de los Trastámara (Fernando) y de los Habsburgo (Felipe, marido de Juana). Aunque en su testamento Isabel designa a su hija Juana como heredera, se afirma que si esta no está en condiciones de gobernar, será Fernando de Aragón el regente del Reino. Felipe, marido de Juana, consigue imponer su línea, y se considera a Juana que está en condiciones de reinar, siendo “de facto” realmente Felipe (Habsburgo) quien va a gobernar. De este modo, queda rota «de facto», aunque no jurídicamente, la unidad dinástica de los reinos de Aragón y Castilla. Es decir hablamos no ya de la inexistencia de una unidad en la práctica sino de que ni tan siquiera la dinastía Trastámara está gobernando “de facto” en ambos territorios durante este paréntesis. Así se impone en Castilla el gobierno real de los intereses de los Habsburgo y en Aragón permanece Fernando como rey, los Trastámara. Estamos en las antípodas de un Estado nacional.

Con la llegada de los Austrias, el proyecto de Estado moderno y nacional de los Trastámara se desvirtúa y se resquebraja, por los siguientes motivos:

El proyecto y deseo imperial patrimonial y universal, más que castellanos y nacionales, de los Austrias frustraron un posible proyecto de Estado y de nación que podría haber proseguido las bases que crearon los Reyes Católicos y Trastámaras anteriores. Sintomático de ello son, entre otros factores: la política imperial, sobre todo de Carlos V, el cual casi nunca residió en Castilla, preocupado más por la política exterior que por sus coronas ibéricas, los intentos de imponer consejeros no castellanos por parte de Carlos V y la influencia que ejercieron sobre él, la introducción de nuevas costumbres flamencas en la corte y los presupuestos arrancados a las cortes castellanas, nada más llegar, destinados al afán de conseguir el trono imperial y a financiar guerras de conquista, que obedecían más a intereses imperiales y dinásticos que nacionales.

Por tanto, no se puede hablar con Carlos V de un Imperio Hispánico, sino dinástico y universal. No hay imperio español en estas fechas carolinas, sino que los reinos hispánicos son un apéndice más del imperio Germánico y van a remolque de dichos intereses, lo que ocasiona no pocas resistencias en la península.

Todo ello derivó a lo largo del siglo XVI en la revuelta de los comuneros castellanos, el malestar de las ciudades y las resistencias catalana-aragonesas y de la propia nobleza señorial, frente a los intentos centralizadores de los monarcas:

La revuelta de las comunidades (1520-1521). Frente a la política de intereses imperiales que intenta imponer el recién entronizado Carlos V, los comuneros demuestran el sentimiento de pertenencia a Castilla, que no a un Estado nacional español. Lo deja bien claro el siguiente extracto del manifiesto de los comuneros:

«(…) que el rey no pueda poner corregidor en ningún logar, sino que cada ciudad e villa elijan el primero día del año tres personas de los hidalgos e otras tres de los labradores, é quel Rey e su Gobernador escojan el uno de los tres hidalgos y el otro de los labradores, é quéstos dos que escojeren sean alcaldes de cevil é criminal por tres años, (…)que los oficios de la casa Real se hayan de dar á personas que sean nascidos e bautizados en Castilla (…) quél Rey no pueda sacar ni dar licencia para que se saque moneda alguna del reino (de Castilla se entiende) ni pasta de oro ni de plata, é que en Castilla no pueda andar ni valer moneda ninguna de vellón si no fuere fundida é marcada en el reino(…)».[1]

Castellanismo sí, españolismo aún no. Como podemos comprobar son celos castellanos por temor a perder una serie de derechos comunales y forales ante el afán imperial, que no nacional, de Carlos V. Por lo tanto, particularismos frente a universalismo imperial, pero de momento nada de nacionalismo español.

˗ La corona de Aragón y los celos catalanes. Numerosos conflictos y disputas dejan patente la independencia judicial y política que poseía Aragón y sus propios reinos, así como el celo hacia lo castellano. A pesar de la preeminencia del Consejo de Castilla sobre los demás y de la progresiva influencia castellana en el territorio, Aragón, sobre todo Cataluña, permaneció con sus propios organismos e instituciones hasta prácticamente los Borbones.

Destaca la cuestión de Antonio Pérez, secretario de Felipe II, acusado de traición y de asesinar al secretario de Juan de Austria. Antonio Pérez se refugia en Aragón y pide el amparo de los fueros. Felipe II utiliza la Inquisición, único tribunal común  a toda la monarquía, y lo acusa de hereje para ello (otro ejemplo más de que no había aún unidad judicial). El Justicia Mayor de Aragón se posiciona en favor de Antonio Pérez y niega dicha herejía. En 1591 entra en Zaragoza un ejército castellano ajusticiando al Justicia Mayor y Antonio Pérez huye a Francia.

