La generación de los (s)obreros (I/II)

 

Por José Antonio Santiago Sánchez

 

1.-

 

Permítame el lector de estas páginas realizar junto a él, ahora que el estío nos media a los españoles, un doble ejercicio de nostalgia y justicia. El primero suele ser muy propio de estas épocas de verano. Como si la canícula se prestara de un modo más propicio a la fértil contención y al repaso del ayer de una manera similar a los campos que agostan sus labranzas para madurar los frutos de cara a septiembre.

Como acaso sepa el lector, la canícula es el tiempo en que Sirio, la estrella más brillante de la constelación del Can (de ahí su nombre) aparece junto con el Sol y que antiguamente coincidía con la época más calurosa del año en el hemisferio norte.

La conjunción de ambos astros se le antoja al que esto escribe análoga a ese doble ejercicio que mencionábamos. Por un lado, una suerte de sirio registro biográfico que, si bien solo se considera puramente subjetivo, el que esto escribe se atreve a retratarla como una semblanza de lo que, en otra época, respondió a una realidad social de muchos hombres y mujeres que vivieron no hace muchos años. Algunos de ellos aún viven a día de hoy.

Por otro, y en no peligrosa coalición, un intento solar de hacer justicia hacia unos hombres y mujeres que representaron para muchos de los que fueron de otra generación, lo que bien podría ser otro socialismo muy distinto del que ahora parece ejercerse por parte, sobre todo, de sus políticos.

Decimos que se trata de una peligrosa coalición porque, como bien se sabe, el tiempo pasado siempre es justo, no tanto en su condición moral sino fundamentalmente en su misma perfectividad cerrada, en su pretérito fechado. Lo que sí resulta justo en el primer sentido, esto es en el moral, es la necesidad humana de recordarlo y asimismo, de olvidarlo. En este intento, en muchos casos afanoso, de rememoración se propende a caer en la grave confusión de convertir la memoria personal, siempre sometida a los horizontes vitales, en una historia objetiva. De tal modo, la memoria parcial se erige ilegítimamente como el ejercicio justiciero de la historia, que es sobre todo racional para el humano en general, aunque trascendental para los individuos particulares.

Pese a ello, y urgido por las sanciones inquisitivas, el adoctrinamiento moral, los excesos normativos, el pacato puritanismo y los desmanes convertidos en corrección política que nos acosan por doquier en nombre de la Historia, la Igualdad o la Dignidad y que parecen ser asumidos con cada vez más espeluznante normalidad por unos medios de comunicación al servicio de dichos dogmas, es conveniente, acaso urgente, tratar de arriesgarse a esa conjunción de Sirio y el Sol, esto es, de la memoria y la historia, para dotar desde nuestra humilde tribuna, al ejercicio de la veracidad histórica (sobre todo si esta es reciente, y aquí se encuentra el mayor peligro) de una raigambre intrahistórica, un matiz terruñero que permita recordar a otras gentes, ya casi relegadas en nuestra época, y así poder evitar esta manipuladora consumación moral de los tiempos, este olvido y represión correctiva en los cuales, sobre todo la izquierda actual está empeñada de un tiempo a esta parte.

Así, con esta conjunción solar y canicular que propende a la maduración de lo que ha sido labrado, intentaremos dotar de una cierta esperanza a estos recientes tiempos tan confusos e inciertos.

En efecto, el que esto escribe parece detectar en nuestro país desde ciertas voces y muchos púlpitos una suerte de creciente intolerancia con los demás, una fácil tendencia a la protesta exasperada, una exacerbada moralina reprobatoria respecto a la conducta de los otros, una insidiosa  propensión a la sanción que, sin embargo y por momentos, a uno no le casan del todo con la mayoría de los comportamientos e incluso, con el sentir cotidiano de las gentes, aunque lo asuman con cierto silencio o indiferencia. Este conjunto de actitudes y aptitudes excesivamente doctrinarias que manan del estamento político y los medios de comunicación se percibe aún más inquisitivo desde el lado del socialismo actual.

