Murillo o el humanismo cristiano: La sagrada familia del pajarito

 

Por Gabriel Moreno González

 

Existe una vanidosa tendencia a considerar los museos como los nuevos templos de la Humanidad, y a sus visitantes, como a los nuevos prometeos que custodian arcanos inmortales. Algunos entran en un gran museo, como el Louvre, con una solemnidad pontifical puerilmente artificiosa para dejarse arrastrar enseguida por la marea de sesudos conocedores del Arte (en mayúscula) que, en éxtasis por su vínculo con la Cultura (en mayúscula), se detienen ante los cuadros como el pueblo de Israel ante las tablas de la ley. Audioguía al oído, mirada fija y cara adusta, serios como los custodios del Santo Sepulcro, leve inclinación de cabeza y posición mayestática…ahí comienza el pretendido vínculo con lo que ahora es sagrado, con el nuevo altar de una religión cultural que poco tiene de cultura y mucho, sí, de vana estética. De ahí que Agamben nos hable de la necesidad de profanar (profanare), de quitar el velo de lo sagrado que nos impide ver el verdadero significado de unos mensajes artísticos que han sido ocultados por la masificación, el pretencioso igualitarismo y las formas sofisticadas de un espiritualismo laico cada vez más mercantilizado, espurio y ruin. Algunos, muchos, se acercan a un estadio de fútbol como si fuera el nuevo Sinaí, y cantan en él los himnos de la redención; otros, pocos pero cada vez más numerosos, visitan las librerías-café de las ciudades para comentar las últimas novedades de la prosa independiente, la novela queer o el cine de autor francés mientras se regodean en sus barbas ralas y gafas de pasta como los siete sabios de Malasaña; y los menos, en fin, acceden al Museo del Prado con el objetivo monjil ya descrito y que el mismísimo San Bernardo envidiaría.

Esa abstracción estética, ya sea en el fútbol, en las sectas hípsters y contraculturales postculturales, o en los museos, puede terminar desvirtuando el objeto que quiere aprehenderse. Sobre el destino de ese proceso en los primeros dos ámbitos es mejor no decir nada, pues se mueven ya de por sí en la nada, pero del último, el de la sacralización que vela las obras de arte de nuestros principales museos, hay que estar siempre alerta con el objetivo de descubrir, en cuanto se pueda, el verdadero mensaje del autor. Porque los cuadros nos transmiten lo que querían los propios pintores, reflejan los complejos, las problemáticas y prejuicios de sus épocas y sus vidas, y no son, por tanto, una mera plasmación de lo puramente estético-sacralizado. Que me perdonen quienes, regodeándose en su buscado y no encontrado buen gusto, tienen en sus despachos El grito de Munch o en sus salas de estar El jardín de las delicias del Bosco, y que no me perdonen si quieren las modernas empresas de paredes blancas y ordenadores negros que hacen colgar de las primeras alguna obra de Bacon…

Pues bien, este año celebramos en España, país poco dado a aniversarios fastuosos, los 400 años del nacimiento de Bartolomé Esteban Murillo, uno de los más grandes pintores de nuestra vilipendiada historia patria. Y aprovechando este “Año Murillo”, protagonizado sobre todo por la ciudad de Sevilla (su ciudad), quisiera aquí develar, desacralizar, uno de sus cuadros más famosos y conocidos con el objeto, precisamente, de manifestar su verdadero carácter sagrado y religioso. La Sagrada Familia del pajarito, paradigma del Barroco templado y de su popularidad (lotería de Navidad incluida), realizada por el pintor sevillano en pleno siglo XVII, es algo más que la bucólica escena de una familia que sirve tanto para adornar una cocina de Barcelona como para extasiar, en su abstracción estética y sagradamente intemporal, al visitante de la catedral del Prado.

