La generación de los (s)obreros (II/II)

 

Por Jose Antonio Santiago Sánchez

Primera parte pinchando aquí.

 

5.-

 

Porque la izquierda de antes no era una «opción política», sino una manera de vivir. Se trataba de un socialismo que bien podía ser de derechas o de centro, que era progresista pero también, por lo aquí relatado, profundamente conservador. Esa izquierda o ese socialismo verdadero que fue educado en el valor del pasado.

Y así, aquellos hombres y mujeres, ya cada vez más extintos, sabían que los derechos y libertades que ahora tenemos deben a la lucha de otros. Estos hombres y mujeres, cada vez más olvidados, asumían, para bien y para mal, el trabajo de otros que fueron porque ellos mismos trabajaron para el más fuerte porvenir de los que serán, sus hijos y nietos. Solo desde el reconocimiento del pasado se puede construir un futuro. Solo en la trabajada valía uno se hace testigo. Y solo en la firmeza del auténtico testigo se labran los buenos herederos.

Ese pasado es utilizado, sin embargo, de un modo cainita y cobarde, por esta izquierda de consignas y políticas sociales para abrir nuevas heridas, para volver a labrarse enemigos que ya no existen, para abominar de ciertas facetas inescindibles de aquello que también ha moldeado a los padres y abuelos y que, por tanto, les han hecho ser lo que son. Un pasado que pretende construirse del modo más ideológico, al albur del interés presente, un interés espurio y vilmente utilizado.

Pero un pasado que no quiere ser asumido es un pasado que no construirá ningún futuro, sino mitificada exaltación o demonizada inquina. En esa impotente inquina justiciera ante lo que ,ya ahora e indefectiblemente para bien y para mal, constituye nuestra más propia herencia es en lo que esta izquierda resentida parece envolver la Igualdad y la Dignidad.

La primera y más elemental misión de vida de la generación de los obreros era la conservación, en la medida que se pueda, de lo que existía, asumiendo lo que es por lo que ha sido y lo que será. Para ello es tan preciso el recuerdo como el olvido. No cabían en boca de estas gentes humildes que han construido nuestro presente tamañas abstracciones: Igualdad, Dignidad disfrazadas de inquisitivo doctrinismo. No propendían a esos maliciosos vocablos terminados en «-ad»: Solidaridad, Fraternidad, Libertad, etc. Acaso solo había un lugar donde eran pronunciadas con cierta normalidad: en las Iglesias. Fuera de ellas acaso eran escuchadas con cierto recelo. Lo mismo sucedía con otros términos como «Ciudadanía», «Valores positivos» e incluso, por qué no, con «Felicidad».

Porque así como el pez no conoce el agua en la que desarrolla su vida, por serle tan vital y propia, así tampoco las gentes comprenden en un principio el torticero modo de conceptualizar una realidad en la que se vive al modo de una desquiciada pretensión de hacer así consciente lo que ya se es. Como si el hecho de requerir con gran constancia dicha condición fuera a determinar, de algún modo, un colofón evolutivo, una consecución final de la historia cuando, en verdad, sucede al contrario: un sistema en el que es preciso acudir a sus principios más elementales o a su condición más esencial es aquel en el cual la crisis sistémica de su misma estructura fundamental pone en duda aquello mismo que se evidencia.

Y así, la constante apelación a ser conscientes del agua en la que de hecho vivimos, ¿a qué responde sino a un malsano desdoro por ese mismo y esencial medio por el cual es un pez?

Un pez de las profundidades que se ha vuelto loco nada ansiosamente hacia los peces de su familia; a seiscientos metros del fondo se topa con ellos, los despierta, los aborda uno tras otro: “¿No escuchas, tú, el agua que corre?”.

Henri Michaux, La noche se agita.