Ello está lejos de ser una mera impresión subjetiva, una conjunción canicular si se nos permite seguir con dicha imagen. Lo cierto es que se trata de un sol de justicia que se impone socialmente y que, desde el cénit de ciertas Ideas hechas exclusivo patrimonio de las izquierdas vigentes, sumen a las gentes en un sofoco y rigor que se antojan propios de otras épocas, supuestamente más anquilosadas y reaccionarias.

Por ello, el que esto escribe, cargado ya de suficientes rigores estivales en la medianía de su vida, quiere compartir con el lector, urgido por el justiciero sol de las grandes Ideas Democráticas de nuestro tiempo, una compensada labor de rememoración, una conjunción de su Sirio estival con este Sol impenitente y echar por un momento la vista atrás para recordar una generación de hombres y mujeres que mostraron y enseñaron un socialismo muy distinto.

Una generación, decimos, constituida en su gran parte por emigrantes a las grandes ciudades, cuyos orígenes, a pesar de ser humildes, nunca fueron ensalzados como virtud ni como vicio. Hombres y mujeres que vivieron la mitad de sus vidas una guerra o, cuando menos, una dictadura y que han prosperado, algunos de modo notable, construyendo casi desde sus cimientos aquellas ciudades-dormitorio de la periferia en Cataluña, El País Vasco o Madrid.

Eran gentes que, aún hoy y aunque ya quede poco de ellas, ejercen las funciones que ahora el socialismo progresista pretende exigir para la sociedad del Bienestar y que han sido tomadas por los servicios sociales y empresas privadas como el IMSERSO, las guarderías, los comedores escolares, las webs de comida a domicilio, los psicólogos o el prozac. Gentes que formaban familias que ahora ya podrían considerarse numerosas, cuyas mujeres hacían la compra en los mercados del barrio y compraban a granel: varias barras de pan, kilos de filetes, mucha fruta y verdura para todos. Algunos, los menos pudientes, frecuentaban también las casquerías. Personas -en su mayor parte, sí, mujeres- que no conocían los productos individuales envueltos en plástico para singles, que consultaban con su tendero de muchos años el producto más fresco mientras se preguntaban por la familia, cotilleaban o simplemente se desahogaban con la vecina. Muchas de esas mujeres trabajaban fuera de casa y hacían el plan de comidas para la semana, recogían a los niños del colegio, sacaban la ropa de invierno en invierno y la de verano en verano.

Esas personas no tan lejanas en el tiempo guardaban a sus hijos la cena que no querían comer para la comida del día siguiente, pese a cualquier protesta. Por las tardes les daban un bocadillo y los lanzaban a jugar a la calle. Eran gentes que se iban a la playa con sus familias y hasta con las de sus hermanos y abuelos en el mismo coche y compartían el apartamento durante el mes o la quincena de verano. Gentes que, si pasaban solo unos días de asueto y acudían a un hotel, siempre dejaban todo recogido y hasta la cama hecha para día siguiente, aunque ya no fueran a regresar a la habitación.

Porque esas gentes nunca olvidaban de que su disfrute depende del trabajo de otros. Eso no los hacía sentir pesadumbre o culpa, pero tampoco mostraban ese talante del trabajador pusilánime que durante su exigua vacación ha de disfrutar con una cierta libertad canalla. Ese otro tipo de gentes que considera que su miserable trabajo le da derecho para tratar los servicios como servidumbres.

 

2.-

 

Estos hombres y mujeres de antes vivían en bloques de pisos, muchos de ellos construidos en régimen de cooperativas o mancomunidades que ellos mismos formaban.  Con mucho ahorro y esfuerzo, poco a poco, construyeron barrios enteros y erigieron esas ciudades de la periferia casi con sus propias manos.

A la hora de mantener su cuidado, cada propietario se preocupaba de fregar las escaleras durante un mes rotatorio, de tal modo que, durante el año, todos hacían su parte. Si el presidente, también nombrado en igual turno, se encontraba la bombilla del descansillo fundida, él mismo la cambiaba con una de su casa. La comunidad se pagaba en mano, y cada vecino acudía a la vivienda del secretario a hacerlo. El encargado de turno lo guardaba en una pequeña caja de caudales que pasaba por todas las manos de la comunidad y acudía puntualmente al banco a pagarlo. No se necesitaban administradores o interventores. Cada uno llevaba las cuentas durante su cargo por todos. En pocas ocasiones había negligencias.