Una obra preciosa, sí, que ha logrado escapar a los vaivenes de la historia y de su propia sustracción francesa en la Guerra de Independencia para, tras una restauración magistral, seguir proyectando su dulzura desde las bicentenarias paredes del Museo. Murillo nos representa al niño Jesús sostenido con cariño por su padre putativo mientras, agarrando en sus manos un pajarito, distrae al perro del hogar ante la atenta mirada de su madre. Los utensilios de la habitación, los colores que la acompañan, la humildad de las telas y las ropas…nos transportan a una casa pobre de la Sevilla del propio autor, al hogar de algún carpintero humilde que en la España de los últimos Austrias luchara por sobrevivir entre el frío y la quiebra de la Monarquía. Un cierto tenebrismo nos recuerda al Murillo más temprano, al más cercano al naturalismo de Caravaggio, pero la suavidad de las caras, la afectividad que otorga a la escena, nos adelantan ya al Murillo de las Inmaculadas y de la ternura en un trazo casi dieciochesco. El centro del cuadro, los protagonistas, son el padre y su hijo y, sobre todo por la novedad que entraña, el propio padre. Y es que San José, tan adusto y sencillo él, no había gozado antes de tanta centralidad en el arte, pues quizá su naturaleza putativa lo relevaba constantemente al ostracismo del segundo plano pictórico. Pero lo que aquí Murillo nos refleja es una escena familiar que, para ser tal, necesita de un padre bondadoso y una madre atenta, de un San José cuyo culto se había revigorizado en el tránsito entre el Renacimiento y el Barroco español. Estéticamente, pues, una obra perfecta, cálida y magistral. Y eso es lo que nos dirá seguramente la audioguía… ¿pero qué es lo que subyace a esta pura sacralización estética?

Comparemos La Sagrada Familia del pajarito con un Pantocrátor medieval. Las  representaciones más antiguas de Dios nos lo muestran como un ser mayestático, serio, solemne. Un Rey sentado en su trono, alejado de los hombres, juzgador impasible…Monarca. Un Dios del Antiguo Testamento. Si nos adentramos en el Gótico tardío y en el arte del Renacimiento, vamos avanzando poco a poco en una visión completamente diferente: Dios Padre apenas aparece, las representaciones se centran en Dios Hijo, en Dios hecho hombre. Cristo humanizado, humano: sereno, bondadoso, que no ha venido para juzgarnos, sino para salvarnos. La Salvación del Cristo resucitado es el tema más repetido. Un Dios Hijo del Nuevo Testamento. En esta evolución, que puede notarse en un par de minutos recorriendo apenas dos salas de algunos museos como el de Bellas Artes de València, está una de las claves principales de nuestra historia, tan bien analizada por Jacques Le Goff o Henri Michel. De la concepción cíclica del tiempo, heredada del mundo grecolatino y encarnada en el Pantocrátor del Juicio Final, a la concepción lineal y evolutiva de la Historia, con un final de Redención y un comienzo (después o antes de Cristo), base de nuestra temporalidad misma.

El paso del Dios trágico y solemne al Dios humano hecho Cristo posibilitó, a partir de la Plena Edad Media (siglos X-XIII) la creación de las condiciones en las que luego se fundamentarían el humanismo y el Renacimiento, sobre las que el Barroco tierno de Murillo trazaría con su pincel la dulzura de una escena familiar. Porque aquí, en La Sagrada Familia con el pajarito, el paso hacia la humanización de un Cristo que no es tal constituye el tema central. Ni siquiera es tratado ya como Dios Hijo, sino simplemente como un hijo normal, como un niño que se entretiene con los animales y que disfruta del calor del hogar familiar, uno de tantos niños sobre los que Murillo nos legaría tan magistrales retratos. José, María, Jesús…una familia cualquiera de Sevilla, pero sobre todo una familia, una familia humana y natural. He aquí la gran transformación: de ser hechos a imagen y semejanza de un Dios que no conocemos y al que no damos forma, a dotar a éste de unas líneas cada vez más personales, primero autocráticas y después naturales, para terminar girando su esencia y haciéndolo a imagen y semejanza de nosotros mismos. Algo imposible de imaginar siquiera en otras cosmovisiones religiosas, Murillo se permite incluso entrar en el ámbito de la intimidad humano-divina del Dios hecho hombre, de entrar con delicadeza en el Sancta Sanctorum del hogar. No es sólo que el ser creado, que es el mismo que pinta y que se ve representado, sea la más prístina obra del Dios cristiano, sino que la humildad de su existencia y de lo que le rodea, incluidas las convenciones sociales que le dan sustento, están imbuidas de un halo contradictoriamente humano y divino, sagrado y profano.

