Carlos V en Mülhberg, o el tiempo final de la Universitas Christiana

 

Por Gabriel Moreno González

El ser humano ha necesitado siempre de poderosos mitos en los que poder asentar sus concepciones del mundo y con los que poder dar cobertura teórica a las estructuras políticas que, con mayor o menor éxito, se han sucedido a lo largo de los siglos. Ya reconocida por los antiguos griegos la relevancia de los relatos míticos en la legitimidad y legitimación de los sistemas de gobierno, autores como Georges Sorel o Ernest Cassirer profundizaron, entre el siglo XIX y XX, el estudio del Estado como transmutación institucional de una pretensión mítica de regir las relaciones humanas. El reino del logos europeo de la Ilustración no sería más, para algunos pensadores, que la traslación pretendidamente racionalista de arquetipos (Jung) milenarios, donde la secularización del poder apenas puede esconder su naturaleza perenne y una esencia de lo político (Julien Freund) a veces difícilmente reconducible a parámetros racionales. La crítica schmittiana al liberalismo, que se sigue de una tradición más enraizada en el pensamiento europeo de lo que en ocasiones se concede (Donoso Cortes, De Maistre), en el fondo viene a ser la constatación de una raíz eminentemente teológica, mítica e irracional, de un poder al que ingenuamente los liberales creen dominar desde sus inanes textos constitucionales.

García Pelayo, de quien uno siempre puede aprender gracias a su vasta obra teórica y a su indeleble compromiso con la palabra escrita, ya en 1958 publicaba desde el exilio un brillante y breve estudio sobre lo que él denominaba, con acierto estético, “el Reino feliz de los tiempos finales”. En él, el primer Presidente del Tribunal Constitucional español y jurista zamorano exploraba los diferentes mitos políticos que, permaneciendo con fuerza a lo largo del tiempo, han ido moldeando nuestras concepciones e intentándose imponer sobre la roca viva de los hechos y la realidad con el objetivo, siempre irredento, de darles el final definitivo. Recuperar la mítica edad de oro, ese paraíso edénico que la Humanidad perdió antes de Caín, antes de Prometeo, antes del Angra Mainya zoroastrista y que nunca ha podido ser mejor descrito que con el virtuosismo con que lo hace Cervantes en su obra inmortal. “Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados…”, una edad a la que el mito político, en sus diferentes formulaciones, intenta regresar empujando, paradójicamente, el ritmo de la Historia hacia su final, hacia el último día del Juicio, del León de Judea o del Crakavartin hindú.

En esa ansiedad por el reino final, el pensamiento occidental de raíces europeas siempre ha tenido dos grandes fuentes, inagotables, de las que extraer su potencial simbólico, teórico y, por tanto, mítico. El Imperio Romano, paradigma del poder político temporal sobre la totalidad del “mundo conocido” y perfeccionamiento de lo clásico y la virtus, y la tradición judeocristiana, imbuida de neoplatonismo y de ese genio de belleza y ansiedad estética del que nos habla con maestría Chateaubriand, han impregnado y dotado de significación a muchos de los conceptos que vertebran hoy nuestras concepciones y que, en su momento (¿seguros del pasado?) constituyeron las bases sólidas de los, a veces, frágiles reinos finales que se proyectaron.

Durante la larga Edad Media las dos tradiciones, la romana y cristiana, se abrazarían en torno al mito del último emperador. En vez de rechazar la idea imperial, la Iglesia de Roma (de Roma…) terminaría por acogerla en su seno y aunar a su ecumenismo el universalismo de un Imperio en expansión, sólido y donde reinase la paz. Los carolingios primero o el Sacro Imperio Romano Germánico después, se intentan erigir en las continuaciones cristianas de una Roma universal ahora, tras Constantino y su falsa donatio, adornada por los campanarios de los templos, los Te Deum en latín y la majestad del Pontifex. Las antiguas basílicas romanas se convierten en iglesias, la lengua del imperio en la lengua del Cristianismo, los sacerdotes se visten como los antiguos senadores y Roma vuelve a erigirse en la caput mundi bendecida por Dios. Es aquí cuando el mito del último emperador, del último gobernante sobre la tierra, surge con fuerza, aupado por las ascuas de un milenarismo nunca extinto. Instalados los cristianos en Jerusalén, el emperador devolverá al cielo en el Gólgota las insignias del poder temporal y la paz mundial, el fin de la humanidad, se consumarán en un único acto glorioso. Aún en la ya nada medieval fecha de 1550, Hernando de Acuña escribiría su “Soneto imperial” en el que, refiriéndose a la Monarquía Hispánica de los primeros Austrias, habla de la necesidad de “un Monarca, un Imperio, una espada”, para llegar a esa “edad gloriosa en que promete el cielo una única grey y un pastor solo en el suelo”.