Los hombres cumplían con su trabajo día a día sin grandes aspavientos o protestas. Tal vez eran demasiado austeros, de pocas palabras. Acostumbrados a trabajar, pero sabiendo cuál era su función y sus derechos. Si las mujeres tenían una memoria prodigiosa para los números de teléfono y las fechas de cumpleaños de todos miembros de la familia, incluyendo la familia política, los hombres la tenían para orientarse por cualquier sitio, para conocer los caminos y las carreteras más preparadas. Para ambos, hombres y mujeres, el GPS y las agendas electrónicas habrían sido un insulto a su inteligencia y su valía.

Conocían muchos lugares de la geografía española, pues su economía no les permitía ir a esos lugares que en nuestra Europa unida y transnacional. Esas gentes la denominaban, sin embargo, con un calificativo que ahora escucharíamos con cierto prejuicio cosmopolita y algún sonrojo pero que antes se denominaba «el extranjero».

Ahora resulta incluso más barato tomar un vuelo con Ryanair y viajar con la maleta de mano de dimensiones estándar impuestas por la compañía para ahorrar la facturación. Viajar es una aventura, se nos dice hoy día, conocer otros países resulta una experiencia sumamente educativa, sin duda. Pero nadie se ruboriza cuando los ingleses, franceses o alemanes conocen mejor que los españoles nuestra propia geografía, una de las más diversas y arquitectónicamente más ricas de Europa e incluso del mundo. Hoy día apenas se conocen las provincias que forman nuestras Comunidades Autónomas, se visita antes Notre Dame o El Duomo, sin desmerecer dichas maravillosas obras, que la catedral de León o la de Burgos, no menos meritorias.

Estas generaciones de las que aquí hablamos, aun siendo apenas alfabetizadas, conocían los ríos más largos y las montañas más altas del país. Salían de viaje en verano o Semana Santa, a las 5 de la mañana para evitar el tráfico y aprovechar el día. En el Simca 1000 (o 1200) y en el Renault 124 cargaban el maletero con las bicicletas de sus hijos, las tarteras de filetes empanados, tortilla española o pimientos fritos, así como la nevera llena de agua, refrescos y cerveza rodeada de mucho hielo puesto en esos tupperware (pronúnciese a la antigua usanza, es decir, de cualquier modo menos en inglés) que duraban años y años y que se habían dejado en el congelador desde la noche anterior. Y así, con las ventanillas bajadas si hacía calor, marchaban en ruta por las carreteras nacionales, pasando por todos los pueblos del itinerario en cuyas tiendas compraban pan, productos típicos del lugar o el periódico. Al llegar el mediodía, paraban en las cunetas donde hubiera un poco de arbolado y sombra. Sacaban las viandas de las tarteras, las bebidas bien frías y el pan y comían sentados en cualquier piedra observando los parajes cercanos. El capó del Simca o el Renault se abría para evitar recalentamientos del motor. Después, los niños rodaban a explorar los terraplenes con las bicicletas, mientras el padre se tumbaba en cualquier sombra a leer el as y descansar de la conducción mientras la madre recogía las cosas. Tal vez llegará el día en que sea la madre la que conduzca cientos de kilómetros y el padre guarde los enseres, de hecho cada vez hay más casos de mujeres que llegan del trabajo a casa donde su marido las espera con la cena preparada y la casa recogida. Pero, en lo general, las cosas no parecen haber cambiado mucho.