¿En qué consiste, por tanto, la profanación y develamiento de la obra murillana? En descubrir precisamente su mismo significado religioso, trascendentalmente religioso. No estamos ante un retrato de una escena familiar con una mera pretensión estética, adornado quizá por la “anécdota” de que el niño que blande el pajarito es hijo de Dios y Dios mismo, sino ante la identificación última de nuestra existencia con el carácter sagrado que ha de revestirla, un carácter sagrado que se refuerza en la dulzura del momento. Porque la dulzura, tan bien recreada por el propio Murillo en sus obras marianas y cuyo éxtasis se alcanza en la Inmaculada del Escorial, es la mejor muralla frente a la ordinariez, frente al sucio barrio de lo que, siendo profano, no es divino. El calor y la ternura de una escena familiar revisten con una férrea defensa nuestra naturaleza sagrada y a la vez tan esencialmente humana que está en la base de cualquier concepción de la dignidad, es decir, de aquello que no puede ser profanado. No es casual que la Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano estuviera sostenida por ángeles, o que la Declaración de Independencia de los Estados Unidos comenzara mentando al Creador… La dignidad humana está en la base de la pretensión racionalista e ilustrada de normar derechos que le son automáticamente asociados, y dicha dignidad no puede entenderse en su génesis sin el sustrato religioso de la humanización cristiana y de la cristianización de lo humano que, como procesos graduales, se dan en el arte y pensamiento occidentales.

Murillo, en este su aniversario, nos manda el mensaje claro de su humanismo barroco desde una fría casa de la Sevilla humilde de los Austrias. Es ese mensaje el que tenemos que desvelar, el que queremos que sea aprehendido por el visitante de sotana e incienso laico que hoy habita pasajeramente en nuestros museos. Porque éstos no son templos a los que ir para ser sojuzgados por lo inefable, sino casas de verdadera cultura y conocimiento que nos envían los mensajes de nuestro auténtico pasado y de las raíces religiosas de nuestra civilización.

Gabriel Moreno González

1991, Valencia de Alcántara. Premio Extraordinario de Bachillerato, Graduado en Derecho por la Universidad de Extremadura con Premio Extraordinario Fin de Carrera, Premio Nacional a la Excelencia Académica, Máster Universitario en Derecho Constitucional por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales y la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, con estancias de investigación del Instituto Complutense de Estudios Jurídicos Críticos (2014), el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (2015), la Universidad de Sussex, Inglaterra (2016) y el Max Planck Institute for Comparative Public Law and International Law de Heidelberg, Alemania (2017). Tiene diversos estudios publicados en revistas científicas y obras colectivas sobre las instituciones de gobernanza económica de la Unión Europea y su dimensión constitucional, materia sobre la que ha impartido diferentes conferencias en las Universidades de Alicante, Valencia, Complutense, Autónoma de Honduras, Politécnica de Nicaragua, Vigo, Castilla-La Mancha, Autónoma de México, Federal de Recife o Extremadura. Actualmente realiza el doctorado en Derechos Humanos y Democracia en la Universitat de València, en el departamento de Derecho Constitucional y Ciencia Política, del que forma parte como investigador predoctoral. Asimismo, es co-director del proyecto de jóvenes investigadores The Social Science Post, miembro de la Asociación de Constitucionalistas de España y de La Facultad Invisible.

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