Aproximación general al Imperio Persa Aqueménida

Por Francisco Javier Dantas Cayuela

Richard Muñoz García

Daniel Becerra Fernández

La ideología monárquica persa

El rey persa aqueménida fue un representante del dios Ahuramagda en la Tierra, no un dios, por lo que todo el mundo tuvo el deber obedecerle. El principal título monárquico persa fue el de Shāhanshāh, literalmente Rey de Reyes, que continuó la tradición proximoriental de clasificar a los soberanos entre “grandes reyes” y “pequeños reyes”. Con ello, Ahuramagada aparece como la divinidad protectora de la realeza. El monarca persa se presenta como un rey absoluto, pero administraba su poder de forma conciliadora. Por lo tanto, se presenta como un guardián de la creación y del estado.

La realeza se transmitía a los miembros de la familia Aqueménida y se elegía al heredero de la corona entre los miembros de la familia real, no al primogénito. Esto se puede apreciar en el caso del primogénito de Darío I que no llegó a ser rey, ya que su padre temía que éste aumentase el poder de la noble familia de su madre, y optó por Jerjes, descendiente que había tenido con la hija de Ciro II, Atosa, por lo que su heredero estaba legitimado para gobernar.

El harén real suponía un constante enfrentamiento entre las distintas ramas de la familia real por ampliar su influencia y poder. Además, había hijos bastados que no podían heredar el trono. El sucesor era elegido entre los hijos del monarca y su ceremonia de elección era pública, en la cual se le entregaba una tiara, símbolo del heredero. Cualquiera que usase una tiara sin ser elegido era considerado rebelde y debía ser ejecutado.

Cuando el rey moría los súbditos se rapaban la cabeza y mantenían un luto del cual no se conoce su duración. El sucesor se tenía que ocupar del enterramiento del rey difunto, que por lo general se solía enterrar en Naqsh i Rustam. En la actualidad desconocemos como eran los ajuares y las celebraciones funerarias, pero hay un texto de Ciro II que nos muestra información sobre su funeral.

La corte persa

La corte estaba compuesta por nobles próximos al rey. La llegada de Darío I al trono tras un golpe de estado supuso la reforma de la corte, ya que él había conspirado junto con otros nobles para hacerse con el poder, por ello éstos debían ser recompensados. Los nobles de Darío tuvieron mucho poder debido a que la monarquía se sustentaba en ellos. Se sabe por fuentes griegas que Darío I y los demás conspiradores pactaron antes de la conjura que el futuro rey debía recibir a los demás nobles conspiradores y que sus hijas se debían casar con él. A pesar de este pacto, Darío supo mantener a raya a estos nobles y poco a poco fueron perdiendo poder, llegando a ser sus descendientes unos súbditos más.

Darío II fue un bastardo y para congraciarse con la nobleza casó a sus hijos con nobles. Sólo la elite tenía derecho a la educación y existió distintas formas de saludar dependiendo de la importancia de la persona:

 

–           Saludo entre iguales = Beso en la boca.

–           Saludo entre personas de diferente estatus = Beso en la mejilla.

–           Saludo al rey = Prosquínesis (arrodillarse, agachar la cabeza y las manos).

Ser “amigo” del rey no era un honor exclusivo de la nobleza, ya que conocemos la existencia de personas externas a este segmento social que llegaron a serlo. Ha de mencionarse que si el “amigo” del rey traicionaba su confianza era condenado a muerte.

La administración persa

El imperio de los persas era un gran estado muy heterogéneo, que consiguió permanecer unido unos 200 años. Este imperio hizo frente a muchas crisis internas y externas, pero los Aqueménidas consiguieron superarlos hasta el final de su dinastía.

El imperio se mantenía gracias a un poderoso ejército y a una gran administración, que consistía en un gobierno central en Persia y una periferia administradas en satrapías (provincias), al frente de las cuales había un sátrapa.

Darío I menciona 24 satrapías, que no coincide con el número que da Heródoto, ya que indica la existencia de 20 satrapías. Se piensa que Heródoto estaba en lo cierto y que Darío en vez de satrapías habla de pueblos, y además es probable que el número de satrapías cambiase con  los años.

Existieron unas relaciones específicas con determinados pueblos que no llegaron a introducirse en el sistema de satrapías como los habitantes de los Zagros, los árabes y los escitas.

Habitantes de los Zagros que a cambio de regalos dejaban pasar libremente a los habitantes del imperio y reconocían la soberanía del Gran Rey.

Los Árabes que a cambio de regalos permitían y facilitaban  el comercio con el sur arábigo.

Los Escitas, estos pueblos del norte tenían una relación especial con el imperio, pero no se conoce en que consistía. Se sabe que hubo escitas en el ejército persa, y seguramente este pueblo permitió el paso para comerciar con pueblos más alejados de sus fronteras como parece demostrarlo una alfombra persa hallada en China.

El sátrapa se encargaba de los asuntos internos de la satrapía y estaban estrechamente vigilados para que no se produjeran secesiones. Estos sátrapas administraban las provincias desde nuevas ciudades o desde antiguas capitales de los pueblos conquistados. Las satrapías recaudaban impuestos que eran enviados al gobierno central y otra parte de lo recaudado se quedaba en la satrapía, siempre con el consentimiento previo del monarca persa. Los impuestos eran recaudados en metálico o en servicios.

En las capitales provinciales existieron archivos que reflejan muy bien como eran los asuntos tratados por las autoridades regionales. La  satrapía se subdividía, pero no conocemos como funcionaba la siguiente división administrativa del estado. Los sátrapas tenían la obligación de mantener las vías de comunicación en buen estado y seguras. Existían puestos de descansos  a cada día de camino, pero sólo podían usarlo las personas autorizadas por el rey. Los sátrapas tenían relaciones muy estrechas con la aristocracia local de la región que gobernaban.