 

 6.-

 

La mayor parte de estas gentes de las que ahora escribo fueron educadas pobremente. Nacieron en los inicios de la postguerra o, cuando menos, se criaron sufriendo los peores años de la dictadura: hambrunas, un odio aún difícil de restañar entre enemigos de tantos años y una educación ciertamente represora de la que ya hemos leído y escuchado muchas historias. Dichas historias y dicho pasado parecen haber perdido interés para las generaciones más jóvenes, aquellas que ahora representan sus nietos, esos millennials y sus ya casi descendientes. Se trata, según los datos sociológicos, de la generación con la mayor preparación educativa de la historia, emprendedores y tecnificados, individualistas, pero dotados de grandes valores, tolerancia, versátiles y volubles, influencers e indignados.

Tal vez el lector apegado a estos tiempos, así como a sus innegables beneficios y progresos, considere que el que esto dice está describiendo con excesiva benignidad aquellos tiempos. Como si en aquella generación no hubieran existido hombres egoístas y machistas, como si el avance en la tecnología y los transportes hubiera supuesto más una regresión que una ganancia.

Lo cierto es que sería absurdo considerar lo contrario. Comenzando por el mero hecho de que muchas de esas gentes que hoy aún viven no querrían volver a esa época o, por mejor decir, habrían querido vivir esta con muchos menos años. Pero nada de ello restaría lo hasta aquí sostenido. Pues si bien es falso que todo tiempo pasado fue mejor, no lo es menos el hecho de que, pese al inevitable desarrollo, existen algunas cosas que no cambian y otras que pueden cambiar a peor.

El que esto escribe, estimado lector, a fuer de ser tomado como uno de esos cáusticos intelectuales, acaso un soberbio y apocalíptico censor de su tiempo, considera que vivimos tiempos oscuros, muy convulsos y llenos de incertidumbre.

Cierto es que en aquella época existieron hombres de profunda ignorancia, maltratadores recalcitrantes y obtusos machistas que sometieron a la mujer a constantes desagravios y agresiones. Mas, por lo que se puede intuir de los medios de comunicación que cada vez se encuentran más anquilosados al pensamiento único de la corrección, dichos hombres parecen existir también hoy día. Si antes eran aquellos labriegos educados con ausencia de cariño y plenitud de violencia en la usanza patriarcal para ser después medianamente adaptados emigrantes en la urbe, ahora son los «canis» de la periferia, los poligoneros, gambiteros, peinetas, pokeros o killos, según dónde y cómo se los distinga, que acaso resulten hijos o nietos de esos otros antecesores, y que, desde la misma supina ignorancia y casi analfabetismo, ataviados con pantalones de chándal, gorra y adornos de oro, ejercen la misma violencia, el mismo desalmado odio y un cínico machismo sin ningún rubor.

Lo cierto es que los primeros hombres varones que comenzaron a ponerse un mandil fueron aquellos de la generación de los obreros. Y lo hicieron, sin mucho sonrojo y sin que ningún Estado supervisor de la Igualdad de Género hubiera que decretarlo. Las mujeres que comenzaron a trabajar en las fábricas o en las casas burguesas ya se lo exigían con buena mano. Unas mujeres que sabían lo que necesitaban y querían, acaso más lúcidamente que las urbanas, burguesas y recalcitrantes feministas actuales.