Lo que sin embargo, sí parece haber cambiado es la actitud de muchas millennials respecto a esa parcelación de juegos, tareas, gustos o conductas prototípicas entre hombres y mujeres. Y muchas de las mujeres obreras que pertenecen a la generación de sus padres o abuelos tal vez se sientan algo confusas, cuando no abiertamente ofendidas, al hacerlas presentar por este feminismo actual como personas menospreciadas por el hombre, por ser consideradas como víctimas de una parcelación ignominiosa de las tareas. Y así, por momentos, parece de nuevo ese afán desmesurado por una supuesta igualdad lo que alimenta la inquina hacia cualquier tipo de distinción de tareas: como si la diferencia entre jugar con muñecas o con coches, de preferir un estuche rosa a otro azul o la comba respeto al fútbol determinara una suerte deshonrosa y discriminada de la mujer respecto al hombre. Y si bien hoy día las gentes que dicen «ir al extranjero» se ven como provincianas, del mismo modo la extensión de tales ideas que actualmente se sostienen respecto del feminismo con pátina de sensatez hace solo unos años serían tomadas con cierto desatino en aquellos tiempo no tan lejanos.

El que esto escribe ha llegado a considerar que el feminismo militante se parece por momentos, y salvando no muchas distancias, al más rancio puritanismo de las antiguas mujeres beatas de misa, confesión, chismorreo y mantilla. Esas, sí, que también pertenecieron a otra época y que fueron relegadas por esa otra mujer emigrante que fue a servir a las casas de los señoritos de ciudad y que supuso el acervo de la generación yeyé.

Dicha generación se trasformó después en aquellas jóvenes hippies que clamaban libertad quemando los sostenes y vistiendo minifaldas aún más cortas que las yeyé. Ahora, el nuevo feminismo, parece haber vuelto, como sostiene acertadamente Javier Marías, a la censura que aquellas beatas[i]: la mujer no debe mostrarse como un objeto sexual en su atuendo y asimismo, si se tiene por digna, no debe aceptar el «micromachismo» de la caballerosidad masculina a la hora de cederles el paso o abrirles la puerta. Como si las mujeres de antes hubieran sido inconscientes o estúpidas, como si hubieran vivido en la negligente inconsciencia de eso que ahora llaman «empoderamiento». Como si, además, no fueran muchas de esas nuevas mujeres «hembristas» las primeras en denunciar la conducta licenciosa tal y como las más retrógradas puritanas lo hacían al ver a una mujer desprejuiciada.

Porque de esos nuevos prejuicios está llena esta nueva época en la que, cada día y cada vez más, existe el miedo de caer en numerosas incorrecciones sexistas, morales o políticas.

 

3.-

 

Estos hombres y mujeres de los que hablamos, cuya existencia y decisiva labor van quedando cada vez más en el olvido, se hacían llamar a sí mismos con una palabra que ya no se escucha, que parece incluso hoy no haber existido nunca: ellos eran «obreros».

Algunos decían con sorna «los sobreros», coincidiendo intencionadamente la liaçon entre la «s» del artículo y la «o» del sustantivo y dando ambigüedad al significado de la expresión: «los sobreros», los que sobran, vaya.

Otros decían con esa humildad satisfecha, con esa orgullosa conciencia de clase que les caracterizaba: «un obrero comido y bebido no hace ni pizca de ruido». Y en verdad esa falta de ruido se podía ver con los mismos ojos al observar los platos de esos hombres de antes: las cáscaras, huesos y demás restos perfectamente limpios y mondos se apilaban en el plato. Como un hábito pulido por los años, en los platos se mostraba la justicia de lo que es un bien para el hombre, un bien trabajado y elaborado por su mano, el condumio. Esta misma conjunción de naturaleza y trabajo es y ha sido siempre mentada en una imagen atemporánea y vital, universal y cotidiana: es el pan del trabajador.