Este no es más que un ejemplo. Podríamos citar algunos más, como las quejas de la población catalana durante la ocupación del territorio por soldados castellanos e italianos para hacer frente a las tropas francesas en la guerra con Francia a partir de 1636. Un grupo de rebeldes asesinaron incluso al virrey catalán desatando la represión castellana posteriormente, es el llamado «Corpus de Sangre». Poco después, la «revolta catalana» intentó convertir a Cataluña en Estado Independiente en 1640, lo consiguió unos años, incluso al coste de caer bajo órbita francesa durante un tiempo.

Como afirma Albert Balcells, el caso catalán será peculiar dentro de Aragón; hasta 1714 Cataluña poseyó su propia estructura institucional independiente, su moneda, sus aduanas, su propio sistema fiscal, y el catalán era la única lengua oficial[2]. En el resto de Aragón los derroteros no iban muy alejados, pero se dejó sentir más la influencia castellana.

˗ Los frustrados intentos centralizadores del conde duque de Olivares son otro ejemplo del celo señorial y de otros poderes, como las ciudades, frente a intentos de fortalecimiento estatal centralizador. De todo su programa centralizador y castellanizante, intentando unificar la legislación en torno a Castilla, solo pudo intentar la unión de armas, que también fracasó, ya que votaron en contra las cortes aragonesas, fundamentalmente las catalanas.

Como se puede apreciar, incluso en 1793 aún se hacía alusión a todas las regiones y reinos en la intitulación del monarca, un síntoma claro de que aún no se aludía a España como nación según el concepto moderno. En este caso estamos ante las Ordenanzas Generales de la Armada Naval, Tomo II, de 1793, conservadas en el Instituto Hidrográfico de la Marina en Cádiz.

Por último, un dato esclarecedor; tras el matrimonio de Felipe II con María Tudor (reina de Inglaterra), Felipe intenta en 1556 que en los documentos regios que se emitan a partir de dicha fecha el título de «Rey de España» anteceda al de Inglaterra, que le correspondía como consorte. Los ingleses se negaron argumentando que era imposible que se antepusiera al título inglés uno inexistente jurídicamente. Afirmaban que los dos reinos hispánicos que sí tenían entidad constitucional eran Castilla y Aragón, y que ambos eran independientes a efectos jurídicos y a todos los niveles.

Conclusión

Concluyendo, y para dar respuesta a las incógnitas planteadas, si en los siglos XVI y XVII costaba la formación histórica de un espíritu nacional y  la creación de un aparato estatal, no digamos en época de una dinastía efímera como la de los Reyes Católicos. Por lo tanto, es cuando menos arriesgado, parcial y sesgado afirmar que existió el culmen o la conclusión de un proceso de construcción del Estado español, y ni mucho menos con caracteres nacionales, cuando no se puede hablar con seguridad de ello hasta la llegada de los Borbones en el siglo XVIII.

Pero no es mi intención argüir que en época de los Reyes Católicos y durante los Austrias no existiesen tendencias a intentar un proyecto unitario, como atestiguan testimonios y documentos, sino que éste no se llegó a realizar.

No será hasta los Decretos de Nueva Planta en 1707-1714, tras la guerra de Sucesión, cuando los Borbones empiecen a crear unas estructuras y organismos propios de un Estado más moderno, imponiendo a Aragón la legislación castellana tras derrotarlos en la Guerra de Sucesión. Podemos decir que hasta el siglo XIX no concluye la gestación del Estado español, tanto a nivel del concepto jurídico como de sentimientos nacionales. Pero en «las Españas» de los Reyes Católicos y de los Austrias, los reinos disponían de sus propias leyes, monedas, en algunos casos, y particularidades constitucionales e incluso existían fronteras entre los diversos territorios.

Gracián, jesuita y escritor español del Siglo de Oro escribe:

«Pero en la Monarquía de España, donde las provincias son muchas, las naciones diferentes, las lenguas varias, las inclinaciones opuestas, los climas encontrados, así como es menester gran capacidad para conservar, así mucha para unir».[3]

Por su parte, Juan-Sisinio Pérez Garzón habla de monarquía plurivasallática, y no de carácter protonacional, esta:

«Hace referencia no sólo a la pluralidad de reinos y de vinculaciones institucionales, sino también y de modo muy especial a las relaciones de carácter feudal del sistema señorial en toda la geografía peninsular. Por un lado, todos eran vasallos del rey hasta que las Cortes de Cádiz proclaman constitucionalmente que «la nación española no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona» -se entiende que antes del siglo XIX, por lo tanto, la nación era patrimonial y no pública, según el concepto que tenemos de Estado-[4] . Por otro lado, todos los pueblos y sus habitantes eran vasallos de un señor, hasta que la extraordinaria subversión de la abolición del régimen señorial les otorgó la condición de ciudadanos.