Porque la mujer siempre mandó en las casas de los obreros. Hombres que, en su mayoría, estaban lejos de comportarse con la mujer del mismo modo que hoy tantos jóvenes hacen. Unos jóvenes -muy jóvenes incluso- educados en la mejor bonanza y ciudadanía democrática en los que sobrecoge observar actitudes tan profundamente machistas, homófobas y carentes de consideración con aquellos que lamentablemente llevan consigo taras físicas o carencias económicas. Un gran número de esos muchachos nacidos en los aledaños de este siglo son ya nietos o bisnietos de esos obreros. Y pese a lo que muestren las encuestas o las valoraciones sociológicas, muchos de ellos están llenos de ira y desidia a partes iguales (acaso por causa inversa), juegan durante horas a las videoconsolas y tratan con sus «amigos» desde sus conexiones online. Niños y púberes que practican el más despiadado acoso escolar, que se burlan de sus profesores como nunca antes, hasta el punto de bajarles los pantalones en clase, sabiéndose pertrechados por sus padres con la más burda de las impunidades. Niños de doce o catorce años que acuden al colegio a dejar su mochila encima de la mesa y dormir frente al profesor con la mayor desvergüenza y falta de escrúpulos hora tras hora, día a día, semana a semana, mes a mes, curso a curso sin ningún interés por conocer, no ya su pasado, ni siquiera lo que tienen delante, el paso de la vida. Tan extremadamente desvergonzados como faltos de amor propio, estos niños y niñas que vemos en los colegios e institutos, en sus tecnológicas habitaciones privadas o en cualquier lugar de nuestro ámbito común tienen visos de convertirse -si no cambian las cosas de modo notable- en una de las generaciones más nefastas que podremos haber tenido nunca.

Ante este panorama no tan difícil de percibir a poco que se mire bien, una evidente pregunta nos asalta ¿de dónde viene todo esto?

Acaso la generación de los obreros cometió un error. Un error que ha sido arrostrado por las generaciones siguientes hasta llegar a la de estos niños malcriados o a esta «generación de mastuerzos» como la describe, de nuevo, Javier Marías[i]. Se trata de un error que podríamos suponer hasta cierto punto razonable: querer dar a los hijos aquello que esos padres obreros nunca pudieron tener. Ello se ha llevado hasta extremos que la generación de los obreros jamás podía llegar a imaginar.

Todo adulto, padre o no, tal vez haya caído en esa pregunta alguna vez respecto a la generación posterior. Y así la respuesta que el lector podrá tener en mente parece haberse acuñado en el uso como algo gnómico: «esos muchachos no han sido educados en el valor las cosas». La verdad de tal respuesta se añade a la de esos motti que tantas veces proferimos como: «todos queremos derechos, pero no obligaciones», «no sabemos lo que valen las cosas» y otros por el estilo. Dejemos entonces junto a la sabiduría popular la respuesta como válida sin entrar en más disquisiciones.

Lo cierto es que tal vez sea hasta cierto punto natural en una generación como la de los obreros, la última de España que pasó por una época de penalidades generalizadas, querer que sus descendientes obtuvieran un bienestar y unas comodidades económicas, comodidades que permitieron una mayor libertad, que se lograron con el trabajo de sus padres, esos padres que jamás tiraban el pan, su pan y que, si tenían que hacerlo por causas imprescindibles, le daban un beso antes de arrojarlo en la basura. Esos obreros supieron convertir esa pobreza inicial de sus inicios en un don para estimar la valía de las cosas.

Sabemos que no por ser más repetidos sea menos ciertos, pero cierto es también que esos troquelados lemas van repiténdose u olvidándose según usanza de las generaciones. Son la muestra de unos tiempos en constante evolución.

Así, por ejemplo, sucede también con ciertos modos de apreciar unos u otros valores. La «decencia», por ejemplo, constituía en tiempos de la dictadura una de las virtudes más consideradas, si bien aplicada fundamentalmente a la mujer. Se desprende de ello que una buena mujer había de cumplir sobre lo que hoy denominan ciertos «rasgos de género» asociados a dicha virtud, a saber, su ineludible condición de esposa fiel, madre dedicada y cumplida preceptora de la doctrina cristiana. Dicha calificación no significa apenas nada hoy día, pues los tiempos, como decimos, han cambiado. Pero se antoja pensar si los valores que hoy día se aplican como algo consustancial a la condición femenina no son aún más encorsetados e incluso, podríamos decir, más superficiales. Pues lo más natural para un varón de esta época al determinar las cualidades más prontas y evidentes de una mujer parece ser, sobre todo, su belleza y proporción física. No hay más que ver el ejemplo de alguna de esas cadenas televisivas que más representa ese nuevo socialismo de la Igualdad y la Dignidad de todos, pero que no tienen en su plantilla de noticias ni una sola presentadora o reportera que no parezca una joven modelo despampanante. Parecería que las buenas periodistas nunca tienen una belleza un poco menos moderada. Ellos, como todos, sabemos de la hipocresía de toda sociedad que alienta por la igualdad de todos, pero sabe que una mujer hermosa o un hombre atractivo venden mejor un producto y muestran mejor una consigna. El hecho no es solo que lo callemos, sino que tendamos a exacerbar dicha incoherencia de un modo tan inquisitivo como hoy día.