Así, esos hombres y mujeres compartían y consumían su pan en la mesa en un ejercicio casi ritual que hoy día parece perdido. Ahora se come cualquier cosa en cualquier sitio. Comer es casi una función biológica por la que hay que pasar, un ínterin que acaso da pie para distraerse con la televisión y no tanto una consecución lograda, una meta. Acaso ello sea así porque la comida ya no posee ese carácter de ceremonia compartida. Lo dicho se evidencia simplemente al observar los antiguos restos de la fiesta común con los que hoy día las nuevas generaciones dejamos tras la comida diaria. Ahora son plásticos y envases con sellos, distintivos, informaciones nutricionales varias y fecha de caducidad. Antes eran huellas de mondas y huesos lo que se apilaba en el plato de estos obreros. Y así, como un cemento fresco recién puesto en las construcciones hechas por el trabajo de estos hombres, podían contemplarse esos restos en la desconstrucción precisa de cada una de las partes magras y sustantivas de los alimentos que eran limpiadas a conciencia de su cáscara y su vértebra. Ese ritual quirúrgico e instrumental que la comida exigía y que se hacía con hambre y delectación quedaba reflejado en las cenizas que el fuego nutricio del trabajador había de quemar para mantenerse vivo. Ello también reflejaba que, de la naturaleza que al hombre alimenta, lo exterior que envuelve y lo interior que vertebra constituía lo indispensable en lo que la misma realidad natural se sostiene y en lo que se protege, pero que, finalmente ha de permanecer como permanecen los huesos tras la muerte. El hombre sabio y humilde lo sabía, y en esa pulcritud restual, en esa limpieza ósea y cascarillada, en esa pericia mondada y rebañada los platos lucían en su fértil consunción como las virutas que deja el más experto carpintero tras un trabajo bien hecho, como las vainas de unos petardos tras una fiesta de fuegos artificiales.

Y así, estos obreros comidos y bebidos sin una pizca de ruido, acaso un ligero y bien satisfecho chasquear de la lengua entre los dientes, terminaban su pitanza. Y así mostraban el más simple y profundo bienestar: el de poder haber comido un día más. Solo del trabajo honesto y cumplidor nace esa afable felicidad.

Hoy día esa riqueza escatológica ya no desemboca en los platos del obrero. Todo ya está envasado y preparado sin apenas necesitar el paciente trabajo de la peladura y el recoveco: los restos ya no son naturales, sino plastificados. Todo llega aséptico, listo para comer, exento de la necesidad de elaborarlo, de cumplir con el rito de la preparación. Y así, del mismo modo, la ausencia de trabajar los dones ganados conlleva la incapacidad de conocerlos y, por ende, valorarnos. La «filosofía del envase» no solo define nuestro alimento, sino que, al igual que el «pensamiento líquido» de Zigmunt Bauman o la «sociedad transparente» de Byung-Chul Han, definen toda una generación y toda una época desde todo punto de vista, sea este económico o cultural, social o moral.

 

4.-

 

Quizás por dichas causas ese antiguo socialismo ya no existe. Y quizás no volverá a existir. La profunda filosofía de una izquierda social -y no tanto política, de la cual sin embargo, esta se alimenta- se ha transformado, por mor de cierta enferma bonanza, en un mero bienestar individual.

Un modo de vida enraizado en la gracia de la costumbre, en el pilar del día a día ha sido envasado en meras consignas e indignaciones, como envasadas han sido las vidas de los nuevos ciudadanos del Bienestar Social a través de consignas que se simplifican ralamente en una palabra: Democracia. Los nuevos políticos que representan a estos nuevos ciudadanos, sucesores de esa generación de obreros o de «sobreros», se han convertido en unos burgueses que, en lugar de perseguir la valía, luchan por impedir que los valientes descollen respecto a los demás. En este resentido individualismo, la premisa principal de la educación y el trabajo está en que nadie, pese a sus merecimientos, sea mejor que nadie. Y a eso lo dignifican eso políticos, sobre todo desde la izquierda, con el nombre de Igualdad. Muchos de estos nuevos indignados, seguidores acérrimos de tales consignas políticas, lanzan invectivas ante la ausencia de becas y de otras ayudas sociales mientras muchos de ellos siguen manteniéndose de sus padres, los cuales recogen ahora a sus nietos del colegio. Muchos de entre ellos tienen un automóvil y, de seguro, un teléfono móvil de última generación mientras apelan a los derechos más elementales, incluso el de ocupar propiedades ajenas, para su independencia personal. Sus bocas se llenan de otra palabra: Dignidad. Una dignidad de la que se ven recusados. «Bien predica quien bien vive» decía Sancho Panza en el Quijote.