Este mito del último emperador cristiano, no obstante, sería suavizado a lo largo de la Baja Edad Media y con la consolidación del pensamiento escolástico. Aquí, dos grandes autores brillan por su contribución a la operación intelectual de rebajar su carga escatológica: Dante Alighieri y Erasmo de Rotterdam. El florentino, en su famosa obra De Monarchia aboga claramente por la instauración de un reino universal que garantice la paz sobre los hombres e impulse la piedad cristiana, pero lo hace ya sin reminiscencias a la toma de Jerusalén ni a intercesiones divinas. Del tratado de Dante, tan bien analizado por Étienne Gilson y hasta por Kelsen en su estudio sobre la Divina Comedia, se desprende siempre un argumento de necesidad humana, muy humana y hasta peregrina. El hombre no es un ser gregario, sino libre, pero necesita vivir en comunidad (zoon politikón aristotélico) y para ello precisa que esta comunidad esté regida con justicia, seguridad y ecuanimidad. Erasmo, por su parte, recuperaría para el Renacimiento la idea medieval de una Universitas Christiana regida por un único Rey o emperador que instaure la paz perpetua (irenismo) en armonía con el poder espiritual del Papa.

Será en los tiempos de Erasmo, en ese maravilloso intersticio entre la Edad Media y la Moderna, en una época de crisis en el que lo viejo aún no termina de morir y lo nuevo de consolidarse, donde una figura central de la Historia europea, Carlos V, encarne dichos ideales por última vez y ya con una resonancia, eminentemente, romántica. El Emperador, heredero de un poder temporal sin precedentes y reforzado por las posesiones del Nuevo Mundo que a cada año se abrían paso entre las nieblas americanas, fue en el fondo un ferviente erasmista, creyente acérrimo de la necesidad de un Imperio universal en el que él, último eslabón del Sacro Imperio y nieto de los Reyes Católicos, en cuyo cuerpo convergía la sangre de casi todas las dinastías europeas, devolvería a la vieja Europa la pax romana bajo las águilas imperiales y la Cruz de Cristo. Es en ese mito en el que tenemos que enmarcar su casi obsesiva pretensión, finalmente colmada, de ser coronado emperador por el Papa en una ceremonia, quizá la última gran ceremonia de connotaciones universalistas, que tan bien ha descrito Mujica Laínez en su imperecedero Bomarzo. El rey tímido, el rey acongojado por su debilidad física y su mentón, mira impertérrito desde la altura de su trono en San Petronio de Bolonia y por encima del Papa a los príncipes de la Cristiandad que se arrodillan ante su Majestad y… sonríe levemente. Es él el último Emperador, es él el que restaurará la unidad última y primera. Y para conseguirlo tendrá que hacer frente a dos grandes amenazas: el auge del protestantismo, sobre todo en sus tierras alemanas, y la amenaza del Turco que llega, incluso, a las puertas de Viena. Salvada ésta y vencidos, en un primer acto glorioso, los príncipes herejes, el 24 de abril de 1547 Carlos respira aliviado en su mito. Ha derrotado en Mülhberg a la Liga de Smalkalda, integrada por todos los reyezuelos y barones luteranos, y enseguida la idea, el proyecto, se le presenta en sus cansados ojos como una revelación de su portentoso destino. Tiene que ser retratado, él, el César, como fueron esculpidos los emperadores romanos, como fue inmortalizado el estoico Marco Aurelio, y tiene que serlo además como un príncipe cristiano, como el miles Christi que describiera Erasmo en su Enquiridion. Imbuido de erasmismo y de cosmopolitismo renacentista por el culto Gattinara, su principal consejero imperial y admirador del pensamiento de Dante, lector asiduo él mismo de las obras del holandés y perfecta conjunción de dos mundos que se tocaban con los dedos de Miguel Ángel bajo la armonía de Tomás Luis de Victoria, Carlos V llama a Tiziano.