La posesión de la tierra

Gracias a una familia acomodada de Babilonia llamada Murashu conocemos algo sobre la propiedad de la tierra en el imperio gobernado por la dinastía Aqueménida. Sabemos de la existencia de grandes propiedades y que la tierra se divide en:

–           Tierras del rey

–           Tierras de la familia real

–           Tierras de nobles

–           Tierras de altos funcionarios (ejército y administración)

–           Concesiones reales.

La cesión de tierras dependía de si se trataba de caballeros, infantería o combatientes en carros. Estas tierras se trasmiten a hijos que cambian el servicio en el ejército por el tributo en plata, ya que paulatinamente disminuyó el número de guerras de expansión.

Por los datos de la familia Murashu sabemos que eran beneficiarios de concesiones reales, cuyas tierras eran cedidas a arrendatarios a cambio de un tributo en plata que servía en parte para paga tributos al imperio. Además estos propietarios actuaban como banqueros en muchas ocasiones. En caso de guerra se podía disponer de estos propietarios para la lucha, puesto que debían pagar el servicio.

La cultura y la religión persa

Los persas favorecieron el florecimiento de las culturas y lenguas regionales y locales del imperio. Fueron conciliadores, por lo que diferían de las principales potencias precedentes del Oriente Próximo. Usaron lenguas locales para entenderse con sus súbditos, además usaron el arameo como lengua franca.

Mantuvieron y promovieron cultos de carácter local o regional, pero en caso de sedición se llegó a destruir los templos de las comunidades sublevadas. La corte recibió mucha influencia de los países conquistados. Se mezcló la cultura y tradiciones de estos pueblos con la persa, algo que se refleja en su arte. Los sacerdotes persas tuvieron un gran poder político pero se desconoce su función principal.

Además, este fenómeno puede apreciarse en elementos como el Salón de las 100 columnas, que muestran un diseño que amalgama diversos elementos de diversas tradiciones locales.

Las columnas de piedra caliza poseen vigas en dos direcciones, sujetas por una cruceta que apoya en la horquilla creada por los toros dobles del prótomos, que en origen estaban unidas por cuerdas, pero que es modificado en Persépolis. Fundamentalmente eran vigas de maderas de cedros, que permitían abrir luces de hasta 13 metros, aligerando el peso de la cubierta respecto a una pétrea. Estos poseían motivos decorativos vegetales de origen egipcio, una reminiscencia a la columna jónica con dobles volutas. El fuste, coronado por una canpánula y una corola de loto egipcia, era estriado, también siguiendo el modelo griego de columna jónica con medidas similares a las del templo de Aphaia en Egina. Por último, estas poseen una basa denominada campaniforme con motivos florales y vegetales de tradición oriental.

Columns in Persepolis, c. 500 BC. Woodcut engraving from the book “Meyers Konservations-Lexikon, Band 2 (Meyers Lexicon, volume 2)”, 3rd edition, published by Bibliographisches Institut, Leipzig in 1874.

Zaratusta (S. VII a.C. o VI a.C.) renovó la religión y la filosofía persa. Según él mismo, el dios Ahuramagda se le manifestó, hecho reflejado en el Zoroastro, que muestra una forma de comportamiento en la que el hombre debe diferenciar entre el bien y el mal, y elegir el bien. Esta moral se desvirtuó por el uso personal de los gobernantes.

El centro del imperio, Persia (núcleo y pueblo),  cambió mucho durante este periodo, ya que pasó de ser nómada la mayor parte de la población, a ser sedentaria con la construcción de ciudades como Persépolis y Pasagardas, además su población aumentó considerablemente.

Arquitectura

La arquitectura persa destaca en el carácter aúlico, que se desarrolla principalmente en las principales ciudades como Persépolis, Pasargada, Susa o Ecbatana.  Dentro de la arquitectura regia contamos con dos tipologías básicas: Palacios y tumbas de monarcas.

Quizás, el ejemplo más destacado de esta arquitectura funeraria lo encontramos en la Tumba de Ciro el Grande.

Ciro rompió la costumbre persa de enterramiento en hipogeos, como habían hecho otros monarcas persas en el acantilado rocoso de Naqsh-i-Rustam, donde se encuentran, entre otras, las tumbas de Artajerjes o Darío.

La tumba de Ciro se localiza en Pasargada y consta de un pequeño recinto de forma rectangular, con un tejado a dos aguas y elevado artificialmente con un graderío. En la parte superior, aparecería el soberano en actitud orante  frente al altar, bajo el símbolo de Ahuramagada.

En el estado actual de conocimientos sabemos de la existencia de templos para el culto al aire libre, con altares dedicados a Ahuramagda.

Conclusiones

La dinastía de los Aqueménidas consigue culminar la unificación de Oriente Próximo en un único estado y bajo el ideal del Imperio Universal. Los persas consiguieron crear un gran imperio en el que se combinaron elementos culturales de los distintos pueblos y se mostraron como continuistas y defensores de las distintas culturas del estado. Parten de una perspectiva política distinta a los imperios proximorientales precedentes como el Imperio Nuevo Asirio o el Imperio Neobabilónico, que pretendieron crear estados fuertes mediante la uniformidad cultural, manifestada en ocasiones en deportaciones masivas de poblaciones. La administración persa, tanto central como regional /local fue admirable, con sistemas de comunicaciones que fueron un gran avance.

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Bibliografía

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