Otro término que también ha cambiado en su apreciación valorativa hoy día, teniendo en cuenta el ya poco uso del término, es el adjetivo «trabajador». Se trata de una virtud que, a diferencia de la época actual, era de uso muy común y que, además, no comportaba diferencia alguna de sexo. Decir «es un hombre trabajador» o bien «es una mujer trabajadora» constituía en sí mismo el adjetivo más pleno para compendiar toda una manera de ser en tiempos no muy lejanos. Porque decir con honestidad que una persona era trabajadora significaba referir a un ser humano con la virtud más profunda y noble de la que se era capaz. Ello es así porque un sujeto trabajador nunca es individuo, sino persona. Porque el buen trabajador es aquel que concibe su trabajo como algo esencial a su condición y no tanto como un instrumento para conquistar nada o para tener éxito. El buen trabajador aprende de los demás no tanto para competir y superarlo, sino para hacerse mejor a sí mismo y con ello, ser más humano.

Por lo dicho, es muy difícil, entonces, que un trabajador -quiero decir un trabajador de verdad– sea violento o envidioso con el otro. Porque ser trabajador no significa solo hacer las cosas bien, sino que estas te hagan bueno haciéndolas en su misma disciplina trabajadora. La labor del trabajo es la mayor y mejor enseñanza. Y no hay Estado, ni doctrina que enseñe mejor lo que significa la valía de una realidad -la de cada uno de nosotros- que ha de ser ganada activamente día a día. Solo el vago es aquel que se afecta con más indolencia de la molicie. Ello conduce al exceso en todos los aspectos, incluido el de la protesta. La desidia está más presta a la impotencia y por ello, al autodesprecio, si este se hace consciente en aquellos que lo sufren, lo cual no siempre sucede.

Ello, a su vez, conduce a una exacerbación de la manía moral, del insulto resentido y, por qué no decirlo, de la insana furia por el progreso. Y esto – habría que tomar buena nota de ello- vale para todas las épocas. Por ello el hecho de que hoy día no se frecuente ese adjetivo acaso refleja toda una manera de ser y entender una generación.

 

Conclusión

 

El compasivo lector me permitirá por última vez considerar que, de seguir así, se nos antojan tiempos sombríos. Tiempos disfrazados de rancio progresismo, de reaccionaria corrección política que la supuesta santidad moral, sobre todo por parte de la nueva izquierda, está imponiendo desde el impetuoso afán por levantar ampollas donde ya no existen. Y así, analogan una condición social o un pensamiento que no les conviene identificándolo, de un modo casi suprematista, con el ADN de modo similar a la otrora pureza de sangre en los cristianos viejos. Convierten sus doctrinas en el embustero intento de reparar una torticera Justicia de los Tiempos, se empeñan en transformar artificiosamente el lenguaje en un postizo sinuoso con el objeto de construir una tendenciosa Igualdad.