El pintor veneciano, con sus colores intensos y luminosos, retrata al Emperador como éste deseaba, pero como él mismo, el pintor, también quería sublimarlo. Tiziano era conocido como “el sol entre las estrellas”, una de las expresiones finales del Paraíso en la Divina Comedia de su querido Dante, y esa vinculación dantesca (en el buen sentido de la palabra) no es casualidad.  La falta de mesura del Renacimiento, el amor por la vida de sus protagonistas, la vitalidad de las obras y contribuciones que nos han legado, se dan cita en un cuadro único, Carlos V a caballo en la batalla de Mülhberg, que es algo más que el primer gran retrato pictórico ecuestre. Es la conjunción, es la síntesis, de Roma y la Cristiandad, de Marco Aurelio impávido con la mirada fija de su estoicismo y el último Emperador que porta la lanza de Longinus. Carlos solemne, vencedor pero magnánimo, con la misma frialdad en sus ojos con la que recibió la corona imperial en su juventud, nos observa desde la altura y nos transmite su pasión por el mito político que él mismo creía y pretendía encarnar. Carlomagno, Dante, Erasmo, San Agustín, el Jerusalén de Tasso, el último Emperador, la Europa eterna del cristianismo universal, la fuerza y el poder del Renacimiento se concentran en un cuadro único, poderoso en la magia de sus colores y en la solemnidad de un Tiziano en la madurez de su genio.

El mito, sin embargo, no se haría finalmente realidad. Carlos derrotado, con Francia de nuevo traicionando su autoridad, los príncipes alemanes reafirmados en su contestación y el Otomano revigorizado en su poderío militar, llega a la vejez exhausto, cansado y, sobre todo, defraudado. Defraudado con sí mismo, con el mito que intentó encarnar y que finalmente no pudo materializar. Por eso se retira a sus relojes, a sus oraciones, lecturas y cazas, y lo hace a un apartado rincón de su vasto Imperio, en un valle de la Extremadura española donde, desde su silla y mirando el jardín del pequeño monasterio de Yuste, se acordaría hasta su muerte de que él podría haber sido el último Emperador, el príncipe cristiano magistralmente retratado para la inmortalidad por la genialidad de Tiziano y que hoy, cinco siglos después, nos sigue mirando desde la altivez de su mito.

 

 

Gabriel Moreno González

1991, Valencia de Alcántara. Premio Extraordinario de Bachillerato, Graduado en Derecho por la Universidad de Extremadura con Premio Extraordinario Fin de Carrera, Premio Nacional a la Excelencia Académica, Máster Universitario en Derecho Constitucional por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales y la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, con estancias de investigación del Instituto Complutense de Estudios Jurídicos Críticos (2014), el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (2015), la Universidad de Sussex, Inglaterra (2016) y el Max Planck Institute for Comparative Public Law and International Law de Heidelberg, Alemania (2017). Tiene diversos estudios publicados en revistas científicas y obras colectivas sobre las instituciones de gobernanza económica de la Unión Europea y su dimensión constitucional, materia sobre la que ha impartido diferentes conferencias en las Universidades de Alicante, Valencia, Complutense, Autónoma de Honduras, Politécnica de Nicaragua, Vigo, Castilla-La Mancha, Autónoma de México, Federal de Recife o Extremadura. Actualmente realiza el doctorado en Derechos Humanos y Democracia en la Universitat de València, en el departamento de Derecho Constitucional y Ciencia Política, del que forma parte como investigador predoctoral. Asimismo, es co-director del proyecto de jóvenes investigadores The Social Science Post, miembro de la Asociación de Constitucionalistas de España y de La Facultad Invisible.

1 Comment

  • Responder agosto 19, 2018

    Remedio

    Gabriel tú me reconcilias con los modos y formas culturales de mi juventud y me reconforta ver que no están obsoletos

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