Por eso, por más que la palabra España aparezca en textos medievales y de la Edad Moderna, siempre fue con gran variedad de sentidos. Se han perpetrado graves anacronismos al querer hacerla coincidir con el actual significado».[5]

Si bien, es cierto que durante los siglos  XIV y XV asistimos a un fortalecimiento del poder real en Castilla, y posteriormente en ambas coronas, y que hay tendencias cortesanas con objetivos unitarios. Pero fundamentalmente, esto no debe confundirnos con el concepto de Estado. Una cosa es el fortalecimiento de la institución monárquica, los medios y herramientas que utiliza, y otro muy distinto concluir las bases del principio del Estado moderno y de carácter protonacional, lo cual se inicia muy tímidamente con los Reyes Católicos, es sesgado por la idea imperial de Carlos V, se desarrolla con muchos matices en los siglos XVI y XVII, sin triunfar, y no se consolida hasta los Borbones, a partir de los decretos de Nueva Planta. Finalmente el maridaje del centralismo borbónico y la guerra de Independencia harán surgir un sentimiento común de pertenencia a unas fronteras, que no dejan de encerrar una realidad multinacional.

Recuperando la incógnita inicial ¿Por qué no elegir entonces otra fecha para celebrar el Día de la Fiesta Nacional?, una fecha más acorde con la soberanía popular o las realidades históricas, véase el 2 de mayo o el 19 de marzo. ¿Se está festejando realmente la soberanía de una nación y el orgullo de pertenencia a un pueblo,  o se realza realmente el nostálgico recuerdo de un Imperio que pertenecía más a una dinastía y que obedecía a unos intereses más particulares? En España nos empeñamos, pues, en hacer nacional una fecha y una época que deben obedecer a otras reflexiones y valoraciones.

Entiendo, pues, que la fundamentación histórica esgrimida por los partidarios de esta fecha parece obedecer a intereses políticos e ideológicos las más de las veces. Lo cual supone uno más de los muchos impedimentos para que la Historia ilumine como ciencia social la construcción hacia un Estado plural, multinacional, social y políticamente avanzado.

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Referencias

[1] López – Cordón, Mª Victoria y Martínez Carreras, J. U.: Análisis y Comentarios de Textos Históricos. Tomo II en Edad Moderna y Contemporánea, pp. 53 – 56. Madrid, 1978. Ed. Alhambra.

[2] Balcells, A.: El nacionalismo catalán,  p.9. Ed. Historia 16.Madrid, 1999.

[3] Gracián, B.: El político Fernando El Católico. P.497. Disponible en Biblioteca Virtual: http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/09250620855781628632268/ima0004.htm

[4] El entre guiones es mío.

[5] Pérez Garzón, J.S.: «El nacionalismo español en sus orígenes: factores de configuración», en España, ¿Nación de naciones? I Jornades Jaume Vicens Vives. Revista Ayer, nº 35 (1999). Ed. Marcial Pons. Madrid, 1999.

Bibliografía y documentación 

Libros

AAVV.: Atlas histórico de España I. Ed. Istmo. Madrid, 2000.

AA.VV.: La España de los  Reyes Católicos: 1474-1516. En Historia de España, Menéndez Pidal; Vo.17. Ed. Espasa Calpe. Madrid, 1919.

Balcells, A.: El nacionalismo catalán. Ed. Historia 16. Madrid, 1999.

Bernal, A. Miguel: España, proyecto inacabado. Los costes/beneficios del Imperio. Ed. Marcial Pons. Madrid, 2005.

Bernal, A. Miguel: Monarquía e Imperio. Tomo III en Historia de España (Coord. Josep Fontana y Ramón Villares). Ed. Crítica-Marcial Pons. Barcelona, 2007.

López– Cordón, Mª Victoria y Martínez Carreras, J. U.: Análisis y Comentarios de Textos Históricos. Tomo II En: Edad Moderna y Contemporánea. Ed. Alhambra. Madrid, 1978.

Manzano Moreno, E.: Épocas medievales. Tomo II en Historia de España (Coord. Josep Fontana y Ramón Villares). Ed. Crítica-Marcial Pons. Barcelona, 2015.

AAVV: España, ¿Nación de naciones? I Jornades Jaume Vicens Vives. Revista Ayer, nº 35 (1999). Ed. Marcial Pons. Madrid, 1999.

Vilar. P.: Historia de España. Ed. Crítica. Barcelona, 2004.

Legislación

España, Ley 18/1987, de 7 de octubre, que establece el día de la Fiesta Nacional de España en el 12 de octubre. Publicada en el BOE el 8 de octubre. 1 página.

Páginas web

http://www.cervantesvirtual.com/portales/boletin_real_academia_historia/catalogo_titulos/

http://pares.mcu.es/

http://www.bne.es/es/Inicio/index.html

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