Ese lecho de Procusto que los políticos de esta generación pretenden instaurar, esta normatividad imnovilista y dogmática por la cual hay que cambiar la historia para condenarla, el modo de hablar hasta hacerlo ininteligible o la educación, cortesía y modo de vestir para hacerlos cuadrar con la memoria histórica, el lenguaje inclusivo, y el feminismo democráticos no son sino los pogromos doctrinales de una cada vez más oscura ideología, disfrazada, como todas, de Igualdad, Dignidad y Justicia. Unas proclamas, las suyas y únicas, teñidas de resentimiento, de mirada sucia hacia una realidad manchada e injusta. Sin embargo, sabemos ahora por la historia, que hubo una izquierda como una derecha, cuyo idealismo totalitario ya ondeó dichas Ideas universales, ideas por las cuales había que destruir el mundo presente. Fiat iustitia, pereat mundus.

Todo lo que es parece ser condenable y condenado. Y no desde la sensatez o la sabiduría del buen trabajador, sino desde tribunas que capciosamente intentan ensuciar la mirada de las gentes para las cuales, toda desavenencia con el vecino se convierte en un ataque atroz a esas Ideas que al punto esgrimen con absoluta fe. Estas doctrinas oscurantistas disfrazadas de democracia están consiguiendo sobre todo, y al parecer del que esto escribe, una desconfianza y recelos entre individuos que lo primero que pretenden al salir a la calle es hacer valer sus derechos para con los otros.

De tal modo sucede con estos gobiernos que vivimos hoy día, sobre todo aquellos de izquierdas, lo mismo que ocurre con esas personas que educan siempre desde la permanente desconfianza en que los demás vayan a equivocarse o cumplirlo todo mal. No siempre es conveniente prohibir antes de actuar. Es mejor, en muchas ocasiones dejar errar. El que eso hace, otorga la confianza y la libertad al otro de poder equivocarse. Este es el verdadero modo que tienen los sujetos de saber ser libres e iguales a los demás. Y el que deja hacer, desde moderados y atentos límites, siempre será un afable educador. Porque permiten a los demás darse cuenta de que son seres responsables y conscientes de sus acciones, personas que son capaces de aprender por sus propios errores.

Pero estos nuevos puritanos que someten a los demás a una estricta corrección llegan a conseguir, como suele decirse que alguien bueno pero distinto, sea malvado y antidemócrata. Al igual que Nietzsche diagnostica del sacerdote el mejor ejemplo del hombre resentido, esta izquierda de prelados quiere convertir en culpa y enemigo aquel y aquello que no cumple a rajatabla con su puritanismo democrático. Y como todos los puritanos y beatos, sean estos del Cristianismo o la Democracia, de seguro son los insidiosos y desidiosos que más culpa tienen que expurgar. El que esto escribe le dice a estos sacerdotes preconciliares de la moral más recalcitrante que ha erigido la bandera del socialismo y la izquierda lo mismo que el valiente y honesto Albert Camus, hijo de una analfabeta, criado en un pueblo colonial que emigra a la cosmopolita Francia, a la intelectualidad de la gauche divine, y en, definitiva, a Jean-Paul Sartre, así dijo:

No se juzga la verdad de un pensamiento según se lo coloque a la derecha o a la izquierda, y aún menos de acuerdo a lo que la derecha y la izquierda pueden hacer de él. (…) En fin, si la verdad me pareciera estar a la derecha, allí estaría yo[ii].

 

Tal vez más que ningún otro, Camus representa a esta generación de hombres y mujeres de antes. Estos socialistas de alma y pie que consiguieron con gran mérito desde su humildad y su trabajo aquello que el anacronismo y soberbia de los muchos actuales intelectuales no han sabido lograr: la auténtica necesidad de preservar para poder cambiar.

Porque a veces, estimado lector, la eterna vida de las Ideas y su falta de fricción con el tiempo pueden traer de suyo dos consecuencias contradictorias: por un lado, la más desconsolada frustración humana en querer construir lo que siempre ha debido ser en la dureza material de una realidad que, sin embargo, es y que siempre, no se dude de ello, se termina imponiendo. Dureza, decimos, porque esa realidad pasa y «dura» frente a la mullida e impoluta, algodonada y reluciente naturaleza de la Idea que se insta tozudamente en querer materializar.