De ellos, son pocos los que tienen hijos. Exigen una vida a la que, de pleno derecho, se sienten legitimados a reclamar del Estado las obligaciones que, como ciudadanos, poseen para promocionarse esa vida digna. Ya no se conforman con una televisión para todos, con una casa en la que apañarse hasta prosperar como hicieron los otros. Apelan a una protesta y las subvenciones sociales. Y así, tal vez se malcrían de un Estado Social que se preocupa por ellos. Si conducen por la carretera, las autoridades les ruegan: «queremos que llegues a salvo. Ponte el cinturón de seguridad». Les recomiendan, sin embargo y al mismo tiempo, que fomenten el consumo, que jueguen o beban con responsabilidad, que no fumen si no quieren morir, que no se alimenten de bollería industrial, de grasas saturadas, que respeten el medio ambiente. También les educan en la ciudadanía democrática o en los valores éticos, y desde los púlpitos y gran parte de los medios de comunicación se azacanan en el antifranquismo. Vituperan absolutamente todo lo que fue aquel tiempo, un tiempo de doctrinas, falta de libertades, autoritarismo y oscurantismo, qué cosas.

Seguramente aquellos tiempos franquistas fueran, más aún en sus inicios, tiempos oscuros. También es cierto que resulta fácil ser antifranquista cuando ya no hay franquismo pese a que esta izquierda actual se empeñe, solo por conseguir el poder, en adscribírselo a sus enemigos políticos.

Y aún es más cierto que la generación de los obreros es, sobre todo, un producto del franquismo. Vituperar la historia es, en efecto, todo un lujo.

Este nuevo individualismo socialdemócrata manifiesta generalizadamente un gran afán por las doctrinas y lemas, un ahínco por las marcas identificativas, por el derecho a ser feliz y por los animales.

Sin embargo, el socialismo de antaño, aquel que se esforzaba por los suyos, no veía con buenos ojos que los padres y madres que los habían criado llegaran a la vejez sumidos en la soledad y el abandono. Hoy día, los que aún pueden vivir, observan con impotencia y pesar las residencias de ancianos repletas de huéspedes en las nuevas periferias, aún más alejadas, de las ciudades mientras observan atónitos cómo los perros son atendidos con tiempo, dedicación y cariño.

Muchos de estos jóvenes, herederos de su legado, permanecen horas esperando para conseguir una entrada del glorioso partido de su equipo de fútbol o del cantante de moda, pero no aguantan más de una hora en un hospital para visitar a sus familiares enfermos. Aún no están preparados para conocer ese lado cruel de la vida.

Para muchos de ellos sus perros son esos amigos que nunca te mienten, te traicionan y que te reciben con la mayor de las alegrías cuando han estado un tiempo separados de ti. Ello significa que los perros, según ellos mismos confiesan, representan lo mejor de las personas que las propias personas ya no son, acaso porque se ha perdido, porque las personas ya no se satisfacen entre sí.

En el socialismo de antes, el de los obreros y obreras, la mayor parte de la gente mayor era cuidada en su casa. Resultaría intolerable dejar que un padre o una madre, ya ancianos, fueran recluidos. La honradez y el honor, que siempre están basados en el más profundo agradecimiento por los que fueron, les impediría, a no ser por causas absolutamente indispensables, dejar al cuidado de extraños a aquellos que les habían dado la vida y el sustento en otro tiempo. Si una familia sola no podía, por motivos de trabajo, atender a sus ancestros como se merecían, reunían a los hermanos y hermanas para poder organizarse y cuidar de ellos hasta sus últimos días. No era un servicio social, una compasión de estado institucional, era una obligación histórica, casi ontológica: esto que ahora somos, lo debemos en gran medida a aquellos que nos fueron. Si eso no se respeta, no nos estamos respetando a nosotros mismos.

 

Continuará…

 

 

[i] Véase al respecto el artículo de Javier Marías en El País (10/09/2017) titulado «Feminismo antifeminista» que tantas ampollas levantó por parte de dichos movimientos  https://elpais.com/elpais/2017/09/10/eps/1504994710_150499.html

Jose Antonio Santiago Sanchez

Madrid,España, Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid, Profesor de Secundaria en Madrid y Extremadura, Actualmente es jefe departamental en el IES Juan de Padilla de Illescas (Toledo)

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