La otra consecuencia es absolutamente distinta, pero de consecuencias similares: el afán humano, igualmente pretencioso e iluso, de amoldar una y otra vez la realidad presente si esta no se adapta de consuno con la Idea en la que debe ser encuadrada. Todo ello, claro está, teniendo en cuenta que la maleabilidad de la realidad no es sino, al decir que Camus, la del punto de vista con el que cada ideología o perspectiva doctrinaria quiera mullir dichas ideas y adoptarlas con la misma facilidad respecto a una aparente verdad como falta de escrúpulos a la misma, según su conveniencia. Porque, al decir de Marx, no son las Ideas las que determinan el cambio de la realidad material y social. Sin embargo, tampoco son las Ideas la meta única, unilateral y necesaria en las cuales la realidad material, en su infinita complejidad y heterogénea modulación, han de dirigirse del mismo modo inexorable que la Babilonia terrenal había de consumarse en la Ciudad de Dios para san Agustín.

Lo que esta generación que, repetimos, ya ha sido postergada, nunca pudo permitirse fue ese lujo. Con todos sus aciertos y errores, la urgencia de los días que los obreros -pero también, por lo dicho, los «sobreros» que ya sobran en su exigua presencia y su desaparecido modo de vida- tuvo que afrontar en su vida les permitió también la sabiduría de madurarla y, por ello mismo, de trabajar su esperanza en aquellos que irían a heredarla. Porque para poder vivir auténticamente una realidad presente, es decir, para asumir sus antecedentes, transformar su actualidad y transmitir sus posibilidades es preciso, por último, construir su verdad. Y hacerlo del modo más propio al fluir de cada tiempo (pues existen tiempos distintos en cada época) para hacerse ritmado con él.

Para ello, el que esto escribe considera imprescindible atravesar, como decirlo, una cierta «culpa». Una culpa que permita expurgar el inevitable olvido de cara a labrar un futuro realmente fértil. En efecto, hacerse eco de lo que fue, de los que fueron, es un modo de afirmarse a sí mismo. Y de hacerlo, valga el pleonasmo, firmemente.

Pero llega un momento crítico (aunque en absoluto puntual o instantáneo), un tiempo de sazón en el cual ambos planos van distanciándose en el mismo devenir biográfico. El peso del pasado va perdiéndose a medida que la labor futura se impone. Como en esa imagen tantas veces vista en las películas en la cual un personaje se encuentra sujeto entre dos vagones separados, uno que se ha descolgado del tren y ya solo se mueve por su propia inercia y otro que marcha más rápido, al ritmo de la locomotora. Finalmente el héroe debe elegir para no partirse en dos mitades. Elige que no se ha desenganchado… y se salva.

Lo característico de ciertos individuos, tiempos, generaciones e ideologías se encuentra, podríamos decir, en no querer sufrir esa culpa de la injusticia que la asunción de todo tiempo necesariamente dispone. Esa asunción solo se produce si ese pasado y ese futuro se asumen como trabajados en el recuerdo y en la esperanza activos, es decir, como hechos propios mediante una labor constructiva presente. Si ello no se produce activa y reinstauradoramente en una generación, ese pasado queda, demoníaca o sacralmente anquilosado en una instancia previa a todo ser. Ese pasado concebido como Idea esencial, es decir, nunca asumida en la existencia, toma las formas ejemplares de «Libertad», «Igualdad» o «Dignidad». Ideas que, en su irresponsable e inactiva asunción se convierten de u modo extemporáneo en doctrinas, en instrumentos de subversión o manipulación más fácilmente susceptibles a cualquier ideología.

Así también, y sobre todo, el nuevo socialismo de uno y otro color propaga con particular vehemencia una ideología de la consumación de los tiempos desde la cual someter a lo real presente al Tribunal Supremo de la Idea, aleccionando y catequizando, censurando y condenando todo aquello que se aleja del Deber-Ser democrático de modo ciertamente similar a como se hacía siglos atrás respecto al Deber-Ser cristiano.

Me atrevería incluso a solicitar al lector que, si así lo quiere, haga una prueba simple. Tanto si ya es un talludo adulto como un joven y, por un acaso, estuviera interesado en lo hasta aquí dicho: le conmino a que acuda a los recuerdos de su infancia (para los más viejos) o a la literatura y los documentos sonoros y fílmicos (para los más jóvenes). A todo aquello que, incluso, reproduzca con cierto rigor la época de la dictadura española. Comprobará que, si sustituyen la palabra «cristiano» de aquella época por la de «demócrata» de la época actual, en casi totalidad de los casos las frases van a conservar básicamente el mismo sentido.

Así, de la misma manera que se decía: «es un buen cristiano», ahora se dice «es un buen demócrata». Cuando en la época pasada se sostenían usualmente frases como: «ha mostrado una conducta cristiana», ahora podría decirse de modo paralelo: «ha mostrado una conducta democrática». Y aún más en expresiones como «virtudes cristianas / democráticas», «fuertes creencias cristianas / democráticas». El que esto escribe estaría por asegurar que, al menos en el 90% de los casos, si no más, el cambio del adjetivo no variaría sustancialmente la expresión.

El idealismo socialista se instituye, como así en verdad lo ha hecho en otras ocasiones, la suprema judicatura moral y política. Ser intelectual de pro significa, casi como un implícito epíteto, pertenecer a la izquierda. Esa izquierda intelectual que un periodista describió como «un vivir de puta madre con buena conciencia» o que un amigo del que esto escribe alentó sarcásticamente con la consigna: «¡a las mariscadas!».

Esta izquierda, a juicio de quien esto escribe, está lejos de ser la que en otros tiempos esos hombres y mujeres, obreros y obreras que ya han muerto o ya son ancianos representaron. Una generación de socialistas de alma, aunque no tanto de ideología. Gente, lo diremos, trabajadora, gracias a la cual España superó una posguerra y logró la democracia.

La izquierda de ahora, en cambio, es la de las Ideas resurrectas sin historia, como dioses nominados al efecto, que han de cumplirse pese a toda realidad. Se trata, de nuevo conviene decirlo, de algo que puede llegar a resultar gravemente peligroso y que, si bien pese a todos los avatares acontecidos a lo largo de la Historia, no se ha sufrido directamente, acaso tampoco ha sido comprendido en profundidad.

La generación de los obreros erigió, en su gran mayoría, una pléyade de hombres y mujeres de a pie que, preciso es recalcarlo sobre todo hoy, logro constituir un verdadero socialismo del compromiso y la generosidad, del trabajo y la conciencia de clase, del papel de la memoria, el olvido y la muerte, con labor y esfuerzo. No puede ser otro modo si se consigue heredar activamente de aquellos que fueron, así como si se resurge laboriosamente en aquellos que serán. Entre la horfandad y la esperanza y, sobre todo, en la aceptación activamente reinstauradora de ambas es donde toda verdadera generación se construye. La generación de los obreros, así, no puede sobrarnos.

Una generación en definitiva -perdóneme el lector la osadía de lo que tal vez ya haya adivinado- que fue la de mis padres y abuelos.

[i] J. Marías: «Generaciones de mastuerzos», en El Pais Semanal, 30/04/2017. https://elpais.com/elpais/2017/04/30/eps/1493503507_149350.html

[ii] Artículo de A. Camus en Les Temps Modernes, abril de 1952, En Camus, A.  & Sartre, J-P.: Polémica sobre la rebelión y la historia, México D.F.: UNAM, 2006, p. 187.

Jose Antonio Santiago Sanchez

Madrid,España, Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid, Profesor de Secundaria en Madrid y Extremadura, Actualmente es jefe departamental en el IES Juan de Padilla de Illescas (Toledo)

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